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	<title>El almacén de pseudópodo</title>
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		<title>IdeasCiencia</title>
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		<pubDate>Wed, 25 May 2011 16:07:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Prólogo: Las preguntas de la ciencia Decir que para entender el mundo en que vivimos es necesario entender la ciencia se ha convertido en un tópico que casi nadie discute. ¾Cómo no estar de acuerdo con esto en el siglo XXI, cuando nuestra vida está congurada a todos los niveles por la ciencia y la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=29&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Prólogo: Las preguntas de la ciencia<br />
Decir que para entender el mundo en que vivimos es necesario entender la ciencia<br />
se ha convertido en un tópico que casi nadie discute. ¾Cómo no estar de acuerdo con<br />
esto en el siglo XXI, cuando nuestra vida está congurada a todos los niveles por la<br />
ciencia y la tecnología? Sin embargo, entender la ciencia puede tener dos sentidos:<br />
entender su contenido o entender su funcionamiento. Y ahí empiezan las diferencias<br />
de opinión.<br />
Si lo que queremos es aprobar una asignatura o estar informados, basta con<br />
conocer los contenidos. Para eso están los libros de texto, y hay también muchos excelentes<br />
libros de divulgación cientíca. Pero si se trata de entender el funcionamiento<br />
de la ciencia, ni los libros de texto ni los de divulgación son de mucha utilidad. Los<br />
libros de texto, condicionados a cubrir un temario, suelen contarnos las respuestas<br />
sin que sepamos cuales eran las preguntas, y darnos soluciones a problemas que no<br />
nos habíamos planteado. Nos dicen lo que se descubrió, pero no por qué se descubrió<br />
eso y no otra cosa. Así poco puede entenderse de cómo funciona la ciencia.<br />
Por otra parte, la divulgación clásica de autores como como Asimov o Sagan<br />
explica muy bien los maravillosos descubrimientos de la física de partículas, de la<br />
química o de la astronomía, pero tampoco enseña la manera de pensar que nos ha<br />
permitido alcanzarlos. Lo poco que relatan de los procesos de la ciencia es casi siempre<br />
anecdótico: héroes intelectuales víctimas del fanatismo, sabios despistados que<br />
tienen una iluminación dormitando en el autobús, genios adolescentes que escriben<br />
un tratado de matemáticas la noche antes de un duelo&#8230; Son historias edicantes<br />
que vienen bien para sazonar una exposición, pero que tomadas como ilustración<br />
del funcionamiento de la ciencia son invariablemente engañosas.<br />
Nunca está de más aprobar asignaturas y estar al tanto de los últimos descubrimientos,<br />
pero la ciencia es mucho más que un conjunto de resultados: es, ante todo, un<br />
proceso: una manera de pensar y de acercarse al mundo. Por eso, entender de verdad<br />
la ciencia sólo puede signicar entender cómo funciona. Se trata, en denitiva, de<br />
aprender a pensar como un cientíco.<br />
Entre Viena y Edimburgo<br />
Pero si no nos sirven de mucho ni la divulgación ni los libros de texto, ¾a dónde<br />
podemos recurrir para aprender a pensar como cientícos? Hay una disciplina que<br />
promete enseñarnos precisamente esto: la losofía de la ciencia. Por desgracia, si<br />
nos volvemos hacia ella para aclarar nuestras ideas, seguramente nos llevaremos<br />
una decepción. Los divulgadores sólo nos informaban del contenido, pero al menos<br />
estaban de acuerdo en lo fundamental de ese contenido. Los lósofos, por el contrario,<br />
7<br />
8 Prólogo: Las preguntas de la ciencia<br />
deenden las teorías más opuestas que imaginarse pueda.<br />
Por ejemplo, el Círculo de Viena fue un grupo de lósofos del que formaron parte<br />
Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Carl G. Hempel y otros. Para ellos, la ciencia es la<br />
única manera válida de acercarse a la realidad. La losofía, el arte o la religión no<br />
añaden nada a nuestro conocimiento, porque sus armaciones no son vericables<br />
experimentalmente, y por tanto son metafísicas (lo que para estos autores signica<br />
que ni siquiera tienen sentido: podríamos decir que son meras exhalaciones de aire).<br />
Esta doctrina se conoció como positivismo lógico y tuvo gran inuencia en los años<br />
20 y 30 del siglo XX.<br />
En contraste, en los años 70 y 80 estuvo de moda la Escuela de Edimburgo,<br />
formada en torno a David Bloor, Barry Barnes y Stephen Saphin. La tesis de estos<br />
autores es el llamado programa fuerte, que sostiene que la ciencia consiste simplemente<br />
en las creencias de los cientícos, y que éstas deben ser explicadas como se<br />
explican las creencias de cualquier otro grupo social: básicamente por las presiones<br />
engendradas por las estructuras sociales. Así, las leyes de la física no describen la<br />
realidad del mundo, sino que se parecen más bien a las reglas del baloncesto: están<br />
condicionadas por la realidad externa pero son ante todo un convenio que reeja la<br />
historia del juego, las preferencias de los jugadores y de los acionados, etc.<br />
Primum vivere, deinde philosophari<br />
¾Cómo es posible tal divergencia?¾Cómo es posible que Edimburgo esté en las<br />
antípodas de Viena y ambos sigan perteneciendo al país de la losofía de la ciencia?<br />
Puede aprenderse mucho de los lósofos de la ciencia, y en nuestro recorrido de<br />
Tales a Newton atravesaremos de vez en cuando terrenos losócos. Pero sí es cierto<br />
que, en algunos casos, losofar desde la torre de marl puede llevar a posturas<br />
extremas, por ese afán escolástico de hilar demasiado no y buscar tres pies al gato.<br />
El mejor antídoto está en el viejo adagio: primum vivere, deinde philosophari. Para<br />
poder hacer losofía de algo antes hay que haberlo vivido, pero resulta que muchos<br />
lósofos de la ciencia no han vivido esa ciencia.<br />
Una anécdota puede ilustrar este punto. El Instituto de Estudios Avanzados de<br />
Princeton, donde pasó Einstein buena parte de su vida, iba a conmemorar en 1979<br />
el centenario de su nacimiento, y formó un comité para elegir a los oradores que<br />
participarían. El físico Freeman Dyson recuerda lo que ocurrió:<br />
Cogimos las listas de cientícos preseleccionados y todos ellos eran<br />
gente a la que conocíamos personalmente. Cogimos la lista de los<br />
historiadores de la ciencia y eran gente cuyos nombres habíamos oído,<br />
aunque no les conociéramos personalmente. Y luego cogimos la lista de<br />
los lósofos de la ciencia y eran gente de cuyos nombres no teníamos la<br />
menor idea. Esto a mi me parece interesante. Quiero decir que en algún<br />
lugar del mundo hay toda una cultura de losofía de la ciencia con la<br />
que no tenemos ningún contacto en absoluto.<br />
En vista de este divorcio, de esta falta de conocimiento de primera mano, no es<br />
tan extraño que los retratos que algunos lósofos hacen de la ciencia puedan ser un<br />
tanto extravagantes. Pero si el primum vivere es condición necesaria para el deinde<br />
Prólogo: Las preguntas de la ciencia 9<br />
philosophari, ¾no hemos llegado a una conclusión demasiado pesimista? Resultaría<br />
que tendríamos que hacernos cientícos para entender la ciencia, y ½en una vida no<br />
da tiempo a hacer tantas cosas! (por seguir con el latín, lo podemos expresar con<br />
otro adagio: el que dice ars longa, vita brevis ).<br />
Afortunadamente, creo que hay un atajo: si la vida es corta, si no podemos vivir<br />
todo en primera persona, sí podemos enriquecernos con las experiencias de los demás.<br />
La literatura nos permite meternos en la piel de Don Quijote, de Raskolnikov o de<br />
Madame Bovary. La historia, cuando es algo más que el palmarés de los poderosos,<br />
puede enseñarnos cómo se pensaba en otras épocas y permitirnos vivir otras vidas.<br />
Eso es lo que buscaremos en este libro, y por eso haremos historia de la ciencia.<br />
Pero no como un n sino como un medio: nuestro objetivo será ver la ciencia desde<br />
dentro, para aprender a pensar como los cientícos. Al nal del libro, cuando ya nos<br />
hayamos familiarizado con esa historia, podremos echar un vistazo con más provecho<br />
a la losofía.<br />
El peligro whig<br />
Hay que tener presente este objetivo porque la historia de la ciencia también<br />
tiene sus trampas. En una de ellas caen casi todos los libros de divulgación; es tan<br />
habitual que se ha ganado un nombre propio: la historiografía whig.<br />
Lo mejor para entender de qué se trata es verlo con un ejemplo típico: el caso<br />
de Aristarco de Samos, que armó, 300 años antes de Cristo, que todos los planetas<br />
giran en torno al Sol. Así lo cuenta Carl Sagan en su célebre libro Cosmos:<br />
Durante la mayor parte de los 1800 años que separan a Aristarco de<br />
Copérnico, nadie conoció la disposición correcta de los planetas, a<br />
pesar de haber sido expuesta de modo perfectamente claro en el 280 a.<br />
de C. La idea escandalizó a algunos de los contemporáneos de<br />
Aristarco. Hubo gritos, como los dedicados a Anaxágoras, a Bruno y a<br />
Galileo, pidiendo que se les condenara por impiedad.<br />
Ciertamente es sorprendente que no se aceptara la teoría correcta cuando ya<br />
había sido descubierta, y la explicación más cómoda es pensar que fue por los gritos<br />
de fanáticos inmovilistas. Pero lo cierto es que no hay pruebas de tal cosa, y sí de que<br />
los griegos tenían buenas razones para rechazar la teoría de Aristarco sobre bases<br />
puramente cientícas. Entendían perfectamente que los movimientos de los astros se<br />
explicaban igual de bien con una Tierra móvil y un Sol jo que con una Tierra ja y<br />
un Sol móvil. Pero ¾por qué suponer que la Tierra se mueve cuando es evidente que<br />
está ja? Hoy lo aceptamos sin rechistar porque nos lo han enseñado de pequeños,<br />
pero los antiguos griegos, no sometidos a este adoctrinamiento, tenían más sentido<br />
crítico que nosotros. En realidad, cuando estudiemos este asunto ½llegaremos a la<br />
conclusión de que hasta Galileo lo más racional fue el geocentrismo!<br />
El problema no está en la presunta irracionalidad o fanatismo de los griegos, sino<br />
en nosotros. Miramos el pasado con los ojos del presente y solo apreciamos lo que está<br />
en sintonía con nuestras ideas. Caemos así constentemente en valoraciones anacrónicas:<br />
creemos que Aristarco era un genio incomprendido y Ptolomeo un mediocre.<br />
Esa era la cítica que el destacado historiador británico Sir Herbert Buttereld hacía<br />
10 Prólogo: Las preguntas de la ciencia<br />
a los victorianos del partido whig: que enjuiciaban el pasado con los criterios de su<br />
presente. No eran capaces de concebir que hubiera otros, porque, siendo unos rmes<br />
creyentes en el progreso, asumían que la nalidad de toda historia era llevar mundo<br />
a la cumbre de civilización que ellos representaban.<br />
Hoy ya no consideramos tan evidente ese progreso moral y social del que ellos<br />
presumían, pero nadie sensato puede discutir que en la ciencia sí hay progreso. Por<br />
eso aquí sigue siendo muy fuerte la tentación de hacer historia al modo whig. Otro<br />
gran historiador británico, A. C. Crombie, lo explicó muy bien:<br />
Puesto que la Ciencia no progresa auténticamente sino haciendo<br />
descubrimientos y detectando errores, es casi irresistible la tentación de<br />
considerar los descubrimientos del pasado como meros anticipos y<br />
contribuciones a la ciencia actual y borrar los errores suponiendo que<br />
no condujeron a ninguna parte.<br />
Es precisamente esta tentación, que pertenece a la esencia de la<br />
Ciencia, la que puede hacernos más difícil algunas veces comprender<br />
cómo se realizaron de hecho los descubrimientos y cómo fueron<br />
consideradas las teorías por los autores en su propia época; tentación<br />
que puede llevar a la forma más insidiosa de falsicación de la Historia.<br />
Olvidar lo que sabemos<br />
Este es el punto esencial: si no razonamos en los términos de la época, si no<br />
estudiamos el pasado de atrás hacia adelante, no podremos entender nada de lo<br />
que realmente ocurrió. Por eso, en la historia whig que cultivan los divulgadores<br />
como Sagan, el pasado está lleno de fanáticos oscurantistas (¾cómo si no pudieron<br />
rechazar algo tan evidente cómo que la Tierra se mueve?). Sólo nuestros precursores<br />
destacan como héroes solitarios&#8230; aunque a menudo, como en el caso de Aristarco,<br />
no tuvieran razón a la luz de los conocimientos de su época.<br />
Caer en esta trampa sería fatal para nuestro proyecto de entender cómo fuciona<br />
la ciencia a través de su historia. Por eso será esencial desaprender : olvidar que<br />
sabemos que la Tierra es una esfera que gira alrededor del Sol, que ese Sol nos atrae<br />
y nos mantiene en órbita, que las luces que vemos por la noche son otros soles&#8230;<br />
Olvidar todas esas cosas que sólo consideramos evidentes porque nos las enseñaron<br />
cuando éramos demasiado pequeños para tener sentido crítico, pero que la mayoría<br />
de nosotros no sabemos justicar más que apelando al argumento de autoridad.<br />
Nuestra tarea será entender cómo llegamos a saberlas evitando los anacronismos,<br />
intentando mirar los problemas con los ojos de sus protagonistas. Y sin borrar los<br />
errores, porque lo que hoy nos parecen teorías equivocadas a menudo fueron en su<br />
día grandes aciertos, y pueden ser las que más nos enseñen sobre cómo funciona la<br />
ciencia.<br />
Sólo así podremos entender las preguntas que se hacían los cientícos, hacer nuestros<br />
los problemas con los que lucharon, pensar por nosotros mismos unas respuestas<br />
y apreciar las que ellos dieron: en denitiva, participar en la ciencia. Porque, aunque<br />
en los libros de texto pueda parecerlo, la ciencia no es un catálogo de respuestas. La<br />
ciencia gira en torno a las preguntas. Y su afán detectivesco no puede entenderse<br />
Prólogo: Las preguntas de la ciencia 11<br />
si no sabemos qué pistas tenemos y qué misterio estamos resolviendo&#8230; pero no hay<br />
misterio si han empezado por darnos las respuestas.<br />
Una historia especial<br />
Por eso la historia que hagamos tendrá que ser una historia especial. Ante todo,<br />
no daremos nada por sabido: empezaremos con la mirada limpia de un griego del<br />
siglo VI a.d.C. Y tendremos que asumir algunas limitaciones:<br />
No abarcaremos mucho; de hecho, nos vamos a limitar casi en exclusiva a<br />
la pequeña parcela que forman la cosmología y la mecánica. Gracias a esta<br />
limitación podremos entrar en detalles que habitualmente no se cuentan, y que<br />
son imprescindibles para entender qué estaban haciendo realmente personajes<br />
como Hiparco, Copérnico o Galileo, y distinguir dónde está su auténtico mérito<br />
(que casi siempre no es el que suele atribuírseles).<br />
Acabaremos nuestro estudio en Newton, así que no hablaremos de nada novedoso.<br />
De este modo podremos ver la evolución de las ideas desde su origen y<br />
las entenderemos mejor. Y las matemáticas, que a partir de Newton se complican<br />
mucho, no serán un problema (aunque hay algunas fórmulas por aquí<br />
y por allá, todo lo que requiere algún conocimiento previo de matemáticas se<br />
ha relegado a los apéndices).<br />
Nos limitaremos a cosas bastante conocidas: las fases de la luna, los mapas, el<br />
movimiento de un cuerpo que cae&#8230; No habrá aquí ni agujeros negros ni viajes<br />
en el tiempo. De ese modo no tendremos que abandonar nuestra intuición:<br />
podremos pensar por nosotros mismos y nos daremos cuenta de cómo las cosas<br />
aparentemente más sencillas no lo son tanto, y hasta qué punto no sabemos lo<br />
que creemos saber.<br />
En denitiva, nuestro enfoque va a ser el opuesto al habitual en los libros de<br />
divulgación. Si el lector quiere que le cuenten un montón de resultados novedosos<br />
en las fronteras del saber, es mejor que busque otro libro: nosotros vamos a explicar<br />
pocas cosas, antiguas y (presuntamente) bien conocidas. Pero si quiere entender<br />
cómo funciona la ciencia, siga leyendo.<br />
0.0.1. Observaciones [¾?]<br />
Notas no intrusivas. Agradecimientos.<br />
12 Prólogo: Las preguntas de la ciencia<br />
Capítulo 1<br />
En el principio fue la medida<br />
Cuando no podemos medir, nuestro conocimiento tiene un carácter pobre<br />
y poco satisfactorio<br />
Lord Kelvin<br />
Seguramente no ha habido una sociedad con mayor entusiasmo por la ciencia que<br />
la Inglaterra del siglo XIX. Hoy sabemos mucho más, tenemos muchos más cientícos<br />
y éstos manejan un presupuesto enormemente mayor, pero nuestra actitud ante la<br />
ciencia es más ambigua. Hiroshima, las denuncias de los movimientos ecologistas<br />
y, últimamente, el miedo al calentamiento global han moderado la juvenil fe en el<br />
progreso que tenían los súbditos de la Reina Victoria.<br />
Entonces, las conferencias que la Royal Society organizaba en Londres eran un<br />
acontecimiento social de primer orden: personas de todas las edades y condiciones<br />
se agolpaban para oir las explicaciones de Humphry Davy o de Michael Faraday<br />
sobre química o electricidad (las deliciosas conferencias de Faraday sobre la química<br />
de la combustión, reunidas en La historia química de una vela , no han dejado de<br />
reeditarse desde entonces).<br />
Estos brillantes cientícos victorianos estaban poseídos por una pasión cuanti-<br />
cadora. Para ellos, la ciencia no podía trabajar si no tenía datos, y los datos sólo<br />
podían ser cuantitativos. La construción de instrumentos de medida tuvo un auge<br />
extraordinario, pero la medida no se basaba sólo en aparatos; requería, a menudo,<br />
una compleja interacción entre datos y teoría. Así, William Thomson (al que, en<br />
virtud de sus muchos servicios al Imperio Británico, se le concedió el título de Lord<br />
Kelvin en 1892) fue capaz de medir la edad de la Tierra basándose en el aumento de<br />
temperatura observado al descender a una mina y el tiempo que requeriría, según la<br />
teoría de la conducción del calor, enfriar su esfera desde un estado inicial de fusión<br />
hasta la temperatura observada actualmente.<br />
Por la misma época, Francis Galton, el primo de Darwin, llevaba la medida a<br />
extremos casi maníacos:<br />
En su laboratorio midió cabezas, narices, brazos, piernas, color de ojos<br />
y pelo, capacidad respiratoria, fuerza al tirar y al estornudar, agudeza<br />
de vista y oído, tiempo de reacción, altura, peso, y así sucesivamente.<br />
13<br />
14 1. En el principio fue la medida<br />
Compiló estadísticas sobre el tiempo, sobre las propiedades de los<br />
gemelos idénticos, la frecuencia de los bostezos, la esterilidad de los<br />
herederos, la duración de la vida, la herencia de caracteres físicos y<br />
mentales. Contó el número de movimientos por minuto de las<br />
personas que asistían a conferencias; el propósito de esta observación<br />
era aparentemente derivar un coeciente de aburrimiento. Hizo un<br />
mapa de belleza de las Islas Británicas, clasicando a las chicas con<br />
las que se cruzaba por la calle en varias ciudades como atractivas,<br />
indiferentes o repelentes; registraba la puntuación haciendo agujeros<br />
en un papel que guardaba en el bolsillo. Londres quedó en primer<br />
lugar, Aberdeen en el último.<br />
No es de extrañar que intentos como estos hayan provocado críticas. Muchos<br />
han echado en cara a la ciencia que todo lo convierte en números. El venerable<br />
Aristóteles habría estado de acuerdo: para él, la cuanticación nos impide acceder a<br />
las esencias, a la auténtica naturaleza de las cosas, que es cualitativa, no cuantitativa.<br />
Pero por el momento vamos a dejar de lado esta polémica. Lo cierto es que la<br />
medida ha resultado ser, históricamente, uno de los ingredientes básicos de la ciencia,<br />
y para entender qué es la ciencia debemos entender qué es medir, cómo se mide, y<br />
por qué los cientícos se empeñan en hacerlo. Más adelante, cuando nos hayamos<br />
familiarizado con la manera de pensar de los cientícos como Lord Kelvin, podremos<br />
reconsiderar cual es el papel de la medida en la ciencia. Pero antes nos queda mucho<br />
por descubrir.<br />
1.1. Los orígenes de la geometría<br />
Según el Diccionario de la Real Academia Española, medir es comparar una<br />
cantidad con su respectiva unidad, con el n de averiguar cuantas veces la segunda<br />
está contenida en la primera. Esta denición describe bien la realización de una<br />
medida directa. Es lo que hacemos multitud de veces en la vida cotidiana: en una<br />
tienda, medimos un mueble con el metro para saber si nos cabrá en el salón; o en la<br />
cocina, siguiendo una receta, medimos con una cuchara la harina que hay que echar<br />
en la masa del bizcocho.<br />
Esta operación es muy sencilla, pero supone ya cierto grado de sosticación:<br />
parece que en el Paleolítico sólo se sabía contar unidades discretas, y no fue hasta<br />
el Neolítico cuando las necesidades de la agricultura obligaron a aguzar el ingenio<br />
(½imaginemos la complicación que supondría contar el grano en vez de medirlo!).<br />
Más ingenio aún exigió el problema de medir las áreas de los terrenos cultivados.<br />
Se planteó en Egipto, donde por primera vez un gobierno centralizado obligó a pagar<br />
impuestos en proporción al tamaño de las ncas. Medir una nca con un método<br />
directo es muy engorroso: habría que construir una unidad de área (un rectángulo<br />
patrón) y ver cuantos de esos rectángulos caben en la nca, sin dejar huecos entre<br />
ellos y sin solaparse&#8230; Claramente, sería mucho más práctico poder medir la nca a<br />
partir de la longitud de sus lados, es decir, hacer una medida indirecta. Y aquí hace<br />
su aparición la geometría. Los egipcios fueron los primeros que supieron calcular el<br />
área del rectángulo (como el producto de la longitud de la base por la altura) y la<br />
1.2 Tales de Mileto 15<br />
de otras guras geométricas sencillas, como el trapecio, el triángulo, y con cierta<br />
aproximación, el círculo. Y no sólo áreas: también volúmenes, como el del cilindro<br />
y, cómo no, el de la pirámide.<br />
No es extraño que los griegos consideraran a los egipcios como los padres de<br />
la geometría. Pero los historiadores modernos han matizado mucho esta opinión.<br />
Los egipcios tenían procedimientos para resolver problemas geométricos, pero no<br />
tenían demostraciones de esos procedimientos. Parece que llegaban a los resultados<br />
por tanteo, y no generalizaban: se conformaban con los casos particulares de interés<br />
para las aplicaciones.<br />
De este pragmatismo dan testimonio los papiros matemáticos que se conservan,<br />
muchos de los cuales debían usarse como textos en las escuelas de escribas. Estos<br />
papiros son colecciones de problemas que se limitan al enunciado y a una escueta<br />
solución, que generalmente contiene sólo las operaciones necesarias para la resoluci<br />
ón, sin comentarios. Parece que el escriba utilizaba la solución como una plantilla<br />
en la que podían sustituirse los datos de otro problema análogo. Pero no le interesaba<br />
por qué el problema se resolvía así: los textos egipcios no contenían teoría.<br />
De modo que, pese a lo que pensaban los propios griegos, hoy consideramos<br />
que los auténticos padres de la geometría son ellos, y no los sacerdotes y escribas<br />
del antiguo imperio del Nilo. De hecho, aunque se han vendido millones de libros<br />
populares sobre la sabiduría perdida del antiguo Egipto y el poder mágico de<br />
las pirámides, los historiadores tienen poco aprecio por la presunta ciencia egipcia.<br />
En palabras de Otto Neugebauer, uno de los mayores expertos en la matemática<br />
antigua:<br />
Constituye un error conceder a los documentos egipcios, matemáticos o<br />
astronómicos, el título glorioso de obras cientícas, o admitir la<br />
existencia de una ciencia todavía desconocida, secreta o perdida, que es<br />
imposible rastrear en los textos que han llegado hasta nosotros.<br />
Lo que hoy entendemos por ciencia, como lo que hoy entendemos por geometría,<br />
no es una colección de recetas, aunque con ellas seamos capaces de construir la Gran<br />
Pirámide. Hoy consideramos que para que pueda hablarse de ciencia tiene que haber<br />
teoría y eso fue, sin duda, un invento griego.<br />
1.2. Tales de Mileto<br />
Hubo muchos pensadores que contribuyeron al nacimiento de la teoría en la<br />
Grecia antigua, pero si hay que elegir un padre, no hay duda de que sería Tales.<br />
Vivió en el siglo VI a.C. en la (por entonces) próspera ciudad griega de Mileto, en<br />
la costa mediterránea de lo que hoy es Turquía.<br />
Sabemos poco de él a ciencia cierta, pero la tradición ha conservado un buen<br />
puñado de leyendas sobre su vida. Según una de ellas, viajó a Egipto, donde aprendió<br />
la geometría, que luego enseñó a los griegos. Sin embargo, sus conocimientos eran<br />
superiores a los de los egipcios, y, sobre todo, su actitud era muy distinta. Tales<br />
quería entender. Conocía fórmulas egipcias y fórmulas babilonias para el cálculo de<br />
16 1. En el principio fue la medida<br />
áreas. Y algunas no coincidían: las dos no podían ser verdaderas. Concibió así la<br />
idea de que no bastaba una receta empírica: había que demostrar las cosas.<br />
Algunas de las cosas que Tales demostró eran tan aparentemente evidentes como<br />
que el diámetro de un círculo lo divide en dos partes iguales, o que un triángulo<br />
equilátero (es decir, con los tres lados iguales) tiene también sus tres ángulos iguales.<br />
No es extraño que sus vecinos de Mileto pensaran que tenía la cabeza en las nubes,<br />
como ilustra una célebre anécdota relatada por Platón en el Teeteto:<br />
Cierta tarde caminaba acompañado por una mujer, y se quedó tan<br />
absorto en el estudio de los cielos que se cayó en una acequia. Su<br />
compañera, seguramente molesta por su preferencia por las bellezas de<br />
la naturaleza en detrimento de otras, le recriminó: ¾cómo esperas<br />
aprender algo de las estrellas, si no sabes lo que tienes bajo tus pies?<br />
La actitud especulativa de Tales queda también patente en su preocupación por<br />
cual es la materia prima fundamental del universo, la materia de la que están hechas<br />
todas las cosas y subyace a todos los cambios. Era la primera vez, que sepamos, que<br />
alguien se hacía este tipo de preguntas. Poco importa que la respuesta que dio (la<br />
materia prima es el agua) no fuera la correcta. Lo importante es que con Tales<br />
estaba naciendo una nueva actitud ante el mundo, la actitud que está en el origen<br />
común de la ciencia y la losofía.<br />
Pero aunque sus contemporáneos no entendieran estas inútiles preocupaciones<br />
teóricas, y se mofaran del sabio despistado en historias que han sobrevivido a los<br />
siglos, hay otro tipo de historias sobre Tales. Diógenes Laercio, en sus Vidas de los<br />
más ilustres lósofos griegos cuenta que<br />
queriendo Tales manifestar la facilidad con la que podía enriquecerse,<br />
como hubiera conocido que había de haber presto gran cosecha de<br />
aceite, tomó en arriendo muchos olivares, y ganó muchísimo dinero.<br />
Sin duda, Tales había previsto la buena cosecha porque fue el primero en estudiar<br />
las mudanzas del aire, como dice Laercio, igual que fue el primero que cultivó la<br />
astrología y predicó [sic] los eclipses de Sol. Así ocurrió con el célebre eclipse del<br />
año 585 a.C., que, por el terror que provocó en los soldados, puso n a una batalla<br />
entre los soldados lidios y medos en las cercanías de Mileto. Tales había vaticinado<br />
un eclipse para ese año, y podemos imaginar el aura de prestigio y misterio que le<br />
rodeó a partir de entonces. Quizá, después de todo, las preocupaciones teóricas no<br />
eran tan inútiles.<br />
1.3. Pirámides y teoremas<br />
Hemos dicho que Tales se empeñó en demostrar verdades geométricas aún cuando<br />
podían parecer evidentes. Nació así la idea de teorema. Y el más antiguo de los<br />
teoremas geométricos es el que todavía lleva el nombre de Tales. Supongamos varias<br />
líneas paralelas, que en la Figura 1.1 (a) hemos dibujado horizontales. Sean ahora<br />
dos rectas perpendiculares a éstas. Quedan divididas por las líneas horizontales en<br />
1.3 Pirámides y teoremas 17<br />
A&#8217; A&#8217; A&#8217;<br />
A&#8217; A&#8217; A&#8217;<br />
A A A<br />
O<br />
B&#8217; B&#8217; B&#8217;<br />
B&#8217; B&#8217; B&#8217;<br />
B B B<br />
(a) (b) (c)<br />
Figura 1.1: El teorema de Tales<br />
una serie de segmentos (AA0, A0A00&#8230; a un lado, BB0,B0B00 a otro) que evidentemente<br />
son iguales dos a dos. Podemos escribir esto así:<br />
BB0<br />
AA0<br />
= B0B00<br />
A0A00<br />
= ::: = 1<br />
Pero si una de las rectas es oblicua (Figura 1.1 (b)), todos los segmentos que<br />
ésta determina son más largos. La idea de Tales es que todos son más largos en la<br />
misma medida. Es decir, los cocientes de las longitudes no serán ahora iguales a 1,<br />
pero serán todos iguales entre sí:<br />
BB0<br />
AA0<br />
= B0B00<br />
A0A00<br />
= ::: &gt; 1<br />
Si esto es cierto, no es difícil ver que también lo será cuando las dos rectas son<br />
oblicuas, como en (c). Podemos escribir entonces, por ejemplo, que<br />
OB0<br />
OA0<br />
=<br />
OB<br />
OA<br />
Todos los segmentos que las líneas paralelas determinan sobre una y otra línea<br />
oblicua guardan entre sí la misma proporción. Este teorema, que nosotros sólo hemos<br />
expuesto, fue demostrado por Tales. Pero, ¾para qué sirve? ¾podríamos convencer,<br />
digamos, a un egipcio, de que merece la pena?<br />
El caso es que dice una leyenda que Tales, durante su estancia en Egipto, midió<br />
la altura de una pirámide. Y para hacerlo, probablemente, utilizó su teorema.<br />
Ante todo, vamos a despejar OB0 de la ecuación anterior:<br />
OB0 = OA0 <br />
OB<br />
OA<br />
Ahora, imaginemos a Tales situado al pie de la pirámide (Figura 1.2 (a)). Ambos<br />
proyectan sombras que son fáciles de medir, y es intuitivo que a mayor altura mayor<br />
sombra. Pero ¾podemos saber la altura de la pirámide a partir de la longitud de su<br />
sombra? Si simplicamos un poco el dibujo (Figura 1.2 (b)) nos encontramos con<br />
un diagrama que, aunque girado, es del todo equivalente al de la Figura 1.1 (c).<br />
18 1. En el principio fue la medida<br />
O O<br />
B B<br />
B&#8217; B&#8217;<br />
A&#8217; A A&#8217; A<br />
Al Sol<br />
(a) (b)<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 1.2: Midiendo la altura de una pirámide<br />
Vemos ahora que los segmentos OB, OB0,&#8230; son las alturas, y los segmentos OA,<br />
OA0,&#8230; son las sombras. El teorema de Tales signica que la proporción entre alturas<br />
y sombras es la misma para todos los objetos. Por tanto, podemos pasar de unas a<br />
otras multiplicando por un factor de proporcionalidad, y podemos obtener ese factor<br />
midiendo la sombra y la altura de cualquier objeto conocido. La ecuación anterior<br />
nos dice que el factor es OB<br />
OA: basta medir OB (altura de Tales) y OA (longitud de<br />
su sombra) para saber su valor.<br />
Lo que ha hecho Tales aquí es seguramente el primer ejemplo histórico de aplicaci<br />
ón de un modelo matemático en este caso geométrico a la resolución de un<br />
problema físico. Para ello, tiene que empezar por simplicar la situación, quedándose<br />
con los elementos esenciales, como un arquitecto al hacer un croquis. Así pasamos<br />
de la parte (a) a la parte (b) de la Figura 1.2. Ahora, en lugar de razonar sobre<br />
pirámides y sombras, razonamos con objetos geométricos. Y en este caso, el razonamiento<br />
que necesitamos ya lo hemos realizado: es precisamente el teorema de<br />
Tales.<br />
El método de Tales<br />
Con toda su aparente sencillez, el proceso que hemos seguido va a tener una<br />
enorme importancia. Aparece una y otra vez siempre que hacemos ciencia, y por eso<br />
merece que lo examinemos con detenimiento. Lo vamos a hacer con el esquema de<br />
la Figura 1.3. En este esquema, partimos de un problema del mundo real (¾qué<br />
altura tiene esta pirámide?), y usando de las simplicaciones o analogías que sean<br />
pertinentes, lo traducimos a un problema geométrico, o, en general, matemático (el<br />
croquis de la Figura 1.2). Este proceso de simplicación es lo que suele llamarse<br />
hacer un modelo. Hemos modelizado el suelo por un segmento horizontal, las alturas<br />
por segmentos perpendiculares al suelo, etc.<br />
Ahora, nuestro razonamiento se realiza en el mundo de las matemáticas, y<br />
llegamos a un resultado matemático (en este caso, la longitud de un segmento en<br />
función de otros). Finalmente, tenemos que hacer la traducción en sentido contrario,<br />
de las matemáticas a la realidad, interpretando ese resultado (aquí, la longitud que<br />
hemos calculado es la altura de la pirámide). Podemos resumir todo el proceso en<br />
el esquema de la gura (1.3).<br />
1.3 Pirámides y teoremas 19<br />
MetodoTales.pdf<br />
“Mundo real”<br />
Datos del<br />
problema<br />
Solución al<br />
problema<br />
Traducción<br />
( simplificaciones)<br />
Traducción<br />
( interpretación)<br />
Resultado<br />
p ) p )<br />
Razonamiento matemático<br />
Modelo matemático<br />
“Mundo de las matemáticas”<br />
Figura 1.3: El método de tales: Resolución de un problema del mundo real usando un modelo<br />
matemático<br />
Este es, pues, el método de Tales, y no hay duda de que ha funcionado. Pero<br />
el lector puede cuestionarse si era necesario dar ese rodeo por el mundo de las<br />
matemáticas ¾No podíamos haber pasado directamente del problema a la solución,<br />
sin recurrir a un modelo? Así lo hacían los escribas egipcios en sus problemas de<br />
cálculo de áreas y volúmenes, y este problema no parece mucho más difícil.<br />
Quizá parezca que el enfoque egipcio podría funcionar&#8230;, pero lo cierto es que<br />
fue Tales quien midió la pirámide. Muchos egipcios habrían observado que los objetos<br />
más altos proyectan sombras más largas, pero ninguno fue capaz de usar las sombras<br />
para medir alturas. Y es que hace falta mucho más que esa simple observación.<br />
Ante todo, hay que concebir el concepto de proporción, que es el que permite<br />
transformar una observación cualitativa sobre las sombras en una relación cuantitativa<br />
que sirve para calcular. La idea de proporción es inmensamente útil, pero<br />
sólo se capta bien en el estudio de la geometría (y precisamente, la mayoría de las<br />
aplicaciones de la proporción puede considerarse que derivan del Teorema de Tales).<br />
Además, para atreverse a hacer proporciones entre cosas tan heterogéneas como la<br />
altura de un objeto y la longitud de una sombra hace falta ver ambas cosas simplemente<br />
como longitudes, y eso no es fácil si no se tiene la costumbre de traducir<br />
problemas con objetos reales a problemas geométricos.<br />
Una vez que se tiene familiaridad con el concepto de proporción, hay que convencerse<br />
de que la proporción entre altura y longitud de la sombra es la misma para<br />
todos los objetos, y que por eso podemos obtenerla a partir de cualquier objeto que<br />
resulte conveniente. Es difícil adquirir esa convicción empíricamente: podemos medir<br />
diez palos verticales y sus diez sombras y obtener la misma proporción, pero no tenemos<br />
garantía de que eso ocurra para el undécimo palo. Y ¾qué ocurre si cambiamos<br />
de tipo de objeto?¾la proporción para palos será misma que para personas?¾Y si<br />
el palo no está perfectamente vertical? Tendríamos que pasarnos el día haciendo<br />
medidas para asegurarnos, pero al ir cayendo la tarde se alargarían las sombras&#8230;½y<br />
la proporción cambiaría! La única manera de convencerse de que la proporción es<br />
20 1. En el principio fue la medida<br />
universal es darse cuenta de que se trata de una cuestión geométrica, y para eso<br />
tenemos que hacer el croquis que hicimos en la Figura 1.2.<br />
De modo que difícilmente podrían haber llegado los egipcios a medir la altura de<br />
una pirámide a partir de su sombra: la única manera natural de concebir el método<br />
es en el marco de la geometría. Pero aún en el caso de que algún escriba inspirado<br />
hubiera dado con la ecuación que nos daba la proporción entre sombra y altura (pg.<br />
17) sin ningún modelo geométrico, no habría llegado muy lejos, porque no tendría<br />
claro cuando se puede aplicar y cuando no.<br />
Por ejemplo, la proporción entre altura y longitud de la sombra tiene un valor<br />
único para todos los objetos a una hora determinada: como ya hemos dicho, según<br />
va cayendo la tarde, las sombras se van alargando. Así que nuestro método sólo<br />
será válido si medimos las dos sombras a la vez. Esto es obvio a la vista del modelo<br />
geométrico de la Figura 1.2, pero no lo sería tanto para nuestro escriba.<br />
Otro ejemplo: el método es válido si los rayos del Sol son paralelos. Eso sólo es<br />
cierto si el Sol está muy lejos (a una distancia mucho mayor que las longitudes que<br />
intervienen en el problema). En el caso de la pirámide no hay problema con esta<br />
condición, pero podría haberlo si quisiéramos aplicar este método a objetos dentro<br />
de una habitación, con las sombras proyectadas por una vela. Aquí, una vez más,<br />
nuestro escriba no sabría por qué el método ha dejado de funcionar.<br />
Matemáticas, precocinados y trenes<br />
Dar un rodeo por el mundo de las matemáticas (Figura 1.3) en vez de intentar<br />
resolver los problemas a la egipcia, saltando de los datos a la solución tiene, pues,<br />
ventajas porque facilita dar con la solución al problema, y, una vez encontrada ésta,<br />
permite entender qué límites de validez tiene. Pero ¾por qué tiene esas ventajas?<br />
Podemos encontrar al menos tres razones:<br />
1. Sencillez. El mundo real es demasiado complicado. Hay demasiados objetos,<br />
demasiados efectos incontrolables que pueden intervenir y de los que no podemos<br />
llevar la cuenta. En el mundo de las matemáticas podemos tener a la<br />
vista todos los elementos que intervienen y razonamos con mucha más seguridad.<br />
Al utilizar la estrategia de la Figura 1.3, transferimos buena parte del<br />
razonamiento a ese mundo más seguro.<br />
2. Estructuración. Cualquiera que haya escrito un programa informático sabe que<br />
al aumentar su tamaño se disparan las probabilidades de cometer un error y<br />
se hace cada vez más difícil encontrarlo. La única manera de tener la situación<br />
bajo control es parcelando el programa en pequeñas subrutinas, encargadas<br />
cada una de una tarea particular. Con esta programación estructurada podemos<br />
equivocarnos, pero es más fácil identicar dónde está el error, sus efectos<br />
quedan acotados, y el proceso de depuración se hace mucho más ecaz. El<br />
método de la Figura 1.3 es un modo de estructurar nuestro razonamiento que<br />
mantiene nuestros errores bajo control: podemos equivocarnos en las simpli-<br />
caciones hechas para llegar al modelo, en el razonamiento matemático, o en la<br />
interpretación de resultados, y cualquiera de estas etapas se puede depurar<br />
por separado.<br />
1.4 Generalizaciones prácticas y teóricas 21<br />
3. Potencia. Por otra parte, en la etapa de razonamiento matemático tenemos<br />
la ventaja de que con el tiempo los matemáticos han desarrollado muchos razonamientos<br />
precocinados. Lo único que hace falta para usarlos es conseguir<br />
traducir el problema real a una forma matemática a la que se aplique el razonamiento.<br />
A partir de ahí, las matemáticas funcionan solas, como una máquina:<br />
con total seguridad y con un enorme ahorro de trabajo.<br />
Un ejemplo de razonamiento precocinado es la trigonometría, desarrollada por<br />
Apolonio y otros matemáticos griegos. Podemos considerarla (vamos a verlo en parte<br />
en las secciones sucesivas) como una máquina que automatiza los razonamientos con<br />
proporciones geométricas. Otro ejemplo es el cálculo innitesimal, inventado por<br />
Newton y Leibniz para automatizar los razonamientos con magnitudes que varían<br />
en el tiempo o el espacio. Al no disponer de él, un genio como Galileo se encontró<br />
con grandes dicultades (y llegó a cometer errores) en cuestiones que hoy se estudian<br />
en bachillerato (pg. 140).<br />
Si en la Figura 1.3 imaginamos que el mundo de las matemáticas es el subsuelo,<br />
y el mundo real es la supercie, podemos comparar el razonamiento matemático<br />
con un tren del metro. No podemos montarnos en el metro al nivel de la calle:<br />
primero tenemos que entrar en una estación, pagar un billete y bajar las escaleras<br />
hasta el andén. Esta bajada al subsuelo se corresponde, en nuestra comparación,<br />
con la traducción de los datos del problema real al modelo matemático: el croquis<br />
para pasar de sombras y pirámides a segmentos de recta. Una vez sentados en el<br />
tren, éste nos lleva con rapidez y sin esfuerzo. Llegados a la estación de destino,<br />
para salir de nuevo a la supercie tenemos que subir otras escaleras, interpretando<br />
los resultados. La gran ventaja del metro es que el trabajo duro (hacer el túnel)<br />
nos lo han hecho otros: Apolonio, Leibniz o Newton. Nosotros sólo tenemos que<br />
preocuparnos de pagar el billete y de acertar con la línea apropiada.<br />
En cierto modo, pues, las matemáticas funcionan como una infraestructura de<br />
transporte. En sus túneles nos podemos mover casi sin dicultad, pero al menos si<br />
estamos haciendo ciencia no nos interesa quedarnos en ellos, porque no están en el<br />
plano del mundo real. Wittgenstein lo dijo de un modo más críptico:<br />
Las matemáticas son un método lógico. Las proposiciones matemáticas<br />
no expresan pensamientos. En la vida real no existe una proposición<br />
matemática que necesitemos, sino que usamos las proposiciones<br />
matemáticas sólo para inferir, de proposiciones que no pertenecen a las<br />
matemáticas, otras proposiciones que igualmente tampoco pertenecen a<br />
las matemáticas.<br />
1.4. Generalizaciones prácticas y teóricas<br />
En la sección anterior hemos ensalzado extensamente el método de Tales, es<br />
decir, el uso de un modelo geométrico para resolver un problema del mundo real.<br />
Pero nos falta por recalcar una de sus principales virtudes: que hace posible las<br />
generalizaciones.<br />
22 1. En el principio fue la medida<br />
Al reducir el problema al esquema geométrico de la Figura 1.2, nos damos cuenta<br />
de que nuestra solución se basa en que los triángulos A&#8217;OB&#8217; y AOB son semejantes, es<br />
decir, uno es una versión a escala del otro. El Teorema de Tales dice que en triángulos<br />
semejantes, los lados correspondientes guardan entre sí la misma proporción. Y esta<br />
relación es la que nos ha servido para despejar la altura de la pirámide en función<br />
de longitudes conocidas.<br />
Pero una vez que nos damos cuenta de esto, podemos convertirlo en una estrategia:<br />
cada vez que intentes medir una longitud, busca triángulos semejantes.<br />
Tales y el barco<br />
Por ejemplo, se cuenta que Tales fue capaz de medir la distancia de un barco a<br />
la playa. He aquí como pudo hacerlo. Se colocó en un punto de la playa enfrente del<br />
barco (O en la Figura 1.4), clavó ahí una estaca en la arena, y avanzó unos cuantos<br />
pasos hasta un punto A, donde clavó otra estaca. Siguió andando paralelamente<br />
al mar, hasta un punto O&#8217; relativamente alejado. En ese punto, clavó otra estaca<br />
y se dirigió perpendicularmente hacia el interior, hasta un punto desde el que la<br />
estaca de A se viera alineada con el barco (punto C). Probablemente, los curiosos<br />
mirarían trabajar a Tales sonriendo, esperando a tener otra historia que contar de<br />
ese chiado. Pero nosotros podemos entender el porqué de ese misterioso ir y venir<br />
clavando estacas en la playa con sólo mirar su resultado nal en la Figura 1.4: Tales<br />
ha conseguido denir dos triángulos semejantes, OAB y O&#8217;AC y por tanto,<br />
OB<br />
OA<br />
=<br />
O0C<br />
O0A<br />
de donde deducimos que<br />
OB = OA <br />
O0C<br />
O0A<br />
Figura 1.4: Método de Tales para medir la distancia a un barco. Los triángulos OAB y O&#8217;AC<br />
son semejantes.<br />
1.4 Generalizaciones prácticas y teóricas 23<br />
½Sabemos la distancia al barco, a partir de distancias que se miden contando pasos<br />
cómodamente en la playa! Este método es una generalización del método usado<br />
para medir la altura de la pirámide: las dos ecuaciones anteriores son completamente<br />
análogas a las ecuaciones que encontramos entonces (pg. 17). Pero es una<br />
generalización poco obvia: estamos midiendo en horizontal, en vez de en vertical, y<br />
no utilizamos sombras. Difícilmente se nos habría podido ocurrir sin un modelo geom<br />
étrico que nos indique que lo esencial no es medir sombras, sino medir triángulos<br />
semejantes.<br />
El túnel de Eupalinos<br />
Averiguar la distancia de un barco a la costa tiene una utilidad práctica evidente,<br />
sobre todo si es un barco enemigo. Los métodos del chiado Tales no tardaron en<br />
despertar el interés de los militares y los gobernantes. Tenemos un ejemplo espectacular<br />
en el túnel bajo el monte Castro, en la isla de Samos. Este túnel, descrito por<br />
Herodoto y atribuido al ingeniero Eupalinos, fue construido hacia el año 530 a.C., y<br />
llevaba agua a Samos, la capital de la isla. En 1882, unos arqueólogos descubrieron<br />
el túnel, tal como lo había descrito Herodoto. Tenía un kilómetro de longitud y más<br />
de dos metros de anchura y altura, pero lo más notable no eran sus dimensiones,<br />
sino que estaba formado por dos tramos casi perfectamente rectos, que se unían en<br />
el centro en un recodo. Evidentemente, había sido excavado por dos brigadas de<br />
obreros que partieron de los dos extremos y avanzaron hacia el centro del monte,<br />
encontrándose con una precisión extraordinaria para la época: unos diez metros de<br />
error en horizontal y tres en vertical (como ejemplo, el acueducto que el rey Hezequ<br />
ías de Judea construyó para Jerusalén unos cien años antes tenía un recorrido en<br />
zigzag el doble de largo que la distancia entre sus extremos&#8230;).<br />
Figura 1.5: Esquema del método de Eupalinos para excavar un túnel bajo un monte (según Herón<br />
de Alejandría)<br />
¾Cómo pudo Eupalinos lograr esta extraordinaria precisión? No dejó ningún escrito,<br />
pero un autor posterior, Herón de Alejandría, describió un posible método, que<br />
utiliza los triángulos semejantes no para medir una distancia, sino para determinar<br />
una dirección.<br />
24 1. En el principio fue la medida<br />
Partimos de una de las bocas del túnel, marcada como A en la Figura 1.5.<br />
Nos alejamos en una dirección arbitraria (digamos, por simplicidad, que hacia el<br />
Oeste). Recorremos una distancia también arbitraria, hasta el punto E. Giramos<br />
90o y recorremos hacia el Norte otro trecho arbitrario hasta F. Giramos otra vez<br />
90o y vamos en línea recta hacia el Este hasta un punto G. En estos tres tramos<br />
hemos ido rodeando la montaña y ahora estamos a la vista de la otra boca del túnel,<br />
marcada como B. Nos dirigimos hacia ella, pero sin dejar de trazar ángulo rectos:<br />
primero, girando 90o en G, y luego andando hasta un punto H, elegido para que un<br />
último giro de 90o nos lleve directamente a B.<br />
Si pudiéramos seguir moviéndonos en ángulos rectos en el interior de la montaña,<br />
para ir de B a A pasaríamos por un punto C. Los puntos A, B y C determinan un<br />
triángulo rectángulo, cuya hipotenusa es el recorrido del túnel. Aunque no podemos<br />
ir al punto C, conocemos su ubicación a partir de los recorridos hechos en los tramos<br />
alrededor de la montaña, porque:<br />
BC = EF 􀀀 GH<br />
AC = FG 􀀀 EA 􀀀 BH<br />
De esta manera conocemos AC y BC y podemos ahora usar este conocimiento<br />
para jar la dirección en que debemos excavar. Para ello, colocamos una referencia<br />
R1 en un punto tal que los segmentos BP1 y R1P1 (ver Figura 1.5) estén en la misma<br />
proporción que AC y BC:<br />
R1P1<br />
BP1<br />
= BC<br />
AC<br />
De este modo, los triángulos ACB y BP1R1 son semejantes. Análogamente -<br />
jamos la referencia en R2. Ahora, para conseguir un túnel recto podemos dar una<br />
instrucción muy sencilla a los capataces: deben excavar de modo que al nunca pierdan<br />
de vista la referencia, al mirar atrás a lo largo del túnel.<br />
La trigonometría<br />
Hay que reconocer que tanto Tales como Eupalinos demostraron ingenio al extrapolar<br />
el método original de medida de la pirámide a los dos casos que acabamos<br />
de ver. Pero ese mismo carácter ingenioso de sus procedimientos es, bien pensado,<br />
un inconveniente. Medir distancias o determinar direcciones era útil para hacer<br />
túneles o para ubicar al enemigo, pero también para medir los terrenos, construir<br />
edicios, y cientos de otras aplicaciones que surgen en la vida civilizada. Si vamos<br />
a hacer estas operaciones a menudo, sería deseable tener métodos que dependieran<br />
menos de la inspiración, métodos más sistemáticos, que no necesitaran de un Tales<br />
o un Eupalinos en cada nueva aplicación.<br />
Con la idea de sistematizar nuestros métodos, vamos a volver al primer problema<br />
que estudiamos, la medida de la altura de la pirámide. Nuestro método se basaba en<br />
encontrar la constante de proporcionalidad entre la sombra y la altura, que, como<br />
vimos, depende únicamente de la inclinación de los rayos de Sol y no del tamaño del<br />
objeto. Es decir, en la Figura 1.6 (a), depende sólo del ángulo  y no del tamaño<br />
del triángulo. Vamos a llamar a la constante tangente de  (lo abreviaremos como<br />
tan ):<br />
1.4 Generalizaciones prácticas y teóricas 25<br />
Figura 1.6: (a) La sombra de Tales (b) Simplicando el método de la playa.<br />
tan  = OB<br />
OA<br />
En otras palabras, la tangente de  es el cociente entre el cateto opuesto a  y el<br />
cateto contiguo a  en el triángulo AOB. Por tanto, nuestra ecuación para la altura<br />
de la pirámide (pg. 17) puede ponerse:<br />
OB0 = OA0  tan <br />
Como cada ángulo tiene una tangente determinada, podemos calcularlas de una<br />
vez por todas para todos los ángulos (por ejemplo, de grado en grado) y guardar<br />
los resultados en una tabla. Si no necesitamos demasiada precisión, es fácil hacer<br />
esta tabla, dibujando los ángulos en un papel, midiendo con una regla los catetos y<br />
haciendo los cocientes.<br />
Esta tabla de tangentes nos puede facilitar el trabajo. En efecto, para calcular<br />
la altura de la pirámide, no hace falta que midamos OB y OA si sabemos . Y<br />
si consideramos ahora la medida de la distancia al barco (1.4), está claro que los<br />
paseos por la playa hasta O0 y C sólo servían para obtener la tangente de  experimentalmente<br />
 haciendo el cociente O0C=O0A. Pero eso no es necesario si, desde A,<br />
medimos el ángulo  y usamos nuestra tabla de tangentes (Figura 1.6 (b)).<br />
Para poder aplicar estos métodos hay que poder medir ángulos, pero eso no<br />
es demasiado difícil (ver Figura 1.7). Así que con una tabla de tangentes y un<br />
instrumento para medir ángulos podemos evitarnos muchos paseos por la playa.<br />
Pero lo mejor es que podemos prescindir del Sol: ya no hace falta medir ninguna<br />
sombra (½lo cual no deja de ser útil en los días nublados!).<br />
La medida de ángulos y la tabla de tangentes también simplican el trabajo de<br />
Eupalinos. Para determinar la dirección del túnel bajo el monte Castro, una vez<br />
conocidos BC y AC, sabemos tan  = BC=AC y podemos buscar en la tabla a qué<br />
ángulo corresponde esa tangente.<br />
No hay duda pues de que nuestra tabla de tangentes resulta muy útil. Pero<br />
en realidad, no hay nada especial en el cociente del cateto opuesto y el contiguo:<br />
cualquier cociente de dos lados de un triángulo, por el hecho de ser un cociente, va<br />
a tener la propiedad básica de ser independiente del tamaño, y puede ser tan útil<br />
como la tangente. Esos cocientes son llamados razones trigonométricas. Las razones<br />
26 1. En el principio fue la medida<br />
(a)<br />
a<br />
(b)<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 1.7: Dos instrumentos para la medida de ángulos: (a) un simple compás puede servir para<br />
una medida aproximada de cualquier ángulo (b) un cuadrante graduado con plomada puede dar<br />
una medida algo más precisa de ángulos respecto de la vertical<br />
A<br />
A<br />
B B<br />
C C<br />
a<br />
b a b<br />
g g<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.Figura 1.8: Un triángulo rectángulo<br />
trigonométricas más usadas se denen para un triángulo rectángulo, y son (con la<br />
notación de la gura 1.8):<br />
tangente: tan  = CB=AB<br />
seno: sen  = CB=AC<br />
coseno: cos  = AB=AC<br />
Pueden construirse tablas de senos y cosenos análogas a las de tangentes, y con<br />
ellas es fácil calcular otras distancias (por ejemplo, la distancia en línea recta al<br />
vértice de la pirámide o la longitud del túnel son más fáciles de calcular usando el<br />
coseno).<br />
En realidad, podemos calcular todos los lados y todos los ángulos de un triángulo<br />
rectángulo conociendo sólo un lado y un ángulo. Si, por ejemplo, en el triángulo de<br />
la Figura 1.8 (a) conocemos AB y , entonces:</p>
<p> = 180o 􀀀  􀀀 90o<br />
CB = AB  tan <br />
AC = AB= cos <br />
1.5 El tamaño de la Tierra 27<br />
(la primera igualdad es consecuencia de que la suma de los tres ángulos de un<br />
triángulo es 180o, las demás, de las deniciones de tangente y coseno). De este modo<br />
construimos el triángulo rectángulo a partir de dos datos: un ángulo y un lado (es<br />
fácil ver que también puede hacerse a partir de dos lados).<br />
Hemos dicho que nos dan dos datos para construir el triángulo, pero la verdad<br />
es que conocemos tres, porque sabemos que un ángulo es recto. Puede demostrarse,<br />
aunque es un poco más difícil, que para un triángulo arbitrario dados tres datos<br />
cualesquiera podemos obtener los otros tres. Este es el resultado fundamental de la<br />
trigonometría y es una extraordinaria generalización de lo que empezó siendo un<br />
truco ingenioso para medir la altura de una pirámide.<br />
Es una generalización potente, porque pone a nuestro alcance capacidades<br />
nuevas. Ya no hace falta ser un Tales o un Eupalinos para resolver un problema<br />
de cálculo de distancias. Todo lo que necesitamos es convertir los objetos en vértices<br />
o lados de triángulos, y una tabla de razones trigonométricas. También, claro está,<br />
hace falta cierto razonamiento, pero en un grado mucho menor. Lo que era un difícil<br />
problema de ingenio se ha convertido en un rutinario problema de trigonometría.<br />
Es también una generalización hermosa, porque nos hace ver las cosas de un modo<br />
nuevo y más signicativo: lo que antes eran problemas independientes (aunque quizá<br />
con cierto aire de familia) son ahora sustancialmente lo mismo, casos particulares<br />
de un resultado más profundo. Cuando medíamos la pirámide o la distancia al<br />
barco, cuando orientábamos el túnel, estábamos usando la misma propiedad de los<br />
tríángulos: que sus lados y ángulos no son independientes, sino que, dados tres, los<br />
otros tres están determinados.<br />
Desde Tales, los matemáticos nunca han dejado de estar fascinados por esta<br />
combinación de poder y belleza.<br />
1.5. El tamaño de la Tierra<br />
Hasta aquí hemos visto como la progresiva generalización del teorema de Tales<br />
ha permitido resolver una serie de problemas. Los problemas que hemos estudiado<br />
tienen considerable importancia práctica en ingeniería, aplicaciones militares o<br />
topografía. Pero ahora que hemos desarrollado una técnica matemática, las aplicaciones<br />
sólo están limitadas por la imaginación. Dos de las aplicaciones más imaginativas<br />
de la trigonometría fueron las que hicieron Eratóstenes y Aristarco a problemas<br />
poco prácticos pero de gran interés.<br />
Eratóstenes y el pozo de Siena<br />
Eratóstenes vivió en el siglo III a.C. y fue bibliotecario de Alejandría, cuando la<br />
famosa Biblioteca era el mayor centro del saber de todo el mundo. Y, en consonancia<br />
con su importante cargo, Eratóstenes fue el mayor erudito de su época: geógrafo,<br />
historiador, astrónomo, matemático, crítico teatral&#8230;(parece que sus contemporáneos<br />
ironizaron sobre la amplitud de sus intereses y le apodaron beta porque era el<br />
segundo en todo).<br />
Entre las muchas anécdotas, historias y datos que Eratóstenes compilaba, llegó<br />
28 1. En el principio fue la medida<br />
a su conocimiento una noticia sobre un pozo en Siena (nombre antiguo de la actual<br />
Assuan, a unos setecientos ochenta kilómetros de Alejandría, río Nilo arriba): al<br />
mediodía del día más largo del año (el solsticio de verano), las aguas en el fondo de<br />
ese pozo eran iluminadas por el Sol.<br />
Hasta entonces, nadie había visto en esto más que una curiosidad. Pero Eratóstenes<br />
se dio cuenta en seguida de algo más. En Alejandría, las aguas del fondo de los<br />
pozos nunca eran iluminadas por el Sol. Así que en el solsticio de verano a mediodía,<br />
el Sol estaba vertical en el cielo de Siena, pero no en el de Alejandría. ¾Por qué esta<br />
diferencia? La explicación más sencilla ya la habían encontrado otros sabios antes<br />
que él: la Tierrra no es plana. Por eso, la vertical de Alejandría no es la misma que<br />
la de Siena.<br />
Lo que vio Eratóstenes es que, gracias a la anécdota del pozo, iba a poder medir<br />
la diferencia entre esas verticales. Una simple medida con la sombra de un palo<br />
vertical le permitió comprobar que en Alejandría el ángulo del Sol con la vertical el<br />
día del solsticio de verano a mediodía era de poco más de 7 grados (su medida, en<br />
concreto, fue que el ángulo era de 1/50 del círculo completo). Ese es el ángulo entre<br />
las verticales de Alejandría y Siena. Pero, como muestra la Figura 1.9, ese ángulo<br />
es el mismo que corresponde al arco de meridiano entre ambas ciudades. Y aquí<br />
llegamos a algo importante.<br />
Según los datos de Eratóstenes, la distancia las dos ciudades era de unos 5000<br />
estadios. De modo que 5000 estadios son 1/50 de la circunferencia de la Tierra. Y<br />
por tanto la circunferencia completa son 250000 estadios. El viejo arte de la medida<br />
de sombras que inauguró Tales en Egipto había dado su fruto más espectacular:<br />
½Eratóstenes había medido la Tierra sin salir de Alejandría!<br />
Pero ¾era correcta su medida? La mayoría de los historiadores cree que el estadio<br />
que usaba Eratótenes medía 157&#8217;5 m (hay otros estadios ligeramente distintos). En<br />
ese caso, su valor para la circunferencia terrestre equivalía a 39168 km, y el cálculo<br />
habría sido extraordinariamente bueno, porque el valor correcto es de 40000 km: ½un<br />
error del 2 %!<br />
Sin querer restar mérito a Eratóstenes, hay que reconocer que le acompañó la<br />
suerte. Los valores numéricos que empleó (1/50 de círculo, 5000 estadios&#8230;) eran<br />
números redondos, lo que indica que se trataba de estimaciones. Pero tuvo la buena<br />
fortuna de que con esas estimaciones el resultado era casi exacto.<br />
Posidonio y Estrabón<br />
Naturalmente los antiguos no sabían que el resultado de Eratóstenes era tan<br />
bueno, y siguieron intentando hacer nuevas medidas del tamaño de la Tierra. Unos<br />
ciento cuarenta años después de Eratóstenes (hacia el 90 a.C), Posidonio, célebre<br />
lósofo estoico que fue maestro de Cicerón, ensayó otro método. Hemos visto que,<br />
por ser la Tierra redonda, el Sol no alcanza la misma altura sobre el horizonte en<br />
ciudades que están a distintas latitudes. Lo mismo pasa con las estrellas: una que<br />
sólo llega a verse rozando el horizonte en Rodas alcanza una altura apreciable en<br />
Alejandría, más al sur. Así cuenta Cleómedes, uno de los discípulos de Posidonio, el<br />
método de su maestro:<br />
Rodas y Alejandría están en el mismo círculo meridiano y la distancia<br />
1.5 El tamaño de la Tierra 29<br />
a<br />
a<br />
a<br />
a<br />
C C<br />
A<br />
A<br />
R<br />
S<br />
(a) (b)<br />
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Figura 1.9: Dos maneras de medir el tamaño de la Tierra:(a) Método de Eratóstenes. A representa<br />
Alejandría, y S, Siena. Los rayos de sol que caen verticales en Sien forman un ángulo  </p>
<p>respecto de<br />
la vertical en Alejandría. (b) Método de Posidonio. A es Alejandría y R Rodas. Cuando en Rodas<br />
una estrella está rasante con el horizonte, en Alejandría se levanta un ángulo  sobre éste.<br />
entre ambas ciudades es estimada en 5000 estadios. Supuesto que tal<br />
sea el caso, Posidonio sigue diciendo que la estrella brillante llamada<br />
Canobus queda hacia el Sur, prácticamente sobre el timón de Argos.<br />
Dicha estrella no es vista en toda Grecia, de ahí que Arato ni siquiera<br />
la mencione en sus Efemérides. Pero conforme se va de Norte a Sur,<br />
comienza a ser visible en Rodas y, cuando allí se ve sobre el horizonte,<br />
se pone inmediatamente conforme gira el universo. Cuando se han<br />
navegado los 5000 estadios y se está en Alejandría, esta estrella se halla<br />
a una altura sobre el horizonte de un cuarto de signo es decir, 1/48 del<br />
círculo del zodiaco cuando se encuentra exactamente en medio del<br />
cielo; por tanto, el segmento del círculo meridiano que está situado<br />
sobre la distancia entre Rodas y Alejandría es de 1/48 parte de dicho<br />
círculo [...] Y por tanto, el gran círculo de la Tierra debe medir 240000<br />
estadios, asumiendo que de Rodas a Alejandría haya 5000 estadios;<br />
pero si no, estará en la misma proporción a la distancia entre ambas.<br />
Tal es el modo en que Posidonio trató el tamaño de la Tierra.<br />
A la vista de la Figura 1.9 queda claro que Posidonio, como Eratóstenes, está<br />
midiendo el ángulo  que forman las dos ciudades con el centro de la Tierra, pero<br />
ahora usando rectas perpendiculares al radio de la Tierra. Conceptualmente, la idea<br />
de Posidonio es tan correcta como la de Eratóstenes, y su estimación es bastante<br />
similar: 240000 en vez de 250000 estadios.<br />
Con tan buen acuerdo, podríamos pensar que los antiguos aceptaron este valor y<br />
desde entonces no hubo dudas sobre el tamaño de la Tierra. La historia, sin embargo,<br />
no es tan sencilla.<br />
Hemos visto que Cleómedes mostraba abiertamente su reserva sobre el dato de<br />
los 5000 estadios de distancia entre Rodas y Alejandría. Sabía que no era nada fácil<br />
estimar distancias en su época y mucho menos por mar: había que arse de los<br />
relatos de marineros, que eran famosos por su tendencia a exagerar. Cuando más<br />
30 1. En el principio fue la medida<br />
tarde Estrabón en su Geografía recogió los cálculos de Posidonio, cambió la distancia<br />
por un valor más modesto, y bastante más correcto, de 3500 estadios. Obtuvo así el<br />
dato de 180000 estadios de circunferencia, es decir, 28350 km en vez de 40000 km.<br />
La obra de Estrabón fue todo un best-seller, y su valor fue el que perduró.<br />
Un efecto inesperado<br />
Pero si Estrabón usó un dato más correcto de distancia, ¾cómo es posible que<br />
su resultado fuera peor? Porque el buen resultado de Posidonio, como el de Erat<br />
óstenes, había tenido mucho de buena suerte. Ciertamente su valor de distancia<br />
estaba equivocado, pero también su valor para el ángulo  lo estaba: en vez de 1/48<br />
de círculo, tendría que haber puesto 1/70&#8230; ½y ambos errores se compensaban casi<br />
exactamente!<br />
Pero lo más interesante es que su incorrecto valor del ángulo era consecuencia de<br />
una medida correcta. El ángulo estaba bien medido; el error provenía de un efecto<br />
físico que no conocía y no podía tener en cuenta: la refracción atmosférica.<br />
aire<br />
agua<br />
posición aparente<br />
posición real<br />
(a) (b)<br />
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Figura 1.10: (a) Refracción: cuando un rayo de luz llega a la supercie del agua, cambia de<br />
dirección, acercándose más a la perpendicular (la trayectoria del rayo sería la misma si fuera </p>
<p>en<br />
sentido contrario, del agua al aire)(b) Debido a la refracción, el pez parece estar menos </p>
<p>profundo<br />
de lo que realmente está, porque el ojo interpreta que los rayos son rectos.<br />
Cuando la luz atraviesa la separación entre dos medios, cambia de dirección,<br />
acercándose a la perpendicular del medio más denso (Figura 1.10 (a)). La desviación<br />
es tanto mayor cuanto más rasante es la incidencia del rayo (un rayo que llega<br />
perpendicularmente no se desvía). El efecto es muy visible en agua, y da lugar a<br />
algunas ilusiones ópticas; por ejemplo, hace que hace que al mirar al interior del<br />
agua las cosas parezcan estar a menos profundidad de la real (Figura 1.10 (b)).<br />
Análogamente, los peces ven los objetos fuera del agua a más altura de la real.<br />
La refracción en el agua era ya conocida en el siglo II por Ptolomeo, que sospechó<br />
que también se produce refracción cuando la luz de una estrella entra en la atmósfera<br />
terrestre. Nosotros, que vivimos en el fondo de un océano de aire, sufrimos la misma<br />
1.6 Aristarco: midiendo la Luna y el Sol 31<br />
ilusión óptica que los peces: los objetos (como las estrellas) que están por encima de<br />
este océano parecen más altos de lo que en realidad están. Y, como con el agua, el<br />
efecto es más importante para los objetos cuya luz llega rasante, es decir, los objetos<br />
cerca del horizonte. De hecho, gracias a la refracción todas las tardes vemos al Sol<br />
ponerse unos minutos más tarde de lo que debería: la refracción curva sus rayos, y<br />
parece estar por encima del horizonte cuando ya no lo está.<br />
Este efecto es el que estropeó las medidas angulares de Posidonio. Pero hasta más<br />
de mil quinientos años después, tras los trabajos de Tycho Brahe, los astrónomos no<br />
fueron capaces de corregirlo (Ptolomeo pensaba que la refracción podría afectar a<br />
la posición aparente de las estrellas, pero no podía calcular el efecto con precisión).<br />
El método de Eratóstenes resultó ser más preciso porque, al trabajar con rayos casi<br />
perpendiculares, no es apenas afectado por la refracción.<br />
Esta historia tiene, claro está, una moraleja. A largo plazo la ciencia progresa,<br />
pero ese progreso no es uniforme ni seguro. El método de Posidonio era conceptualmente<br />
impecable y daba un resultado que concordaba con el de Eratóstenes. Hoy<br />
sabemos, además, que era el resultado correcto. Pero esa corrección se debía a que<br />
los dos errores que contenían sus datos se cancelaban entre sí. Estrabón, al corregir<br />
uno sólo de los errores, estropeó el resultado. Sin embargo, tenía razón al hacer esa<br />
corrección, y sería injusto criticarle por legar a la posteridad una Tierra un 30%<br />
más pequeña. Esa pequeñez, en una vuelta de tuerca a la paradoja, tuvo el afortunado<br />
efecto de animar a Colón a emprender su viaje, pues la Tierra del tamaño<br />
real habría sido demasiado grande para pensar en llegar a las Indias por la ruta del<br />
oeste&#8230; como decían sensatamente sus detractores, que ignoraban tanto como Colón<br />
la existencia de América.<br />
La historia de la ciencia está llena de estas paradojas, y no puede entenderse<br />
si, como suele hacerse, se cuentan sólo los resultados que a posteriori resultaron ser<br />
correctos. Cuando, además de los Eratóstenes, nos hablan de los Estrabones, vemos<br />
que la historia es más complicada, pero también más interesante.<br />
Hay todavía otra enseñanza que no hay que pasar por alto. Posidonio no podía<br />
mejorar su medida del ángulo de la estrella mientras no conociera el fenómeno de la<br />
refracción. Suele pensarse que las teorías surgen de los datos, recogidos minuciosa y<br />
objetivamente. Pero a menudo no podemos tener buenos datos si no disponemos de<br />
una buena teoría; en este caso, de unos conocimientos adecuados de óptica. Veremos<br />
que esta situación es en realidad muy común.<br />
1.6. Aristarco: midiendo la Luna y el Sol<br />
Eratóstenes y Posidonio usaron la trigonometría para medir el tamaño de la<br />
Tierra, una empresa mucho más audaz que las de Tales y Eupalinos. Pero hubo un<br />
hombre más audaz aún: Aristarco de Samos, el mismo que sostuvo 1800 años antes<br />
que Copérnico la teoría heliocéntrica. Aristarco se propuso medir el tamaño del Sol<br />
y de la Luna. Y, asombrosamente, lo consiguió.<br />
Hay que recalcar que medir el tamaño de estos astros tiene un interés doble,<br />
porque si conocemos su tamaño podemos saber a qué distancia se encuentran. La<br />
idea es que un objeto de un tamaño determinado se ve más o menos grande según<br />
32 1. En el principio fue la medida<br />
que esté más o menos lejos: el tamaño aparente nos da una idea de la distancia. Este<br />
es el punto de partida de Aristarco.<br />
Pero para convertir esta idea en una medida, primero tenemos que precisarla. Y<br />
precisarla nos va a llevar de nuevo a la trigonometría. Ante todo, ¾qué quiere decir<br />
que un objeto se ve grande? Quiere decir que su tamaño angular es grande, es<br />
decir, que el cono visual que determina el objeto (con nuestro ojo como vértice y<br />
el objeto como base) tiene un ángulo grande. Ese es el ángulo subtendido (es decir,<br />
abarcado) por el objeto. Medir el ángulo subtendido por un objeto es medir su<br />
tamaño aparente y generalmente no es difícil. Si es pequeño, por ejemplo, podemos<br />
tener una estimación midiendo a qué distancia del ojo tenemos que poner el pulgar<br />
para tapar el objeto. Si p es la anchura del pulgar y d es la distancia al ojo, el ángulo<br />
subtendido en grados es   p<br />
2d 360 (el símbolo  signica aproximadamente igual<br />
a). La razón es que, si imaginamos una circunferencia con centro en el ojo y que<br />
pasa por el pulgar, p<br />
2d es la fracción tapada por el pulgar, y al multiplciar por 360<br />
la convertimos en grados. Conocido el ángulo, es posible calcular la distancia del<br />
objeto a partir de su tamaño, o viceversa.<br />
Tamaños y distancias<br />
Conviene pues que midamos los tamaños angulares del Sol y la Luna. Es fácil<br />
medir el de la Luna, pero no el del Sol: brilla demasiado para mirarlo. Podemos<br />
intentarlo algunos días en que las nubes tienen la densidad justa para dejarnos ver<br />
su forma sin deslumbrarnos, pero no es necesario, porque resulta que el ángulo que<br />
subtiende el Sol (S) es prácticamente igual que el que subtiende la Luna (L) (ver<br />
Figura 1.11). Podemos saberlo sin necesidad de medirlo si analizamos los eclipses<br />
de Sol. En efecto, como la Luna llega a cubrir completamente al Sol, L tiene que<br />
ser mayor que S. Pero como los eclipses duran muy pocos minutos, el exceso de<br />
tamaño de la Luna tiene que ser muy pequeño (una prueba más evidente aún es<br />
que hay eclipses anulares, que ocurren cuando la Luna está en la posición de su<br />
órbita más lejana de la Tierra y se ve algo más pequeña). Así que consideraremos<br />
L aproximadamente igual a S y llamaremos a ambos ángulos  (Figura 1.11).<br />
Naturalmente, no hay ninguna razón para que el Sol y la Luna tengan el mismo<br />
tamaño aparente: es sólo un extraordinario golpe de suerte para los astrónomos.<br />
Por otra parte, los eclipses de Sol demuestran también que la Luna está más cerca<br />
que el Sol (½es la Luna la que tapa al Sol y no al revés!). Y como ambos subtienden<br />
el mismo ángulo, la Luna tiene que ser más pequeña que el Sol. Más exactamente,<br />
la proporción entre distancias tiene que ser igual que la proporción entre tamaños:<br />
dTL<br />
dTS<br />
=<br />
rL<br />
rS<br />
(hemos llamado rS y rL a los radios del Sol y la Luna, dTS a la distancia de la Tierra<br />
al Sol y dTL a la distancia de la Tierra a la Luna). Y más exactamente aún, a la<br />
vista de la Figura 1.11 (ojo a los triángulos semejantes):<br />
rS<br />
dTS<br />
=<br />
rL<br />
dTL<br />
= sen<br />
<br />
2<br />
1.6 Aristarco: midiendo la Luna y el Sol 33<br />
Figura 1.11: El Sol y la Luna subtienden, vistos desde la Tierra, el mismo ángulo<br />
(recordando la denición de seno: cateto opuesto partido por hipotenusa).<br />
Esta es la relación entre tamaño (r) y distancia (d) para la Luna y el Sol. Está<br />
claro que si medimos , basta conocer los radios para saber las distancias, y viceversa<br />
(el seno de =2 lo buscamos en una tabla).<br />
Lo interesante de esta ecuación es que proporciona un punto de partida para<br />
medir los tamaños de la Luna y el Sol, es decir, los radios rL y rS. Hasta ahora<br />
no teníamos por dónde empezar: Eratóstenes midió el radio para la Tierra, pero<br />
su método exigía tener los pies en la Tierra. La ecuación anterior nos sugiere que<br />
podríamos empezar por medir dTL ó dTS. Eso no parece imposible: al n al cabo,<br />
Tales midió la distancia de un barco construyendo un triángulo con estacas en la<br />
playa, y ese barco era para él tan innacesible como para nosotros la Luna o el Sol.<br />
La idea consiste, pues, en que tal vez sea posible medir la distancia por un<br />
método trigonométrico y luego obtener el tamaño a partir del ángulo subtendido,<br />
es decir usando la ecuación anterior. Pero en seguida aparecen dicultades. Para<br />
construir su triángulo rectángulo, Tales podía caminar por la playa hasta que su<br />
punto auxiliar A (gura 1.6) estaba sucientemente separado del punto inicial O.<br />
Sucientemente signica en la práctica que el ángulo  que forma el barco con O<br />
debía ser apreciablemente distinto de 90o, y para eso, la distancia OA recorrida por<br />
la playa (que se suele llamar línea de base) tiene que ser comparable a la distancia<br />
OB al barco. Si la playa es tan pequeña que no podemos distinguir  de 90o, no<br />
podemos hacer la medida. Y ese es el caso cuando nuestro objeto, en vez de un<br />
barco, es la Luna o el Sol: están tan lejos que aunque nuestra playa fuera la Tierra<br />
entera, seguiría siendo demasiado pequeña.<br />
Esta dicultad habría bastado para desanimar a cualquiera, pero no a Aristarco.<br />
Con su audacia característica pensó: ¾quién nos manda limitarnos a la Tierra? De<br />
lo que se trata es de formar un triángulo rectángulo. Un vértice ha de estar en el Sol<br />
o la Luna, otro, en la Tierra. ¾Por qué ha de estar el tercero también en la Tierra?<br />
Si tenemos tres cuerpos celestes, ¾por qué no colocar cada uno en un vértice?<br />
Ante todo, le responderemos, porque quizá la Luna, el Sol y la Tierra no tengan<br />
a bien, en sus continuas evoluciones, formar un triángulo rectángulo. O quizá lo<br />
formen, pero ¾cómo lo podríamos saber? Pensando sobre el asunto (el lector tiene<br />
34 1. En el principio fue la medida<br />
S<br />
L<br />
T<br />
q<br />
90º &#8211; q<br />
90º<br />
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Figura 1.12: Cómo calcular la proporción entre las distancias de la Tierra al Sol y a la Luna<br />
ahora la ocasión de hacerlo también) Aristarco encontró que nuestros tres cuerpos<br />
celestes no sólo forman un triángulo rectángulo bastante a menudo, sino que no hace<br />
falta ningún cálculo ni observación sosticada para determinar ese momento (si el<br />
lector quiere descubrirlo por sí mismo, que deje aquí de leer porque voy a dar la<br />
solución). Es, simplemente, cuando media Luna está iluminada y media Luna está<br />
oscura. En este momento, a mitad de camino entre Luna Llena y Luna Nueva, los<br />
tres cuerpos están necesariamente situados en los vértices de un triángulo rectángulo,<br />
con la Luna en el ángulo recto (Figura 1.12)<br />
De este modo es inmediato que<br />
dTL<br />
dTS<br />
= sen <br />
<br />
y<br />
dTL<br />
dTS<br />
=<br />
rL<br />
rS<br />
<br />
(donde hemos puesto que la proporción entre distancias es también la proporción<br />
entre tamaños). Podemos determinar  midiendo el ángulo 90 􀀀  que es el que, en<br />
esa conguración, forman el Sol y la Luna vistos desde la Tierra.<br />
La audaz idea de construir un triángulo rectángulo con cuerpos celestes en vez<br />
de con estacas nos ha llevado a un resultado importante: ½la ecuación anterior nos<br />
da la proporción entre los tamaños (o las distancias) del Sol y la Luna! Aristarco<br />
encontró así que el Sol era 19 veces mayor que la Luna.<br />
Un eclipse oportuno<br />
Hemos obtenido los tamaños relativos del Sol y la Luna. Pero nuestro objetivo<br />
era más ambicioso. Queríamos saber los tamaños absolutos: cuantos estadios mide el<br />
Sol y cuantos mide la Luna. Como conocemos su proporción, basta averiguar cuanto<br />
mide uno de ellos. Por ejemplo, si conociéramos rL la ecuación anterior nos dice que<br />
rS = rL= sen . Pero el único cuerpo celeste del que conocemos el tamaño, gracias<br />
al trabajo de Eratóstenes, es la Tierra. En un golpe de inspiración, Aristarco se dio<br />
cuenta de que hay un acontecimiento que permite comparar los tamaños absolutos<br />
de la Tierra y la Luna. Se trata otra vez de un eclipse, pero ahora de un eclipse de<br />
Luna.<br />
1.6 Aristarco: midiendo la Luna y el Sol 35<br />
Figura 1.13: La Luna atravesando el cono de sombra de la Tierra<br />
Durante un eclipse de Luna, ésta entra en el cono de sombra de la Tierra, y al<br />
cabo de unas pocas horas sale de él. En la Figura 1.13 vemos la Luna en el momento<br />
en que empieza a entrar en la sombra (1), cuando completa su entrada (2) y cuando<br />
empieza a salir (3). Aristarco encontró que el tiempo que transcurría entre el instante<br />
(1) y el (3) era poco más del doble que entre (1) y (2):<br />
t13 = nt12 (siendo n un poco mayor que 2)<br />
Entre (1) y (2), la distancia recorrida por la Luna es su propio diámetro, 2rL. Y<br />
entre (1) y (3), la distancia recorrida es el diámetro del cono de sombra, 2rC. Como<br />
la Luna se mueve en el cielo a velocidad constante, la proporción de los tiempos es<br />
igual a la proporción de las distancias:<br />
rC = nrL (siendo n un poco mayor que 2)<br />
Tenemos pues la proporción del radio de la Luna (rL) no con el de la Tierra (rT ),<br />
pero sí con el de su cono de sombra (rC).<br />
De este modo hemos llegado a que si conocemos rC, nuestro problema está resuelto:<br />
habremos averiguado el radio de la Luna (rL) y por tanto el del Sol (rS);<br />
sólo necesitamos haber medido el ángulo  y el factor n, observable en un eclipse de<br />
Luna. Si además hemos medido  podemos, con la ecuación de la pg. 32, saber las<br />
distancias absolutas a los dos astros. Ahora bien, ¾cuánto vale rC?<br />
Podemos hacer una primera aproximación sencilla: si suponemos que el Sol está<br />
muy lejos (como ya hicimos al medir la altura de la pirámide) sus rayos llegan<br />
paralelos, y eso signica que el cono (que más que cono es, entonces, un cilindro)<br />
tiene el mismo radio que la Tierra (rC  rT ). Usando que rC = nrL tenemos entonces<br />
que:<br />
Si rC  rT =) rL <br />
rT<br />
n<br />
(Siendo n un poco menor que 2)<br />
Llegamos a que el radio lunar es poco menos de la mitad del terrestre, y a partir<br />
de este resultado podemos, como hemos dicho más arriba, obtener los valores de los<br />
demás datos buscados: rS, dTS y dTL.<br />
36 1. En el principio fue la medida<br />
El resultado es impresionante, pero el lector crítico puede plantear, con razón,<br />
una objección: suponer que los rayos del sol son paralelos es suponer que el Sol<br />
está a distancia innita, lo que tiene sentido si queremos calcular la altura de una<br />
pirámide&#8230;, ½pero no cuando precisamente queremos calcular la distancia del Sol!<br />
Aristarco habría estado sin duda de acuerdo con esta crítica, y por eso no se paró<br />
aquí. En realidad, consiguió encontrar el valor exacto de rL, en función de rT , n y<br />
sen . Para no entrar en demasiados detalles trigonométricos, no vamos a exponer<br />
aquí sus razonamientos, pero el lector puede encontrarlos en el Apéndice (pg. 209).<br />
Errare humanum est<br />
Al empezar este capítulo comparábamos las matemáticas con una infraestructura<br />
de transporte. Ahora que hemos descrito con detalle el procedimiento de Aristarco<br />
podemos apreciar cuán lejos nos puede llevar esa infraestructura: literalmente, hasta<br />
el Sol y la Luna.<br />
Pero nos hemos detenido en el método y no hemos dicho nada sobre los resultados.<br />
Pueden consultarse en el Apéndice (pg. 211); aquí nos basta con señalar el que ya<br />
hemos mencionado: Aristarco armó que el Sol era 19 veces más grande que la Luna.<br />
Pero el factor real entre uno y otro tamaño es de 344: ½nuestro astrónomo cometió un<br />
error del 1700 %! ¾Cómo es posible que después de su brillante ejercicio de ingenio y<br />
trigonometría obtuviera un resultado tan decepcionante?¾Es que al nal su método<br />
resultó estar equivocado?<br />
La respuesta es interesante porque ilumina un aspecto de la ciencia que es vital<br />
en la práctica pero del que no suele hablarse en los libros de divulgación, quizá<br />
porque no tiene mucho glamour. Los razonamientos de Aristarco eran impecables, y,<br />
como hemos dicho, ni siquiera hacían uso de aproximaciones en su versión nal. Pero<br />
la precisión de sus resultados dependía, obviamente, de la precisión de sus medidas.<br />
Para conocer la proporción entre los tamaños del Sol y la Luna necesitaba el ángulo<br />
 formado por la Tierra y la Luna vistas desde el Sol (Figura 1.12). Este ángulo no<br />
lo podía medir directamente: desde la Tierra sólo podemos medir 90 􀀀 , el ángulo<br />
formado por el Sol y la Luna cuando ésta aparece iluminada al 50 %. Aristarco<br />
encontró que ese ángulo era de 87o, y por tanto que  = 3o. Como sen(3o) = 1=19,<br />
esto implica que el Sol está 19 veces más lejos de la Tierra que la Luna, y por tanto<br />
tiene un radio 19 veces mayor.<br />
El problema radica en que el ángulo 90 􀀀  es difícil de medir y está bastante<br />
más próximo a 90o de lo que obtuvo Aristarco: en realidad está sólo a 1/6 de grado,<br />
y sen((1=6)o) = 1=344. El error de la medida de Aristarco no era muy grave: algo<br />
menos de 3 grados sobre 90, poco más de un 3 %, pero desgraciadamente el resultado<br />
es muy sensible al valor de : ese pequeño error en la medida de un ángulo se traduce<br />
aquí en un error del 1700% en el tamaño relativo del Sol. La precisión de las medidas<br />
es pues sumamente importante, mucho más de lo que pensaríamos intuitivamente.<br />
La moraleja es que decidir si un modelo es correcto o incorrecto no es tan sencillo<br />
como lo suelen pintar. El procedimiento de Aristarco predice el tamaño del Sol con<br />
un error disparatadamente grande, y lo hace a partir de unas medidas de aceptable<br />
precisión. Parece pues que debería haber algo mal, o bien en los cálculos geométricos<br />
o bien en nuestro nuestro modelo (quizá la Luna no está a la misma distancia de la<br />
1.6 Aristarco: midiendo la Luna y el Sol 37<br />
Tierra en un eclipse de Sol que en uno de Luna, quizá su velocidad no es uniforme, o<br />
quizá incluso no todos los cuerpos son esféricos&#8230;). Si repasamos los cálculos vemos<br />
que no hay ningún error en la geometría, así que parecemos abocados a concluir<br />
que el modelo es erróneo. Pero no lo es: simplemente, nuestras medidas no eran lo<br />
sucientemente precisas.<br />
Esta situación no es en absoluto excepcional: a la hora de vericar las predicciones<br />
de un modelo, será necesario tener en cuenta su sensibilidad a los errores, para<br />
saber con cuanta precisión debemos hacer nuestras medidas. Los cientícos lo saben<br />
muy bien, y esto explica tanto su obsesión por la precisión de las medidas como su<br />
reticencia a abandonar un modelo cuando se encuentran errores&#8230; incluso a veces<br />
cuando esos errores son del 1700 %.<br />
38 1. En el principio fue la medida<br />
Capítulo 2<br />
Modelos del Cielo<br />
Anaximandro, hijo de Praxiades, fue milesio. Dijo que la Tierra está<br />
en medio del universo como centro, y es esférica. Que la Luna luce con<br />
luz ajena, pues la recibe del Sol. Que éste no es menor que la Tierra, y<br />
es fuego purísimo. Fue el primero que halló el gnomon, y lo colocó en<br />
Lacedemonia para indagar la sombra, como dice Favorino en su<br />
Historia varia. Halló también los regresos del Sol, notó los equinoccios y<br />
construyó horoscopios. Fue el primero que describió la circunferencia<br />
de la Tierra y mar, y construyó una esfera.<br />
Diógenes Laercio, Vidas de los más ilustres lósofos griegos.<br />
En el capítulo anterior hemos visto cómo Eratóstenes y Aristarco fueron capaces<br />
de calcular el tamaño de la Tierra, del Sol y de la Luna, y las distancias entre<br />
ellos. Más de dos mil años después, sus métodos nos siguen pareciendo ingeniosos<br />
y elegantes. Pero al considerar el trabajo de estos antiguos astrónomos, hay un<br />
aspecto que muy probablemente no valoraremos en su justa medida. Para poder<br />
preguntarse cual es el diámetro de la Tierra, primero hay que tener claro que la<br />
Tierra es una esfera. ¾Cómo había llegado a saberlo Eratóstenes? Sabía también que<br />
el Sol está sumamente lejos, de modo que sus rayos llegan paralelos. Y Aristarco,<br />
en su método, además de utilizar estos resultados, demuestra conocer perfectamente<br />
la explicación de los eclipses. En resumen, los griegos del siglo III a.C. tenían unas<br />
ideas astronómicas muy precisas. Estas ideas nos pueden parecer ahora de sentido<br />
común, pero no lo son en absoluto.<br />
El contraste con el sentido común lo podemos apreciar mejor gracias a las obras<br />
de Homero. Durante quinientos años, la Iliada y la Odisea no fueron para los griegos<br />
sólo obras literarias, sino enciclopedias donde se resumía su visión del mundo. En las<br />
obras de Homero leemos que la Tierra es un disco plano, rodeado de un gran río en<br />
constante movimiento, el río Océano. Sobre el borde del disco descansa la bóveda de<br />
los cielos. Homero probablemente imaginaba que era sólida, pues en varios pasajes la<br />
compara con el hierro o el bronce. El sol es el titán Hiperión, que cada mañana surge<br />
de las aguas, trayendo el día, para acabar volviendo a sumergirse en ellas, cuando<br />
viene la noche. Había quienes, habiéndose aventurado lejos en el mar, decían haber<br />
oído el estruendo de Hiperión al sumergirse en el agua. Pero nadie sabía de dónde<br />
39<br />
40 2. Modelos del Cielo<br />
salía, ni cómo completaba su camino por la noche. Las estrellas, en su giro por el<br />
cielo, también salían del agua y se sumergían en él&#8230; salvo la Osa; sólo ella no<br />
participa en los baños de Océano. Homero se refería aquí a las estrellas próximas a<br />
la estrella Polar (estrellas circumpolares ), que nunca desaparecen bajo el horizonte.<br />
Estas estrellas tenían una importancia especial también para los egipcios. Las<br />
llamaron aquellas que no conocen la destrucción, y asociaron los cielos del norte<br />
con una región en la que no podía existir la muerte, el país de la vida eterna. En<br />
cuanto al país en el que los egipcios nacían y morían, era semejente a una bandeja<br />
alargada, por la que el Nilo corría paralelo a la dimensión más larga, y sobre la que<br />
el cielo formaba una bóveda. Ra, el sol, se desplazaba en dos barcas: una para el<br />
día, que viajaba por los aires, y otra por la noche, que viajaba por las aguas.<br />
No es casualidad que (dejando aparte los detalles sobre cambios de barca o<br />
estruendo de titanes) el esquema general del mundo fuera el mismo para los egipcios<br />
y para los griegos de la época de Homero. Esa es la auténtica concepción de sentido<br />
común a la que llega cualquier observador atento: una Tierra plana sobre la que se<br />
cierne una bóveda celeste, por la que se mueven el Sol y las estrellas.<br />
Nos tenemos pues que plantear la pregunta: ¾cómo llegaron los griegos, al menos<br />
los griegos cultos, a abandonar esta imagen y a sustituirla por otra que va en contra<br />
de la evidencia de los sentidos? ¾Cómo llegaron a pensar que la Tierra no es plana<br />
sino esférica, y que el Sol no es un titán, sino otra esfera de fuego, más grande que<br />
la Tierra y a una distancia de muchos millones de estadios?<br />
2.1. Mirando al cielo<br />
Para entender esta proeza intelectual, debemos empezar como empezaron los<br />
griegos: mirando al cielo. Y por supueso, olvidando lo que ya sabemos para simplemente<br />
observar sin prejuicios. De un vistazo descubrimos tres clases de objetos: el<br />
Sol, la Luna y las estrellas. Una mirada más atenta acaba descubriendo que entre<br />
las estrellas hay algunas que son diferentes: los planetas. Pero esa diferencia no es<br />
muy evidente, así que la dejaremos para más tarde.<br />
Lo que sí es evidente es que todos los objetos se mueven, y todos más o menos<br />
de la misma manera: de este a oeste, a razón de una vuelta por día. Sin embargo, si<br />
miramos con más cuidado, vemos que hay algunas diferencias en estos movimientos.<br />
Las estrellas<br />
Quizá el rasgo más importante del movimiento de las estrellas es que tiene lugar<br />
en bloque: aunque son muchísimas, no cambia nunca lo más mínimo su posición<br />
relativa. Por eso, las constelaciones son siempre las mismas, no se van desdibujando<br />
al cabo de los años. Familiarizarse con ellas, como siempre han hecho todos los<br />
hombres que han admirado la noche estrellada, es como aprenderse un mapa del<br />
cielo.<br />
Como el resto de los objetos celestes, las estrellas se mueven de este a oeste,<br />
aunque es más preciso decir que giran en bloque en torno a la estrella Polar, que<br />
se mantiene ja (nos referiremos siempre al cielo tal como se ve desde el hemisferio<br />
2.1 Mirando al cielo 41<br />
norte). Mirando hacia la Polar, el movimiento es en sentido contrario a las agujas<br />
del reloj. Desde Grecia (y España) la estrella Polar se ve en una dirección, que,<br />
por denición, se llama norte, a unos 40o por encima del horizonte. De este modo,<br />
las estrellas cercanas a ella no llegan a tocar el horizonte en su movimiento y se<br />
mantienen siempre visibles a lo largo de toda la noche (estrellas circumpolares),<br />
mientras que las más alejadas pueden interceptar el horizonte en su movimiento, y<br />
por tanto salen y se ponen (Figura 2.1). Cuando una estrella sale, su movimiento<br />
hace que su altura sobre el horizonte sea cada vez mayor, hasta que, cuando está en<br />
dirección opuesta al Norte (el sur ) esa altura es máxima y a partir de ahí empieza<br />
a decrecer.<br />
Figura 2.1: El movimiento aparente de las estrellas, mirando a la estrella Polar, al este y al </p>
<p>sur.<br />
La Luna<br />
Aunque se mueve también de este a oeste, la Luna no lo hace al unísono con las<br />
estrellas, sino que su posición respecto de ellas cambia constantemente. En concreto,<br />
cada noche se encuentra un poco más al este respecto del fondo de las constelaciones .<br />
Esto signica que su movimiento cotidiano de este a oeste lo realiza un poco más<br />
lentamente que las estrellas, de modo que se va quedando retrasada. Al cabo de 27,3<br />
días (lo que se llama periodo sidéreo), el retraso es de una vuelta completa, y la<br />
Luna vuelve a estar sobre las mismas estrellas.<br />
La particularidad más llamativa de la Luna son sus fases. Ya Anaxágoras observó<br />
(hacia el año 480 a.C., aunque seguramente no fue el primero) que la fase de la<br />
Luna está relacionada con su posición respecto al Sol: la Luna llena está siempre<br />
opuesta al Sol (y por eso la vemos levantarse en el horizonte al atardecer), y según va<br />
menguando sale cada vez más tarde. Cuando el cuarto menguante se va reduciendo la<br />
hora de salida se acerca al amanecer. Y si extrapolamos este movimiento para saber<br />
donde debería estar la Luna nueva, nos encontramos con que su posición coincidiría<br />
aproximadamente con la del Sol.<br />
42 2. Modelos del Cielo<br />
Esta observación permitió a Anaxágoras concebir una explicación para las fases<br />
de la Luna: se originan simplemente por las diferencias en la posición relativa de la<br />
Luna, el Sol y la Tierra. La Luna no brilla con luz propia, sino que reeja la del Sol.<br />
El Sol siempre ilumina un hemisferio de la Luna, que nos queda enfrente en Luna<br />
llena y de espaldas en Luna nueva. Y estas diferencias de posición surgen de que la<br />
Luna y el Sol, aunque ambos giran hacia el oeste, no lo hacen al mismo ritmo: la<br />
Luna lo hace un poco más lentamente y se va quedando retrasada.<br />
Pero ¾no es eso en realidad lo que habíamos dicho antes? Vimos que la Luna<br />
se retrasa respecto de las estrellas, y esto le hace dar una vuelta completa por las<br />
constelaciones cada 27,3 días. Entonces, se retrasará también respecto al Sol, y según<br />
nuestra explicación de las fases será de esperar que el ciclo de éstas se repita cada<br />
27,3 días. Desgraciadamente, el periodo entre dos Lunas llenas consecutivas no es<br />
ese, sino 29,5 días (el llamado periodo sinódico).<br />
¾Hay algún error en nuestra teoría? No necesariamente: en realidad, los dos<br />
periodos sólo serían iguales si el Sol se moviera al unísono con las estrellas. Da la<br />
impresión de que lo hace, pero podría haber alguna pequeña diferencia. Supongamos<br />
que una noche vemos la Luna llena (es decir, diametralmente opuesta al Sol) junto a<br />
determinada estrella. Al cabo de 27,3 días, la veremos de nuevo junto a esa estrella,<br />
pero si el Sol se retrasa un poco respecto de las estrellas, habrá que esperar un poco<br />
más para que vuelva a estar diametralmente opuesto a la Luna. En concreto, resulta<br />
que hay que esperar 29,5 días desde la Luna llena anterior&#8230;<br />
El Sol<br />
Hemos llegado a la conclusión, analizando los movimientos de la Luna, de que<br />
el Sol debe moverse respecto de las estrellas. No podemos vericarlo directamente,<br />
porque no podemos ver a las estrellas a la vez que el Sol , pero hay un fenómeno que<br />
delata este movimiento, un fenómeno mucho más evidente que la diferencia entre<br />
los periódicos sidéreo y sinódico de la Luna: el hecho de que las constelaciones que<br />
vemos por la noche van cambiando a lo largo del año.<br />
No sabemos quién fue el primero que pensó que las estrellas siguen estando ahí<br />
por el día. Un lósofo como Jenófanes de Colofón creía, hacia el 500 a.C., que las<br />
estrellas se consumen al amanecer y se forman de nuevo cada noche, a partir de<br />
exhalaciones de la Tierra<br />
Sin embargo, en tiempos de Jenófanes parece que los pitagóricos ya armaban que<br />
durante el día las estrellas no se apagan y su movimiento continúa con regularidad,<br />
sólo que el resplandor del Sol no nos deja verlas; e, igualmente, que el Sol sigue<br />
moviéndose por la noche, sólo que la Tierra no nos deja verlo. Cada noche vemos<br />
las estrellas que están en la región del cielo opuesta al Sol. Pero, salvo las estrellas<br />
circumpolares, estas estrellas van cambiando según transcurren los meses, de modo<br />
que hay constelaciones de invierno (como Orión) y de verano (como Pegaso). Por<br />
tanto, el Sol se mueve respecto de las estrellas. Al cabo de un año, las constelaciones<br />
vuelven a ser las mismas, de modo que el Sol tarda un año en dar una vuelta completa<br />
sobre el fondo de estrellas. De hecho, ½ésta es la denición de año!<br />
Hemos dicho que no podemos ver directamente el movimiento del Sol respecto<br />
de las estrellas, pero no es del todo cierto: hay un momento, justo en el crepúsculo,<br />
2.1 Mirando al cielo 43<br />
cuando empiezan a verse las estrellas más brillantes, en el que podemos medir el<br />
ángulo que forman con el Sol. Se observa que cada tarde el Sol ocupa una posición<br />
alejada aproximadamente 1o (dos veces su diámetro) de la que ocupa la tarde anterior.<br />
Está un poco más al este, lo que signica, como habíamos previsto, que el<br />
Sol se retrasa respecto de las estrellas, o de otro modo, que éstas tardan algo menos<br />
que el Sol en dar una vuelta completa. En efecto, si el retraso es de 1o, es de 1/360<br />
de vuelta, y por tanto de 1/360 de día, lo que equivale a 4 minutos: una estrella<br />
invierte sólo 23h 56&#8242; en volver a ocupar el mismo lugar en el cielo.<br />
La curva que describe el Sol entre las estrellas se cierra sobre sí misma al cabo<br />
de un año y se llama eclíptica. Podemos considerar el movimiento del Sol como la<br />
composición de su movimiento diario (hacia el oeste, que sigue con todo el mapa<br />
celeste) y un lento movimiento anual simultáneo (hacia el este) a lo largo de la eclíptica,<br />
que tarda un año en describirse. Podemos entender mejor estas componentes<br />
del movimiento solar con un ejemplo utilizado por T.S. Kuhn :<br />
El movimiento del Sol puede ser comparado con el del cobrador de un<br />
tiovivo. El cobrador es arrastrado por las rápidas revoluciones de la<br />
plataforma, pero puesto que se desplaza lentamente de un caballito a<br />
otro para poder cobrar, su movimiento no es exactamente el mismo que<br />
el de los jinetes. Si se desplaza en sentido opuesto al que sigue la<br />
plataforma en su giro, su movimiento respecto del suelo será<br />
ligeramente más lento que el de ésta, y los jinetes completarán una<br />
vuelta más rápidamente que él.<br />
Además de conveniente, esta descomposición en movimiento diario y anual es casi<br />
invitable, pues las constelaciones son el sistema de referencia natural para cualquier<br />
observación astronómica. Desde la Antigüedad, los astrónomos han considerado que<br />
un objeto que no se desplace respecto de ellas está jo; de ahí que se hable a<br />
veces de que las estrellas son estrellas jas. Cuando en astronomía se habla del<br />
movimiento de un cuerpo celeste, generalmente se habla del movimiento respecto de<br />
las estrellas.<br />
El movimiento del Sol hace que vaya situándose en distintas constelaciones a lo<br />
largo del año. Desde la Antigüedad se han distinguido doce: Aries, Tauro, Géminis,<br />
Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis: los<br />
célebres signos del Zodiaco, las casas en las que, según la astrología, va residiendo<br />
el astro rey a lo largo del año, dando uno u otro cariz a su humor y a nuestros<br />
asuntos.<br />
Pero este vagar del Sol por el cielo tiene un efecto mucho menos dudoso, uno<br />
tan evidente que solemos olvidarlo. Durante los meses de verano, el Sol está sobre<br />
constelaciones (como Cáncer o Leo) relativamente cercanas a la Polar. Esto signi-<br />
ca que, a lo largo del día, llega a alcanzar mucha altura sobre el horizonte y sus<br />
rayos inciden casi verticalmente. En los meses de invierno, por el contrario, está<br />
en constelaciones (como Capricornio o Acuario) más alejadas de la Polar. La altura<br />
máxima que alcanza el Sol, a mediodía, es entonces mucho menor. Sus rayos<br />
oblicuos calientan menos y, además, está menos horas sobre el horizonte. Si el Sol<br />
no se moviera respecto de las estrellas, o si su movimiento no lo acercara y alejara<br />
44 2. Modelos del Cielo<br />
alternativamente de la Polar, no habría estaciones. Más adelante volveremos sobre<br />
esto.<br />
Los planetas<br />
La expresión estrellas jas, que mencionábamos antes, sólo tiene utilidad si<br />
existen estrellas móviles, es decir, estrellas cuyo movimiento no va al unísono con<br />
las demás. Desde la más remota Antigüedad se conocen cinco de tales estrellas,<br />
que los griegos llamaron planetes, vagabundos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y<br />
Saturno. Su aspecto es el de estrellas, pero se desplazan respecto de éstas, con una<br />
lentitud comparable a la del Sol, pero con mucha menor regularidad. En general, van<br />
en el mismo sentido que el Sol y la Luna; es decir, se retrasan respecto de las estrellas<br />
jas, pero tienen retrogradaciones: ocasionalmente se adelantan. Cada uno tiene<br />
un periodo distinto. Un rasgo que tienen en común la Luna y todos los planetas es<br />
que su movimiento sobre el fondo de estrellas está connado a una banda estrecha<br />
de unos 8o por encima y por debajo de la eclíptica, que es lo que en astronomía se<br />
llama el Zodiaco.<br />
N<br />
E<br />
S<br />
W<br />
a<br />
Estrella<br />
polar<br />
s<br />
3<br />
s<br />
2<br />
s<br />
1<br />
s<br />
4<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 2.2: La esfera celeste. A la latitud de Grecia o España,  vale 40o aproximadamente<br />
Está claro que el movimiento de los planetas es mucho más complicado que el de<br />
los demás astros. Explicar sus vagabundeos y poder predecirlos ha sido una obsesión<br />
para los astrónomos de todas las épocas, desde Tales a Newton. Y como veremos,<br />
esta obsesión ha sido uno de los motores del progreso de la ciencia.<br />
2.2 El Universo de las dos esferas 45<br />
2.2. El Universo de las dos esferas<br />
Hasta aquí hemos descrito los movimientos que un observador puede encontrar a<br />
simple vista en los objetos celestes. El movimiento más sencillo es el de las estrellas.<br />
Cualquiera que observe con cuidado su giro regular (Figura 2.1) acabará seguramente<br />
por pensar que son luces jas a la bóveda celeste, que gira como un bloque en torno<br />
a un eje que pasa por la estrella Polar. Con más precisión, un extremo del eje parece<br />
pasar por la Polar y otro por el observador, como se muestra en la Figura 2.2.<br />
La esfera celeste<br />
La Figura 2.2 viene a ser una representación del universo de sentido común de<br />
Homero, en el que la bóveda celeste se cierne sobre la Tierra plana, pero con algunas<br />
precisiones adicionales. Homero no dejaba nada claro dónde iban las estrellas por<br />
la noche. Nuestras observaciones nos han llevado a suponer que las estrellas siguen<br />
ahí, girando a la misma velocidad. Lo lógico entonces es que la bóveda celeste sea<br />
en realidad una esfera, que se prolonga por debajo de la Tierra, y de la cual vemos<br />
la mitad superior. Las estrellas como S1 son circumpolares y nunca se ponen: están<br />
las 24 horas del día por encima del horizonte. S2 es la última estrella circumplolar.<br />
Una estrella como S3, que está a 90o de la Polar, sale exactamente por el este y doce<br />
horas más tarde se pone exactamente por el oeste (según la época del año, parte<br />
de esas horas o todas pueden corresponder al día). Una estrella como S4 no se vería<br />
nunca. El Sol no se ha dibujado pero durante la noche estaría en algún punto del<br />
hemisferio inferior.<br />
Cabe preguntarse qué es lo que justica que estemos exactamente en el centro<br />
de la esfera. Aparte de la simplicidad, ¾hay alguna observación que lo justique?<br />
En realidad no vemos la bóveda, sólo las estrella, así que ¾no produciría la misma<br />
impresión una cavidad con otra forma cualquiera? La respuesta es que sí en una foto<br />
estática, pero no en movimiento.<br />
Para entender por qué, vamos a examinar el caso de que los cielos fueran una<br />
esfera, pero descentrada. La bóveda sobre nuestras cabezas no sería entonces hemisf<br />
érica (ver un esquema muy simplicado en la gura 2.3).<br />
sB sB sA<br />
sA<br />
(a) (b)<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 2.3: Por qué estamos en el centro de la esfera celeste.<br />
46 2. Modelos del Cielo<br />
Supongamos dos estrellas, SA y SB, situadas de modo que cuando SA se pone<br />
por el horizonte oeste, SB sale por el horizonte este (a). Cuando más tarde SB se<br />
pusiera por el oeste, SA tardaría todavía bastante en aparecer (b). En la realidad<br />
esto no es así: lo que se observa es que a la vez que se pone SB vuelve a salir SA (por<br />
otra parte, cualquier cuerpo celeste que sale exactamente por el este, tarda doce<br />
horas en ponerse, mientras que SB tardaría menos). El lector puede comprobar que<br />
otro efecto observable es que, si la esfera descentrada gira regularmente en torno de<br />
su centro, la velocidad aparente de las estrellas aumentaría en el cénit (encima de<br />
nuestras cabezas) y se frenaría en el horizonte. Con razonamientos análogos pueden<br />
descartarse otras geometrías alternativas: el ordenado movimiento de las estrellas<br />
sólo es compatible con una bóveda esférica en cuyo centro estamos nosotros.<br />
Podemos añadir, de paso, que la esfera celeste permite entender mejor el<br />
movimiento anual del Sol. La Figura 2.4 muestra la trayectoria diaria del Sol sobre<br />
la bóveda celeste, a la latitud de Grecia o España, en cuatro días del año: los<br />
de la noche más corta y más larga (solsticios de verano e invierno, respectivamente:<br />
aproximadamente, 21 de junio y 22 de diciembre) y los días en los que la noche es<br />
igual de larga que el día (equinoccios de primavera y otoño: aproximadamente, 21<br />
de marzo y 23 de septiembre). Obsérvese que los equinoccios son los únicos días en<br />
los que el Sol sale exactamente por el este y se pone exactamente por el oeste. Esos<br />
días, el Sol está exactamente en ángulo recto con la Polar y por tanto se mueve por<br />
el ecuador de la esfera celeste.<br />
N<br />
E<br />
S<br />
W<br />
22 junio<br />
21 marzo<br />
23 septiembre<br />
22 diciembre<br />
a 90-a<br />
Estrella<br />
Polar<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 2.4: Esquema del movimiento aparente del Sol visto desde la latitud de Grecia o España.<br />
En los equinoccios (21 de marzo y 23 de septiembre) el Sol está a 90o de la estrella Polar, es </p>
<p>decir,<br />
en el ecuador celeste. La mitad de su recorrido queda por encima del horizonte y la duración </p>
<p>del<br />
día y la noche es la misma. En el solsticio de verano (22 de junio) el Sol está 23o30&#8242; más </p>
<p>cerca de<br />
la Polar; en el de invierno (22 de diciembre), 22o30&#8242; más alejado.<br />
La esfera terrestre<br />
Nuestro modelo de esfera celeste nos permite hacer algunas predicciones interesantes.<br />
Con el esquema de la Figura 2.2, debería ocurrir (a no ser que la Tierra<br />
2.2 El Universo de las dos esferas 47<br />
sea muy pequeña en comparación con el Cielo) que al desplazarnos hacia el norte,<br />
la Polar estuviera cada vez más alta sobre el horizonte. Y efectivamente esto es<br />
lo que relataban los viajeros que volvían a Grecia de tierras septentrionales. Pero<br />
no ocurría exactamente como predecía el modelo. En efecto, al acercarnos al norte<br />
debería cambiar la perspectiva con la que vemos la bóveda, y con ello la forma de<br />
las constelaciones: por ejemplo, la Osa Mayor se vería en escorzo. Eso no ocurre:<br />
siempre presentan el mismo aspecto. En cambio, lo que ocurre al desplazarnos hacia<br />
el norte es que hay constelaciones que dejan de verse. Al viajar hacia el sur, por el<br />
contrario, hay otras que van apareciendo. Con más precisión, lo que ocurre es que<br />
hacia el norte, las constelaciones que sólo se veían unos pocos días al año y siempre<br />
muy cerca del horizonte, dejan de verse. Y esas mismas constelaciones, al moverse<br />
hacia el sur, se ven más días, y alcanzan más altura sobre el horizonte; aparecen<br />
incluso estrellas nunca vistas que, es de suponer, más al norte se quedan siempre<br />
bajo el horizonte.<br />
Esto no puede explicarse con nuestra Figura 2.2. Con ese esquema, desde<br />
cualquier punto de la Tierra veríamos las mismas estrellas, unas más cerca y otras<br />
más lejos. En la Figura 2.2 el observador no vería nunca una estrella como S4, por<br />
mucho que se dirigiese al sur. Para que la viera, lo que tendría que ocurrir es que<br />
al viajar hacia el sur fuera cambiando el plano de la Tierra, inclinándose de manera<br />
que permitiera asomar a S4. Y cuando más al sur, más debe asomar S4. Pero si el<br />
plano de la Tierra cambia de un punto a otro ½es que la Tierra no es plana!: debe<br />
curvarse en la dirección N-S.<br />
Si la Tierra se curva en dirección N-S, se explica que la altura de la Polar sobre<br />
el horizonte aumente al viajar hacia el norte y disminuya al viajar hacia al sur, sin<br />
que haga falta que la Tierra sea de un tamaño comparable al Cielo. Más bien es<br />
de esperar, por el contrario, que la Tierra no sea excesivamente grande, pues basta<br />
viajar unos cientos de kilómetros en dirección N-S para que se noten estos efectos.<br />
Por lo que sabemos hasta ahora, la Tierra podría ser plana en la dirección E-W,<br />
y tendría entonces forma de cilindro. Pero hay una razón para que la Tierra sea una<br />
esfera: un universo formado por dos esferas concéntricas es mucho más simétrico que<br />
uno formado por un cilindro dentro de una esfera.<br />
Esta consideración puede parecer puramente estética, y lo es, pero no debemos<br />
subestimar por ello su importancia. De hecho, los primeros que concibieron una tierra<br />
esférica fueron los pitagóricos y lo hicieron sobre todo por este tipo de razones.<br />
No será la última vez que nos encontremos que un argumento estético se utilice<br />
para preferir una teoría a otra (pg. 154). En ocasiones, sólo mucho más tarde han<br />
aparecido las observaciones que respaldaban a la teoría hermosa.<br />
En este caso, podemos buscar las observaciones en un fenómeno no muy frecuente<br />
pero muy llamativo: los eclipses de Luna. Con un modelo como el de la Figura<br />
2.2 es imposible darles una explicación natural. Pero si la Tierra no abarca de un<br />
extremo a otro del Universo sino que es un objeto relativamente pequeño en su<br />
centro, proyectará una sombra sobre las estrellas. A veces la Luna entrará en esa<br />
sombra y tendremos un eclipse. Anaxágoras fue el primer autor que explicó los<br />
eclipses con este mecanismo, hacia el 480 a.C. (recordemos que también explicó las<br />
fases de la Luna, pg 41). Ahora bien, se observa que en los eclipses la sombra que<br />
va ocultando la Luna es siempre redonda. Y el único objeto que proyecta siempre<br />
48 2. Modelos del Cielo<br />
una sombra redonda es la esfera.<br />
Este brillante argumento fue expuesto por Aristóteles en su libro De los cielos.<br />
Pero curiosamente, parece que Anaxágoras mantenía que la Tierra es plana, a pesar<br />
de que en su época, un siglo antes de Aristóteles, la doctrina de la Tierra esférica<br />
llevaba ya otro siglo en circulación. De modo que no parece que el argumento de<br />
los eclipses, pese a ser convincente a posteriori, fuera decisivo en su día para decidir<br />
sobre la forma de la Tierra&#8230;<br />
N<br />
E<br />
S<br />
W<br />
Estrella<br />
Polar<br />
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Figura 2.5: El universo de las dos esferas. Se ha sombreado el plano del horizonte para el </p>
<p>observador<br />
Las dos esferas y sus consecuencias<br />
Finalmente hemos llegado al modelo de universo que llamamos universo de las<br />
dos esferas (Figura 2.5). La Tierra está inmóvil en el centro de la esfera celeste, que<br />
gira alrededor de un eje que pasa por la Estrella Polar, de modo que las estrellas<br />
describen los paralelos de esta esfera. El paralelo máximo, a 90o de la Polar, es el<br />
ecuador celeste. En realidad, hay una gran similitud entre la Figura 2.2 (modelo de<br />
una esfera) y la Figura 2.5 (modelo de las dos esferas), sobre todo si inclinamos<br />
esta última para poner al observador vertical. La única diferencia es que ahora el<br />
observador está sobre una esfera y el plano de la Tierra, que antes era jo y abarcaba<br />
todo el diámetro de la esfera celeste, es ahora el plano tangente a la esfera en el punto<br />
del observador.<br />
Naturalmente, la esfera de la Tierra tiene que ser enorme para que nos parezca<br />
plana. Pero al mismo tiempo, debe ser muy pequeña comparada con la esfera de las<br />
estrellas. La razón es que todas las observaciones indican que la salida y la puesta de<br />
dos estrellas diametralmente opuestas en dirección E-W son simultáneas. Y esto sólo<br />
puede explicarse, como se expuso en la pg. 45, si el observador está en el centro de la<br />
esfera celeste. Por supuesto, no podemos garantizar que la sincronización entre salida<br />
y puesta sea perfecta. De hecho, sólo lo sería si el tamaño de la esfera celeste fuera<br />
innito, así que debe haber una pequeña diferencia de tiempo entre la salida y la<br />
2.2 El Universo de las dos esferas 49<br />
puesta de tales estrellas, y su medición sería muy importante porque nos diría, nada<br />
menos, cual es el tamaño del universo: he aquí un buen motivo para perfeccionar las<br />
observaciones astrónómicas. Nadie en la Antigüedad consiguió medir tal diferencia,<br />
y de ahí que Ptolomeo armase que la Tierra es a los cielos como un punto a una<br />
esfera. Pero volveremos a este tema más adelante, cuando nos encontremos con<br />
Tycho Brahe (pg. 118).<br />
Volviendo a la Figura 2.5, cuando el observador se desplaza sobre la esfera de<br />
la Tierra, a la vez que varía el plano del horizonte varía también la altura de la<br />
Polar sobre el horizonte. Hay un punto situado verticalmente bajo la Polar: el Polo<br />
Norte. Para un observador allí, la Polar queda en el cénit, es decir, justo sobre<br />
su cabeza. Hay por otra parte todo un círculo de puntos situados verticalmente<br />
bajo el ecuador celeste (los puntos que forman el ecuador terrestre) para los que la<br />
Polar está justamente en el horizonte (una vez más, gracias a que la Tierra es de<br />
tamaño despreciable comparada con la esfera celeste: si no lo fuera, quedaría bajo el<br />
horizonte). En la Figura 2.6 se aprecia el aspecto de la bóveda celeste desde el Polo<br />
Norte y desde el Ecuador.<br />
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Figura 2.6: La bóveda celeste vista desde el Polo Norte (izquierda) y desde el Ecuador </p>
<p>(derecha).<br />
Hemos visto que para latitud 0o (Ecuador) la Polar está a 0o sobre el horizonte,<br />
y para latitud 90o (Polo Norte) la Polar está a 90o sobre el horizonte. El lector puede<br />
comprobar fácilmente que, en cualquier punto del hemisferio norte, la altura de la<br />
Polar sobre el horizonte (el ángulo  en las Figuras 2.2 y 2.4) es la latitud.<br />
El modelo también nos permite predecir para distintos puntos de la Tierra el<br />
movimiento del Sol. Ya hemos visto que la altura de la Polar sobre el horizonte (<br />
en el dibujo) es la latitud. La Figura 2.4 corresponde pues a una latitud intermedia,<br />
pero podemos obtener fácilmente a partir de ella el esquema que corresponde a<br />
otra latitud mantendiendo jos los elementos de la esfera celeste (la Polar y el Sol) e<br />
inclinando en función de la latitud el plano del horizonte que, eso sí, siempre contiene<br />
el eje E-W.<br />
Por ejemplo, para un observador en el Polo Norte, el plano del horizonte es<br />
perpendicular a la dirección de la Polar, es decir, coincide con el ecuador celeste.<br />
Como en los equinoccios (21 de marzo y 21 de septiembre) el Sol está en el ecuador<br />
50 2. Modelos del Cielo<br />
celeste, se mantiene en el horizonte todo el día. En el solsticio de verano, el Sol está<br />
todo el día 23o30&#8242; sobre el horizonte y en el de invierno, 23o30&#8242; bajo el horizonte.<br />
Para un observador en el Ecuador, el plano del horizonte contiene a la Polar, es<br />
decir, es perpendicular al ecuador celeste. En los equinoccios, el Sol describe un gran<br />
arco en el cielo, saliendo verticalmente por el este, pasando por el cénit y poniéndose<br />
vericalmente por el oeste. En los solsticios, el Sol sigue una trayectoria paralela a<br />
esta, pero 23o30&#8242; más al norte (verano) o al sur (invierno).<br />
Con lo dicho hasta ahora, debería resultar claro que podemos determinar nuestra<br />
latitud no sólo por la altura de la Polar sobre el horizonte, sino también por la del<br />
Sol: en los equinoccios, la latitud se obtiene restándole a 90o la altura máxima del<br />
Sol. Este método, sin embargo, tiene el inconveniente de que debemos jarnos en la<br />
altura máxima (lo que exige observar el Sol durante un buen rato para saber cuando<br />
se alcanza este punto, el mediodía exacto), y también de que para cualquier día<br />
que no sea el equinoccio, hay que descontar la distancia del Sol al ecuador celeste:<br />
tenemos que tener tabuladas esas distancias para cada día del año.<br />
Hemos descrito lo que predice el modelo de las dos esferas para los movimientos<br />
del Sol y las estrellas en función de la latitud y, en particular, en el Polo Norte y el<br />
Ecuador. Cuando se formuló el modelo, ningún griego había pisado ni uno ni otro<br />
lugar: sólo era una predicción. Hubo que esperar a que los portugueses cruzaran<br />
el ecuador en el siglo XV para conrmarla (y bastante más para alcanzar el Polo<br />
Norte&#8230;), aunque entonces pocos dudaban ya de este modelo. En particular, los<br />
marineros llevaban ya mucho tiempo determinando su latitud a partir de las alturas<br />
del Sol o de la estrella Polar.<br />
2.3. El universo de las dos esferas como ejemplo de<br />
teoría<br />
Nuestras observaciones de los cuerpos celestes y nuestro deseo de entender mejor<br />
sus movimientos nos han llevado a imaginar un universo como el de la Figura 2.5.<br />
Podemos estar justamente orgullosos de este sencillo modelo: es nuestro primer ejemplo<br />
de teoría cientíca. Pero un escéptico podría objetar que en realidad esta teoría<br />
no nos ha enseñado nada: en nuestro cielo no hay ninguna estrella nueva; de hecho,<br />
ni siquiera hemos hecho nuevas observaciones. ¾Hemos ganado algo al concebir este<br />
modelo de universo?¾Sirven para algo estos ejercicios teóricos?<br />
Para qué sirven las teorías (I)<br />
Podemos empezar replicando al escéptico que hay algo que indudablemente<br />
hemos ganado. Antes, nuestras observaciones astronómicas eran una larga lista de<br />
hechos aislados, que teníamos que recordar uno por uno. Ahora, si queremos, podemos<br />
olvidar todas esas observaciones y retener sólo el modelo, pues las observaciones<br />
se derivan en cualquier momento del modelo. Esto es lo que se llama economía conceptual<br />
: la teoría nos proporciona un resumen muy conveniente de los hechos.<br />
Pero, por otra parte, la teoría no se limita a los hechos. Puede incluir elementos<br />
que no hemos observado, pero que la hacen más coherente o sencilla. Por ejemplo,<br />
2.3 El universo de las dos esferas como ejemplo de teoría 51<br />
la esfera celeste es crucial en nuestra teoría, pero no se observa: sólo se observan<br />
las estrellas presuntamente jas a ella. Por tanto, aunque sirve para resumir las<br />
observaciones, la teoría no es sólo un resumen. Es una construcción, una estructura,<br />
levantada sobre esas observaciones.<br />
Desde el punto de vista de la economía conceptual no hay nada censurable en<br />
que nuestra teoría contenga elementos no observables, porque lo que hace falta es<br />
que los hechos se deduzcan de la teoría, no que la teoría se deduzca de los hechos .<br />
Pero, aunque nuestra teoría no sea menos económica por no derivarse de los<br />
hechos, ¾no será menos cientíca? ¾No tenemos que exigir, para que una teoría<br />
sea cientíca precisamente que se deduzca de observaciones u experimentos? No.<br />
No podemos exigir esto a las teorías cientícas por la sencilla razón de que de las<br />
observaciones no se puede deducir ninguna teoría.<br />
Esta es una armación muy contundente, y volveremos a ella en capítulos sucesivos.<br />
Pero debería estar claro que, al menos en sentido estricto, de las observaciones<br />
no se puede deducir nada: sólo pueden hacerse deducciones dentro de un sistema<br />
formal, como son las matemáticas o como es un modelo físico. La razón estriba en<br />
que en el sistema formal tenemos un número bien denido, y desde luego nito, de<br />
elementos con los que jugar y unas normas también bien denidas para jugar con<br />
ellos. En el mundo real, en cambio, hay un número prácticamente innito de elementos<br />
a los que recurrir para explicar los hechos. Así, de la rotación uniforme de las<br />
estrellas no podemos deducir que la bóveda celeste está ahí. Esa rotación también<br />
podría explicarse como una ilusión óptica debida a la rotación de la Tierra (así lo<br />
hizo Heráclides Póntico en el siglo IV a.C.; ver pg. 94) o como el resultado de la<br />
voluntad unánime y divina de las estrellas (una explicación que no desagradaría a<br />
Homero).<br />
Si lo que le pedimos a una teoría es que permita deducir los hechos y hay muchas<br />
teorías de las que pueden deducirse, ¾con qué criterio elegimos una en lugar de otra?<br />
Entra aquí otro aspecto peculiar de las teorías. Una teoría, hemos dicho, es una<br />
estructura de la que se deducen los hechos. Pero nunca se deducen sólo los hechos<br />
de los que hemos partido. Además se deducen otras consecuencias, que unas veces<br />
pueden ser ciertas, y otras veces falsas. En el primer caso, nos raticaremos en la<br />
teoría y en el segundo, la tendremos que abandonar. Por ejemplo, en su Almagesto,<br />
escrito en el siglo II, Ptolomeo rechaza la idea de la rotación de la Tierra planteada<br />
por Heráclides Póntico porque tiene consecuencias claramente contrarias a la<br />
observación:<br />
[Si la Tierra] efectuara su colosal revolución en tan corto periodo de<br />
tiempo [...] los cuerpos que no estuvieran apoyados sobre su supercie<br />
parecerían tener el mismo movimiento pero en sentido contrario, con lo<br />
que ni las nubes, ni ningún animal volador o cuerpo arrojado al aire<br />
daría la sensación de dirigirse hacia el este, pues la Tierra siempre les<br />
precedería en tal dirección y se anticiparía a ellos en su movimiento<br />
hacia oriente, de tal modo que todos parecerían retroceder hacia el<br />
oeste.<br />
Tendremos que volver sobre esto más adelante porque, como todos sabemos hoy,<br />
la teoría de Heráclides es correcta&#8230; Pero Ptolomeo tenía razón metodológicamente.<br />
52 2. Modelos del Cielo<br />
Cuando adoptamos una teoría, tenemos que asumir todas las consecuencias que de<br />
ella se derivan. Y si algunas de estas consecuencias resultan ser falsas, debemos<br />
abandonar la teoría.<br />
Hechos nuevos, preguntas nuevas<br />
Cuando extraemos consecuencias de una teoría hay una tercera posibilidad, que<br />
no hemos mencionado aún: la teoría puede predecir hechos nuevos, no vericados<br />
aún. Y este caso es sin duda el más interesante, pues la mejor manera de conrmar<br />
la teoría es lanzarnos a vericar estas predicciones.<br />
Nuestro modelo de las dos esferas nos proporciona un ejemplo. Teníamos una evidencia<br />
bastante convincente de que la Tierra se curva en dirección N-S, y habíamos<br />
adoptado la teoría de que se curva también en dirección E-W. Ahora bien, si lo<br />
hiciera, ocurriría que, como el Sol, la Luna y las estrellas se mueven de este a oeste,<br />
no saldrían y se pondrían simultáneamente para todos en la Tierra, sino que lo<br />
harían más temprano para aquellos que están más al este.<br />
He aquí la predicción de un hecho nuevo que, además, no era nada fácil de<br />
vericar. Es fácil saber la hora aquí, con un reloj de Sol, pero ¾cómo saber qué hora<br />
es ahora en un lugar apartado? No hace falta decir que en la Antigüedad no había<br />
radio ni teléfono y las comunicaciones se hacían, como máximo, a la velocidad del<br />
caballo. Quizá antes nadie se lo había planteado, pero la teoría, al armar que la<br />
Tierra es esférica, había convertido esta pregunta en una cuestión candente. Si el<br />
lector quiere pensar por sí mismo, puede dejar de leer aquí por un rato. Si no, aquí<br />
tiene la respuesta en palabras, otra vez, de Ptolomeo:<br />
[La clave está en los eclipses...], pues encontramos que los eclipses,<br />
especialmente los lunares, que tienen lugar al mismo tiempo para todos<br />
los observadores, no son sin embargo registrados como ocurriendo a la<br />
misma hora (esto es, a igual distancia del mediodía) para todos ellos.<br />
Más bien, la hora registrada por el observador más oriental es siempre<br />
más tardía que para el observador más occidental. Encontramos que las<br />
diferencias en hora son proporcionales a las diferencias en distancias<br />
entre los lugares. Por tanto, podemos concluir razonablemente que la<br />
Tierra es esférica.<br />
Esta capacidad de las teorías para incitarnos a explorar y, además, dirigir nuestras<br />
indagaciones, es una de sus mayores (y menos evidentes) virtudes. Un curioso efecto<br />
secundario de esta virtud es que puede hacer que una pregunta (¾es la misma hora<br />
en dos ciudades diferentes?) pase de ser una curiosidad ociosa a ser una cuestión<br />
de gran trascendencia: el interés de una pregunta depende de qué teorías tengamos.<br />
Otro ejemplo: la cuestión de cuanto dura exactamente un eclipse de Luna se adquirió<br />
importancia después de los trabajos de Aristarco, pues esa medida proporcionaba el<br />
factor n (pg. 35) necesario en su método para medir el tamaño de los astros.<br />
Y lo mismo ocurre con los hechos: su relevancia depende de la teoría. Debe<br />
haberse observado desde tiempos inmemoriales que, al alejarse en el mar, lo primero<br />
que dejamos de ver de un barco es el casco y lo último el mástil. Sin embargo,<br />
nadie debió conceder importancia a esta observación hasta que se concibió la teoría<br />
2.4 El universo de Platón y Eudoxo 53<br />
de que la Tierra es esférica. Hoy es una prueba de la redondez de la Tierra que<br />
encontramos en todos los libros escolares: si la Tierra fuera plana, el barco iría<br />
disminuyendo de tamaño hasta convertirse en un punto. Pero este argumento no<br />
aparece en los escritos de los griegos hasta fecha bastante tardía (parece que fue<br />
Estrabón quien lo mencionó por primera vez, en el siglo I a.C.).<br />
Para qué sirven las teorías (II)<br />
Todo esto podríamos responder al escéptico que criticaba la utilidad de hacer<br />
teorías. Hemos argumentado que las teorías son útiles (porque resumen convenientemente<br />
los hechos) y son interesantes (porque nos impulsan a hacernos preguntas<br />
y a investigar). Pero seguramente la mayor parte de los cientícos sentirían que esta<br />
réplica está dejando de lado lo esencial. Esos cientícos nos dirían que no hacen<br />
ciencia para llevar una contabilidad ecaz de hechos, ni para divertirse jugando a<br />
las adivinanzas, sino porque quieren conocer cómo es de verdad el mundo. Y su entusiasmo<br />
cuando, después de elaborar una teoría, se cumplen sus predicciones, es el<br />
de quien siente que está descubriendo la verdad. Esta es la convicción profunda que<br />
los lleva a emprender estos ejercicios teóricos. Pero, ¾podríamos convencer al esc<br />
éptico de que nuestra teoría, además de útil y entretenida, es verdad? Intentaremos<br />
responder a esta cuestión más adelante (ver pg. 75).<br />
De momento, tenemos que volver a nuestro modelo de las dos esferas. Hasta<br />
aquí hemos elogiado sus méritos, pero tiene un defecto evidente: que es un modelo<br />
incompleto. ¾Qué hacemos con el Sol, la Luna y los planetas? Vamos a ver como<br />
podemos ampliar el modelo para incluirlos.<br />
2.4. El universo de Platón y Eudoxo<br />
Incorporar el Sol a nuestro modelo de las dos esferas no es difícil. Ya vimos que<br />
el Sol (Figura 2.4) unas veces queda por encima del ecuador celeste y otras por<br />
debajo; sus alturas extremas a lo largo del año resultan estar a 23o30&#8242; por encima y<br />
por debajo del ecuador celeste, independientemente de la latitud. Con más precisión,<br />
el camino que recorre el Sol sobre las estrellas (la eclíptica) resulta ser un círculo<br />
máximo de la esfera celeste, como el ecuador celeste, pero inclinado 23o30&#8242; respecto<br />
de él.<br />
Esto nos permite dar una explicación al movimiento del Sol, que habíamos descrito<br />
en la página 43: el movimiento diario es un giro en torno al eje polar, exactamente<br />
igual que el giro de las estrellas, y el movimiento anual es un giro, mucho más<br />
lento y en sentido contrario, en torno a otro eje, perpendicular a la eclíptica. Este<br />
doble giro puede realizarse si suponemos que el Sol no va jo directamente a la esfera<br />
de las estrellas, sino a una esfera propia, cuyo eje está inclinado 23o30&#8242; respecto del<br />
eje polar. Esta esfera gira a razón de una vuelta por año, pero su eje está pinchado<br />
en la esfera de las estrellas, y por tanto se ve arrastrado en el movimiento diario de<br />
ésta.<br />
La explicación del movimiento de la Luna es la misma, sólo que su esfera propia<br />
(con una inclinación similar a la del Sol) no gira a razón de una vuelta por año sino<br />
54 2. Modelos del Cielo<br />
de una vuelta cada 27,3 días.<br />
E W<br />
Figura 2.7: Retrogradación de un planeta. Los puntos representan a un plantea a intervalos </p>
<p>regulares,<br />
moviéndose contra el fondo de estrellas las de oeste a este. En la retrogradación, el planeta<br />
parece ir más despacio y se invierte su sentido. Todos los planetas presentan retrogradaciones, </p>
<p>pero<br />
su duración varía desde desde 23 días para mercurio hasta 138 días para Saturno.<br />
Los planetas plantean un problema más difícil. Los rasgos generales de su<br />
movimiento son similares a los del Sol y la Luna: un lento desplazamiento hacia<br />
el este respecto de las estrellas jas. Este movimiento puede ser explicado también<br />
con una esfera adicional, inclinada, con un periodo diferente para cada planeta.<br />
Pero, como ya vimos (pg. 44), superpuesto a este movimiento promedio, un planeta<br />
presenta irregularidades: la velocidad uctúa por encima y por debajo de ese<br />
valor medio, y el planeta llega en ocasiones a pararse respecto a las estrellas y,<br />
por algún tiempo, retroceder, es decir, a moverse hacia el oeste (gura 2.7). Estas<br />
retrogradaciones no pueden explicarse con dos esferas (la de las estrellas más una<br />
propia) como hemos explicado el movimiento del Sol y la Luna.<br />
El modelo de Eudoxo<br />
Pero no hay que subestimar el ingenio de los griegos. Hacia el 370 a.C., un<br />
discípulo de Platón llamado Eudoxo de Cnido consiguió reproducir el movimiento<br />
de los planetas con cuatro esferas concéntricas (o, como suele decirse en astronomía,<br />
homocéntricas):<br />
1. La más externa es la esfera de las estrellas, que da cuenta del movimiento<br />
diario, hacia el este.<br />
2. La siguiente tiene el eje inclinado 23o30&#8242; respecto de la anterior, de modo que<br />
su ecuador es la eclíptica, y gira alrededor de su eje hacia el este. Hasta aquí es<br />
igual que para el Sol, sólo que el periodo de este no es un año, sino el tiempo<br />
medio que tarda el planeta en recorrer la eclíptica.<br />
3. El eje de la tercera esfera está pinchado en dos puntos diametralmente opuestos<br />
de la eclíptica<br />
2.4 El universo de Platón y Eudoxo 55<br />
4. El eje de la cuarta esfera forma con el de la tercera un ángulo que depende de<br />
las características del movimiento. El planeta se halla sobre el ecuador de esta<br />
esfera.<br />
Las dos esferas exteriores, las primeras, son análogas a las del Sol y la Luna, y<br />
dan cuenta del movimiento promedio del planeta. Las dos esferas interiores giran en<br />
sentidos opuestos, y con el mismo periodo, igual al intervalo entre retrogradaciones.<br />
Si las otras esferas no se movieran, esto daría un bucle en forma de ocho, cuyo<br />
nombre técnico es hipópeda. Podemos verlo en la gura 2.8 en la que se han dibujado<br />
las esferas 3a y 4a con sus ejes y un punto X, que representa un planeta, sobre el<br />
ecuador de la esfera interior. En (a) vemos los respectivos ejes EF y GH. Si los dos<br />
ejes coincidieran, como giran en sentidos contrarios, el movimiento de una esfera<br />
contrarrestaría al de la otra y X no se movería. Pero como los ejes forman un cierto<br />
ángulo, el punto X traza la gura en forma de 8 dibujada en (b) (donde ahora se ha<br />
cambiado el punto de visión de modo que el plano de los ejes es perpendicular al del<br />
papel). Al superponerse el movimiento de las esferas exteriores, el bucle proporciona<br />
las retrogradaciones.<br />
Hipopeda.pdf<br />
3<br />
H<br />
4<br />
E E<br />
G<br />
X<br />
F<br />
X G<br />
(a) (b)<br />
Figura 2.8: (a) Las dos esferas más interiores en el modelo de Eudoxo para un planeta. Ambas<br />
giran en sentidos contrarios con el mismo periodo. El punto X representa un planeta. (b) La </p>
<p>misma<br />
construcción en la que el punto de vista ha girado 90o. Se ha dibujado la gura descrita por el<br />
planeta desde este punto de vista. La escala es la misma en ambos dibujos, pero la amplitud </p>
<p>vertical<br />
del bucle se ha exagerado mucho).<br />
El modelo de Eudoxo es notable por varias razones. Se trata del primer modelo<br />
global del universo, un modelo que daba cuenta de los movimientos de todos los<br />
cuerpos celestes. Pero además, es un modelo elegante, natural y versátil:<br />
Es natural porque lo que hace es mantener la simetría del modelo de las dos<br />
esferas, añadiendo a la esfera de las estrellas otras, que giran con distintas<br />
velocidades e inclinaciones, para explicar el movimiento de los demás cuerpos<br />
celestes.<br />
Es versátil porque pueden añadírsele más esferas para reproducir casi cualquier<br />
tipo de movimiento, anando de esta manera su ajuste con las observaciones<br />
56 2. Modelos del Cielo<br />
(esto es lo que hizo Calippo unos años más tarde). Con esto el modelo pierde<br />
sencillez, pero no demasiada, pues siempre se trata de esferas concéntricas.<br />
Eudoxo concebía sus esferas como una descripción geométrica de los movimientos<br />
de los planetas, pero no se preocupó de cómo enganchar físicamente unas con otras,<br />
y cuando estudiaba un planeta describía su esferas ignorando las de los demás.<br />
Aristóteles, que no tenía mentalidad de astrónomo sino de naturalista, adoptó el<br />
modelo de Eudoxo pero dando realidad física a las esferas. El conjunto se convirtió en<br />
un complicado mecanismo de relojería, que requería esferas correctoras intermedias<br />
para que el movimiento de un planeta no arrastrara al siguiente. Necesitó así nada<br />
menos que 55 esferas.<br />
Un poco de losofía<br />
A los méritos cientícos del modelo de Eudoxo hay que añadir un atractivo<br />
losóco que en su día contribuyó mucho a su aceptación, y que de hecho está en<br />
su origen: es un modelo que está plenamente de acuerdo con la losofía de Platón.<br />
Siguiendo a Pitágoras, Platón consideraba que, siendo las esfera y el círculo<br />
las guras geométricas más perfectas, debían ser la base de todos los movimientos<br />
celestes. Estos movimientos tenían que ser perfectos porque para Platón los cuerpos<br />
celestes eran dioses. En esto coincidía con Homero, aunque los dioses de Platón no<br />
eran los caprichosos dioses del Olimpo, sino austeras personicaciones de la razón:<br />
Todo el curso y movimiento del cielo y de cuanto contiene posee un movimiento<br />
semejante al movimiento, revolución y cálculos de la razón. Y que los astros eran<br />
dioses se deducía del orden y armonía de sus movimientos:<br />
Los hombres debería ver una prueba de la inteligencia de los astros [...]<br />
en el hecho de que siempre reproducen los mismos movimientos, y esto<br />
porque repiten desde un tiempo prodigiosamente largo unos actos que<br />
ellos han decidido ya en otra época, en lugar de cambiar de opinión sin<br />
norma alguna, de variar sin cesar sus movimientos y tener, en<br />
consecuencia, revoluciones erráticas y desordenadas.<br />
La idea de la inteligencia de los astros no era una extravagancia de Platon, sino<br />
que era una creencia común en los lósofos de la Antigüedad. Cicerón la expuso con<br />
claridad, utilizando conceptos aristotélicos:<br />
En verdad Aristóteles ha de ser alabado por su idea de que el<br />
movimiento de los seres vivos se debe a una de estas tres causas:<br />
naturaleza, fuerza o voluntad. Ahora bien, el Sol, la Luna y todas las<br />
estrellas están en movimiento y los cuerpos que se mueven por<br />
naturaleza son llevados bien hacia abajo debido a su propio peso, bien<br />
hacia arriba debido a su ligereza; mas ninguna de estas cosas sucede en<br />
el caso de los cuerpos celestes, ya que su movimiento es el de revolución<br />
en un círculo. Además, tampoco puede decirse que alguna fuerza mayor<br />
les compela a discurrir de modo contrario a su naturaleza, porque ¾qué<br />
fuerza tan enorme podría ser? Nos queda, por tanto, que el movimiento<br />
2.4 El universo de Platón y Eudoxo 57<br />
de los cuerpos celestes sea voluntario. Cualquiera que creyese esto<br />
mostraría no sólo ignorancia, sino también impiedad, si negase la<br />
existencia de los dioses.<br />
Sin embargo, el movimiento de los planetas, con sus extrañas variaciones de<br />
velocidad, parecía contradecir esta losofía.<br />
No es extraño por eso que Platón desaara a los astrónomos a interpretar estos<br />
movimientos aparentes a través de la superposición de giros de esferas. Según<br />
Sosígenes,<br />
Platón planteó a los estudiosos el problema de hallar cuales deben ser<br />
los movimientos uniformes y ordenados por cuya superposición puedan<br />
salvarse los fenómenos relacionados con los movimientos de los planetas.<br />
Eudoxo, con su modelo, consiguió responder al desafío de Platón.<br />
Para terminar este inciso losóco quizá convenga hacer una matización. El<br />
tipo de argumentación losóca que acabamos de exponer puede parecer irrelevante<br />
o incluso absurdo. Pero en su día no fue irrelevante, sino que se tomó muy en<br />
serio, y en realidad ha seguido tomándose en serio hasta hoy. Todo cientíco, lo<br />
reconozca o no, tiene unas opiniones losócas que le inuyen a la hora de concebir<br />
sus hipótesis, y le pueden inclinar a preferir unas a otras. No hay nada que objetar a<br />
esta inuencia siempre que se limite a la concepción de los modelos y no se extienda a<br />
su justicación. Eudoxo era libre de buscar inspiración bebiendo de cualquier fuente,<br />
pero, una vez planteado, su modelo tenía que sostenerse por sus méritos cientícos,<br />
no por su atractivo losóco.<br />
Por otra parte, es cierto que algunos de los argumentos losócos concretos<br />
utilizados aquí pueden parecer, como mínimo, pintorescos. Platón encuentra en la<br />
repetición eterna de los movimientos de los astros una señal de su inteligencia. Para<br />
nosotros, acostumbrados a convivir con máquinas, un movimiento automático como<br />
éste indica precisamente la ausencia de voluntad, de alma. Sin embargo, entonces<br />
todavía se consideraba un signo de la excelencia del artesano su capacidad de imitar<br />
con exactitud un modelo. ¾Y qué podría ser más inteligente que, una vez encontrada<br />
la perfección, perseverar en ella?<br />
Nuestra extrañeza ante los argumentos de Platón es un indicio de lo alejada<br />
que está nuestra imagen del mundo de la suya. Hoy pensamos en el universo físico<br />
como inanimado y automático, pero esta concepción se desarrolló en los siglos<br />
XVII y XVIII, y es totalmente ajena al pensamiento no sólo griego, sino de toda la<br />
Antigüedad. Esto quedará más claro en capítulo 4, cuando estudiemos la cosmovisión<br />
griega, en la formulación que le dio Aristóteles.<br />
58 2. Modelos del Cielo<br />
Capítulo 3<br />
Mapas de la Tierra<br />
De tres hermanos el de en medio se fue<br />
Por la vereda a descubrir y a fundar<br />
Y para nunca equivocarse o errar<br />
Iba despierto y bien atento al horizonte igual.<br />
Silvio Rodríguez<br />
En el capítulo anterior hemos visto como, a lo largo de quinientos años, las<br />
contribuciones de muchos sabios cambiaron radicalmente las ideas de los griegos (al<br />
menos, de los griegos cultos) sobre el Cielo y sobre la Tierra. El mundo de Platón y<br />
Eudoxo tenía poco que ver con el mundo de Homero. La bóveda celeste que soportaba<br />
Atlas fue reemplazada por la esfera de las estrellas, la Tierra dejó de ser un disco&#8230;<br />
Pero ¾qué ocurrió con el contenido de esa Tierra?¾sufrió un cambio igual de radical?<br />
Hemos descrito cual era la cosmología en la que culminó el pensamiento griego, pero<br />
¾cual era su geografía? ¾cómo eran sus mapas?<br />
3.1. Con los pies en la Tierra<br />
No nos ha llegado casi ningún mapa de la Antigüedad, y sin embargo, sabemos<br />
con seguridad que los mapas eran comunes desde tiempos muy remotos. Lo sabemos<br />
porque hay menciones a mapas en textos que sí que nos han llegado (por ejemplo, en<br />
Las nubes, de Aristófanes, hay una escena en que un personaje señala Atenas en un<br />
mapa del mundo). Pero incluso sin estas menciones, el sentido común nos dice que los<br />
mapas eran tan necesarios a los militares y a los marineros entonces como ahora. De<br />
hecho, precisamente esta importancia práctica explica que se hayan conservado tan<br />
pocos ejemplares antiguos: los mapas se llevaban de viaje, y viajar no era entonces<br />
precisamente hacer turismo: los asaltos de los bandidos y los naufragios eran la<br />
norma. Muchos mapas se destruyeron así.<br />
Además, los mapas eran una fuente de información muy valiosa para el enemigo,<br />
o para los rivales comerciales. El emperador Augusto guardaba los mapas del Imperio<br />
en las criptas más secretas de palacio, y su divulgación no autorizada era una traición<br />
que en ocasiones fue castigada con la muerte. Esta política de secreto ha sido común<br />
59<br />
60 3. Mapas de la Tierra<br />
a todos los imperios. Cuando España descubrió el Nuevo Mundo, no se autorizó la<br />
impresión de copias de ninguno de los mapas originales hechos por los conquistadores<br />
(de modo que hoy se han perdido para siempre los documentos trazados por Colón,<br />
Cortés o Magallanes); y toda la información geográca se centralizaba en la Casa<br />
de Contratación para evitar que cayera en manos no autorizadas. Las autoridades<br />
compraron ediciones enteras de libros y mapas para destruirlos y evitar la difusión<br />
de información sobre las Indias.<br />
A diferencia de la cosmología, la cartografía fue desde el principio un saber<br />
eminentemente práctico. Quienes hacían mapas no miraban al cielo. Eran hombres<br />
con los pies en el suelo, que querían saber, por ejemplo, los accidentes de la costa<br />
que se iban a encontrar, no por curiosidad intelectual, sino para no perder el barco<br />
(y quizá la vida) contra unos bajíos.<br />
Realizar este tipo de mapas no es difícil cuando se trata de áreas pequeñas que<br />
conocemos de primera mano: por ejemplo, el estuario de un río. La cosa se complica<br />
cuando ampliamos nuestros horizontes. Quien en la Antigüedad se interesaba por<br />
los territorios lejanos tenía que conar en el testimonio de viajeros: comerciantes,<br />
marineros, expedicionarios militares&#8230; gremios todos estos que nunca ha destacado<br />
por querer compartir sus conocimientos reales, sino más bien por ocultarlos tras el<br />
secreto comercial o militar.<br />
Incluso las observaciones de buena fe eran poco ables. Marino de Tiro, uno de<br />
los primeros geógrafos, se quejaba a principios del siglo II de que generalmente sólo<br />
podía estimar la longitud de un viaje a partir de su duración, sin saber cuanto de este<br />
tiempo pasó el barco anclado o al pairo, ni poder tener en cuenta la fuerza variable<br />
del viento o las corrientes, pues estos datos no se solían registrar. Finalmente, Marino<br />
lamentaba el amor a las fanfarronadas de los marineros, que les hacía exagerar las<br />
distancias recorridas.<br />
Todo esto, en el caso de que no se añadiesen fabulaciones que hicieran más<br />
interesante la historia. Un marino llamado Piteas, del que apenas nada se sabe,<br />
emprendió viaje desde Marsella, y encontró, seis días al norte de Gran Bretaña, la<br />
isla de Thule. Al norte de ésta desaparecía la distinción entre tierra, aire y mar;<br />
en su lugar, había una extraña combinación de los tres, una especie de suspensión<br />
gelatinosa que hacía la navegación (y la vida) imposibles. Pese a lo inverosímil de<br />
este relato, Thule apareció como el extremo norte del mundo en todos los mapas<br />
hasta el Renacimiento: a falta de datos, ¾con qué otra cosa podía llenarse un mapa?<br />
Los problemas de un mapa a gran escala<br />
Menos evidentes que estas dicultades, y más interesantes para nosotros, son<br />
las que aparecen cuando queremos hacer un mapa de una región bien conocida<br />
pero amplia. Pensemos, por ejemplo, en algo que habría sido muy apreciado por<br />
los marineros del Viejo Mundo: un buen mapa de las costas del Mediterráneo. Un<br />
estudioso interesado en confeccionar tal mapa regional podría posiblemente recopilar<br />
mapas locales de todos los tramos de costa y reunirlos en un mosaico. Pero sólo<br />
podría empalmar correctamente estos mapas locales si están propiamente orientados<br />
y las distancias están a escala.<br />
No son en principio requisitos demasiado difíciles. Para poder orientar un mapa<br />
3.1 Con los pies en la Tierra 61<br />
hay que jar los puntos cardinales, lo que requiere sólo unos conocimientos básicos<br />
de astronomía (basta con lo que hemos aprendido en el capítulo anterior). Y para<br />
confeccionar un mapa local a escala es necesario conocer por lo menos alguna de las<br />
técnicas de medida de distancias que inventó Tales y que describimos en el primer<br />
capítulo.<br />
En la práctica, sin embargo, no avanzaremos mucho si no usamos el método de<br />
triangulación. La triangulación no es más que la idea original de Tales para ubicar<br />
un barco a distancia (guras 1.4 y 1.6), convertida en método gracias a la aplicación<br />
sistemática de la trigonometría. Recordemos que el resultado fundamental de esta<br />
disciplina es que conocidos tres datos de un triángulo podemos conocer los otros tres.<br />
Si conocemos, por ejemplo, un lado y dos ángulos, sólo necesitaremos una tabla de<br />
razones trigonométricas y con un poco de paciencia para hacer cuentas obtendremos<br />
los dos lados que faltan.<br />
C D<br />
ABC<br />
CAB<br />
A<br />
B<br />
Figura 3.1: Fundamento de la triangulación: Si medimos la distancia AB (línea base) entre dos<br />
pueblos A y B y podemos medir los ángulos\CAB y\ABC desde cada uno de ellos a un tercer<br />
pueblo inaccesible C, podemos obtener las distancias AC y BC con la ayuda de una tabla de<br />
razones trigonométricas. El proceso puede repetirse para el pueblo D y así sucesivamente cubrir<br />
todo un territorio.<br />
Así (gura 3.1), si hemos medido la distancia en línea recta entre dos pueblos<br />
vecinos, A y B (por ejemplo, extendiendo entre ellos una cadena de longitud conocida<br />
tantas veces como haga falta), podemos medir las distancias de éstos a un tercer<br />
pueblo, C, auque no haya manera de desplazarse hasta él en línea recta. Basta<br />
subirse al campanario de A para medir el ángulo entre los campanarios de C y B<br />
(que llamaremos [CAB ) y medir análogamente desde el campanario de B el ángulo<br />
[ABC. Con unas pocas cuentas se obtienen las distancias AC y BC.<br />
Una vez localizado así el pueblo C, podemos realizar una nueva triangulación<br />
para jar la posición del siguiente pueblo, D: si podemos verlo desde C y B, basta<br />
medir\DCB y\DBC y repetir el proceso. Nuestra red de triángulos se irá extendiendo<br />
así hasta abarcar todo el territorio.<br />
La triangulación es un método excelente para hacer un mapa local, a escala de<br />
unas decenas o unos pocos cientos de kilómetros. Provistos de un juego completo de<br />
62 3. Mapas de la Tierra<br />
tales mapas, podríamos por n componerlos en un mosaico de un territorio grande,<br />
como toda la cuenca del Mediterráneo.<br />
Parece que hemos resuelto el problema... pero tampoco así obtendríamos un buen<br />
mapa. En primer lugar, al ir empalmando un mapa tras otro, los errores se van acumulando.<br />
Y no sería solución hacer una triangulación que abarcara el Mediterráneo<br />
entero. Nuestros resultados dependen de la precisión con la que midamos la línea<br />
base inicial (es decir, la distancia AB), y los sucesivos ángulos. Pero esa precisión no<br />
puede ser innita, y al alejarnos de la línea de base inicial, los errores aumentarían<br />
inevitablemente, igual que empalmando mapas parciales.<br />
En segundo lugar, hay un problema fundamental: la Tierra es redonda, y pegando<br />
pequeños mapas planos sólo obtendremos un mapa plano.<br />
En resumen: un mapa a gran escala (de unos miles de km) plantea problemas<br />
importantes incluso cuando todas las regiones que abarca son bien conocidas a peque<br />
ña escala (de unos pocos km). Para no perderse, para no acumular errores, hace<br />
falta tener puntos de referencia cuya posición conozcamos con seguridad. Tenemos<br />
que encontrar unos anclajes seguros para la telaraña de la triangulación.<br />
¾Cómo jar con seguridad la posición de un punto de anclaje, si no es con<br />
referencia a otro, que a su vez sólo puede jarse respecto a un tercero...? ¾Tiene<br />
solución este problema sin caer en una regresión innita? Aquí es donde los terrenales<br />
cartógrafos tuvieron que levantar su mirada a las estrellas.<br />
3.2. Latitud y longitud<br />
Ante todo, una vez que sabemos que la Tierra es redonda, hay una manera<br />
de localizar cualquier punto sobre ella: mediante dos coordenadas, la latitud y la<br />
longitud, indicadas por los paralelos y los meridianos. Si conocemos bien la latitud<br />
y longitud de unos cuantos puntos de referencia, esos puntos nos proporcionarán el<br />
anclaje que buscamos para nuestra triangulación.<br />
El mapa de Eratóstenes<br />
La idea de latitud y longitud nos parece hoy muy sencilla, pero tardó mucho<br />
tiempo en abrirse paso. El precursor fue Eratóstenes, erudito universal y bibliotecario<br />
de Alejandría, al que conocimos en la página 27 midiendo el tamaño de la Tierra.<br />
Según su costumbre, se había empapado de todo lo que sobre geografía habían escrito<br />
sus predecesores, e intentó poner orden en ese revoltijo que mezclaba fantasías sobre<br />
dragones y hombres sin cabeza con datos útiles y veraces. Para sintetizar toda la<br />
información able se propuso trazar un mapa de todo el mundo habitado: desde<br />
Hibernia al oeste (la actual Irlanda) hasta el indenido extremo de la India al este;<br />
y desde la isla de Thule al norte hasta la de la Canela (Ceilán) al sur.<br />
Para marcar las posiciones de los accidentes geográcos, trazó dos líneas de<br />
referencia. Una iba en dirección E-W, desde el Promontorio Sagrado (actual cabo de<br />
San Vicente, en el sur de Portugal), pasando por las Columnas de Hércules (estrecho<br />
de Gibraltar), el estrecho de Sicilia, los cabos del sur del Peloponeso, la isla de Rodas,<br />
las montañas de Taurus (en la actual Turquía) y acabando en los remotos picos de<br />
3.2 Latitud y longitud 63<br />
Figura 3.2: Una reconstrucción del mapa de Eratostenes.<br />
la cadena de montañas que forma el límite norte de la India. Esta extensión de tierra<br />
ocupaba para Eratóstenes las dos terceras partes de la circunferencia del globo; el<br />
resto estaba ocupado por el océano.<br />
La otra línea, en dirección N-S, bajaba desde la desembocadura del río Borístenes<br />
(Dnieper), pasando por Bizancio, Rodas, Alejandría, y Meroê, en el sur de Egipto.<br />
Eratóstenes trazó además paralelos adicionales por lugares de importancia histórica<br />
o comercial, y prolongó el meridiano hacia el norte, hasta el paralelo de Thule, y al<br />
sur, hasta la llamada isla de los fugitivos egipcios.<br />
En todo esto no fue ni riguroso ni geométrico: no sólo su meridiano está muy<br />
poco recto (lo que es disculpable, dadas las dicultades para determinar la longitud),<br />
sino que sus paralelos pasan por lugares arbitrarios en vez de estar espaciados con<br />
regularidad.<br />
De la esfera celeste a la esfera terrestre<br />
El concepto de una red equiespaciada de paralelos y meridianos, que permita jar<br />
con dos números (latitud y longitud) la posición de cualquier lugar de la Tierra es el<br />
fruto de una mentalidad muy distinta de la de un erudito y curioso universal como<br />
Eratóstenes. Es un concepto matemático, y nació de la mano de Hiparco de Nicea<br />
hacia el año 150 a.C., unos ochenta años más tarde de que Eratóstenes confeccionara<br />
su mapa.<br />
Hiparco era ante todo un astrónomo. Fue el primero en realizar un catálogo amplio<br />
de estrellas (incluía 1080), identicando la posición de cada una por dos ángulos,<br />
o coordenadas celestes, que hoy llamamos ascensión recta y declinación. Como<br />
64 3. Mapas de la Tierra<br />
buen astrónomo, amaba el orden y la precisión, y le repugnaban los paralelos históricos<br />
y comerciales de Eratóstenes, hasta el punto de escribir una diatriba titulada<br />
precisamente Contra Eratóstenes. En esta obra señalaba algo que era una consecuencia<br />
natural del modelo del universo de las dos esferas: que sus coordenadas celestes<br />
pueden proyectarse sobre la esfera terrestre para situar en ella cualquier punto. La<br />
ascensión recta se convierte en la longitud y la declinación en la latitud.<br />
Las ideas de Hiparco eran un gran paso adelante para la geografía, pero no<br />
servían de nada sin un método que permita jar latitud y longitud, al menos para<br />
algunos puntos de referencia. Ya hemos visto (pg. 50) que la latitud puede obtenerse<br />
a partir de la altura sobre el horizonte de la estrella Polar, o del Sol a mediodía si<br />
se dispone de tablas apropiadas. Hiparco señaló otros dos métodos: (1) a partir de<br />
la proporción entre la longitud de la sombra a mediodía de un palo vertical y su<br />
altura, en los equinoccios o los solticios, y (2) a partir de la duración del día más<br />
largo del año<br />
Para facilitar el uso de estos métodos, Hiparco tabuló para cada latitud ambos<br />
parámetros. Además, calculó los cambios en las estrellas que aparecerían sobre el<br />
horizonte al ir subiendo de latitud, grado a grado, del Ecuador al Polo Norte.<br />
La problemática longitud<br />
La razón de que las estrellas nos permitan determinar fácilmente la latitud,<br />
es decir, nuestra posición en dirección N-S, radica en que en esa dirección están<br />
estrictamente jas: todo su movimiento, por denición, tiene lugar en dirección EW.<br />
Está claro que determinar la longitud va a ser más difícil. Si sobre nuestra cabeza<br />
vemos en este momento una estrella, dentro de una hora veremos otra, precisamente<br />
la que ahora está viendo sobre la suya un observador situado 15o más al este que<br />
nosotros (ya que 15o es 1/24 de la esfera y una hora es 1/24 del día). Sobre la cabeza<br />
de todos los observadores situados a la misma latitud pasan las mismas estrellas. La<br />
única diferencia es que los observadores que están más al oeste las ven más tarde.<br />
Este retraso, que ya mencionamos en la página 52, va a ser nuestro único recurso<br />
para determinar la longitud.<br />
Si estamos, por ejemplo, en Siracusa y nuestro amigo Hiparco nos llama por<br />
teléfono desde Rodas en el momento en que ve que una cierta estrella atraviesa el<br />
meridiano (es decir, está exactamente al sur), sólo tenemos que poner el cronómetro<br />
para medir el tiempo que transcurre hasta que esa estrella atraviesa el meridiano<br />
desde nuestro punto de vista. Cada hora de retraso signica 15o de diferencia en<br />
latitud. En nuestro ejemplo, habrían pasado unos 52 minutos, lo que equivale a unos<br />
13o de diferencia de latitud. El método era bien conocido por Hiparco y Ptolomeo<br />
y funciona perfectamente, excepto por un detalle: en la antigua Grecia no había<br />
teléfonos.<br />
Pero quizá podamos prescindir del teléfono. Basta tener dos relojes sincronizados,<br />
uno en Rodas y otro en Siracusa, y ponernos de acuerdo (por carta) sobre qué<br />
noche vamos a hacer la observación del paso de la estrella por el meridiano. Luego,<br />
podemos (por carta otra vez) comparar nuestros registros y ya tenemos la diferencia<br />
de longitud. Ahora bien: ¾cómo sincronizamos nuestros relojes? Ya que no podemos<br />
usar un teléfono, quizá podríamos ir a Rodas a sincronizar allí nuestro reloj con el<br />
3.2 Latitud y longitud 65<br />
de Hiparco. Pero sigue habiendo un problema: no podemos garantizar que, cuando<br />
volvamos a Siracusa, el reloj siga sincronizado. De hecho, los griegos no conocían el<br />
reloj mecánico, y tal sincronización era imposible más allá de las pocas horas que<br />
podía medir una clepsidra...<br />
El problema parece insoluble, pero Hiparco señaló una manera de resolverlo, y<br />
de hecho, nosotros la hemos mencionado en el capítulo anterior (¾Lo recuerda el<br />
lector? Le recomendamos que lo piense unos segundos antes de seguir leyendo).<br />
La clave está en los eclipses, decíamos: conociendo la hora a la que se produce<br />
un eclipse en las dos ciudades, podemos saber su diferencia de latitud (ver la cita de<br />
Ptolomeo en pg. 52). Desafortunadamente, los eclipses no son demasiado frecuentes,<br />
y en la Antigüedad no hubo suciente interés por este problema para que se pudieran<br />
determinar sistemáticamente las longitudes, ni siquiera de las principales ciudades.<br />
Hiparco se tuvo que conformar con la teoría, y de hecho, parece que incluso Ptolomeo,<br />
que fue el mayor geógrafo de la Antigüedad, sólo contaba con datos de un eclipse:<br />
el que, el 20 de septiembre del año 332 a.C. ocurrió diez días antes de la batalla<br />
de Arbela, en la que Alejandro Magno derrotó a Darío III de Persia. En Arbela el<br />
eclipse ocurrió en la 5a hora de la noche, mientras que en Cartago se registró a la<br />
2a hora. Los registros no fueron muy exactos, porque la diferencia real de longitud<br />
entre ambos lugares corresponde a dos horas y cuarto, no a tres. Ptolomeo por eso<br />
sobreestimó considerablemente la distancia entre Persia y Cartago.<br />
La geografía de Ptolomeo<br />
Hiparco no realizó, que sepamos, ningún mapa. Su idea de trazar una carta<br />
terrestre análoga a las cartas celestes que él había realizado, con los accidentes<br />
geográcos identicados por sus dos coordenadas como las estrellas, fue llevada a<br />
la práctica nalmente por otro destacado astrónomo que vivió 300 años después:<br />
Claudio Ptolomeo.<br />
Su obra, la Geographia, es la cumbre de la cartografía de la Antigüedad y no<br />
fue superada durante mil cuatrocientos años. Aunque en los detalles geográcos<br />
debe mucho a autores anteriores, sobre todo a Marino de Tiro, el gran mérito de<br />
Ptolomeo es conceptual. Quería representar todo el mundo habitado, pero se enfrentaba<br />
al problema de que había regiones bien conocidas y otras de las que se<br />
sabía muy poco. Las primeras quedaban abarrotadas de nombres ilegibles y las segundas<br />
casi en blanco. Ptolomeo dió con una solución simple e ingeniosa: hacer el<br />
mapa de cada región a la escala que fuera más adecuada, y reunirlos todos ordenados<br />
en un libro. La Geographia es en realidad un atlas, el primero de la historia: una<br />
colección de 26 mapas regionales y un gran mapamundi que proporciona una visión<br />
de conjunto y sitúa los mapas regionales; todo ello precedido de un tratado geográ-<br />
co que explica su elaboración y seguido por una lista de las latitudes y longitudes de<br />
las principales ciudades y accidentes geográcos.Una organización tan afortunada<br />
que ha sido copiada por todos los atlas que se han realizado desde entonces.<br />
Ptolomeo fue, además, el primero que se preocupó del irritante problema que<br />
plantea representar la supercie esférica de la Tierra sobre el plano del papel. Propuso<br />
dos maneras de hacer esto: una proyección cónica y otra esférica modicada. En<br />
ambas los paralelos son arcos de circunferencia, pero mientras que en la primera los<br />
66 3. Mapas de la Tierra<br />
Figura 3.3: Mapa de Ptolomeo, usando la proyección esférica modicada, en una versión de 1467.<br />
meridianos son rectas, en la segunda son curvos. Ptolomeo no se limitaba a describir<br />
sus proyecciones, sino que daba instrucciones detalladas para transformar latitudes<br />
y longitudes en posiciones sobre el papel. La proyección esférica daba un aspecto<br />
más natural al mapa, y las formas resultan menos alteradas, pero es mucho más<br />
difícil matemáticamente. En palabras del propio Ptolomeo,<br />
Incluso aunque para mí, aquí y en todas partes, el esquema mejor y<br />
más difícil es preferible al más pobre y fácil, he retenido ambos<br />
métodos a benecio de aquellos que, a causa de la pereza, dibujen<br />
según aquel método sencillo.<br />
En vista de estas declaraciones, resulta irónico que Ptolomeo usara la proyección<br />
fácil (cónica) en su mapamundi... pero es que realmente las cuentas eran complicadas<br />
para la época.<br />
Excepto por el aspecto un tanto extraño de esta proyección, la impresión de<br />
modernidad de la Geographia de Ptolomeo es asombrosa: los mapas con paralelos<br />
y meridianos, orientados con el norte arriba, su organización en forma de atlas,<br />
los signos convencionales y convenciones de colores que a menudo siguen en vigor,<br />
hacen difícil de creer que nos hallemos ante una obra con casi dos mil años. Nada<br />
más gráco que comparar estos mapas con los de la Edad Media para apreciar lo<br />
que se perdió con el n la de Antigüedad.<br />
3.3 La larga historia de la longitud 67<br />
La Geographia de Ptolomeo fue copiada muchas veces a lo largo de la Edad<br />
Media, aunque en occidente fuese casi desconocida (la copia manuscrita más antigua<br />
que se conserva, del siglo XII o XIII, está en el monasterio de Vatopedi, en el monte<br />
Athos). En 1410 se completó en Italia una traducción al latín, y unos años más<br />
tarde, el benedictino Nicolaus Donis se atrevió a redibujar los mapas en la difícil<br />
proyección esférica que Ptolomeo recomendaba pero no usaba.<br />
Con la imprenta y el comienzo de la era de los descubrimientos, la Geographia<br />
de Ptolomeo se puso de moda. Antes del año 1500 se habían publicado al menos<br />
siete ediciones, y hasta el año 1570, en el que apareció el Theatrum Orbis Terrarum<br />
de Abraham Ortelio, siguió siendo el atlas de referencia, hasta el punto de que a<br />
menudo los nuevos descubrimientos (como las Indias Occidentales o la comunicación<br />
por el sur de los océanos Atlántico e Índico) se registraban en un mapa nuevo que<br />
se publicaba al lado del viejo mapa tolemaico, sin sustituirlo.<br />
3.3. La larga historia de la longitud<br />
Hemos visto hasta aquí que para tener un mapa realmente preciso, que mantenga<br />
a raya la acumulación de errores inevitable en la triangulación, es necesario conocer<br />
para una serie de puntos de referencia su posición sobre la esfera terrestre (es decir, su<br />
latitud y su longitud). Hace falta también conocer el tamaño de esa esfera, de modo<br />
que podamos traducir esas coordenadas en distancias. Los antiguos griegos sabían<br />
como obtener esa información: la latitud podía medirse con los métodos señalados<br />
por Hiparco; la longitud (o más bien, la diferencia de longitudes entre dos puntos)<br />
se podía calcular a partir de la diferencia horaria en un eclipse; y el tamaño de la<br />
Tierra ya había sido medido por Eratóstenes y Posidonio.<br />
Con esto parece que todo el problema está resuelto. Sin embargo, en la práctica<br />
sólo las latitudes se medían con facilidad. Los datos sobre eclipses eran escasísimos,<br />
y la medida de la Tierra se enfrentaba a la incertidumbre en la medida de las largas<br />
distancias, lo que había llevado a la discrepancia entre los datos de Estrabón y<br />
Eratóstenes: si la Tierra tiene 28350 km de circunferencia, como decía el primero,<br />
un grado de latitud (o de longitud en el ecuador) son 79 km; mientras que si tiene<br />
39168 como decía el segundo, un grado son 109 km.<br />
Estas inexactitudes no preocuparon en el mundo antiguo más que a estudiosos<br />
perfeccionistas como Hiparco o Ptolomeo. Los marineros del Viejo Mundo habrían<br />
apreciado, sin duda, el mapa preciso del Mediterráneo que hemos venido persiguiendo<br />
en las últimas secciones. Pero en la práctica se podían pasar bastante bien sin él.<br />
Pocas veces se alejaban mucho de la costa, y cuando volvían a ella, encontraban<br />
enseguida referencias para situarse. Sólo cuando, muchos siglos más tarde, empezó<br />
a cruzarse el Atlántico con regularidad, la determinación de la longitud se convirtió<br />
en un problema acuciante. Un problema que además adquirió pronto una dimensión<br />
política.<br />
El descubrimiento de las Indias enfrentó a los dos países que lideraban las expediciones:<br />
España y Portugal. Sólo unos meses después de que Colón regresara de su<br />
primer viaje, el conicto incipiente por la posesión de las nuevas tierras fue zanjado<br />
por mediación del Papa: en mayo de 1493 Alejandro VI promulgó una Bula de<br />
68 3. Mapas de la Tierra<br />
demarcación, que trazó un meridiano a cien leguas al oeste de las Azores, y asignó<br />
a España todas las tierras situadas al oeste, y a Portugal las que quedaran al este.<br />
Era un golpe maestro de diplomacia, pero tenía un inconveniente: sin un método<br />
able para determinar la longitud en alta mar, no había manera de saber por dónde<br />
pasaba ese meridiano, y ambos países se enzarzaron en una polémica inacabable.<br />
Pero lo más grave eran las pérdidas económicas y humanas. Cada pocas semanas<br />
zarpaban barcos que llevaban el oro y la plata de las Indias a España. Iban<br />
en convoyes fuertemente armados, pero las escoltas no podían hacer nada contra un<br />
enemigo mucho más insidioso que los piratas: la incertidumbre. Un capitán podía<br />
conocer bastante bien su latitud; podía estimar la velocidad del barco con la corredera<br />
(viendo a qué velocidad quedaba atrás un otador atado a una cuerda) y podía<br />
tener una idea del rumbo con la brújula, que se usaba en occidente desde el siglo<br />
XII. Si trasladaba luego estos datos a una carta de navegación, se hacía una idea<br />
aproximada de su posición en el mar. Era lo que se llamaba navegar a estima, y eso<br />
era realmente: un arte tan inexacto que era raro el barco que avistaba tierra en un<br />
lugar conocido. Los retrasos eran continuos, y las pérdidas ingentes. Peor aún, de vez<br />
en cuando los naufragios se llevaban cargamentos enteros, con toda su tripulación.<br />
Los caballeros del punto jo<br />
La longitud podía determinarse en tierra, esperando a un eclipse, registrando<br />
su hora solar exacta, y comparando con la hora solar en un observatorio conocido.<br />
Como ya vimos, cada hora de diferencia signica 15o de latitud (ya que los 360o de<br />
la circunferencia equivalen a 24 horas). Tal método era, obviamente, inviable para<br />
un barco cruzando el Atlántico. Durante cien años no se avanzó lo más mínimo en<br />
la solución del problema, y encontrar la longitud (o, como se decía a menudo, el<br />
punto jo) empezó a verse como una empresa similar a cuadrar el círculo o descubrir<br />
las fuentes del Nilo. Según J. L. Comellas,<br />
Si la altura de la Polar -o por deducción, la de cualquier otra estrellanos<br />
proporciona la latitud y nos permite conocer por tanto el paralelo<br />
en que nos encontramos, la determinación de la longitud o meridiano<br />
fue por largo tiempo un problema casi irresoluble. Los cosmógrafos de<br />
la época de Colón lo consideraron resignadamente como un límite<br />
puesto por la Providencia al conocimiento humano. Y no fue porque<br />
no se tratara a toda costa de resolverlo.<br />
El cosmógrafo Berganza declararía después que venidós años ha que<br />
ando tras el punto jo. Se refería a un punto de referencia en el cielo,<br />
como podría ser un polo Este que sirviese para calcular las<br />
longitudes. Naturalmente, murió sin encontrarlo.<br />
Cuando en 1598 Felipe III ofreció un premio de 6000 ducados de renta perpetua,<br />
una caterva de lunáticos acudió con las propuestas más disparatadas, y la historia se<br />
repitió en los años siguientes en los principales países europeos: Portugal, Francia,<br />
Venecia, Holanda...<br />
Todavía en 1687 un inventor anónimo propuso usar el polvo de la simpatía, que,<br />
descubierto por el noble inglés Sir Kenelm Digby, se decía que curaba las heridas a<br />
3.3 La larga historia de la longitud 69<br />
distancia, cuando se aplicaba a un objeto que hubiera estado en contacto con el enfermo.<br />
La curación, sin embargo, no era indolora: los pacientes daban saltos de dolor<br />
cuando se aplicaba el polvo a una venda retirada de la herida, o al cuchillo que la<br />
inigió. Pero este desagradable efecto secundario podía utilizarse provechosamente.<br />
Como explica Dava Sobel en su libro Longitud,<br />
Se trataría de subir a bordo un perro herido cuando el barco zarpase,<br />
dejando en tierra a un individuo de conanza que sumergiese<br />
diariamente la venda del animal en la solución de la simpatía, siempre<br />
a mediodía. Por supuesto, el perro reaccionaría con un gañido, y con<br />
ello proporcionaría al capitán una indicación horaria. El chillido del<br />
perro signicaría: el Sol está sobre el meridiano de Londres. Entonces,<br />
el capitán podría comparar esa hora con la hora local de a bordo, y<br />
calcular la longitud. Desde luego, habría que conar en que el polvo<br />
realmente retuviese su poder como para ser percibido a muchas leguas<br />
mar adentro, y además -algo muy importante-, que no curase la herida<br />
reveladora durante varios meses. (Algunos historiadores opinan que<br />
seguramente habría que inigir heridas al perro más de una vez en el<br />
transcurso de una larga travesía).<br />
No está claro si esta propuesta se hizo en serio o si se trataba de una caricatura<br />
del tipo de ideas absurdas que manejaban los excéntricos buscadores del punto jo.<br />
Galileo invoca a Júpiter<br />
Pero no todo eran chiados. Al concurso de Felipe III concurrió en 1616 un<br />
inventor italiano llamado Galileo Galilei, con una propuesta basada en el uso del<br />
telescopio. Había descubierto cuatro satélites que orbitaban alrededor de Júpiter, y<br />
compiló tablas de su movimiento que, por ser perfectamente regular, podía proyectarse<br />
con varios meses de anticipación. Los satélites proporcionaban así un reloj<br />
universal, que marcaba la misma hora para todos los puntos de la Tierra, y permit<br />
ía llevar a cabo la estrategia que ya propuso Hiparco con los eclipses: observar<br />
un evento determinado (por ejemplo, la ocultación tras Júpiter de un cierto satélite)<br />
desde dos lugares distantes y ver la diferencia en el tiempo local de los dos lugares).<br />
Galileo no consiguió convencer a la corte española, y en 1636 presentó su plan<br />
a Holanda, que ofrecía un premio de 30000 escudos. La comisión formada al efecto<br />
lo encontró prometedor, premió a Galileo con una cadena de oro, y solicitó más<br />
detalles. Pero Galileo falleció en 1642, antes de que se cerraran las negociaciones.<br />
El método de Galileo era conceptualmente impecable, pero la corte española<br />
tuvo razón al rechazarlo: no era nada fácil observar Júpiter desde la cubierta en<br />
movimiento de un barco, y las tablas que había compilado Galileo no eran sucientemente<br />
precisas: hacían falta mejores telescopios, observaciones más pacientes y<br />
relojes más precisos.<br />
70 3. Mapas de la Tierra<br />
Colbert encuentra a Cassini<br />
En denitiva, la técnica no estaba sucientemente madura. No lo estuvo hasta<br />
1668, cuando Giovanni Domenico Cassini, publicó, tras 16 años de observaciones,<br />
sus Ephemerides, unas tablas que recogían con mucha más precisión el movimiento<br />
de los satélites de Júpiter. Cassini se había ganado su reputación como astrónomo e<br />
ingeniero trabajando para el Papa, pero cuando una copia de las Ephemerides llegó<br />
a la corte de Francia, Jean Baptiste Colbert, el todopoderoso ministro del Interior<br />
de Luis XIV, decidió que tenía que tener en París al autor de ese trabajo.<br />
Colbert era un cientíco acionado, y fue el primer político que entendió claramente<br />
el valor práctico que tiene la ciencia para el Estado. Fundó en 1666 la<br />
Académie Royale des Sciences , una institución que representaba una nueva manera<br />
de hacer ciencia: por primera vez, el Estado patrocinaba la investigación, no con<br />
premios esporádicos o con mecenazgos caprichosos, sino creando puestos de trabajo<br />
jos y dotados de medios en abundancia para los investigadores más brillantes.<br />
Colbert los buscó por toda Europa, y les ofreció generosísimos salarios. Allí fueron<br />
el físico holandés Christiaan Huygens, el astrónomo danés Olaüs Römer...y nalmente,<br />
en 1669, el italiano Giovanni Domenico Cassini, que acabó convirtiéndose en<br />
el francés Jean-Dominique Cassini.<br />
Con el generoso respaldo de Colbert, el genio del astrónomo empezó a producir<br />
resultados a una escala desconocida. Los eclipses de Luna son poco frecuentes, pero<br />
los satélites de Júpiter proporcionaban uno o varios eclipses cada noche. Fueron<br />
observados desde cientos de ciudades; armados de buenos telescopios y de las excelentes<br />
Ephemerides de Cassini, los enviados del Observatorio de París determinaron<br />
sus longitudes; pronto, otros países hicieron lo mismo. Cassini mandó confeccionar,<br />
en el suelo de una torre del Observatorio, un gigantesco mapamundi, en el que se<br />
iban registrando los datos de longitud y latitud que iban llegando. El planisferio<br />
impresionó al rey, y pronto empezaron las expediciones geográcas: a la Guayana, a<br />
Egipto, a Madagascar, a China, al Cabo de Buena Esperanza...<br />
La medida del mundo<br />
Ya sólo faltaba, para tener el mapa físico del mundo, poder traducir las diferencias<br />
de latitud y longitud a distancias, y para eso era necesaria una medida exacta del<br />
tamaño de la Tierra. Naturalmente, la Academia se puso manos a la obra. En 1669<br />
asignó la misión al astrónomo (y sacerdote) Jean Picard.<br />
Se trataba de repetir el método de Eratóstenes: medir la distancia entre dos<br />
puntos situados sobre el mismo meridiano, y medir también su diferencia de latitud.<br />
De este modo, se calcula la medida de un grado (y por tando, la circunferencia<br />
de la Tierra, que son 360o). El método era viejo, pero nunca se había realizado<br />
con tan exquisito cuidado y medios técnicos tan sosticados: Picard disponía de la<br />
mejor instrumentación para medir ángulos y determinar latitudes. Tardó dos años<br />
en medir por triangulación la distancia entre dos puntos, uno en París y otro en<br />
Amiens, unas 32 leguas francesas al norte. Resultó ser de 68430 toesas y 3 pies. La<br />
diferencia de latitud medida fue de 1o11'57. De modo que un grado medía 57064<br />
toesas y 3 pies, equivalentes a 110.46 km. De acuerdo con esto, Picard anunció que<br />
3.3 La larga historia de la longitud 71<br />
el radio de la Tierra medía 6328.9 km (el valor aceptado actualmente para el radio<br />
polar es de 6357 km: su valor tenía un error de sólo el 0.44 %).<br />
El talento y el dinero reunidos en la Académie Royale habían resuelto, nalmente,<br />
el problema de los mapas: el proyecto, que nació con Hiparco, de tener una carta<br />
terrestre con la misma precisión que las cartas celestes había culminado 1800 años<br />
después.<br />
Pero esto no signica que se hubiera resuelto el problema de la longitud.<br />
Al menos, no donde resultaba más acuciante: desde la cubierta de un barco en<br />
movimiento era imposible observar con precisión los satélites de Júpiter. Así que los<br />
barcos seguían lanzándose a ciegas a cruzar el Atlántico, y los naufragios continuaban.<br />
Un gran premio y un catálogo de dicultades<br />
El problema adquirió una dimensión trágica en Inglaterra tras el naufragio, en<br />
1707, de la ota mandada por Sir Cloudesley Shovel. Cuando regresaban de Gibraltar,<br />
tras varios días perdidos en la niebla, el almirante solicitó la opinión de sus<br />
capitanes, que con una sola excepción armaron estar aún a una gran distancia al<br />
oeste de Inglaterra. Esa misma noche tropezaban con las islas de Scilly. Dos barcos<br />
se hundieron y perecieron dos mil hombres, incluyendo al almirante. La indignación<br />
clamó al cielo: ½había que encontrar de una vez la longitud!<br />
Como de costumbre, las ideas imaginativas proliferaron. Una propuesta de anclar<br />
barcos-faros a intervalos regulares por todo el Atlántico fue considerada por el<br />
Parlamento, que pidió opinión al mismísimo Newton (el proyecto fue desestimado).<br />
En 1714 se convocó un premio, con las mayores recompensas que se hubiesen ofrecido<br />
nunca: 20000 libras para cualquier dispositivo que determinara la longitud con<br />
medio grado de exactitud, y recompensas menores para métodos más inexactos.<br />
El parlamento creó una comisión permanente (el Consejo de la Longitud) para<br />
decidir sobre los proyectos, y le autorizó a pagar recompensas de la mitad del valor<br />
máximo a los que considerara practicables y útiles, así como a dar otras recompensas<br />
parciales. El premio completo sólo se otorgaría tras un viaje a las Indias occidentales<br />
en el que el error en la longitud fuera menor que el especicado.<br />
En vista de las dicultades para observar desde un barco el reloj astronómico<br />
que proporcionaban los satélites de Júpiter, la solución más sensata parecía ser que<br />
el barco llevara consigo su propio reloj, puesto en hora en el puerto, y que el capitán<br />
observara como, al ir viajando hacia las Indias, se iba adelantando respecto al tiempo<br />
solar local (una hora cada 15o de longitud recorridos). Así lo había propuesto ya en<br />
1530 el astrónomo amenco Gemma Frisius, aunque, a la vez, había advertido de la<br />
poca exactitud de los relojes de la época.<br />
Si una hora son 15o de longitud, una exactitud de medio grado en la longitud<br />
(poco más de 30 millas naúticas en el ecuador) requiere una exactitud de dos minutos<br />
en el reloj. Pero un viaje trasnsatlántico duraba del orden de seis semanas, así que<br />
el reloj no podía perder o ganar más de tres segundos al día.<br />
Los mejores relojes de péndulo sí cumplían esta especicación, pero tenían que<br />
funcionar sobre un soporte en perfecto reposo. La única alternativa viable a bordo<br />
de un barco era un reloj portátil. Estos relojes, que eran impulsados por un resorte<br />
72 3. Mapas de la Tierra<br />
en lugar de por la caída de unas pesas, se habían inventado ya en el siglo XV, pero<br />
su precisión dejaba mucho que desear: no existía un buen mecanismo regulador (el<br />
escape que proporcionaba el péndulo a los relojes de pared y que es la clave de su<br />
regularidad).<br />
Ya en 1664, Robert Hooke, el eterno rival de Newton, se había propuesto mejorarlos,<br />
para acabar concluyendo que todo el asunto era un catálogo de dicultades,<br />
que incluían la alteración de los climas, aires, fríos y calores; la temperatura de los<br />
muelles, la naturaleza de las vibraciones, el desgaste de los materiales, el movimiento<br />
del barco y otras diversas.<br />
La indignación de Hooke con los aires, fríos y calores estaba justicada. Un<br />
aumento de temperatura produce una dilatación en los sólidos. Un péndulo se alarga<br />
en verano, y el reloj va más despacio. Un reloj portátil no tiene péndulo, pero la<br />
temperatura también le afecta (por ejemplo, el muelle varía su fuerza, los engranajes<br />
pueden desajustarse, etc). El estudio de Hooke, sin embargo, no fue estéril. Dio como<br />
fruto la famosa ley que hoy lleva su nombre, y que arma que la fuerza que ejerce un<br />
muelle es proporcional a la deformación que sufre (ut tensio, sic vis, dijo Hooke, con<br />
brevedad insuperable). Y, más importante desde el punto de vista de la relojería, dio<br />
con la idea de usar como regulador, en sustitución del péndulo, un muelle oscilante,<br />
que vibraba regularmente en cualquier posición.<br />
El relojero paciente<br />
Gracias en buena parte al trabajo de Hooke, cuando se convocó el premio de la<br />
longitud todos los principios físicos y mecánicos necesarios para hacer un buen reloj<br />
portátil eran bien conocidos. El problema era que las condiciones del premio eran<br />
muy exigentes. Para no perder tres segundos al día, no bastaba que el reloj fuera<br />
bueno: tenía que ser extraordinario.<br />
En este punto entró en escena John Harrison. Hijo de un carpintero de Yorkshire,<br />
y carpintero de ocio él mismo, desarrolló de pequeño una pasión por la mecánicaque<br />
le llevó a convertirse en relojero autodidacta. Cuando le llegó la noticia del<br />
premio tenía 21 años, y estaba confeccionando, en madera, su primer reloj. Doce<br />
años después, en 1726, había construido un reloj de péndulo extraordinariamente<br />
preciso (menos de un segundo al mes de error) y se sintió preparado para el desafío<br />
de la longitud.<br />
En un viaje a Londres consiguió impresionar a George Graham, un prestigioso<br />
fabricante de instrumentos que le concedió un préstamos sin intereses. Tras nueve<br />
años de trabajo, Harrison completó su primer cronómetro marino, que se conoció,<br />
apropiadamente, como No1. En lugar de péndulo, usaba, siguiendo la idea de Hooke,<br />
un resorte en el que dos grandes masas oscilaban, con movimientos opuestos, en torno<br />
a su centro de gravedad común, de modo que las vibraciones les afectaban en grado<br />
mínimo. El reloj se probó en un viaje a Lisboa, y el Consejo de la Longitud le<br />
concedió 500 ¿ para que trabajara en una versión mejorada.<br />
El No2 fue terminado al cabo de cuatro años, en 1739, pero el Consejo era difícil<br />
de contentar, y le siguieron el No3 (en 1746) y el No4 (en 1759). En 1761, éste fue<br />
probado en un viaje a Madeira, y a la vuelta, al cabo de 5 meses y con no pocas<br />
dicultades y tormentas, tenía un error de menos de 2 minutos, lo que equivalía<br />
3.4 De la teoría a la práctica 73<br />
a menos del medio grado de longitud que exigía el premio: después de 35 años de<br />
paciente trabajo, Harrison había ganado.<br />
Pero no fue sencillo que se reconociera su mérito. La desconanza, la mezquindad<br />
y los intereses creados se interpusieron: 20000 ¿ eran una fortuna, y había peronas<br />
inuyentes muy interesadas en el premio. El Consejo de la Longitud exigió más y<br />
más condiciones: una nueva prueba, cruzando el Atlántico entero, hasta Barbados;<br />
planos completos del cronómetro, construcción de un duplicado del No4 por otro<br />
relojero, fabricación de un No5....Harrison fue accediendo a todo, pero pasaban los<br />
años, iba envejeciendo, y la obstinación del Consejo en negarle el premio se convirtió<br />
en un escándalo. El propio rey Jorge III acabó interviniendo y logró en 1772 que<br />
Harrison, un anciano de 79 años, recibiera por n su merecida recompensa.<br />
3.4. De la teoría a la práctica<br />
En el capítulo anterior explicábamos que una teoría puede convertir algo que en<br />
principio sería una anécdota en un hecho de gran relevancia cientíca. Por ejemplo,<br />
la circunstancia de que un eclipse de Luna ocurra a diferentes horas locales según<br />
desde qué ciudad se observe cobra gran trascendencia en el marco de la teoría del<br />
universo de las dos esferas, puesto que se convierte en la prueba de que la Tierra se<br />
curva en dirección este-oeste (y no sólo en dirección norte-sur), como argumentaba<br />
Ptolomeo en la cita de la pg. 52.<br />
Descubríamos así que las teorías, además de servir para resumir convenientemente<br />
los hechos y para sugerirnos nuevas indagaciones, nos proporcionan un patrón<br />
de relevancia con el que juzgamos la importancia de unos hechos frente a otros. Todo<br />
esto nos puede convencer de que las teorías tienen realmente importancia, pero no<br />
deja de ser una importancia teórica.<br />
Lo que hemos aprendido en este capítulo sobre los mapas y el problema de<br />
la longitud nos muestra cómo esa importancia teórica puede convertirse, de modo<br />
inesperado, en importancia práctica.<br />
La inútil astronomía<br />
¾Puede haber algo más inútil que observar noche tras noche las estrellas? Para<br />
quienes quieren explicar todas las actividades humanas en función de las necesidades<br />
materiales, la astronomía constituye una paradoja. Los primeros registros sistemáticos<br />
de la posición de los astros se realizaron en Babilonia, allá por el siglo XVII<br />
a.C., y desde entonces, por increíble que parezca, no se ha interrumpido la serie de<br />
observaciones: siempre ha habido astrónomos (algún autor ha dicho que esta es la<br />
auténtica profesión más antigua del mundo).<br />
Los primeros astrónomos eran sacerdotes, pues en Babilonia se creía que los astros<br />
eran dioses, o por lo menos, que tenían una relación directa con la divinidad. Esta<br />
creencia era compartida por los egipcios, los griegos (por eso llevan los planetas<br />
nombres de dioses) y casi todos los pueblos de la Antigüedad. Quizá pudo tener<br />
su origen en la sensación de sobrecogimiento ante la majestad de los cielos, en la<br />
reverencia ante su eterna imperturbabilidad, tan diferente del cambio y la caducidad<br />
74 3. Mapas de la Tierra<br />
terrestres; pero los lósofos dieron a esta creencia un respaldo racional (recordemos<br />
las opiniones de Platón sobre la inteligencia de los astros, pg. 56).<br />
Si los astros son dioses, tenemos una buena razón para observarlos. Más aún<br />
si pensamos que los dioses intervienen directamente en los asuntos humanos: quizá<br />
la proximidad entre Venus y Marte indique una alianza entre los dioses del amor<br />
y la guerra, y quizá su posterior alejamiento es signo de su ruptura; posiblemente,<br />
el Sol no tenga el mismo ánimo cuando está pasando una temporada en la casa<br />
(constelación) de Capricornio que cuando reside en la de Virgo... Y de hecho fue la<br />
astrología, durante muchos siglos, la principal aplicación de la astronomía. Todavía<br />
en el siglo XVII, una parte importante del trabajo de un hombre como Kepler era<br />
la realización de horóscopos y pronósticos para los nobles.<br />
Nada hay más práctico que una buena teoría<br />
Cualquiera en la antigua Grecia habría encontrado que la aplicación obvia que<br />
justicaba el estudio de la astronomía era predecir el futuro, escrutando el ánimo<br />
de los dioses que se mueven por los cielos. Y de hecho, predicciones como las de<br />
los eclipses eran sus éxitos más notables. Hoy sabemos, claro está, que otro tipo de<br />
predicciones más mundanas son una superstición y un asco, por más que todavía<br />
hoy los periódicos publiquen horóscopos.<br />
Sin embargo, seguramente a nadie se le habría ocurrido que el estudio de los astros<br />
podría servir para hacer mapas de la Tierra, como realmente ocurrió. Nadie había<br />
estudiado el cielo con esa intención: podríamos decir, usando la terminología actual,<br />
que personajes como Tales, Aristarco o Hiparco hacían ciencia pura. Buscaban el<br />
saber por el saber, e idearon teorías para articular lógicamente sus observaciones y,<br />
en denitiva, para intentar entender cómo es el mundo.<br />
Pero cuando se planteó el problema práctico de situarse en el mundo, de hacer,<br />
por ejemplo, una expedición, desde Rodas a las Columnas de Hércules, había que<br />
tener un mapa del Mediterráneo. Hacer tal mapa planteaba, cuando uno se ponía a<br />
ello, unas dicultades inesperadas. Y resultaba que la teoría, esa teoría del universo<br />
de las dos esferas que se había concebido por una motivación totalmente distinta,<br />
tenía la clave para resolver el problema. Sólo se podía hacer un buen mapa de la<br />
Tierra si se podían determinar con precisión latitudes y longitudes los puntos sobre<br />
su supercie. El problema teórico de la diferencia horaria entre dos ciudades, que<br />
nuestra teoría había hecho relevante, se convierte en la clave para medir la longitud;<br />
mientras que la latitud se obtiene también gracias a la teoría, como la altura sobre<br />
el horizonte de la estrella Polar. El problema de cartograar la Tierra se resolvió<br />
mirando a los cielos.<br />
Esta sorprendente utilidad práctica de las teorías se ha venido encontrando una<br />
y otra vez a lo largo de la historia, y es la moraleja de la leyenda del viejo Tales<br />
(pg. 16) que, pese a estar tan abstraído en la contemplación de los cielos como para<br />
caerse a una acequia, supo hacerse rico especulando con el aceite. Como dijo el físico<br />
J.C. Maxwell, nada hay más práctico que una buena teoría.<br />
El poder práctico de las teorías, que aparece además de las maneras más impredecibles,<br />
es para muchos cientícos un argumento convincente a favor de su verdad:<br />
si la teoría del universo de las dos esferas con la que hicimos el mapa del Mediter3.4<br />
De la teoría a la práctica 75<br />
ráneo, siguiendo las ideas de Hiparco y Ptolomeo, no fuera verdadera, ¾cómo es que<br />
nuestra expedición ha llegado con éxito a las Columnas de Hércules? Las teorías<br />
funcionan, y si fueran falsas no funcionarían.<br />
El argumento parece convincente, pero no debemos olvidar que el universo de<br />
las dos esferas resultó, a la postre, ser una teoría falsa... Volveremos a esta cuestión<br />
más adelante, en la sección 6.2.<br />
Por otra parte, en el terreno puramente práctico, el reconocimiento del poder<br />
práctico de las teorías es lo que ha llevado a conceder cada vez más importancia a la<br />
investigación, que ha pasado de ser la ocupación de sabios chiados como Tales a una<br />
prioridad de las naciones. Las grandes exploraciones que se iniciaron con los viajes<br />
de españoles y portugueses en el siglo XV fueron la primera empresa humana en la<br />
que los gobiernos reconocieron el poder de la ciencia y se prestaron a fomentarla.<br />
Los esfuerzos posteriores por cartograar Francia y por determinar la longitud en<br />
alta mar son los primeros ejemplos de lo que hoy llamamos I+D (investigación y<br />
desarrollo): iniciativas para desarrollar una tecnología a gran escala sobre la base de<br />
la ciencia más avanzada de la época.<br />
76 3. Mapas de la Tierra<br />
Capítulo 4<br />
El mundo según Aristóteles<br />
La doctrina de Aristóteles es la suma de la verdad, porque es la cima de<br />
toda la inteligencia humana. Por tanto, está bien dicho que él fue creado<br />
y regalado a nosotros por la divina providencia, para que pudiéramos<br />
conocer lo que es posible saber.<br />
Averroes<br />
Los movimientos de los astros, que hemos descrito en el capítulo segundo, han<br />
sido un signo de la majestad y el poder de los dioses para la mayoría de los hombres<br />
a lo largo de la historia. También lo fueron para los lósofos griegos, pero éstos<br />
no se limitaron a sentir reverencia o temor. Conados en que la realidad última es<br />
racional, consideraron las observaciones del cielo como si fueran las piezas de un<br />
rompecabezas. Y se empeñaron en resolverlo. Varios siglos de esfuerzos culminaron<br />
con Eudoxo, que consiguió encajar las piezas en su modelo de esferas homocéntricas.<br />
Después, Aristóteles incorporó ese modelo como pieza clave de una construcción<br />
mucho mayor, una construcción que pretendía abarcarlo todo.<br />
Hoy, algunos físicos teóricos han propuesto lo que llaman, no sin cierto humor,<br />
Teorías del Todo (Theories Of Everything). La construcción de Aristóteles merece<br />
el título de primera teoría del todo, y con mucho mayor motivo, pues no se limitaba<br />
al mundo físico, sino que abarcaba realmente todo: desde la ética a la biología, desde<br />
la teología a la política, desde la física a la crítica literaria; todo articulado en una<br />
estructura coherente. Durante casi dos mil años, las personas cultas de Occidente<br />
interpretaron el mundo a través de esa Teoría del Todo, que hoy llamamos El<br />
cosmos de Aristóteles. Es la cosmovisión contra la que, a partir del Renacimiento,<br />
se volvieron algunos hombres: los padres de la Revolución Cientíca. Del primero de<br />
ellos, Copérnico, hablaremos en el capítulo 6.<br />
Pero sólo podremos apreciar la auténtica batalla que libraron esos pioneros si<br />
apreciamos al rival con el que se enfrentaban. A menudo se piensa que ese rival eran<br />
las tinieblas de la Edad Media, y que no hubo más que encender la luz de la Razón<br />
para que todo el mundo viera la verdad con sus propios ojos. La heroicidad de estos<br />
pioneros habría estado entonces en plantar cara a las fuerzas del oscurantismo, como<br />
se vio en el infame juicio a Galileo...<br />
77<br />
78 4. El mundo según Aristóteles<br />
Lo cierto es que la concepción del mundo aristotélica que prevalecía en la época<br />
de Copérnico, Kepler o Galileo no tenía nada de oscurantista. Algunos autores, como<br />
A. N. Whitehead, han sostenido incluso que pecaba de ser demasiado racional:<br />
Es un gran error concebir esta revuelta histórica [la Revolución<br />
Cientíca] como un llamamiento a la la razón. Por el contrario, fue de<br />
cabo a rabo un movimiento antiintelectualista. Fue la vuelta a la<br />
contemplación de los hechos en bruto, y se basó en un rechazo de la<br />
inexible racionalidad del pensamiento medieval.<br />
Ese pensamiento medieval era, básicamente, el aristotelismo. Su extrema<br />
racionalidad, más que la tozudez o la mala fe de sus defensores, es lo que hizo<br />
tan difícil desplazarlo.<br />
Por qué es difícil Aristóteles<br />
Tenemos, pues, que comprender cómo era la visión del mundo de Aristóteles, si<br />
queremos comprender qué fue la Revolución Cientíca, y, en denitiva, qué es la<br />
ciencia moderna. Nos vamos a encontrar con dos tipos de dicultades. La primera<br />
es que una Teoría del Todo no se explica en unas pocas páginas. Como hemos dicho<br />
ya, la concepción aristotélica no es sólo una teoría del mundo físico, sino también<br />
del mundo humano, de lo espiritual y lo divino, y todo está tan estrechamente relacionado<br />
en ella que desgajar un aspecto de los demás es deformarlo. Aquí tendremos<br />
que limitarnos a la física y la cosmología y con eso perderemos buena parte de la<br />
perspectiva.<br />
La segunda dicultad es la que se encontró Thomas S. Kuhn. Fallecido en 1997,<br />
Kuhn llegó a ser el lósofo de la ciencia más inuyente del siglo XX. En 1947,<br />
mientras estaba haciendo su doctorado en física en Harvard, le tocó dar un curso de<br />
ciencia para estudiantes de humanidades. El curso tenía que consistir en un estudio<br />
de caso de algún episodio de la historia de la ciencia, y Kuhn pensó que sería<br />
sencillo explicar cómo la mecánica de Newton desplazó a la de Aristóteles. Empezó<br />
a estudiar la Física de Aristóteles y se quedó perplejo. Aquello parecía un montón<br />
de disparates:<br />
¾Cómo pudo su característico talento haberle abandonado [a<br />
Aristóteles] tan sistemáticamente cuando pasaba al estudio del<br />
movimiento y la mecánica? De igual forma, si sus talentos le hubieran<br />
abandonado, ¾por qué sus escritos de física se habían tomado en serio<br />
durante tantos siglos después de su muerte?<br />
Según contó Kuhn muchos años después, una noche, sumido en estos pensamientos<br />
mientras miraba por la ventana de su habitación, todo encajó de repente. Se dio<br />
cuenta de que los conceptos de movimiento y materia de Aristóteles eran totalmente<br />
distintos de los de Newton. La de Aristótéles no era una mala física newtoniana. Era<br />
una física distinta, que entendida en sus propios términos cobraba sentido: de repente<br />
Aristóteles parecía verdaderamente un buen físico, pero de una clase que nunca<br />
había soñado posible. Aquel momento de iluminación cambió la vida de Kuhn, que<br />
4.1 Anidades y oposiciones 79<br />
acabó abandonando la física (moderna) y dedicándose a la historia y la losofía de<br />
la ciencia.<br />
En denitiva, Kuhn había caído en la cuenta de que la única manera de entender<br />
a Aristóteles era en sus propios términos. Como decíamos en el prólogo, tenia que<br />
desaprender, olvidar lo que sabía. En este caso, olvidar la visión newtoniana del<br />
mundo. Cuando lo logró, vió el mundo con otros ojos, y encontró que el cosmos de<br />
Aristóteles poseía una coherencia y una lucidez deslumbrantes.<br />
4.1. Anidades y oposiciones<br />
Antes de entrar en materia, hay que advertir que no vamos a intentar distinguir<br />
el Aristóteles original de las variantes y posibles adulteraciones medievales. Lo que<br />
nos interesa es la visión del mundo que se enseñaba en Europa en los siglos XV y<br />
XVI, la que transmitieron sus maestros a Copérnico, y la llamaremos indistintamente<br />
aristotélica o medieval.<br />
Para empezar a ver el mundo con los ojos de Aristóteles, debemos evitar pensar<br />
que la diferencia de su física con la física actual consiste meramente en un cambio<br />
de leyes: por ejemplo, que Aristóteles consideraba que en el movimiento la fuerza es<br />
proporcional a la velocidad, mientras que hoy sabemos que es proporcional a la aceleraci<br />
ón. En realidad las diferencias son más profundas. No es que sus explicaciones<br />
fueran distintas, sino que su concepto de explicación era distinto. En palabras de<br />
C.S. Lewis,<br />
El concepto fundamental de la ciencia moderna es [...] el de las leyes<br />
naturales, y se considera que todo fenómeno obedece al producirse a<br />
dichas leyes. En la ciencia medieval el concepto es el de ciertas<br />
anidades, oposiciones y contraposiciones inherentes a la propia<br />
materia. Todo tenía su lugar apropiado, su domicilio, la región que le<br />
convenía, y, de no verse refrenado por la fuerza, se movía hacia ella<br />
como guiado por un instinto [...] Así, mientras que para nosotros la<br />
caída de cualquier cuerpo ejemplica la ley de la gravedad, para los<br />
medievales ilustraba la inclinación natural de los cuerpos terrestres<br />
hacia su lugar idóneo, el centro del Mundus.<br />
Este planteamiento puede parecer animista o antropomórco, pero ni Aristóteles<br />
ni los pensadores medievales atribuían un alma o un pensamiento a los objetos inanimados<br />
(excepto a los cuerpos celestes). Cuando Roger Bacon escribía que el hierro<br />
se siente atraído de forma especial por el imán no quería decir que el imán le<br />
resultara atractivo al hierro; igual que cuando nosotros decimos que el imán obedece<br />
las leyes del magnetismo no queremos decir que esté acatando la legislación<br />
vigente. Una manera de expresarse no es más antropomórca que la otra.<br />
Pero sí es cierto que el lenguaje antiguo sugería una continuidad entre el mundo<br />
físico y el mundo espiritual que no sugiere el lenguaje moderno, y la diferencia de<br />
lenguaje es reveladora de la diferencia de planteamiento.<br />
Aristóteles no buscaba leyes matemáticas, y probablemente rechazaría los experimentos<br />
porque suponían apartar a los objetos de sus condiciones naturales. Seguramente<br />
a esta actitud no es ajeno el hecho de que Aristóteles fuera un atentísimo<br />
80 4. El mundo según Aristóteles<br />
observador de las plantas y de los animales. Una medida de su talla como naturalista<br />
puede darla la admiración que por él sentía Darwin, que dijo: Cuvier y Linneo han<br />
sido en muchos sentidos mis dos dioses, pero ninguno de ellos llega a la suela de los<br />
zapatos al viejo Aristóteles. En cierto modo, el modelo de ciencia para Aristóteles<br />
era la biología, no la física, y en biología a menudo la mejor manera de entender<br />
las cosas es preguntarse ¾para qué?, es decir, interrogarse por su causa nal. Así<br />
decimos por ejemplo que el oso polar tiene una piel abrigada para protejerse del<br />
frío, y que además es blanca para camuarse en la nieve; si lo vemos arrojarse al<br />
agua, sabemos que lo hace para pescar un pez, etc. En la misma línea, Aristóteles<br />
explicaba que la piedra caía para dirigirse a su lugar natural.<br />
Fuego<br />
Caliente Seco<br />
Aire Tierra<br />
Húmedo Frío<br />
Agua<br />
Figura 4.1: Los cuatro contrarios y los cuatro elementos de Aristóteles.<br />
Las anidades y oposiciones básicas que gobiernan el universo aristotélico son<br />
los cuatro contrarios : caliente, frío, húmedo y seco. En el mundo no se encuentran<br />
puros sino combinados, formando los cuatro elementos:<br />
lo caliente y lo seco dan fuego<br />
lo caliente y lo húmedo dan aire<br />
lo frío y lo húmedo dan agua<br />
lo frío y lo seco dan tierra<br />
Los objetos terrestres están formados por combinaciones de estos elementos, pero el<br />
mundo situado por encima de la Luna está hecho de un quinto elemento, llamado<br />
éter (o quintaesencia).<br />
4.2. La estructura del mundo<br />
Por debajo de la Luna, los elementos están distribuidos en sus lugares idóneos,<br />
en función de su pesadez o liviandad: el centro está ocupado por la tierra, sobre<br />
ella se sitúa el agua, por encima el aire, y, en la más alta esfera sublunar, el fuego.<br />
Esa capa de fuego por encima del aire nos extraña hoy, pero todos los hombres<br />
4.2 La estructura del mundo 81<br />
instruidos creyeron en su existencia durante siglos (cuando Don Quijote, montado<br />
en Clavileño, cree ascender por los aires, dice a Sancho: si es que de esta manera<br />
vamos subiendo, pronto daremos en la región del fuego, y no sé yo como templar<br />
esta clavija para que no nos abrasemos).<br />
Por encima del fuego (invisible por ser, a diferencia del fuego terrestre, fuego<br />
purísimo) está la esfera de la Luna. El movimiento de ésta arrastra a la capa de<br />
fuego, que a su vez arrastra al aire, estableciendo una serie de ujos y corrientes que<br />
entremezclan los elementos en el mundo sublunar, haciendo que no los encontremos<br />
en forma pura y su estraticación sea imperfecta. No obstante, los objetos muestran<br />
la tendencia de los elementos que los constituyen hacia su lugar natural, y así, el<br />
fuego terrestre, aunque no completamente puro, asciende buscando su lugar por<br />
encima del aire, y las piedras caen buscando su lugar en el centro de la Tierra<br />
(la misma forma esférica de la Tierra es una manifestación de esta tendencia del<br />
elemento tierra).<br />
Por encima de la esfera lunar no hay lugar para esta mezcla pues todo está hecho<br />
de un único elemento, el éter, sin mezcla de los demás. Se suceden las esferas<br />
(u orbes) de Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y las estrellas jas (su<br />
orbe es el stellatum). En realidad, como explicamos en el capítulo 2, Aristóteles había<br />
concebido un mecanismo de cincuenta y cinco esferas para explicar el movimiento de<br />
los planetas, pero durante la Edad Media se ignoraron generalmente esas complejidades,<br />
y se asignó una única esfera a cada planeta, con un cierto espesor (pues, como<br />
veremos en el próximo capítulo, se sabía sus distancias a la Tierra eran variables).<br />
Igual que la esfera del fuego era movida por la esfera de la Luna, la esfera de<br />
la Luna era movida por la de Mercurio, ésta por la de Venus, y así sucesivamente<br />
(de hecho, los planetas eran ordenados según su velocidad de rotación). Pero este<br />
sucesivamente tiene que tener un nal, si no queremos caer en una regresión in-<br />
nita. Está claro que tiene que haber un primer motor, y para que sea realmente el<br />
primero, tiene que ser inmóvil. Ese motor es Dios. Pero, como dice C.S. Lewis&#8230;<br />
&#8230;no hemos de imaginarlo moviendo las cosas mediante acción positiva<br />
alguna, pues eso equivaldría a atribuirle algún tipo de movimiento y en<br />
ese caso no habríamos llegado a un Motor completamente inmóvil.<br />
¾Entonces, cómo mueve las cosas? Aristóteles responde: las mueve en<br />
la medida en que recibe amor. Es decir, que mueve las demás cosas<br />
como un objeto de deseo mueve a quienes lo desean.<br />
Así pues, es el amor a Dios lo que mueve las esferas: por eso habla Dante, en<br />
la Divina Comedia, de l&#8217;amor che move il sole e l&#8217;altre stelle. Y este movimiento<br />
se va comunicando desde la esfera más externa (el Primum Mobile) hacia las más<br />
internas: el Stellatum de las estrellas y las sucesivas de los planetas. Pero ¾por qué ese<br />
amor iba a ponerlas en movimiento circular? Porque el amor procura participar en<br />
su objeto, volverse lo más parecido posible a él. Dios es trascendente e inmaterial,<br />
está fuera del espacio y del tiempo, y los seres nitos no pueden compartir estas<br />
cualidades. Lo más parecido que pueden alcanzar a la ubicuidad inmóvil de Dios<br />
es el movimiento más rápido y regular posible, en la forma más perfecta, que es la<br />
circular. Cuanto más baja es la esfera, menos consigue aproximarse a este ideal, y<br />
más lentamente se mueve.<br />
82 4. El mundo según Aristóteles<br />
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Figura 4.2: La estructura del universo según la Cosmographia de Petrus Apianus, año 1539. Las<br />
esferas de aire y fuego que rodean la Tierra están representadas por nubes y llamas, </p>
<p>respectivamente.<br />
Por fuera de la esfera de las estrellas se aprecia el Primum mobile y más allá el Coelum<br />
empireum habitaculum Dei, la morada de Dios.<br />
Que las esferas sean movidas por amor implica que poseen inteligencia, y así es:<br />
Aristóles está en esto de acuerdo con Platón. Pero este amor no era algo tan radicalmente<br />
ajeno al mundo de los fenómenos físicos como lo es para nosotros: se trataba<br />
de un ejemplo más de las anidades que gobernaban el universo aristotélico.<br />
¾Qué hay más allá del Primum mobile? Aristóteles dice: Fuera del cielo no hay<br />
espacio, ni vacío, ni tiempo. El cristianismo medieval fue más explícito al colocar<br />
allí el Cielo con mayúscula, la morada de Dios, que habita fuera del espacio y el<br />
tiempo.<br />
El horror vacui<br />
Para Aristóteles, más allá del Primum mobile la materia y el espacio tenían que<br />
acabar a la vez. No podía existir espacio sin materia más allá de la esfera más lejana<br />
porque, en su física, materia y espacio son las dos caras de una misma moneda: el<br />
espacio es el volumen ocupado por un cuerpo. De modo que espacio vacío, como<br />
círculo cuadrado, es una contradicción en sus propios términos. El universo de<br />
Aristóteles está completamente lleno, no tiene huecos. La naturaleza tiene horror al<br />
4.3 La teoría del movimiento 83<br />
vacío.<br />
Este horror vacui , lejos de ser una mera especulación teórica, proporcionaba<br />
una explicación a muchos fenómenos que hoy atribuimos al efecto de la presión<br />
atmósferica, como el funcionamiento de las bombas de agua, o el hecho de que el<br />
agua no se salga cuando se da la vuelta a un vaso lleno tapado con un papel. El<br />
hecho trivial de que un botijo necesite dos agujeros puede verse como una prueba<br />
del horror vacui : si no entra aire por el agujero grande, no sale agua por el pequeño,<br />
porque si saliera agua sin entrar aire a reemplazarlo tendría que crearse un vacío.<br />
Identicar espacio y materia y negar el vacío, además de explicar este tipo de<br />
fenómenos, permitía a a Aristóteles sortear la posibilidad de un universo innito<br />
y eludir sus paradojas (por mucho que las matemáticas nos hayan acostumbrado a<br />
utilizar la palabra, el innito es estrictamente inconcebible, y la física contemporánea<br />
también lo evita).<br />
Evitar el innito es doblemente importante, porque un universo innito es incompatible<br />
con la teoría aristotélica del movimiento. Si el universo es innito, no<br />
tiene sentido el concepto de lugar natural, pues cualquier punto es equivalente a<br />
cualquier otro. En particular, no hay centro hacia el que tiendan los cuerpos pesados<br />
ni periferia hacia la que tiendan los cuerpos ligeros. Y hay que insistir en que para<br />
Aristóteles una piedra no cae porque se vea atraída por la Tierra, sino porque busca<br />
su lugar natural en el centro del universo. Como arma en su tratado Del Cielo<br />
Si se colocara la Tierra en la posición actualmente ocupada por la<br />
Luna, cada una de sus partes no se vería atraída hacia el conjunto, sino<br />
al lugar que actualmente ocupa la Tierra.<br />
El movimiento natural de la piedra no está determinado por su relación con otros<br />
cuerpos (como en la gravedad newtoniana) sino por la geometría del espacio.<br />
Es curioso que en esto, y en la estrecha vinculación entre materia y espacio, la<br />
física aristotélica está más cerca de la Relatividad General de Einstein que la física<br />
newtoniana. Esta cercanía conceptual no debe llevarse demasiado lejos, y no hay que<br />
olvidar que en sus predicciones la física de Newton es muchísimo más correcta que<br />
la de Aristóteles, pero nos sirve para subrayar que las ideas de éste sobre el espacio<br />
y la gravedad están lejos de ser ingenuas o absurdas.<br />
4.3. La teoría del movimiento<br />
Ya hemos explicado que para Aristóteles los elementos tienen un lugar natural<br />
en el cosmos y muestran una tendencia hacia ese lugar. El movimento natural de un<br />
objeto es la manifestación de esa tendencia. En el mundo sublunar, el movimiento<br />
natural de los elementos pesados (agua y tierra) es hacia el centro, y el de los<br />
elementos ligeros (aire y fuego) es hacia la periferia. En términos coloquiales, por<br />
supuesto, el centro es abajo y la periferia es arriba. En el mundo supralunar sólo<br />
hay un elemento, el éter, y por tanto sólo hay un movimiento natural, que, como ya<br />
hemos visto, es la rotación uniforme.<br />
Pero es evidente que no todos los movimientos son naturales: puedo lanzar una<br />
piedra hacia arriba, sacar agua de un pozo o empujar una carretilla. En todos estos<br />
84 4. El mundo según Aristóteles<br />
casos, un objeto pesado no se mueve hacia abajo, porque algo o alguien lo fuerza en<br />
otra dirección. Estos son ejemplos de lo que Aristóteles llama movimientos violentos .<br />
Un principio básico es que tanto en los movimientos naturales como en los violentos,<br />
todo lo que se mueve es movido por algo: todo movimiento tiene un motor<br />
(recordemos que esto lleva necesariamente a la existencia de un motor inmóvil: Dios).<br />
En el movimiento natural, el motor es la anidad del objeto por su lugar propio; en<br />
el movimiento violento, es la acción de un agente externo.<br />
Aristóteles intentó hallar una relación cuantitativa entre la fuerza del motor y la<br />
intensidad de sus efectos. No tuvo demasiado éxito, pero esto no le quita mérito: el<br />
problema del movimiento y sus causas, lo que hoy llamamos dinámica, es sumamente<br />
difícil, y de hecho, él fue el único cientíco de la Antigüedad lo abordó seriamente<br />
(Arquímedes estudió con gran ingenio muchos problemas mecánicos, pero siempre<br />
se limitó a la estática).<br />
Dicultades de la dinámica<br />
A primera vista, la dinámica parece un campo abonado para la aplicación del<br />
método experimental: para encontrar sus leyes, debería bastar aplicar a un móvil<br />
una serie de fuerzas conocidas, durante tiempos determinados, y medir sus efectos,<br />
es decir, los desplazamientos producidos. Sin embargo, al hacer esto en la práctica<br />
aparecen numerosas dicultades.<br />
Para empezar, necesitamos medidas muy precisas de espacios y tiempos. Dos<br />
mil años después de Aristóteles y tres siglos después de la invención del reloj<br />
mecánico, Galileo seguía sin disponer de un cronómetro adecuado para sus<br />
experimentos, y utilizó a menudo el pulso como medida del tiempo.<br />
Si la medida de tiempos y espacios es difícil en la práctica, la medida de la<br />
fuerza plantea una dicultad conceptual: una cosa es que tengamos una idea<br />
intiutiva de cuando una fuerza es mayor o menor, y otra es poder asignarle un<br />
número. Veremos que este problema no fue resuelto hasta Newton (pg. 173)<br />
Además, estamos siempre sometidos a la gravedad terrestre, que se superpone<br />
a la fuerza que nosotros imprimimos al cuerpo. No es evidente como tratar<br />
esta superposición.<br />
Finalmente, en cualquier movimiento aparecen fuerzas de rozamiento de valor<br />
desconocido. Estas fuerzas se pueden reducir en cierta medida, pero no eliminar,<br />
de modo que cuando hacemos un experimento no sabemos cual es la<br />
fuerza que actúa realmente sobre el cuerpo.<br />
Este efecto del rozamiento hace casi imposibles las medidas exactas, pero lo más<br />
grave es que lleva con facilidad a errores de interpretación. Si, por ejemplo, estamos<br />
arrastrando una caja por el suelo tirando de ella con una cuerda, encontraremos<br />
que tenemos que ejercer una fuerza constante para moverla a una velocidad más<br />
o menos constante. En el momento en que dejamos de tirar, la caja se para. Esta<br />
experiencia conrma la idea aristotélica de que todo movimiento tiene un motor:<br />
cuando el motor (la fuerza ejercida por la cuerda) deja de actuar, el movimiento cesa.<br />
4.3 La teoría del movimiento 85<br />
Con más precisión, Aristóteles postulaba que para que un objeto tenga velocidad<br />
constante, tiene que actuar sobre él una fuerza constante.<br />
Hoy consideramos que esta interpretación está equivocada, y decimos que un<br />
objeto tiene velocidad constante cuando no actúa sobre él ninguna fuerza. Lo que<br />
ocurre al arrastrar la caja a velocidad constante es que estamos haciendo una fuerza<br />
igual y de sentido contrario a la de rozamiento con el suelo, de modo que la compensamos<br />
exactamente y la fuerza resultante es cero.<br />
¾Para qué sirven las fuerzas, entonces, si no es para manener el movimiento?<br />
La respuesta de Newton es: para producir las aceleraciones. Como la aceleración<br />
es el cambio de la velocidad, estamos diciendo que si sobre un cuerpo no actúan<br />
fuerzas, ese cuerpo no cambiará su velocidad: si estaba en reposo (velocidad cero)<br />
permanecerá en reposo, y si estaba en movimiento, seguirá moviéndose con velocidad<br />
uniforme. Esto es lo que dice esencialmente el principio de inercia: el movimiento,<br />
si es uniforme, no necesita motor. En capítulos posteriores veremos con detalle este<br />
planteamiento de Newton, que por otra parte es bien conocido para cualquiera que<br />
haya estudiado física a un nivel elemental. Pero el hecho de que hoy en día se estudie<br />
en el colegio no debe engañarnos sobre su dicultad conceptual. Volveremos a esto<br />
enseguida.<br />
Las leyes del movimiento violento<br />
Estudiemos ahora con algo más de detalle la concepción aristotélica del<br />
movimiento. Hemos dicho que Aristóteles postulaba que para que un objeto esté<br />
en movimiento es necesario que esté actuando sobre él un motor, que, en el caso de<br />
un movimiento violento, es una fuerza externa. Es lógico que si la fuerza aumenta,<br />
o el objeto se hace más pequeño, la velocidad sea mayor. Aristóteles dice:<br />
Por tanto, si el motor F ha movido a M una distancia D en un tiempo<br />
T, entonces en el mismo tiempo la fuerza F movería 1/2 de M dos veces<br />
la distancia D, y en 1/2 de T moverá 1/2 de M la distancia total D<br />
Aunque Aristóteles no utilizaba ecuaciones, podemos resumir sus observaciones<br />
de manera conveniente así:<br />
En un movimiento violento,<br />
F<br />
M /<br />
D<br />
T<br />
= v<br />
(el símbolo / signica proporcional a y hemos escrito que D/T es la velocidad<br />
promedio, v). De modo que, con la terminología moderna, estamos diciendo que la<br />
velocidad que adquiere un cuerpo es proporcional a la fuerza por unidad de materia<br />
que actúa sobre él.<br />
Aristóteles advierte sin embargo que esta ley no se aplica cuando hay mucha<br />
desproporción entre la fuerza y la masa, ya que si fuera de otro modo, un hombre<br />
podría mover un barco, ya que tanto la fuerza motriz del velamen como la distancia<br />
que ha de recorrer el barco son divisibles en tantas partes como hombres haya. Es<br />
decir, si la fuerza de las velas equivale a cien hombres, un hombre podría mover el<br />
barco una distancia cien veces menor de lo que le mueven las velas.<br />
86 4. El mundo según Aristóteles<br />
Podríamos expresar esta restricción en forma de ecuación escribiendo:<br />
Para que haya movimiento violento, F &gt; F0, siendo F0 / M<br />
Es decir, que para que haya movimiento es necesario, pero no suciente, que<br />
actúe una fuerza: además, la fuerza tiene que superar un cierto valor umbral F0,<br />
mayor cuanto más grande es el objeto. Esta ecuación formula con mayor precisión<br />
el axioma que arma que todo movimiento tiene un motor, y podríamos llamarla<br />
primera ley del movimiento violento de la física aristotélica. La segunda ley del<br />
movimiento violento sería entonces la ecuación para la velocidad promedio de más<br />
arriba. Hay que tener presente, no obstante, que Aristóteles no las llamó así, y ni<br />
siquiera escribió estos resultados en forma matemática.<br />
¾Cuán buenas son estas leyes? En algunos casos, muy buenas. Pensemos, por<br />
ejemplo, en el movimiento de un carro bien cargado. Un hombre es incapaz de<br />
arrastrarlo. Si se le van uniendo más hombres, llega un momento en el que el carro<br />
empieza a moverse: se ha alcanzado la fuerza umbral F0. Dejemos ahora descansar a<br />
los hombres y pongamos en su lugar un caballo: es capaz de arrastrar el carro a una<br />
cierta velocidad. Si ponemos dos caballos logramos más velocidad, si ponemos tres,<br />
más aún, etc. Todo está de acuerdo con las ecuaciones anteriores. Podría objetarse<br />
que con dos caballos no se consigue el doble de velocidad, pero en la época de<br />
Aristóteles no era nada fácil medir velocidades.<br />
Explicaciones extrañas<br />
Hasta aquí la explicación de Aristóteles. Veamos ahora la explicación de Newton.<br />
En todos nuestros ejemplos, el carro estaba en reposo o se movía a velocidad<br />
constante. Por tanto, la fuerza resultante sobre él tenía que ser siempre cero. Esto<br />
signica que cuando no tiramos del carro, no actúa la fuerza de rozamiento; pero<br />
cuando tiramos con fuerza cada vez mayor, la fuerza de rozamiento es cada vez<br />
mayor, valiendo siempre lo justo para compensar la fuerza que nosotros hacemos.<br />
Este comportamiento es un tanto extraño, pero hay algo más extraño aún.<br />
Cuando se alcanza la fuerza suciente para poner en movimiento el carro, este<br />
pasa de velocidad cero a una velocidad constante. Hay pues un corto periodo transitorio<br />
de aceleración. En ese periodo, la fuerza que hace el caballo tiene que superar<br />
a la de rozamiento. Pero cuando la velocidad se estabiliza, ambas fuerzas vuelven a<br />
ser iguales. Esto signica que la fuerza de rozamiento, tras haber sido superada por<br />
la fuerza del caballo, ha ido aumentando hasta igualarse otra vez con ella.<br />
Cualquiera que considere esta explicación no puede por menos que fruncir el ceño.<br />
El comportamiento de la fuerza de rozamiento que propugna Newton es inverosímil.<br />
Y además, si vale en cada momento lo justo para que al nal se alcance una velocidad<br />
constante y proporcional a la fuerza aplicada, como dice Aristóteles, ¾por qué no<br />
quedarnos desde el principio con la explicación de éste?<br />
La explicación de Newton exige postular unas fuerzas de rozamiento que no<br />
se pueden observar ni medir directamente. De hecho, las pocas veces que se mide<br />
una fuerza de rozamiento en un laboratorio, su valor se obtiene precisamente aplicando<br />
las leyes de Newton. Es decir, el valor que se da a esa fuerza es el necesario<br />
4.3 La teoría del movimiento 87<br />
para que las leyes de Newton se veriquen. Un aristotélico podría objetar que este<br />
procedimiento es un círculo vicioso, y no sería tan sencillo rebatirle.<br />
Por otra parte, hay una dicultad conceptual añadida, porque la explicación de<br />
Newton hace uso de la aceleración. Este es un concepto de muy difícil comprensión:<br />
se trata de la variación de la velocidad, y la velocidad es de por sí una variación. ¾Qué<br />
signica la variación de una variación?¾Cómo se mide? Nadie en la antigua Grecia<br />
habría podido entender esta idea. Sólo a partir del siglo XIV algunos estudiosos<br />
empezaron a razonar correctamente sobre el concepto de velocidad instantánea, un<br />
paso previo ineludible para poder denir la aceleración. Y una denición rigurosa<br />
tenía que esperar al cálculo innitesimal, que fue desarrollado, precisamente, por<br />
Newton.<br />
Hay sin embargo otros casos en los que la explicación de Aristóteles es mucho<br />
menos convincente. Por ejemplo, cuando un arco dispara una echa. El motor es el<br />
arco, pero deja de actuar sobre la echa en el momento en que ésta pierde el contacto<br />
con él. Y sin embargo, la echa se sigue moviendo. ¾Qué fuerza la está impulsando<br />
en su recorrido? Los aristotélicos explicaban que el aire empujado y comprimido por<br />
la punta de la echa tenía que desplazarse hacia su parte posterior para rellenar el<br />
vacío que en otro caso se produciría. Este aire es el que impulsaba la echa.<br />
Parece bastante articioso que el aire, en lugar de ofrecer una resistencia al<br />
movimiento, sea el que la impulse. Y no está claro entonces por qué la echa acaba<br />
cayendo al suelo en vez de viajar por el aire indenidamente&#8230; En realidad, la explicaci<br />
ón tampoco gustaba demasiado en la Edad Media, y en el siglo XIV acabó<br />
planteándose una explicación alternativa, que se conoció como Teoría del impetus ,<br />
y que fue la antecesora de la teoría del movimiento de Galileo.<br />
La ley del movimiento natural<br />
En el movimiento violento, cuanto mayor es la cantidad de materia M mayor es<br />
la resistencia al movimiento: la fuerza umbral para iniciarlo es mayor y la velocidad<br />
que se alcanza es menor. Es lógico que así sea, porque cuanto mayor sea el objeto<br />
más fuerte es su tendencia a seguir su movimiento natural: más fuerza hará falta<br />
para apartarlo de él y obligarlo a seguir un movimiento violento. La misma idea lleva<br />
a que, en un movimiento natural, cuando más grande sea el objeto más tendencia<br />
tendrá a moverse. Aristóteles dice:<br />
Si un cierto peso se mueve [es decir, cae] una distancia en un tiempo<br />
dado, un peso mayor se moverá la misma distancia en un tiempo más<br />
corto, y según qué proporción mantengan los cuerpos entre sí, esa<br />
misma proporción mantendrán los tiempos: por ejemplo, si la mitad de<br />
un peso recorre una distancia en un tiempo T, ese peso íntegro la<br />
recorrerá en 1/2 de T.<br />
Es decir, que en el movimiento natural el tiempo para recorrer una distancia<br />
dada es inversamente proporcional al peso del objeto; o, de otro modo, la velocidad<br />
es proporcional al peso. Pero para escribir una ecuación análoga a la que escribimos<br />
para el movimiento violento tenemos que tener en cuenta también la resistencia que<br />
ofrece el medio:<br />
88 4. El mundo según Aristóteles<br />
En la medida en que el aire es más tenue e incorpóreo que el agua, un<br />
objeto M se moverá a través del aire más rápidamente que a través del<br />
agua. [...] Si el aire es dos veces más tenue, el cuerpo atravesará el agua<br />
en un tiempo doble a aquel en que atraviesa el aire.<br />
Si representamos por R la resistencia al movimiento ofrecida por la densidad del<br />
medio, la ecuación para el movimiento de caída libre de un cuerpo pesado (o de<br />
ascenso libre de un cuerpo ligero) es:<br />
En un movimiento natural,<br />
P<br />
R /<br />
D<br />
T<br />
= v<br />
Siendo P el peso y R la resistencia del medio. Llamaremos a esta ecuación ley<br />
del movimiento natural. Una primera consecuencia de esta ley es que la conrma<br />
la imposibilidad del vacío: en un vacío, la resistencia R sería cero, lo que implicaría<br />
el absurdo de un movimiento a velocidad innita.<br />
Pero, ¾se ajustan bien los hechos a la ley del movimiento natural? Igual que<br />
decíamos de las leyes del movimiento violento, depende de qué caso consideremos.<br />
La ecuación anterior describe bien la caída de objetos en un medio denso, como<br />
el agua, o mejor aún, el aceite: caen a una velocidad constante y aproximadamente<br />
proporcional al peso. Pero cuando el medio es el aire las cosas ya no son así. La caída<br />
es demasiado rápida para observarla bien, pero da la impresión de que la velocidad no<br />
es constante sino que va aumentando. El propio Aristóteles lo reconoció, aventurando<br />
que el cuerpo, al caer, se movía más alegremente conforme se iba sintiendo más<br />
próximo a su lugar natural. Esto es incongruente con las ecuaciones que hemos<br />
escrito, en las que la velocidad siempre es constante, pero no hay que olvidar que<br />
Aristóteles no expuso su dinámica en forma de ecuaciones.<br />
No obstante, sí podemos intentar alguna predicción numérica. Por ejemplo, si<br />
disponemos de dos bolas, una de madera, de peso Pm y otra de plomo, de peso diez<br />
veces mayor (es decir, Pp = 10Pm), y las dejamos caer desde una torre de altura D,<br />
tenemos:<br />
Para el plomo,<br />
Pp<br />
Ra /<br />
D<br />
Tp<br />
Para la madera,<br />
Pm<br />
Ra /<br />
D<br />
Tm<br />
Siendo Tm y Tp los respectivos tiempos de caída y Ra la resistencia del aire. Dividiendo<br />
ambas ecuaciones,<br />
10 =<br />
Pp<br />
Pm<br />
=<br />
Tm<br />
Tp<br />
½La bola de madera debería tardar en caer diez veces más que la de plomo! Esta<br />
predicción es un tanto sorprendente, pues, aunque es evidente que los objetos más<br />
pesados caen más rápido que los más ligeros (baste pensar en una pluma y una bala<br />
de cañón), parece que la diferencia no debería ser tan grande. Pero vamos a dejar<br />
aquí esta cuestión, pues volverá a aparecer más adelante, cuando nos encontremos<br />
a Galileo subido (presuntamente) a la Torre de Pisa.<br />
4.4 Un cambio de paradigma 89<br />
4.4. Un cambio de paradigma<br />
Aristóteles ha tenido mala fama entre los divulgadores de la ciencia. A la mayoría,<br />
su visión del mundo les ha causado la misma impresión que al joven T.S Kuhn: un<br />
montón de disparates. Que ese galimatías dominara el pensamiento de Occidente<br />
durante tantos siglos se ha explicado a menudo por el dogmatismo de sus seguidores<br />
y su presunta alianza con los poderes establecidos (la Iglesia Católica) para ahogar<br />
todo pensamiento crítico y original.<br />
Sin embargo, cuando se estudia desde dentro su sistema, incluso de manera parcial<br />
y somera como lo hemos hecho aquí, uno empieza a ver las cosas de otra manera.<br />
Su cosmología era un prodigio de sencillez, simetría y sentido común; su dinámica<br />
daba una explicación sencilla y convincente de la mayoría de las experiencias de<br />
la vida ordinaria, y las dos estaban integradas en un conjunto que reunía todo el<br />
conocimiento de la época con una coherencia y una lógica admirables. En ese cosmos,<br />
además, todo tenía una función y un sentido. Era un universo hermoso, más<br />
reconfortante que el confuso universo de la astronomía contemporánea. En palabras,<br />
una vez más, de C. S. Lewis,<br />
Mirar el cielo en una noche estrellada con ojos modernos es como mirar<br />
el mar que se desvanece en la niebla o mirar a nuestro alrededor en un<br />
bosque impracticable: árboles por todos lados y sin horizonte. Mirar<br />
hacia arriba en el soberbio universo medieval es mucho más como mirar<br />
un gran edicio. El espacio de la astronomía moderna puede inspirar<br />
terror o asombro o vago ensueño; las esferas de los antiguos nos<br />
presentan un objeto en el que la mente puede descansar, abrumador<br />
por sus dimensiones, pero satisfactorio por su armonía.<br />
De modo que el prolongado éxito de la dinámica y la cosmología aristotélicas<br />
puede explicarse sin tener que recurrir a la estupidez de los medievales o a una turbia<br />
Iglesia reprimiendo el pensamiento libre. Simplemente, eran las mejores teorías<br />
disponibles en el siglo IV a.C. y lo seguían siendo en el siglo XIV d.C. Explicaban<br />
razonablemente bien los hechos conocidos, eran satisfactorias estéticamente y<br />
además ganaban mucho en verosimilitud al estar integradas la Teoría del Todo de<br />
Aristóteles.<br />
No basta observar las cosas<br />
Conviene recalcar este aspecto de la integración porque es fácil pasar por alto<br />
su verdadera importancia. El cosmos de Aristótes era un grandioso edicio en el<br />
que todo estaba en relación con todo. Esta integracion hacía que fuera muy difícil<br />
abandonar esa visión del mundo, aunque presentara algún problema; veremos esto<br />
con claridad más adelante, al estudiar la transición entre Copérnico y Galileo. En<br />
palabras de sir Herbert Buttereld:<br />
Librarse de la doctrina aristotélica simplemente observando más de<br />
cerca las cosas presentaba dicultades insuperables, especialmente si ya<br />
se había comenzado a razonar a partir de líneas equivocadas y se<br />
90 4. El mundo según Aristóteles<br />
encontraba ya uno prisionero, a priori, de todo el sistema de<br />
interconexiones que existía en las ideas aristotélicas.<br />
En efecto, observar más de cerca las cosas no es una receta tan sencilla como<br />
parece. Hay literalmente millones de cosas en las que nos podemos jar, y tenemos<br />
que concentrarnos en las relevantes. Pero cuales son las relevantes nos lo dice la<br />
teoría. Mientras una teoría goza de buena salud, siempre resultan más relevantes los<br />
casos que la conrman que los que tienen una explicación dudosa. Ante todo, porque<br />
si la teoría ha llegado a imponerse es que explica razonablemente bien los problemas<br />
que más importan en esa sociedad y contexto histórico. Pero también por prudencia<br />
intelectual: igual que golondrina no hace verano, no se abandona una teoría por un<br />
caso anómalo<br />
La dinámica de Aristóteles explicaba muy bien el movimiento de un carro arrastrado<br />
por bueyes o la caída de una piedra en un ánfora lleno de aceite. No eran<br />
muy convincentes sus predicciones sobre la caída libre o su explicación del movimiento<br />
de los proyectiles, pero era imposible estudiar bien procesos tan rápidos. Por lo<br />
demás, lo importante al arrojar una echa es acertar, y para eso las teorías físicas<br />
nunca han sido de mucha ayuda.<br />
Curiosamente, esos casos marginales para Aristóteles son los primeros que se<br />
encuentra hoy el estudiante. Los textos introductorios de física están llenos de problemas<br />
que piden calcular el alcance de un tiro de cañón, la velocidad de un objeto<br />
en caída libre o la aceleración de un bloque que baja por un plano inclinado. La<br />
razón no es que sean cuestiones importantes en la vida cotidiana: si fuera ese el<br />
criterio, estudiaríamos el movimiento de un automóvil o el vuelo de un avión. Si el<br />
estudiante se inicia con proyectiles y planos inclinados es porque esos problemas son<br />
los que resolvió Galileo en el origen de la física moderna, y son los que mejor sirven<br />
para introducirle en esa física.<br />
Pero si Galileo se propuso tratar esas cuestiones, era debido a que en su época<br />
habían dejado de ser marginales. Para acertar con una echa basta buena puntería;<br />
pero en el siglo XVI todos los ejércitos de Europa tenían cañones, y para acertar con<br />
una bala de cañón hay que saber predecir su trayectoria. Si la teoría de Aristóteles<br />
era incapaz de hacer tal cosa, empezaba a ser razonable cuestionarla. La situación<br />
se había invertido: la teoría ya no gozaba de tan buena salud, y la atención se dirigía<br />
ahora a sus puntos débiles, los mismos que antes se minimizaban.<br />
Como una conversión religiosa<br />
Sólo después de un proceso de debilitamiento que duró más de un siglo fue<br />
posible abandonar el cosmos de Aristóteles. La transición fue tan difícil porque las<br />
nuevas teorías de Galileo y Newton no consistían simplemente en un conjunto de<br />
nuevas explicaciones, sino que suponían una nueva manera de entender lo que es una<br />
explicación. Todo el entramado de anidades y oposiciones, de lugares naturales y<br />
causas nales fue abandonado. En denitiva, tenía que abrirse paso una manera<br />
radicalmente distinta de ver el mundo.<br />
Kuhn, que como vimos cambió la física por la losofía tras su encuentro con<br />
Aristóteles, caracterizó esta ruptura como un cambio de paradigma. Para Kuhn, un<br />
4.4 Un cambio de paradigma 91<br />
paradigma cientíco es una estructura intelectual que se sitúa a un nivel superior a<br />
las teorías. En una época concreta de la ciencia puede haber varias teorías opuestas<br />
sobre un mismo fenómeno. Pero generalmente los cientícos comparten un punto de<br />
vista común sobre lo que es relevante -y por tanto se debe observar y estudiar- y lo<br />
que no lo es, sobre los métodos apropiados para ese estudio y el tipo de preguntas<br />
que hay que plantearse, sobre qué tipo de respuestas constituyen una explicación,<br />
etc. Ese marco de creencias básicas compartidas es el paradigma.<br />
Comparar teorías y decidir cuál es superior dentro de un mismo paradigma no<br />
suele ser difícil, pero no ocurre lo mismo cuando comparamos paradigmas diferentes<br />
porque los propios criterios de valoración dieren. Abandonar un paradigma para<br />
abrazar otro exige un cambio de valores, y se parece más, según Kuhn, a una conversi<br />
ón religiosa que a un razonamiento objetivo. Volveremos a esto más adelante,<br />
pero de momento conviene tenerlo en cuenta para comprender mejor a quienes se<br />
negaban a abandonar el paradigma aristotélico en la época de Copérnico o Galileo.<br />
92 4. El mundo según Aristóteles<br />
Capítulo 5<br />
El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
La historia de las matemáticas adolece de un defecto insalvable: el<br />
orden cronológico de los hechos no corresponde al orden lógico, natural.<br />
La buena denición de los elementos es en muchos casos lo último,la<br />
práctica precede a la teoría, la impulsiva labor de los precursores es<br />
menos comprensible por el profano que la de los modernos<br />
Jorge Luis Borges<br />
Aristóteles decía que el cielo era eterno, incorruptible, inmutable. Y lo cierto<br />
es que durante casi dos mil años sus esferas giraron sin fricciones. El Cielo de la<br />
Divina Comedia de Dante era, esfera por esfera, el de Aristóteles. Y el mundo de las<br />
personas cultas del siglo XVI seguía siendo el de Dante. Todavía en 1588, un joven<br />
matemático llamado Galileo era invitado a conferenciar en la Academia orentina<br />
sobre el tamaño, situación y estructura del Inerno de Dante.<br />
Pero las esferas resultaron, nalmente, no ser eternas. El hermoso mundo circular<br />
que retrataba Petrus Apianus en su Cosmographia de 1539 (Figura 4.2) estaba a<br />
punto de hacerse añicos. La explosión que lo voló por los aires es lo que se ha<br />
llamado Revolución Copernicana, y será el tema del próximo capítulo. Pero hasta<br />
ese estallido nal, los cielos de Aristóteles habían dado muchas vueltas, y no habían<br />
permanecido tan impasibles como se cree. Para entender la Revolución Copernicana<br />
tenemos que entender esas vueltas, esas otras revoluciones más modestas pero<br />
quizá no menos importantes. Podemos resumirlas en tres actos: el surgimiento de la<br />
teoría de los epiciclos; la revolucionaria propuesta de Aristarco, que los eliminaba,<br />
y la restauración del statu quo por Hiparco y Ptolomeo.<br />
5.1. El sueño circular de los epiciclos<br />
El modelo de las esferas de Eudoxo fue apadrinado por Platón, y, con pequeñas<br />
modicaciones, adoptado por Aristóteles. Pero, a pesar de su duradero éxito entre<br />
los lósofos, perdió pronto el favor de los astrónomos. La razón es que casi desde<br />
el primer momento había mostrado algunos desajustes. Se referían a una cuestión<br />
bastante técnica y parecían relativamente intrascendentes con respecto a la descripci<br />
ón general del mundo, la cosmología (o cosmografía) que interesaba a los lósofos.<br />
Pero no podían ser pasados por alto por los astrónomos profesionales.<br />
93<br />
94 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
Recordemos que en el modelo de Eudoxo los astros están jos a esferas concéntricas<br />
con la Tierra. Por eso, todos deberían mantenerse a distancias constantes de<br />
nosotros. Pero había dos observaciones que eran difíciles de casar con este requisito:<br />
La variación de la luminosidad de los planetas : Los planetas brillan más cuando<br />
retrogradan, como si estuvieran más cerca de la Tierra. El caso es especialmente<br />
llamativo en Marte (hoy sabemos que la distancia Tierra-Marte puede<br />
variar en un factor cinco según sean sus posiciones relativas).<br />
La diferente duración de las estaciones : Los griegos ya sabían que el otoño<br />
es más corto que la primavera. Con más precisión, Hiparco estableció que<br />
la primavera dura 94 1<br />
2 días, el verano 92 1<br />
2 , el otoño 88 1<br />
8 y el invierno 90 1<br />
8 .<br />
Como las posiciones del Sol en los cuatro puntos que marcan el principio<br />
de las estaciones (los dos solsticios y los dos equinoccios) están espaciados<br />
exactamente 90o en la bóveda celeste, esto signica que el Sol parece ir más<br />
deprisa en otoño y más despacio en primavera.<br />
Si nos empeñamos en sostener que Marte y el Sol están siempre a la misma distancia<br />
de la Tierra, tenemos que aceptar que el brillo de Marte varía y que el Sol se acelera y<br />
se frena periódicamente&#8230;, comportamientos ambos muy poco dignos de los cuerpos<br />
celestes.<br />
Por otra parte, cuando las observaciones astronómicas se hicieron sucientemente<br />
precisas, se constató que aunque el modelo de Eudoxo daba una buena descripción<br />
cualitativa de los movimientos de los planetas, no predecía demasiado bien sus posiciones.<br />
Estas pequeñas anomalías no parecían tener mayor trascendencia. Pero resultaron<br />
sorprendentemente pertinaces. A corto plazo, obligaron a los astrónomos a<br />
dejar de lado el modelo de las esferas y sustituirlo, al menos en los cálculos, por otro<br />
menos atractivo: el modelo de epiciclos, que veremos en seguida. Se estableció así<br />
un divorcio entre la astronomía (basada en los epiciclos) y la cosmología (basada<br />
en las esferas), que duró más de mil años. Y, nalmente, a partir del siglo XVI,<br />
las pequeñas anomalías acabaron obligando a tirar por la borda toda la astronomía<br />
antigua y con ella, la concepción del mundo de Aristóteles, Dante y Petrus Apianus.<br />
Esta singular aventura es la que vamos a estudiar en este capítulo y el siguiente.<br />
Heráclides observa Venus<br />
El primer problema que planteaba el modelo de esferas homocéntricas era la<br />
luminosidad variable de los planetas. La solución a este problema vino por un camino<br />
indirecto del que no se conocen bien los detalles, pero esto no nos importa demasiado:<br />
de esta historia nos interesa más su lógica que su cronología.<br />
Vamos a comenzar por un personaje singular, Heráclides Póntico. Aunque estudió<br />
con Platón y parece que también con Aristóteles, tuvo la audacia de contradecirles,<br />
defendiendo que la Tierra gira en torno a su eje y las estrellas están estrictamente<br />
jas. De esta manera explicaba el movimiento diario de las estrellas y los demás<br />
cuerpos celestes como una ilusión óptica de movimiento relativo. Siendo un reconocido<br />
inconformista, no es extraño que tampoco le satisciera la explicación ortodoxa<br />
5.1 El sueño circular de los epiciclos 95<br />
(de Eudoxo) del movimiento de los planetas. Y, en particular, buscó una manera<br />
mejor de explicar el movimiento de Venus.<br />
Venus es, tras el Sol y la Luna, el cuerpo celeste más brillante. Pero además de<br />
por su brillo, Venus es notable por lo peculiar de su movimiento: nunca se aleja<br />
demasiado del Sol. Unas veces está más al este, y se le ve al atardecer; otras veces,<br />
más al oeste, y se le ve al amanecer. Pero su separación angular respecto del Sol<br />
nunca supera los 47o, lo que signica que sólo es visible un máximo de tres horas<br />
tras el ocaso o antes del orto.<br />
H S F<br />
E W<br />
Figura 5.1: Esquema del movimiento de Venus respecto del Sol. H indica la posición de Héspero<br />
(Lucero de la tarde) y F la de Fósoforo (Lucero del alba). Las echas marcan los puntos </p>
<p>cardinales<br />
Este (E) y Oeste (W).<br />
Parece que fue Pitágoras quién reconoció que el Lucero del alba (Fósoforo) y el<br />
de la tarde (Héspero) eran un mismo planeta. Unos ciento cincuenta años más tarde,<br />
Heráclides estudió con mucho más detalle la metamorfosis de Fósforo en Héspero.<br />
La Figura 5.1 indica las posiciones relativas del Sol y de Venus. En su movimiento<br />
diario (hacia el oeste) algunas veces Venus va un poco más deprisa que el Sol, de<br />
modo que lo rebasa, pasando de H a F. Cuando llega a F, sin embargo, comienza a<br />
ir algo más despacio, y se va quedando atrás, hasta llegar a H, donde comienza de<br />
nuevo el ciclo.<br />
Desde el punto de vista del movimiento anual (respecto de las estrellas jas),<br />
que es el que nos interesa aquí, el Sol se mueve siempre hacia el este. Venus va<br />
también hacia el este, pero más deprisa, cuando va de F a H; y va hacia el oeste<br />
(retrograda) cuando se mueve de H a F.<br />
Esto es lo que ocurriría si Venus oscilara en un movimiento de vaivén centrado<br />
en el Sol, a lo largo de la eclíptica. Sin embargo, una observación más cuidadosa<br />
muestra que el brillo de Venus no es el mismo de H a F que de F a H, lo que sugiere<br />
que la distancia no sea la misma. Y tampoco es el mismo el tiempo en un sentido y<br />
otro: el movimiento de H a F es más rápido.<br />
Heráclides explicó elegantemente estas observaciones suponiendo que la aparente<br />
oscilación es en realidad un movimiento orbital de Venus en torno al Sol (Figura 5.2).<br />
De este modo se evita que Venus tenga que atravesar el Sol en su vaivén, pero, sobre<br />
todo, se consigue explicar sus irregulares velocidades con un movimiento uniforme:<br />
Venus gira a velocidad constante, pero visto desde la Tierra parece más rápido de<br />
H a F que de F a H, porque en realidad el primer tramo es bastante más corto.<br />
Es importante que esta explicación no es sólo cualitativa. Al contrario, podemos<br />
precisar todas las las distancias y los tiempos involucrados en la Figura 5.2. El ángulo<br />
[HTS puede medirse en el cielo: es el que forma el Lucero de la tarde con el Sol<br />
cuando alcanza la mayor separación angular de éste. Resulta ser aproximadamente<br />
96 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
T<br />
S<br />
V<br />
H<br />
F<br />
Figura 5.2: Geometría del modelo de Heráclides para Venus<br />
de 46o20', y su seno vale 0,723. Pero el ángulo [SHT es recto, y por tanto<br />
SH = ST  sen([HTS) = ST  0:723<br />
Pero SH es igual que la distancia del Sol a Venus (SV ) y ST es la distancia del Sol<br />
a la Tierra. Así que hemos demostrado que la distancia al Sol de Venus, medida en<br />
unidades de distancia Tierra-Sol (lo que hoy llamamos unidades astronómicas, u.a.),<br />
es de 0,723 u.a. Por otra parte, el tiempo que tarda Venus en ir de H a F más el<br />
tiempo que tarda en ir de F a H nos da su periodo de giro en torno al Sol (0,615<br />
años).<br />
De este modo, podemos usar el modelo para hacer predicciones sobre las posiciones<br />
futuras de Venus. Como las órbitas de Venus y la Tierra son circulares con<br />
buena aproximación, las predicciones son bastante correctas.<br />
La composición del movimiento circular de Venus en torno al Sol y el movimiento<br />
también circular del Sol en torno a la Tierra da como resultado una trayectoria que<br />
ya no es circular sino lobulada (gura 5.3): Venus se aleja y acerca alternativamente<br />
de la Tierra, lo que explica sus variaciones de luminosidad. En el caso ilustrado<br />
en la gura, V visto desde T siempre avanza en el sentido de las agujas del reloj<br />
porque la condición de rodadura de una moneda sobre otra no permite que el punto<br />
de contacto retroceda. Pero si se elimina esa condición y se permite que la moneda<br />
patine (es decir, se hacen arbitrarias las velocidades de giro V en torno a S y de<br />
S en torno a T), pueden producirse retrogradaciones en los momentos en los que V<br />
está más cercano a T. Esos serían los momentos de más luminosidad, justamente<br />
cuando se observan retrogradaciones en los planetas.<br />
Lo dicho para Venus es válido para Mercurio, cuyo movimiento en el cielo es<br />
similar, aunque se mantiene siempre aún más cerca del Sol. Al suponer que gira<br />
alrededor del Sol, obtenemos la distancia Sol-Mercurio en u.a., y su periodo de giro.<br />
5.1 El sueño circular de los epiciclos 97<br />
S<br />
V<br />
T<br />
Figura 5.3: Si la moneda de un céntimo rueda sobre la moneda de un euro, el punto V, </p>
<p>inicialmente<br />
en contacto, describe la trayectoria marcada con línea continua de la gura. Podemos describir<br />
este movimiento igualmente diciendo que el punto V gira en torno al centro S de la moneda de un<br />
céntimo, a la vez que S gira, siguiendo la línea de puntos, en torno al centro T de la moneda </p>
<p>de un<br />
euro.<br />
Hay que hacer no obstante la salvedad de que, al ser la órbita de Mercurio mucho<br />
más excéntrica (esto es, menos circular) que la de Venus, los resultados del modelo<br />
son mucho menos exactos. Pero las observaciones de Mercurio, por su cercanía al<br />
Sol, son difíciles e imprecisas, así que en la práctica es también difícil detectar la<br />
inexactitud del modelo.<br />
El sistema epiciclo-deferente<br />
Hasta aquí la teoría de Heráclides. Ahora bien, conviene distinguir la teoría de<br />
las observaciones. Hemos explicado las observaciones (es decir, la Figura 5.1) con<br />
una teoría particular (la de la Figura 5.2). Pero, como explicamos en el capítulo 2,<br />
las teorías no se deducen de las observaciones. De hecho, nada en las observaciones<br />
permite asegurar que Venus y Mercurio realmente orbitan en torno al Sol : lo que<br />
observamos sería exactamente lo mismo si el Sol no estuviera en el centro de la órbita<br />
de los planetas sino que se moviera en un círculo más alto o más bajo, quedando<br />
siempre, eso sí, alineado con esos centros.<br />
De este modo, podemos plantear una teoría alternativa (Figura 5.4) en la que<br />
el planeta (P) sigue una órbita circular (llamada epiciclo), pero no en torno al Sol,<br />
sino en torno a un punto vacío (C) que gira alrededor de la Tierra en un círculo<br />
llamado deferente. El centro del epiciclo se mueve sobre el deferente de modo que<br />
siempre está alineado con el Sol. La composición de los dos movimientos circulares<br />
de epiciclo y deferente da como resultado una trayectoria para el planeta igual a la<br />
que hemos visto en el modelo de Heráclides; lo único que cambia es la posición del<br />
Sol, que ahora puede situarse en cualquier punto en dirección CT.<br />
Tenemos así dos teorías distintas, la de Heráclides y la de los epiciclos, de las<br />
cuales se deducen los mismos hechos, es decir, los movimientos observados de Venus<br />
98 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
T<br />
C<br />
S<br />
P<br />
H<br />
F<br />
Deferente<br />
Epiciclo<br />
Figura 5.4: El movimiento de un planeta interior (como Venus o Mercurio), explicado con el<br />
sistema epiciclo-deferente. El Sol está siempre sobre la prolongación de la línea TC (es decir, </p>
<p>el Sol<br />
y el punto C giran a la misma velocidad angular<br />
y Mercurio resumidos en la Figura (5.1). ¾Como elegir entre una y otra?<br />
En relidad, como dijimos en el capítulo 2, una teoría nunca se limita a predecir los<br />
hechos observados. Las dos teorías que consideramos, además del vaivén de Venus y<br />
Mercurio entorno al Sol, predicen sus distancias relativas. O mejor dicho, las predice<br />
la teoría de Heráclides, porque al pasar a la de epiciclos ocurre algo curioso.<br />
El epiciclo es lo que era antes la órbita de Venus en torno al Sol, y la deferente<br />
es lo que era antes la órbita del Sol. Pero el Sol no está en el centro del epiciclo de<br />
Venus, sino en cualquier punto de la prolongación de la línea CT (Figura 5.4). Por<br />
eso, la proporción entre los radios CH y CT de epiciclo y deferente ya no es como<br />
antes la proporción entre las distancias Sol-Venus y Sol-Tierra, sino tan sólo una<br />
particularidad geométrica de la órbita de Venus, sin un signicado físico especial.<br />
Lo mismo ocurre con Mercurio. De este modo, el modelo de epiciclos ya no nos<br />
proporciona las distancias al Sol de Mercurio y Venus. Ni siquiera nos dice cual de los<br />
dos planetas está más cerca de la Tierra: en realidad, cada órbita es independiente de<br />
las demás, y podemos dilatarla o contraerla a voluntad, puesto que desde la Tierra<br />
sólo observamos ángulos, y los ángulos no cambian con tal de que mantengamos la<br />
proporción entre los radios de epiciclo y deferente. Por el contrario, en el modelo de<br />
Heráclides había una escala de distancias única para Mercurio, Venus y la Tierra.<br />
Por tanto, una medida de las distancias entre planetas podría decidir entre<br />
las dos teorías, pero de un modo curiosamente asimétrico: mientras casi<br />
cualquier valor sería compatible con el modelo de epiciclos, muy pocos lo serían<br />
con el modelo de Heráclides, que hace, por tanto, unas predicciones más arriesgadas.<br />
5.1 El sueño circular de los epiciclos 99<br />
Conjeturas y refutaciones<br />
Podría pensarse que esto es un mérito del modelo de epiciclos, pero no es así.<br />
Como ha señalado el lósofo Karl Popper, lo que distingue a una teoría cientíca<br />
de otra que no es cientíca no es su verdad o falsedad. A lo largo de la historia<br />
ha habido multitud de teorías cientícas que han resultado ser falsas. Pero eran<br />
cientícas, precisamente porque podía probarse su falsedad (podían falsarse, en la<br />
expresión de Popper). Esto no puede decirse de todas las teorías: las doctrinas religiosas,<br />
las losofías, incluso disciplinas que tienen pretensiones cientícas como el<br />
psicoanálisis, no son falsables. La razón es que no hacen armaciones sucientemente<br />
concretas y vericables para que una observación o experimento las eche por tierra.<br />
Por ejemplo, un psicoanalista puede decir que un paciente padece un complejo de<br />
inferioridad. Esperaríamos entonces que fuese alguien apocado, que su jefe le explotase,<br />
su mujer le ridiculizase, etc. Pero si nos encontramos con que es él quien<br />
ridiculiza a su mujer y quien explota a sus empleados, no necesitamos cambiar de<br />
teoría: ese comportamiento sería el modo en que intentaba vencer sus sentimientos<br />
de inferioridad.<br />
En constraste con esta vaguedad, las teorías cientícas hacen predicciones concretas<br />
y vericables. Por ejemplo, usando las leyes de Newton y su teoría de la Gravitaci<br />
ón Universal, Edmond Halley fue capaz de calcular la órbita de un cometa que<br />
había sido observado en 1682 y predecir que volvería a verse 75 años después. Si<br />
el cometa no hubiese aparecido, Halley no tendría escapatoria: o sus cálculos o su<br />
teoría estarían equivocados. El cometa volvió puntualmente y en honor a Halley,<br />
que para entonces había fallecido, se le puso su nombre al cometa.<br />
Que Halley acertara no demuestra que la teoría de Newton sea correcta: puede<br />
haber otras teorías que den los mismos resultados en este caso, pero que se diferencien<br />
en otros. Justamente eso ocurre con la Relatividad General de Einstein, que es<br />
la teoría de la gravitación aceptada actualmente. Da resultados virtualmente idénticos<br />
a los de Newton para la mayoría de los objetos del Sistema Solar, pero predice<br />
pequeñas diferencias donde las fuerzas gravitatorias son grandes, como en las cercan<br />
ías del Sol (cuando las fuerzas son enormemente grandes, las diferencias entre<br />
ambas teorías son también enormes, como en el caso de los agujeros negros). Y,<br />
efectivamente, la órbita de Mercurio resulta ajustarse a las predicciones de Einstein<br />
y no a las de Newton.<br />
Por tanto, hemos tenido que abandonar la teoría de Newton, pero, de nuevo, eso<br />
no signica que la de Einstein sea correcta; el proceso podría repetirse con una nueva<br />
teoría que la desplazara. Aceptamos la Relatividad General no porque sea la verdad<br />
sobre el mundo, sino porque no hemos encontrado por ahora otra teoría mejor.<br />
Toda este juego de conjeturas y refutaciones (en la expresión de Popper) es lo<br />
que hace posible que haya progreso en la ciencia: no sabemos si la teoría de Einstein<br />
es verdadera, pero sabemos que es mejor que la de Newton (que predice una órbita<br />
errónea para Mercurio) que a su vez es mejor que la de Aristóteles (que no puede<br />
predecir el regreso de un cometa).<br />
Esta dinámica sólo puede funcionar si las teorías hacen predicciones concretas que<br />
puedan ser refutadas por los experimentos u observaciones. De modo que podemos<br />
decir que una teoría es tanto más cientíca cuanto más refutable es : cuanto mayor<br />
100 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
sea el alcance de sus armaciones y más especícas sean (de modo que se nos puedan<br />
ocurrir más consecuencias concretas que, caso de vericarse, demostrarían que la<br />
teoría está equivocada). En denitiva, cuanto más arriesgadas sean sus predicciones.<br />
En este sentido, la teoría de Heráclides es más cientíca que la de los epiciclos,<br />
porque puede ser refutada si se midieran las distancias entre planetas, mientras que,<br />
salga lo que salga en esa medida, la teoría de los epiciclos queda indemne. Pero en<br />
la época de Heráclides esta cuestión era puramente teórica, porque nada se sabía de<br />
las distancias entre planetas, ni había manera concebible de averiguarlas.<br />
Los razonables epiciclos<br />
Si, como ocurre aquí, no podemos elegir entre teorías rivales en función de sus<br />
predicciones, tenemos que recurrir a criterios más vagos. Por ejemplo, ¾cual es más<br />
razonable? Y esto signica, en realidad, ¾cual es más coherente con el resto de<br />
lo que sabemos? Para los antiguos griegos, el modelo de epiciclos tenía el atractivo<br />
de que permitía seguir manteniendo que los planetas giran en torno a la Tierra (si<br />
bien un tanto indirectamente). Podemos mantener las esferas siempre que tengan<br />
suciente grosor para que quepan en ellas los epiciclos. No queda explicado por qué<br />
se produce el movimiento sobre el epiciclo, pero al menos el sistema de epiciclos se<br />
puede acomodar en la doctrina de Aristóteles, mientras que el modelo de Heráclides<br />
era incompatible con ella (entre otros problemas, los planetas, al girar, atravesarían<br />
la esfera del Sol).<br />
No es extraño que el modelo de epiciclos fuera adoptado por casi todos los astr<br />
ónomos posteriores a Heráclides, y en particular por el inuyente Hiparco de Nicea.<br />
Para sus contemporáneos, Heráclides era, sin duda, alguien con un sentido deformado<br />
de lo razonable: no en vano, como ya dijimos, había supuesto también algo tan<br />
disparatado como que la Tierra, en lugar de los cielos, es la que gira diariamente...<br />
Los planetas exteriores<br />
Marte, Júpiter y Saturno (los llamados planetas exteriores por estar situados más<br />
allá del Sol) tienen un comportamiento diferente de Mercurio y Venus (los planetas<br />
interiores) porque no oscilan en la esfera celeste en torno al Sol. Pero su movimiento<br />
se ajusta igualmente bien con el sistema epiciclo-deferente.<br />
Podemos representarlo como en la Figura 5.4, con la diferencia de que ahora el<br />
Sol no está alineado con C, y por tanto es bastante más difícil medir el ángulo\HTC.<br />
Es, sin embargo, posible, a partir de un conjunto de observaciones sucientemente<br />
amplio, estimar el ángulo\HTF y obtener la proporción entre los radios de epiciclo<br />
y deferente. Con sucientes datos podemos también calcular los periodos de C sobre<br />
el deferente y de P sobre el epiciclo. Y conocidos estos valores para cada planeta,<br />
podemos predecir sus movimientos.<br />
Cuando el planeta está más alejado de la Tierra, su giro sobre el epiciclo se<br />
suma al giro de la deferente, y parece ir más deprisa. Cuando el planeta está más<br />
cercano, ocurre lo contrario, y se produce la retrogradación. En resumen, el sistema<br />
epiciclo-deferente explicaba muy bien, tanto para los planetas exteriores como para<br />
los interiores, la variación de su luminosidad: en las retrogradaciones vemos el planeta<br />
5.1 El sueño circular de los epiciclos 101<br />
más brillante porque está realmente más cerca. En esto era claramente superior al<br />
modelo de Eudoxo. Pero además, permitía obtener a partir de las observaciones<br />
los parámetros de las orbitas (periodos de epiciclo y deferente, y proporción de sus<br />
radios) y con ellos hacer predicciones resultaron ser mucho más exactas. ½Por primera<br />
vez, los astrónomos tenían un modelo que funcionaba cuantitativamente!<br />
Dos aspectos extraños de los epiciclos<br />
Vamos a llamar a este modelo modelo básico de epiciclos . Describe los movimientos<br />
de todos los cuerpos celestes respecto de las estrellas jas, que funcionan como<br />
sistema de referencia, y emplea doce círculos: dos círculos para cada uno de los cinco<br />
planetas, más uno para el Sol y otro para la Luna, que no retrogradan.<br />
Una vez alcanzado este punto, la investigación podía tomar dos derroteros. En<br />
palabras del astrofísico Fred Hoyle:<br />
Si lo que nos preocupa es la calidad predictiva del modelo (lo que sería<br />
el punto de vista de la mayoría de los físicos teóricos de hoy),<br />
buscaríamos la forma de modicar la Figura 5.4 con el n de obtener<br />
una mejor correspondencia entre la teoría y la observación. Esto es<br />
justamente lo que trató de hacer Ptolomeo. Pero si nos preocupamos<br />
tanto de la precisión cuantitativa como de la estructura cualitativa del<br />
problema, no podremos pasar por alto dos aspectos extraños de la<br />
cuestión.<br />
Los dos aspectos extraños a los que se reere Hoyle aparecen al comparar las<br />
construcciones epiciclo-deferente para los planetas exteriores e interiores:<br />
1. En los planetas interiores, la deferente se recorre en un año, ya que el punto C<br />
(Figura 5.4) se mantiene alineado con el Sol. Resulta que, para que el modelo<br />
ajuste a los movimientos reales, en los planetas exteriores es el epiciclo el que<br />
tiene que recorrerse en un año.<br />
2. En la construcción epiciclo-deferente para un planeta interior (Figura 5.4) el<br />
Sol está sobre la línea que pasa por los centros de la Tierra y el epiciclo. Para<br />
que el modelo ajuste cuando se trata de un planeta exterior, se encuentra<br />
que el Sol debe estar sobre una línea que pase por la Tierra y sea paralela al<br />
segmento que une el planeta con el centro del epiciclo (Figura 5.5). Es decir,<br />
que en su movimiento alrededor de la Tierra, los planetas exteriores giran<br />
sobre sus epiciclos al unísono con el Sol: todos los segmentos CP se mantienen<br />
paralelos en todo momento al segmento TS, como si se tratara de relojes que<br />
están todos en hora.<br />
Todas estas extrañas relaciones entre los planetas externos, los internos y el Sol<br />
parecen signicar algo, pero ¾qué?<br />
102 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
T<br />
Al Sol<br />
P<br />
C<br />
Figura 5.5: La posición del Sol en el modelo de epiciclos, para un planeta exterior P.<br />
5.2. El Copérnico griego<br />
No sabemos si muchos astrónomos griegos se plantearon esta pregunta. Pero<br />
Aristarco de Samos sí lo hizo. Y en este problema demostró aún más audacia e<br />
ingenio que en sus medidas de las distancias al Sol y a la Luna.<br />
Hemos visto que lo único que nos dicen las observaciones es que el Sol puede estar<br />
en cualquier punto de una línea que pasa por la Tierra y es paralela a CP (Figura<br />
5.5). Pero podemos ir más lejos dando un paso teórico. El paso que dio Aristarco de<br />
Samos consiste en colocar el Sol sobre esa línea a una distancia igual a la longitud<br />
del segmento CP (ver Figura 5.6 (a)).<br />
Esta gura proporciona exactamente las mismas predicciones que la anterior,<br />
pero hay una diferencia. Si reexionamos sobre ella podemos ver (aunque quizá<br />
cueste un poco la primera vez) que ahora los movimientos del planeta son los mismos<br />
que en la Figura 5.6 (b), en la que el planeta gira alrededor del Sol en lugar de<br />
alrededor de C. La razón es que como TS y CP giran al unísono, P siempre está<br />
a la misma distancia de S, es decir, ½se mueve en una circunferencia centrada en el<br />
Sol!<br />
Ahora podemos añadir a esta Figura la posición de Venus, tal como la dibujamos<br />
en el modelo de Heráclides (Figura 5.2). El resultado es 5.6 (c). Aquí, tanto V como<br />
P giran alrededor del Sol, y éste gira alrededor de la Tierra, que es ja. Finalmente,<br />
no es difícil ver que el movimiento de S en torno a T es equivalente al movimiento de<br />
T en torno a S: si imaginamos que estamos sentados en el Sol, veríamos la Tierra<br />
girar en torno nuestro, y la gura 5.6 (c) se convertiría en la 5.6 (d).<br />
El simple paso dado por Aristarco, en conjunción con el modelo de Heráclides<br />
formulado unos cien años antes, ha transformado completamente la apariencia del<br />
sistema. Ahora todo gira en torno al Sol, que pasa a estar jo, mientras que la<br />
Tierra se convierte en un planeta. Las predicciones de los movimientos planetarios<br />
observables en el cielo son, por supuesto, exactamente iguales que en el modelo<br />
básico de epiciclos, pero tenemos solamente siete círculos en vez de doce: todos los<br />
5.2 El Copérnico griego 103<br />
T<br />
S<br />
P<br />
C T<br />
S<br />
P<br />
(a) (b)<br />
T<br />
S<br />
V<br />
P<br />
(c)<br />
S T<br />
V<br />
P<br />
(d)<br />
Figura 5.6: Cómo pasar del modelo básico de epiciclos (a) al modelo de Aristarco (d). En (b), </p>
<p>el<br />
planeta exterior P gira en torno al Sol, que se mueve a su vez en torno a la Tierra. En (c) se </p>
<p>ha<br />
añadido el giro de un planeta interior (V) alrededor del Sol. Si nalmente vemos el sistema </p>
<p>desde el<br />
punto de vista del Sol, la Tierra gira también en círculo, y llegamos a (d), el modelo de </p>
<p>Aristarco.<br />
epiciclos han desaparecido. Este es el modelo de Aristarco.<br />
El lector atento quizá haya advertido un problema. Hemos descrito el modelo<br />
para un solo planeta exterior, P, y hemos colocado el Sol a una distancia de la<br />
Tierra igual al radio CP del epiciclo de ese planeta. ¾Qué ocurre al incorporar al<br />
modelo todos los demás planetas exteriores? Sus epiciclos tendrán radios diferentes<br />
C0P0, C00P00, etc...½y el Sol sólo puede estar a una distancia de la Tierra!<br />
La respuesta es que en el modelo de epiciclos podemos hacer que todos esos<br />
radios sean iguales, porque, como hemos visto, lo único que importa para ajustar<br />
los datos son las proporciones entre epiciclo y deferente y no sus tamaños absolutos.<br />
Pero precisamente al adoptar el modelo de Aristarco perdemos ese grado de libertad:<br />
la arriesgada predicción de Heráclides para las distancias de Mercurio y Venus se<br />
extiende ahora a todo el Sistema Solar, que pasa a tener ahora una escala absoluta<br />
de distancias.<br />
Hay que advertir que lo que explica este modelo es el movimiento de los cuerpos<br />
celestes respecto de las constelaciones. Para eso es para lo que propone que la Tierra<br />
104 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
gira en torno del Sol. Pero el movimiento diario de las constelaciones podía seguir<br />
explicándose por el giro de la esfera celeste, como en el modelo básico de epiciclos. Sin<br />
embargo, una vez puesta en movimiento la Tierra, ya no hay motivo para no hacerla<br />
rotar sobre su eje y conseguir de esta manera que la esfera celeste esté inmóvil. Así<br />
lo hizo Aristarco, como lo había hecho antes Heráclides, y como lo haría, mucho<br />
después, Copérnico.<br />
Traduciendo modelos<br />
La idea de fondo de Aristarco es que la mayoría de los movimientos celestes son<br />
movimientos aparentes debidos al movimiento de la Tierra. Así, el movimiento diario<br />
del Sol y las estrellas se debe al giro de la Tierra en torno a su eje. Y el movimiento<br />
anual del Sol es también una apariencia debida al movimiento terrestre, como se<br />
aprecia en la Figura 5.7, que compara la explicación geocéntrica y heliocéntrica de<br />
ese movimiento.<br />
E W<br />
1<br />
1<br />
2<br />
2<br />
3<br />
3<br />
E W<br />
1<br />
1<br />
2<br />
2<br />
3<br />
3<br />
Explicación geocéntrica Explicación heliocéntrica<br />
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Figura 5.7: Comparación de las explicaciones geocéntrica (izquierda) y heliocéntrica (derecha)<br />
del movimiento anual del Sol (no se ha representado el movimiento diario de este a oeste, en el </p>
<p>que<br />
el participan también las estrellas<br />
.<br />
Algo similar ocurre con los planetas. El modelo de Aristarco muestra que, de los<br />
dos círculos que se necesitan para cada planeta en el modelo de epiciclos, uno es<br />
simplemente el reejo del movimiento de la Tierra.<br />
Así, la órbita en torno al Sol de los planetas interiores es igual a su antiguo<br />
epiciclo; su deferente era un reejo del movimiento de la Tierra. El planeta recorre su<br />
órbita en torno al Sol en el tiempo en el que recorría su epiciclo. Y su distancia al Sol,<br />
tomando como unidad la distancia Tierra-Sol (es decir, en unidades astronómicas)<br />
es repiciclo=rdeferente<br />
Para los planetas exteriores, los papeles se invierten: sus epiciclos eran un reejo<br />
de la órbita de la Tierra; sus órbitas en torno al Sol son sus antiguos deferentes.<br />
El planeta gira en torno al Sol con el periodo con el que recorría el deferente. Y su<br />
distancia al Sol en u.a. es rdeferente=repiciclo.<br />
5.2 El Copérnico griego 105<br />
En resumen,<br />
Mod. de epiciclos Mod. de Aristarco<br />
Planeta interior (ej.: Venus) epiciclo 􀀀! órbita del planeta<br />
deferente 􀀀! órbita de la Tierra<br />
Planeta exterior (ej.: Marte) epiciclo 􀀀! órbita de la Tierra<br />
deferente 􀀀! órbita del planeta<br />
Las retrogradaciones tienen una explicación natural en el modelo de Aristarco:<br />
se trata sólo de un efecto de perspectiva que se da en los adelantamientos: cuando<br />
en su giro un planeta interior rebasa a la Tierra o cuando la Tierra rebasa a un<br />
planeta exterior (ver Figura 5.8).<br />
1<br />
1<br />
2<br />
2 5<br />
5<br />
7<br />
7<br />
6<br />
6<br />
3<br />
3<br />
4<br />
4<br />
E W<br />
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Figura 5.8: Explicación de las retrogradaciones para un planeta interior. Para que se produzca<br />
retrogradación tal como se observa aquí, es necesario que el planeta interior gire con </p>
<p>velocidad<br />
angular mayor que la Tierra, de modo que en el intervalo de tiempo representado recorra una<br />
fracción mayor de su órbita (para un planeta exterior el diagrama es similar, pero es la Tierra </p>
<p>la<br />
que gira con más velocidad angular).<br />
Un logro (y un fracaso) extraordinarios<br />
Llegados aquí se impone un alto para reexionar, porque tenemos varios motivos<br />
de asombro. El primero, lo extraordinario del logro de Aristarco: ½había dado con<br />
la solución correcta al problema del movimiento de los planetas, mil ochocientos<br />
años antes de Copérnico! (doblemente correcta, además, porque no sólo acertó con<br />
el movimiento de traslación de la Tierra sino también con el de rotación).<br />
Pero después de maravillarnos de la genialidad de Aristarco, probablemente lo<br />
que nos asombre sea la torpeza de sus contemporáneos, porque su modelo no tuvo<br />
prácticamente ningún seguidor. ¾Cómo es posible que los griegos no reconocieran<br />
la solución correcta cuando Aristarco se la sirvió en bandeja? Hoy nos parece que<br />
106 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
cualquiera que eche un vistazo a la Figura 5.6 preferirá el sencillo esquema (d) al<br />
confuso (a). Más aún si lo estudia con algún detalle y encuentra, como acabamos de<br />
hacer, con qué elegancia explica los hechos.<br />
No hay duda de que los astrónomos griegos estudiaron el modelo de Aristarco,<br />
pero a pesar de eso no lo aceptaron. Hay quien ha intentado explicar este rechazo<br />
alegando razones religiosas, como Carl Sagan en su popular Cosmos. Recordemos la<br />
cita que reproducíamos en el prólogo: La idea escandalizó a algunos de los contempor<br />
áneos de Aristarco. Hubo gritos, como los dedicados a Anaxágoras, a Bruno y a<br />
Galileo, pidiendo que se les condenara por impiedad.<br />
Lo cierto es que seguramente no hubo ningún grito. Es dudoso que el heliocentrismo<br />
se considerase impío cuando se planteó, y en cualquier caso los griegos no<br />
tenían una Inquisición que pudiera prohibir ese tipo de enseñanzas. Así que antes<br />
de acusarlos de fanáticos o empezar a dudar de su inteligencia, quizá deberíamos<br />
dudar de nuestra intuición sobre lo que es obvio...<br />
La cuestión de fondo es que hoy nos cuesta trabajo percibir hasta qué punto<br />
la idea del movimiento de la Tierra va contra el sentido común. Esto se debe a<br />
que la autoridad de educadores y padres nos somete a un lavado de cerebro en la<br />
infancia, antes de que hayamos desarrrollado sucientemente el sentido crítico. Los<br />
astrónomos griegos entendían perfectamente que los movimientos de los astros se<br />
explicaban igual de bien con una Tierra móvil y un Sol jo que con una Tierra ja<br />
y un Sol móvil. Pero, aunque no hay razones astronómicas para preferir una Tierra<br />
ja, sí hay razones físicas.<br />
En efecto, el modelo de Aristarco convierte la Tierra en un planeta. Pero parece<br />
absurdo equiparar nuestro hogar, la Tierra, con las inmutables luces que se mueven<br />
en la esfera celeste (¾tenemos que suponer que hay en esas luces tierras, mares, animales<br />
y hombres?). Especialmente absurdo cuando los sentidos no perciben ningún<br />
movimiento en la Tierra. Y si ésta se moviera, ¾no debería dejar atrás todo lo que<br />
no es solidario con ella, como las nubes, los pájaros o los proyectiles...? (recordemos<br />
lo que opinaba Ptolomeo a este respecto, pg. 51). Hay que añadir que cuando<br />
Aristarco propuso el heliocentrismo (hacia el año 270 a.C.), todas estas ideas físicas<br />
de sentido común estaban ya formalizadas por Aristóteles en un modelo del mundo<br />
muy coherente y detallado, como hemos visto en el capítulo anterior. Hasta que no<br />
se desarrollara una alternativa al cosmos de Aristóteles, que resolviera los problemas<br />
físicos que planteaba una Tierra en movimiento, el modelo de Aristarco no podía<br />
ser adoptado mayoritariamente.<br />
Además de plantear estos problemas físicos, la precisión del modelo de Aristarco<br />
empezó a ser insuciente cuando fueron mejorando la calidad y cantidad de las<br />
observaciones astronómicas, gracias sobre todo al trabajo de Hiparco. El modelo<br />
de Aristarco no podía ser muy preciso porque, aunque describe muy bien cualitativamente<br />
las órbitas de los planetas, esas órbitas no son en realidad círculos, sino<br />
elipses. Si queremos mejorar la precisión, tenemos que hacer que los movimientos<br />
de los planetas se parezcan a los que tendrían sobre esas elipses. Y eso es lo que<br />
consiguió Hiparco unos ciento treinta años después de Aristarco.<br />
5.3 La consagración del viejo orden 107<br />
5.3. La consagración del viejo orden<br />
Al comenzar este capítulo (pg. 94) mencionamos dos hechos que no casaban<br />
con el modelo de Eudoxo. El primero, la variación de brillo de los planetas, quedaba<br />
explicado tanto en el modelo sencillo de epiciclos como en el modelo de Aristarco. El<br />
segundo era la desigualdad de las estaciones o, de otro modo, la aparente variación de<br />
la velocidad del Sol a lo largo del año. Este problema no fue abordado por Aristarco,<br />
pero sí por Hiparco de Nicea.<br />
Hiparco de Nicea<br />
Ya hemos encontrado a Hiparco como precursor de la moderna cartografía y<br />
compilador del primer catálogo de estrellas, pero sus méritos van mucho más allá.<br />
Su nombre se asocia sobre todo con el descubrimiento de que el eje de la esfera<br />
celeste no está del todo jo, sino que se mueve lentamente al pasar los años (la<br />
llamada precesión de los equinoccios). Pero quizá su contribución más importante<br />
fue introducir en la astronomía un rigor hasta entonces desconocido, inventando<br />
técnicas de observación mucho más precisas y sistemáticas y exigiendo a los modelos<br />
un ajuste mucho mejor a esas observaciones.<br />
Un ejemplo de este rigor fue su medida de la duración de las estaciones. Hiparco<br />
consiguió explicar su diferente duración manteniendo al Sol en un movimiento circular<br />
y uniforme, pero al precio de no centrar ese círculo en la Tierra. En este círculo<br />
descentrado (llamado excéntrica) el Sol está más cercano a nosotros en otoño (y por<br />
eso parece ir más deprisa) y más lejano en primavera (y por eso parece ir más despacio).<br />
La distancia del centro la excéntrica al centro de la Tierra es la excentricidad.<br />
Hiparco consiguió ajustar las observaciones con una excentricidad de 1/24 del radio<br />
(Figura 5.9).<br />
T<br />
S<br />
verano primavera<br />
otoño invierno<br />
equinoccio<br />
vernal<br />
equinoccio<br />
otoñal<br />
solticio de<br />
invierno<br />
solticio de<br />
verano<br />
65.5º<br />
apogeo<br />
perigeo<br />
C<br />
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Figura 5.9: Explicación de Hiparco de la desigualdad de las estaciones. La distancia entre el<br />
centro del círculo del Sol (C) y la Tierra (T) es 1/24 del radio del círculo del Sol (se ha </p>
<p>exagerado<br />
en el dibujo, para mayor claridad).<br />
108 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
Ahora bien, ¾qué signica que la Tierra no esté en el centro de la órbita del Sol?<br />
¾No estamos sacándola del centro del universo, en contra de Aristóteles? En realidad,<br />
puede conseguirse una circunferencia excéntrica situando al Sol sobre un pequeño<br />
epiciclo recorrido en sentido contrario a la deferente (ver gura ????). De modo<br />
que la excéntrica es un caso particular de movimiento epicicloidal y al adoptarla<br />
no estamos descentrando el universo; al menos, no más que lo descentraban los<br />
epiciclos...<br />
w =-w<br />
2 1<br />
w =-2w<br />
2 1<br />
w =w<br />
2 1<br />
w =2w<br />
2 1<br />
O<br />
C<br />
P<br />
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Figura 5.10: Un planeta situado sobre un pequeño epiciclo recorrido con la misma velocidad<br />
angular !2 que la de la deferente (!1) pero en sentido contrario recorre una órbita circular </p>
<p>pero<br />
descentrada (excentrica). La velocidad angular del planeta se mide, de acuerdo con la </p>
<p>costumbre<br />
de los astrónomos antiguos, respecto de la dirección dada por el radio del centro de la </p>
<p>deferente.<br />
Los versátiles epiciclos menores<br />
La idea de usar epiciclos menores como el que acabamos de adjudicar al Sol<br />
puede extenderse a otros casos. Por ejemplo, pueden montarse epiciclos menores<br />
sobre el epiciclo mayor de cada planeta, y pueden añadirse también a la Luna.<br />
De este modo, como demostró Apolonio de Perga hacia el 180 a.C., se obtiene una<br />
gran variedad de órbitas que permiten renar el sistema y mejorar el acuerdo con<br />
las observaciones (ver sección 10.9 del apéndice). Equipado con estas herramientas,<br />
Hiparco emprendió con decisión el primer camino que mencionaba Hoyle: la mejora<br />
de la exactitud de las predicciones. Tras él, la astronomía geocéntrica no sólo era más<br />
verosímil físicamente, sino más exacta. La autoridad de Hiparco, considerado como el<br />
más grande astrónomo de la Antigüedad, selló el consenso a favor del geocentrismo,<br />
y sus sucesores prosiguieron en la misma línea, que alcanzó su punto culminante en<br />
Ptolomeo.<br />
Ptolomeo: la cumbre de la astronomía antigua<br />
Entre Hiparco y Ptolomeo transcurren algo más de trescientos años. Se conserva<br />
poco de los trabajos astronómicos de esa época, quizá porque el inmenso prestigio<br />
5.3 La consagración del viejo orden 109<br />
que alcanzó la obra cumbre de Ptolomeo, el Almagesto, borró del mapa los textos<br />
anteriores.<br />
Ptolomeo utilizó con gran habilidad todas las construcciones geométricas introducidas<br />
por Apolonio e Hiparco, y añadió algunas más. Podemos ver un ejemplo<br />
de su modo de trabajar en la explicación que dio al movimiento de los planetas<br />
exteriores (Figura 5.11). El planeta P gira en un epiciclo cuyo centro C se mueve<br />
sobre una excéntrica con centro O, algo alejado de la Tierra T. Ptolomeo combina,<br />
pues, epiciclo y excéntrica, que habíamos visto utilizados por separado en Hiparco.<br />
Pero introduce una novedad más radical. Hasta entonces, todos los movimientos circulares<br />
utilizados por los astrónomos eran uniformes: el segmento que unía el centro<br />
del círculo con el punto en movimiento recorría ángulos iguales en tiempos iguales.<br />
Pero en la construcción de la Figura 5.11 quien recorre ángulos iguales en tiempos<br />
iguales no es el radio OC sino el radio EC, que une el planeta con un punto E,<br />
situado a la misma distancia del centro de la órbita que la Tierra, pero en el lado<br />
opuesto. A este punto lo llamó Ptolomeo punto ecuante.<br />
O T<br />
E<br />
C<br />
P<br />
q<br />
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Figura 5.11: La construcción de Ptolomeo para un planeta exterior. El radio EC gira a velocidad<br />
angular constante. Los segmentos OE y OT son iguales.<br />
El problemático ecuante<br />
Con la utilización del ecuante se conseguía una exactitud sin precedentes en la<br />
descripción de los movimientos planetarios, pero a costa de abandonar la tradición,<br />
que se remontaba a Platón, de usar sólo movimientos circulares uniformes. Decir<br />
que el movimiento del punto C en la Figura 5.11 es uniforme respecto al ecuante<br />
no deja de ser forzar el concepto de uniforme más allá de lo razonable. Esto lo vio<br />
con claridad Copérnico:<br />
[Las teorías de Ptolomeo]&#8230;sólo resultaban satisfactorias al precio de<br />
tener asimismo que imaginar ciertos ecuantes, en razón de los cuales el<br />
planeta parece moverse con una velocidad siempre uniforme, pero no<br />
110 5. El Cielo, de Aristóteles a Copérnico<br />
con respecto a su deferente ni tampoco con respecto a su propio centro.<br />
Por este motivo una teoría de estas características no parece ni<br />
sucientemente elaborada ni tan siquiera sucientemente acorde con la<br />
razón.<br />
Quizá al lector le suene esta última frase: en esta identicación de movimiento<br />
circular y uniforme con movimiento acorde con la razón encontramos un clarísimo<br />
eco de Platón (cf. pg. 56).<br />
En efecto, Copérnico era un neoplatónico. Nacido en Torun (perteneciente hoy a<br />
Polonia) en 1473, fue de joven a Italia a estudiar derecho y medicina, y allí conoció<br />
la obra de los humanistas del siglo XV como Marsilio Ficino y Pico della Mirandola.<br />
Estos autores habñían adoptado la fe, de origen pitagórico pero arraigada después en<br />
el platonismo, en que la esencia de la naturaleza se revela en regularidades matemáticas<br />
y geométricas simples. Se inició en la astronomía con Domenico da Novara, y a<br />
su vuelta a Polonia consagró todo el tiempo libre que le dejaban sus obligaciones de<br />
canónigo y administrador de la diócesis (además de médico y diplomático ocasional)<br />
a la reforma de la astronomía.<br />
Copérnico no perdonaba a Ptolomeo que, al introducir el ecuante, hubiera abandonado<br />
los movimientos circulares y uniformes prescritos por Platón. Esto es lo<br />
que motivó su búsqueda de un sistema de círculos más racional, esto es, libre de<br />
ecuantes. En el próximo capítulo veremos como la devoción de Copérnico por el<br />
sistema de ideas de la Antigüedad puso en marcha uno de los procesos más sorprendentes<br />
de la historia de las ideas; un proceso que tuvo el paradójico efecto de tirar<br />
por tierra todo el hermoso edicio conceptual que él veneraba.<br />
Capítulo 6<br />
Una revolución paradójica<br />
Era el girar del Universo quicio<br />
basado en nuestra Tierra; el contraste<br />
del Hombre Dios y de su sacricio.<br />
Copérnico, Copérnico, robaste<br />
a la fe humana su más alto ocio,<br />
y diste así con su esperanza al traste.<br />
Miguel de Unamuno<br />
El nombre de Copérnico es uno los más conocidos de toda la historia de la<br />
ciencia. Y el logro que le hizo inmortal es uno de los más concretos y sencillos de<br />
entender: demostró que la Tierra gira alrededor del Sol. Pero cuando empezamos a<br />
entrar en los detalles de la famosa Revolución Copernicana, las cosas dejan de ser<br />
tan sencillas. Copérnico no fue el primero: Aristarco se le anticipó mil ochocientos<br />
años. Pero, como hemos visto, su modelo no fue aceptado, y por muy buenas razones.<br />
¾Por qué retomó Copérnico ese modelo fracasado?¾Y cómo consiguió que, ahora sí,<br />
se aceptara universalmente?<br />
Responder a estas preguntas no es fácil, y requiere varios tipos de argumentos.<br />
Pero quizá el más importante es uno de tipo técnico, y vamos a empezar por él.<br />
6.1. Qué hizo realmente Copérnico<br />
Una de las razones para no aceptar el modelo de Aristarco era que sus predicciones<br />
mostraban diferencias apreciables con las observaciones, cada vez mejores,<br />
de que fueron disponiendo los astrónomos. Hiparco diseñó un modelo de epiciclos<br />
mucho más preciso, que fue adoptado virtualmente por todos, y fue perfeccionado<br />
luego por Ptolomeo. Pero hay que recalcar que consiguió esta precisión modicando<br />
el modelo básico, añadiéndole excéntricas y epiciclos menores.<br />
Por otra parte, como ya hemos visto, el modelo básico, que usa sólo epiciclos<br />
mayores, es geométricamente equivalente al modelo de Aristarco . Así que cabía la<br />
posibilidad de mejorar la precisión del modelo de Aristarco añadiéndole excéntricas<br />
y epiciclos menores. Pero no era una posibilidad muy atractiva. Añadir epiciclos<br />
111<br />
112 6. Una revolución paradójica<br />
menores, como hizo Hiparco, a un sistema que se basa en los epiciclos mayores,<br />
puede ser una solución natural. Pero añadir epiciclos a un sistema que precisamente<br />
se había desarrollado para evitarlos no parece tener mucho sentido. No es de extrañar<br />
que nadie en la Antigüedad lo intentara. Y sin embargo, eso es precisamente lo que<br />
hizo Copérnico. Esquemáticamente podemos escribir:<br />
Copérnico = Aristarco + epiciclos menores<br />
Al añadir epiciclos menores al modelo de Aristarco, Copérnico alcanzó, como era<br />
de esperar, una calidad predictiva similar a la de modelo de Ptolomeo. La Figura<br />
6.1 muestra la construcción básica que utilizó Copérnico (aunque para lo que sigue<br />
no es necesario entender los detalles, sí puede apreciarse que no era un esquema<br />
precisamente sencillo).<br />
K S<br />
P<br />
L<br />
q<br />
PStoPDF trial version. http://www.adultpdf.com<br />
Figura 6.1: La construcción de Copérnico para un planeta exterior. El centro de la deferente </p>
<p>(K)<br />
es el centro de la órbita terrestre. El planeta va montado en un pequeño epiciclo de radio </p>
<p>LP=KS/3,<br />
que gira a igual velocidad angular que KL (medida respecto de KL; es decir, estamos en el caso<br />
!2 = !1 de la gura 10.8 del apéndice). En comparación con la construcción de Ptolomeo (Figura<br />
5.11), KL = OC, la velocidad angular de KL es igual a la de EC, y la distancia KS = (3=2)OT.<br />
Se han dihujado dos posiciones adicionales del planeta para apreciar mejor el efecto del </p>
<p>epiciclo.<br />
De modo que Copérnico no sólo no eliminó los epiciclos, sino que se los añadió<br />
a un modelo que no los tenía. Probablemente esto resulte sorprendente, porque en<br />
multitud de libros se dice que el sistema copernicano era mucho más sencillo que el<br />
sistema tolemaico. No es cierto. En palabras de Otto Neugebauer,<br />
La creencia popular de que el sistema heliocéntrico de Copérnico constituye<br />
una simplicación signicativa del sistema tolemaico es obviamente<br />
errónea. La elección de sistema de referencia no puede tener efecto alguno<br />
en la estructura del modelo, y los modelos copernicanos requerían<br />
del orden del doble de círculos que los tolemaicos, siendo mucho menos<br />
elegantes y adaptables.<br />
6.2 Un realista platónico 113<br />
Los autores que hablan de la sencillez del sistema de Copérnico seguramente no<br />
han leído su obra, aunque es disculpable: De revolutionibus orbium coelestium es un<br />
libro tan confuso que nadie tiene claro cuantos círculos utiliza realmente&#8230;<br />
En resumen, desde el punto de vista técnico de la astronomía, el mérito de<br />
Copérnico fue conseguir, por primera vez, un sistema heliocéntrico con una precisión<br />
tan buena como el sistema geocéntrico de Ptolomeo, y hacerlo además sin utilizar<br />
ecuantes (a eso se debe que necesitara más círculos, pues, como hemos visto en la<br />
Figura 6.1, consiguió el efecto del ecuante añadiendo epiciclos menores).<br />
Se trata de un logro importante, pero no parece razón suciente para que su<br />
sistema prevaleciera sobre el de Ptolomeo: desde un punto de vista astronómico,<br />
seguía sin ser un sistema claramente superior. Y, sobre todo, tenía el problema de<br />
que, contra toda evidencia física, ponía a la Tierra en movimiento.<br />
Si el mérito astronómico del nuevo sistema no bastaba para explicar su<br />
aceptación, tendremos que buscar otras razones. Pero antes vamos a empezar por<br />
las razones que tenía el propio Copérnico para formularlo.<br />
6.2. Un realista platónico<br />
La razón inmediata que llevó a Copérnico a plantearse la reforma de la astronom<br />
ía tolemaica la hemos explicado al nal del capítulo anterior: su desacuerdo<br />
con la utilización del ecuante, que introducía un movimiento que no era circular y<br />
uniforme. Pero en el disgusto de Copérnico con la vieja astronomía había algo más<br />
que su adhesión a los preceptos platónicos. Para explicarlo, necesitamos hacer una<br />
digresión histórica y losóca.<br />
Instrumentalismo y realismo<br />
Cuando Copérnico comenzó su trabajo, la astronomía europea acababa de recuperar,<br />
después del largo periodo medieval, el nivel que alcanzó con Ptolomeo. La<br />
recuperación fue posible gracias a que los astrónomos árabes conservaron la tradición<br />
de la astronomía griega durante la Edad Media (no es casualidad que Almagesto sea<br />
una palabra árabe, que signica el más grande). A partir del siglo XII, se tradujeron<br />
al latín muchas obras árabes y griegas, y el conocimiento antiguo volvió a estar al<br />
alcance de los estudiosos europeos.<br />
Pero, en realidad, los griegos habían legado dos tradiciones astronómicas: la de<br />
las esferas y la de los epiciclos. Ya vimos que el modelo de epiciclos era, desde<br />
el principio, menos atractivo físicamente que el modelo de esferas homocéntricas<br />
de Eudoxo, pero los astrónomos lo adoptaron porque sus predicciones eran mucho<br />
mejores. Con el tiempo, la mayoría acabó despreocupándose del mecanismo físico que<br />
pudiera producir ese movimiento y se acostumbró a acumular círculo sobre círculo<br />
para renar las predicciones. Sin embargo, a la hora de explicar la constitución y la<br />
estructura del universo, seguía sin haber un modelo mejor que el de Aristóteles, que<br />
utilizaba las esferas homocéntricas. Se consolidó así el divorcio entre la astronomía<br />
(encargada de predecir las posiciones de los astros) y la cosmología (encargada de<br />
explicar cómo es el mundo) que mencionábamos al principio del capítulo anterior.<br />
114 6. Una revolución paradójica<br />
La cosmología de Aristóteles daba una cumplida explicación física de la estructura<br />
del universo, pero no predecía bien los fenómenos celestes. La astronomía de<br />
Ptolomeo era mucho más precisa en sus predicciones, pero, en palabras de Copérnico,<br />
no dice nada sobre la forma del mundo y la simetría de sus partes. Varios<br />
astrónomos, sobre todo árabes, habían intentado armonizar esferas y epiciclos en una<br />
sola teoría, pero sin mucho éxito. Generalmente acabó considerándose la maquinaria<br />
tolemaica como una mera hipótesis, un procedimiento matemático de cálculo que<br />
no implicaba que los epiciclos menores, excéntricas, etc, tuvieran existencia real: se<br />
trataba sólo de articios útiles.<br />
Esta actitud se llama, en términos losócos, instrumentalismo: nuestras teorías<br />
son construcciones que sirven para resumir los datos conocidos y predecir otros<br />
nuevos, pero no nos dicen cómo es el mundo en realidad. Retomando nuestra discusi<br />
ón sobre las teorías de la sección 2.3 (pg. 53), diríamos que un instrumentalista<br />
considera que las buenas teorías son útiles y entretenidas, pero no se plantea que<br />
sean verdad. Desde la época helenística esta fue en la práctica la losofía de los<br />
astrónomos. La expresión salvar los fenómenos (pg. 57) que para Platón resumía<br />
la tarea del astrónomo y signicaba simplemente dar cuenta de los hechos, acabó<br />
tomando el signicado de salvar las apariencias, sin preocuparse de su razón de<br />
ser.<br />
Copérnico no aceptaba esta actitud. Filosócamente era realista: una buena<br />
teoría nos dice cómo es el mundo en realidad. Y esto nos da otra clave para entender<br />
su aversión al ecuante. Los movimientos circulares y uniformes tienen una<br />
interpretación realista muy sencilla: son el resultado del giro de una esfera. Por<br />
complicada que sea la danza de los planetas, siempre podemos imaginar un sistema<br />
mecánico que la realice, una especie de mecanismo de relojería con muchos engranajes.<br />
Pero ¾qué engranajes pueden realizar el movimiento no uniforme que implica el<br />
ecuante?<br />
Copérnico era, además, como ya dijimos, platónico: para él, la esencia de la<br />
naturaleza es geométrica, y sólo el movimiento perfecto, circular y uniforme, puede<br />
estar de acuerdo con la razón.<br />
El malestar en astronomía<br />
El sistema tolemaico era insatisfactorio losócamente para Copérnico, pero<br />
había otras razones para la insatisfacción, razones que podían compartir todos los<br />
astrónomos de la época, aunque no fueran platónicos ni realistas.<br />
La astronomía que habían recibido en herencia los europeos parecía mucho menos<br />
coherente en el siglo XV que en la época de Ptolomeo. Los astrónomos árabes<br />
hicieron bastantes aportaciones originales, pero ninguno de los sistemas que propusieron<br />
logró imponerse a los demás. El resultado fue que cuando Copérnico empez<br />
ó a estudiar astronomía ya no había un sólo sistema tolemaico sino más de una<br />
docena, y no estaba claro qué técnicas se podían usar y cuales no.<br />
Además, ninguno de esos sistemas daba resultados sucientemente buenos. Los<br />
errores de las predicciones astronómicas son acumulativos con el tiempo, y discrepancias<br />
que eran pequeñas en tiempos de Ptolomeo resultaban considerables trece<br />
siglos después. A esto había que añadir que muchos datos acumulados durante esos<br />
6.3 ¾Triunfó Copérnico? 115<br />
siglos eran erróneos, y no había manera de saber si el error estaba en la observación<br />
o en la teoría.<br />
No es extraño, pues, que hubiera motivos para intentar reformar la astronomía. Y<br />
es natural que Copérnico, dadas sus creencias losócas, pensara que la raíz de todos<br />
los males tenía que estar en el abandono de los movimientos circulares y uniformes.<br />
Su sueño era reformar a Ptolomeo para volver a la pureza original que predicó<br />
Platón, y es signicativo que la estructura de su gran obra, De revolutionibus orbium<br />
celestium, está calcada del Almagesto, capítulo por capítulo, teorema por teorema<br />
y tabla por tabla, pero, eso sí, sin un sólo ecuante. Nunca hubo un revolucionario<br />
más conservador que Copérnico.<br />
6.3. ¾Triunfó Copérnico?<br />
Hasta aquí hemos intentado aclarar cuales fueron los motivos de Copérnico y en<br />
qué consistió su aportación. Queda por responder a la cuestión de cómo consiguió<br />
que se aceptara su sistema.<br />
A esto podemos dar una respuesta sencilla: no lo consiguió. Se suele pensar que<br />
toda Europa (salvo los reaccionarios enquistados en la Iglesia Católica) se rindió<br />
de la noche a la mañana a la evidencia del copernicanismo. No fue así. Los propios<br />
astrónomos que adoptaron los procedimientos de Copérnico generalmente lo hicieron<br />
a título de hipótesis de cálculo: justamente lo que disgustaba al realista Copérnico.<br />
Salvo un pequeño grupo de entusiastas que incluía a Rheticus, Thomas Digges,<br />
Michael Maestlin y pocos más, todos siguieron defendiendo que, de hecho, la Tierra<br />
está inmóvil.<br />
He aquí la opinión del astrónomo inglés Thomas Blundeville, típica de la época:<br />
Copérnico arma que la Tierra gira y que el Sol está inmóvil en medio<br />
de los cielos, hipótesis falsa con cuya ayuda ha llevado a cabo<br />
demostraciones sobre los movimientos y revoluciones de las esferas<br />
celestes mucho más ajustadas a la verdad que todas las que se habían<br />
efectuado anteriormente.<br />
Esta armación parece hoy una boutade pero seguramente no les sonaba así a<br />
unos astrónomos que llevaban quince siglos acostumbrados a salvar las apariencias.<br />
Cuando en 1543 se publicó la gran obra de Copérnico, De revolutionibus orbium<br />
coelestium, a todos les pareció una posibilidad natural tomar su sistema astronómico<br />
como una hipótesis más. Además, el libro iba precedido de un prólogo en el que<br />
se recomendaba precisamente esto:<br />
[...] No es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que<br />
sean verosímiles, sino que basta con que muestren un cálculo<br />
coincidente con las observaciones [...] Ofreciéndose varias hipótesis<br />
sobre uno sólo y el mismo movimiento (como la excentricidad y el<br />
epiciclo en el caso del movimiento del Sol) el astrónomo tomará aquella<br />
mucho más fácil de comprender [...] Por tanto, permitamos que<br />
también estas nuevas hipótesis se den a conocer entre las antiguas, no<br />
116 6. Una revolución paradójica<br />
como más verosímiles, sino porque son al mismo tiempo admirables y<br />
fáciles y porque aportan un gran tesoro de sapientísimas observaciones.<br />
Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la<br />
astronomía, pues no puede proporcionarlo; para que no salga de esta<br />
disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo<br />
imaginado para otro uso.<br />
He aquí, en pocas líneas, una contundente armación del instrumentalismo. Pero<br />
¾es posible qua escribiera esto Copérnico? Muchos lectores de De revolutionibus sin<br />
duda lo pensaron, pero este prólogo, que apareció sin rma, no fue escrito por él.<br />
Fue añadido por Andreas Osiander, un teólogo protestante que revisó la edición, a<br />
n de hacer más aceptable al público el libro. No sabemos si Copérnico, que estaba<br />
en su lecho de muerte cuando se imprimió su obra, llegó a leerlo, pero, si lo hizo,<br />
puede que el disgusto acelerase su agonía&#8230;<br />
De revolutionibus era un tratado muy técnico que sólo podía ser entendido por<br />
un puñado de astrónomos (el historiador O. Gingerich ha estimado que poco más<br />
de una docena). Este carácter sumamente técnico, y la tradición de considerar estos<br />
trabajos como meras hipótesis matemáticas, hizo que nadie en su día lo considerase<br />
revolucionario. Poco a poco su sistema fue adoptado por algunos astrónomos<br />
porque, pese a su gran número de círculos, al utilizar sólo movimientos circulares y<br />
uniformes su manejo era más práctico que el del sistema tolemaico. Así, en 1551,<br />
Erasmo Reinhold publicó unas nuevas tablas astronómicas, conocidas como Tablas<br />
Prusianas, en la que las posiciones de los cuerpos celestes se habían calculado con<br />
los métodos copernicanos. Pronto se reconoció que eran muy superiores a las clásicas<br />
Tablas Alfonsinas , recopiladas en la corte de Alfonso X el Sabio, que habían sido las<br />
más extendidas desde el siglo XIII.<br />
Conviene hacer aquí un inciso para aclarar una cuestión. Hemos dicho que la<br />
precisión del modelo de Ptolomeo era del mismo orden que la de Copérnico. ¾De<br />
dónde sale, entonces, la superioridad predictiva de éste? De un inesperado efecto del<br />
heliocentrismo. Resulta que en el sistema solar las órbitas de los planetas no están<br />
todas exactamente en el mismo plano, sino que hay una ligerísima inclinación entre<br />
ellas. En un sistema geocéntrico como el de Ptolomeo, los planos de las órbitas pasan<br />
todos por la Tierra, mientras que en un sistema heliocéntrico como el de Copérnico<br />
pasan por el Sol, que es lo que ocurre en la realidad. Las desviaciones de los planetas<br />
por encima o por debajo de la órbita terrestre se describen por eso mucho mejor en<br />
el modelo de Copérnico.<br />
Pros y contras<br />
Es sin duda irónico que la obra de un realista como Copérnico ganara la<br />
aceptación de los astrónomos gracias a que se hizo de ella una interpretación instrumentalista.<br />
Pero lo cierto es que a mediados del siglo XVI había poca evidencia<br />
que respaldara el movimiento de la Tierra. A favor del sistema copernicano se podía<br />
decir que mejoraba ligeramente la precisión del tolemaico y que era de uso más<br />
conveniente, ventajas que fueron pronto apreciadas por los astrónomos. También<br />
podemos señalar que:<br />
6.3 ¾Triunfó Copérnico? 117<br />
Su explicación cualitativa de los movimientos de los planetas, y en especial de<br />
las retrogradaciones, era mucho más sencilla que la de Ptolomeo (sin embargo,<br />
la explicación cuantitativa reintroducía los epiciclos y perdía esa sencillez)<br />
No tenía mecanismos ad hoc como tenía el sistema tolemaico. Recordemos (pg.<br />
101) que Ptolomeo tenía que imponer que el centro del epiciclo de los planetas<br />
interiores permanecía siempre alineado con el Sol, y que en los planetas exteriores,<br />
el radio del epiciclo se mantenía paralelo a la dirección del Sol. No había<br />
nada en el sistema que obligara a que esto fuera así, pero había que imponerlo<br />
para que se ajustaran los datos.<br />
Si admitimos que el orden de los planetas viene dado por la duración de sus<br />
periodos (como se venía haciendo desde Eudoxo), el sistema de Copérnico<br />
permite calcular todos los tamaños relativos de las órbitas a partir de las<br />
observaciones (el método es básicamente el expuesto en la pg. 95 para el modelo<br />
de Heráclides).<br />
En esta última cuestión es instructivo el contraste con el sistema tolemaico. En<br />
éste, los tamaños de las distintas órbitas son independientes y pueden tener cualquier<br />
valor: las observaciones sólo nos dicen la proporción entre epiciclo y deferente para<br />
cada una (ver pg. 98). Generalmente, esta indeterminación se suplía suponiendo<br />
que las esferas estaban en contacto y tenían el espesor necesario para acomodar el<br />
epiciclo. Así podían calcularse las distancias a los planetas, pero se había introducido<br />
otra hipótesis ad hoc. Este es un ejemplo de lo que para Copérnico era la mayor<br />
virtud de su sistema frente al de Ptolomeo (aparte de sus movimientos circulares y<br />
uniformes): que tiene un carácter mucho menos arbitrario, más necesario.<br />
Pero difícilmente podemos decir que esto es una evidencia a favor de Copérnico.<br />
Se trata de virtudes que son, en denitiva, de carácter estético. No eran sucientes<br />
para convencer a alguien que no tuviera la pasión por la armonía matemática que<br />
tenía Copérnico. Igual que, por otra parte, no convencieron a los griegos de la época<br />
de Aristarco, pues todas estas virtudes estéticas ya estaban presentes en su modelo,<br />
aunque ciertamente sin la calidad predictiva que alcanzó Copérnico.<br />
Problemas físicos y observacionales<br />
Frente estas virtudes estéticas, estaba el hecho cierto de que el modelo de Copérnico<br />
era incompatible con la física de la época:<br />
El movimiento de la Tierra va en contra de los sentidos; debería dejar atrás a<br />
los pájaros y las nubes, y no se entiende cual puede ser su causa: ¾qué fuerza<br />
descomunal puede poner a girar a un cuerpo tan enorme como la Tierra?<br />
No se entiende tampoco por qué, si todos los planetas giran en torno al Sol,<br />
la Luna lo hace en torno a la Tierra.<br />
Al abandonar el geocentrismo nos vemos obligados a buscar una nueva explicaci<br />
ón de la gravedad. Para Aristóteles, una piedra caía por su tendencia,<br />
como cuerpo pesado, a buscar el centro del universo. Pero ahora el centro del<br />
universo está en el Sol, y las piedras siguen cayendo al centro de la Tierra.<br />
118 6. Una revolución paradójica<br />
En el prólogo a De revolutionibus, Copérnico intentó responder a estos problemas.<br />
Adujo, por ejemplo, que para una esfera la rotación es un movimiento natural y,<br />
por tanto, no requiere una fuerza; que la gravedad no es una tendencia hacia el centro<br />
del universo sino una tendencia de la materia a agruparse con la materia similar,<br />
de modo que cada planeta actúa como un centro para la gravedad de sus objetos,<br />
etc. Pero estos argumentos estaban insucientemente desarrollados y no resultaban<br />
convincentes.<br />
Finalmente, existía una poderosa razón para no abandonar el geocentrismo:<br />
no había ninguna observación astronómica que no se explicara con el modelo de<br />
Ptolomeo y sí se explicara con el de Copérnico. Al contrario, de haber alguna evidencia<br />
observacional, era más bien en contra de Copérnico. Se trata de una objeción<br />
contra el movimiento de la Tierra que se remonta a Aristóteles, y que podemos entender<br />
con un sencillo experimento. Extendamos el brazo y levantemos un dedo. Si<br />
ahora guiñamos alternativamente uno y otro ojo, veremos que la posición del dedo<br />
contra el fondo cambia. Este desplazamiento aparente se llama paralaje, y es tanto<br />
mayor cuanto más cercano a los ojos ponemos el dedo. Imaginemos ahora que el<br />
dedo es una estrella y que los dos ojos son dos posiciones de la Tierra. Según esto,<br />
si la Tierra se mueve la posición de las estrellas jas debería cambiar ligeramente<br />
según se vieran desde un extremo u otro de la órbita de la Tierra.<br />
Pero este desplazamiento no se observaba. La única justicación que podía dar<br />
Copérnico era que la distancia a las estrellas es tan sumamente grande que el tamaño<br />
de la órbita de la Tierra es, en comparación, despreciable, y la paralaje es por eso<br />
muy pequeña. Por supuesto, hoy sabemos que esa es la explicación correcta, pero en<br />
el siglo XVI no parecía muy convincente, sobre todo porque colocar las estrellas tan<br />
lejos creaba un enorme vacío entre su esfera y la de Saturno, sin ninguna nalidad<br />
aparente&#8230;<br />
La paralaje de las estrellas no se midió hasta 1834 (por el astrónomo y matemático<br />
alemán F.W. Bessel), y no es extraño por eso que los estudiosos sensatos de mediados<br />
del siglo XVI prerieran tener los pies en una Tierra rmemente aristotélica.<br />
En palabras del historiador Daniel Boorstin:<br />
Cuanto más nos familiarizamos con la era de Copérnico, vemos con<br />
mayor claridad que los que no se dejaban convencer por él simplemente<br />
demostraban sensatez. Las pruebas de que se disponía no exigían una<br />
revisión del sistema. Habrían de pasar varias décadas para que los<br />
astrónomos y matemáticos reunieran nuevos datos y hallaran nuevos<br />
instrumentos, y al menos un siglo para que los legos se convencieran de<br />
lo que era contrario al sentido común.<br />
Copérnico, el insensato<br />
Fue precisamente por sensatez por lo que nadie antes de Copérnico se atrevió con<br />
la gigantesca tarea de crear un sistema astronómico heliocéntrico completo, acabado<br />
con todo detalle. Si Copérnico lo hizo fue seguramente porque no supo calibrar<br />
los problemas físicos que planteaba su sistema. Por ejemplo, mantuvo las esferas<br />
celestes, una para cada planeta (aparecen en el propio título de su obra: orbium no<br />
6.4 Las esferas se resquebrajan 119<br />
signica órbita, sino orbe, es decir, esfera). Esto era posible porque en su modelo las<br />
trayectorias de los planetas no se cruzaban (como ocurría, por ejemplo, en el modelo<br />
de Heráclides, y como ocurriría más tarde en el de Brahe). Pero ¾qué sentido tiene<br />
que la Tierra esté ahora en una de las esferas? Para el aristotelismo esto plantea una<br />
serie inacabable de problemas: ¾de qué materia son entonces las esferas? Si no son<br />
de éter, su movimiento natural debería ser rectilíneo; entonces, ¾por qué giran?¾Y<br />
cómo es posible que la materia terrestre gire en la esfera pero a la vez caiga hacia el<br />
centro de la Tierra?<br />
Alguien más consciente de la profunda interrelación del cosmos de Aristóteles<br />
se habría dado cuenta de que el heliocentrismo, irremediablemente, lo iba a hacer<br />
saltar por los aires, y habría vacilado antes de dar ese paso. Pero para Copérnico, la<br />
precisión y la armonía matemática eran lo único que contaba. Como señala Kuhn,<br />
este sentido de los valores parecería estrecho y distorsionado a alguien con una visión<br />
más amplia, pero quizá tal estrechez de miras era lo que hacía falta para lanzarse<br />
a proponer con tan meticuloso detalle un sistema incongruente físicamente. Esa<br />
insensatez fue la gran contribución de Copérnico.<br />
6.4. Las esferas se resquebrajan<br />
Copérnico murió en 1543, coincidiendo con la publicación de De revolutionibus.<br />
Prácticamente nadie adoptó entonces el heliocentrismo. Pero cuando, casi exactamente<br />
cien años más tarde, en 1642, moría Galileo, el geocentrismo era ya una<br />
postura marginal.<br />
Tres personas habían sido claves para dar la vuelta a la situación. Uno de ellos,<br />
sin duda el más célebre, fue el propio Galileo. Pero antes de estudiar su trabajo,<br />
vamos a explicar qué hicieron los otros dos: Tycho Brahe y Johannes Kepler.<br />
Tycho Brahe<br />
Tycho Brahe era un noble danés que desde muy joven sintió un gran interés<br />
por la astronomía. Parece que lo que decidió su vocación fue un eclipse de Sol que<br />
presenció a los catorce años. Pero lo que impresionó al joven Tycho, más que el<br />
propio eclipse, fue que los astrónomos fueran capaces de predecirlo. Pronto destacó<br />
y llegó a ser el astrónomo más célebre de su época, alineando su nombre con los<br />
de Hiparco, Ptolomeo o Copérnico. Pero, aunque no era un mal matemático, su<br />
talento para la teoría quedaba lejos del de sus ilustres predecesores. Su genio era<br />
de un tipo nuevo: una habilidad inigualable para la observación exacta. Y ese era<br />
justamente el talento que estaba necesitando la astronomía. Copérnico había perdido<br />
años intentando hacer cuadrar datos equivocados. Durante casi un cuarto de siglo,<br />
en su castillo-observatorio de Uraniborg, Tycho Brahe se dedicó a obtener datos<br />
correctos.<br />
Las mejores observaciones de que disponía Copérnico tenían unos errores del<br />
orden de diez minutos de arco (un minuto de arco es el la sexagésima parte de un<br />
grado; diez minutos equivalen al tamaño aparente de una moneda de un euro vista<br />
desde una distancia de ocho metros). Esta precisión no había mejorado desde los<br />
120 6. Una revolución paradójica<br />
tiempos de Hiparco. Brahe alcanzó una precisión de dos minutos de arco: la mejoró<br />
en un factor cinco. Y, curiosamente, sin utilizar nuevos instrumentos: el telescopio<br />
todavía no se había inventado. Brahe usaba los viejos cuadrantes, astrolabios y<br />
esferas armilares, pero mejor construidos, con materiales más rígidos para que no se<br />
deformaran, y de un gran tamaño, para tener mayor precisión en la determinación de<br />
ángulos (uno de sus cuadrantes medía once metros y hacían falta cuatro manubrios<br />
para accionarlo).<br />
La mejora decisiva, sin embargo, estaba en el modo de usar esos instrumentos.<br />
Brahe hacía observaciones continuas, a menudo diarias, de los planetas. Esta práctica,<br />
que hoy nos parece natural, era nueva: los antiguos se limitaban a registrar<br />
sus posiciones en unas pocas conguraciones importantes. Donde Brahe tenía una<br />
película, ellos sólo disponían de unas cuantas fotos. En realidad, no necesitaban<br />
muchas observaciones, porque sus modelos sólo empleaban círculos y un círculo queda<br />
determinado por tres puntos. Pero cuando Kepler abandonó nalmente el molde<br />
circular, sólo pudo llegar a una solución gracias a los datos de Brahe.<br />
El sistema ticónico<br />
Brahe no era partidario de Copérnico. Sabía que su modelo implicaba una paralaje<br />
para las estrellas (pg. 118) y no había podido medirla. Aunque reconocía el<br />
mérito de la supresión de los epiciclos mayores y del ecuante, no podía admitir el<br />
movimiento de la Tierra, y eso le llevó a plantear su propio sistema:<br />
Cuando reexioné sobre la reciente innovación de Copérnico (&#8230;), que<br />
-pese a eliminar cuanto de superuo había en el sistema tolemaico,<br />
corregir los resultados observacionales y no atentar en absoluto contra<br />
los principios de las matemáticas- atribuía a la Tierra, cuerpo pesado,<br />
perezoso y por naturaleza inmóvil, movimientos que nada tienen que<br />
envidiar a los de esas luminarias etéreas (&#8230;) comencé seriamente a<br />
pensar en la posibilidad de inventar un nuevo sistema que observara<br />
rigurosamente los principios de las matemáticas y de la física, que no<br />
tuviera que apelar a subterfugios para eludir las censuras teológicas y<br />
que al mismo tiempo diese perfecta cuenta de los fenómenos celestes.<br />
Brahe alude aquí a un problema de la teoría heliocéntrica que hasta ahora no<br />
habíamos mencionado: la contradicción con las Sagradas Escrituras, en las que se<br />
arma repetidamente la inmovilidad de la Tierra. Este conicto, que inicialmente<br />
se ignoró (baste recordar que Copérnico, que era canónigo, fue animado a publicar<br />
su trabajo por el inuyente cardenal Nicolaus Schoenberg) estaba empezando a<br />
adquirir importancia en la época de Brahe, y alcanzaría su clímax en el juicio a<br />
Galileo, noventa años después de la muerte de Copérnico.<br />
Más adelante volveremos a esta cuestión, en la sección 8.3. Aquí sólo nos interesa<br />
señalar que, para Brahe, la interpretación instrumentalista que se hacía de Copérnico<br />
era un subterfugio para eludir las auténticas consecuencias del heliocentrismo.<br />
En el sistema que propuso, la Tierra está inmóvil en el centro, y la Luna y el Sol<br />
giran a su alrededor. Pero los planetas giran en torno al Sol (Figura 6.2). En realidad,<br />
ya nos habíamos encontrado este esquema como un paso previo al modelo<br />
6.4 Las esferas se resquebrajan 121<br />
de Aristarco (Figura 5.6 (c)) Cinemáticamente, es decir, en lo que concierne a los<br />
movimientos relativos, el sistema es equivalente al de Copérnico. De hecho, es el<br />
sistema de Copérnico visto desde la Tierra, de modo que, automáticamente, tiene<br />
todas sus ventajas astronómicas: no hay manera, por principio, de que los movimientos<br />
predichos por uno no sean predichos por el otro. Y al estar la Tierra inmóvil, no<br />
tiene sus problemas físicos. No es extraño que tuviera, casi de inmediato, una gran<br />
aceptación.<br />
Figura 6.2: El sistema de Tycho Brahe, según una ilustración contemporánea<br />
Pero que no tuviera los problemas de Copérnico no signica que no tuviera<br />
problemas. No se ve la razón por la que habían de girar los planetas en torno al Sol<br />
en lugar de hacerlo en torno al centro del universo (la Tierra), como hacen la Luna<br />
y el propio Sol. Además, las trayectorias de algunos planetas (Venus, Mercurio y<br />
Marte) cortan la trayectoria del Sol. Esto no signica que choquen con él, porque<br />
los movimientos se coordinan de modo que nunca se encuentren, pero es incompatible<br />
con las esferas (½tendrían que atravesarse!). Y si no hay esferas, ¾cual es la causa del<br />
movimiento de los planetas?<br />
Prodigios en los cielos<br />
Seguramente Tycho Brahe no consideraba que romper con las esferas fuera un<br />
defecto de su modelo. Tenía buenos motivos para abandonarlas. Había saltado a la<br />
fama al comienzo de su carrera enfrentándose a Aristóteles, al demostrar que la nueva<br />
estrella que súbitamente apareció en los cielos en noviembre de 1572 era realmente<br />
una estrella. Cuando apareció, la nova tenía un brillo extraordinario, comparable<br />
al de Venus, y se fue paulatinamente apagando hasta hacerse inobservable al cabo<br />
de dieciocho meses. Semejante portento provocó una conmoción en toda Europa,<br />
tanto entre los sabios como entre los legos: ½los cielos no eran inmutables! Pero ¾era<br />
122 6. Una revolución paradójica<br />
realmente una estrella? Varios astrónomos lo armaron, pero fue Brahe el que aportó<br />
las pruebas más concluyentes: no sólo no se movía respecto de las demás estrellas,<br />
sino que, por su paralaje inapreciable, tenía que estar más lejos que la Luna.<br />
Brahe rearmó su demostración de la mutablidad de los cielos con su detallado<br />
estudio de seis cometas, entre 1577 y 1596. Para Aristóteles, los cometas, que son<br />
esencialmente transitorios, sólo podían pertenecer a la esfera sublunar, y por eso los<br />
consideró fenómenos meteorológicos. Brahe demostró, otra vez con medidas de paralaje,<br />
que tenían que estar mucho más lejos. Sus observaciones implicaban, además,<br />
una órbita muy oblicua, que atravesaría las esferas. Aristóteles quedaba, de nuevo,<br />
desacreditado.<br />
6.5. Kepler: el triunfo del Sol<br />
Se ha dicho que Johannes Kepler era la persona más distinta a Tycho Brahe que<br />
pudiera imaginarse. Si Brahe pertenecía a la más alta nobleza, era el señor feudal<br />
de una isla entera y su castillo-observatorio era el asombro de Europa, Kepler era<br />
hijo de un mercenario que abandonó el hogar, tuvo que defender a su madre en un<br />
proceso por brujería, y nunca consiguió salir de la penuria, ni siquiera cuando alcanzó<br />
fama como astrónomo. Pero sus vidas se encontraron durante los 18 meses en los<br />
que Kepler trabajó como ayudante de Brahe, y ese encuentro cambió la astronomía<br />
para siempre.<br />
El maestro encargó al aprendiz un problema difícil: la determinación de la órbita<br />
de Marte. Sus detalladas observaciones mostraban una discrepancia con los modelos<br />
existentes de unos 8 minutos de arco. El error que molestaba a Brahe era del<br />
tamaño de una moneda de un euro vista a 10 metros de distancia. Puede parecer<br />
pequeño, pero sabía que sus medidas eran mucho más precisas (con errores de unos<br />
dos minutos), y había que explicar esa desviación. En las palabras de Kepler:<br />
La Divina Providencia nos ha provisto de un observador tan diligente<br />
como Tycho, que sus observaciones evidenciaban en estos cálculos al<br />
estilo tolemaico un error de 8 minutos. Es seguro que deberíamos aceptar<br />
este regalo de Dios con una mente agradecida, pues 8 minutos no podían<br />
ser ignorados, y esto sólo condujo a la reforma total de la astronomía.<br />
Astronomia nova<br />
Kepler, con un extraordinario talento matemático y una capacidad de trabajo<br />
más extraordinaria aún, llegó a una solución seis años más tarde, cuando Brahe ya<br />
había muerto, y dio a conocer sus resultados en el libro Astronomia nova, publicado<br />
en 1609.<br />
Podemos resumir su solución al problema de la órbita de Marte en dos leyes, que<br />
son conocidas como primera y segunda ley de Kepler. Esas leyes eran válidas para<br />
todos los planetas, no sólo para Marte, y resultaron ser exactas: después de más<br />
de dos mil años desde el primer intento de solución de Eudoxo, el problema de los<br />
planetas se había resuelto. Las dos leyes dicen (ver Figura 6.3):<br />
6.5 Kepler: el triunfo del Sol 123<br />
1. Las órbitas de los planetas son elipses, en uno de cuyos focos está el Sol.<br />
2. En el movimiento del planeta, el segmento que lo enlaza con el Sol barre áreas<br />
iguales en tiempos iguales.<br />
(para la denición de elipse y foco, ver sección 10.10 en el Apéndice).<br />
P<br />
P’<br />
Q<br />
Q’<br />
Figura 6.3: Primera y segunda leyes de Kepler. El Sol está en el foco de la izquierda; las dos<br />
regiones rayadas tienen áreas iguales y por tanto el tiempo que invierte el planeta en ir de P </p>
<p>a P&#8217;<br />
es el mismo que invierte de Q a Q&#8217;<br />
La solución de Kepler era maravillosamente sencilla: dos leyes que caben en dos<br />
líneas, en vez del inacabable fárrago de círculos de Ptolomeo o Copérnico. Funcionaba,<br />
además extraordinariamente bien. Y suponía un salto conceptual vertiginoso, al<br />
abandonar el movimiento circular que todo el mundo había considerado perfecto e<br />
inevitable durante casi dos mil años.<br />
El salto era muy audaz no sólo en el plano losóco, sino también desde el punto<br />
de vista puramente físico. Hasta entonces, cuando se hablaba del mecanismo de<br />
movimiento de los planetas, la palabra se entendía de un modo bastante literal: un<br />
dispositivo mecánico que pudiera producir ese movimiento. Mientras el movimiento<br />
fuera una combinación de círculos descritos a velocidad uniforme, era sencillo concebirlo.<br />
Pero ¾qué engranajes pueden hacer que un objeto se mueva como los planetas<br />
de Kepler?<br />
Para responder a esta pregunta tuvo que empezar a pensar de un modo nuevo.<br />
Inspirado por el magnetismo, que había sido estudiado recientemente por William<br />
Gilbert, Kepler imaginó que los planetas eran movidos por el Sol mediante una fuerza<br />
que actuaba a distancia. La naturaleza de esta fuerza era bastante misteriosa, aunque<br />
Kepler consideraba que emanaba del Sol en forma de una especie de rayos giratorios.<br />
Cómo podía producir esa fuerza solar un movimiento elíptico de velocidad variable<br />
era algo incomprensible para Kepler, y lo fue para todo el mundo hasta que Newton<br />
publicó en 1687 sus Principia (y, como dijo Alexander Pope, todo fue luz, ver<br />
sección 9.3).<br />
124 6. Una revolución paradójica<br />
De como muchos errores dan un gran acierto<br />
Pero las especulaciones de Kepler sobre fuerzas a distancia no fueron en absoluto<br />
estériles. En realidad, sólo pudo llegar a sus leyes gracias a ellas. Los datos, aunque<br />
fueran los excelentes datos de Brahe, nunca hubieran bastado. Podemos resumir el<br />
razonamiento de Kepler en cuatro pasos:<br />
1. Ante todo, no tenía el concepto de inercia, así que necesitaba que una fuerza<br />
arrastrara constantemente al planeta a lo largo de su órbita. Había observado<br />
que los planetas se movían más rápido cuando estaban cerca del Sol, y más<br />
despacio cuando estaban más lejos. Esto parecía indicar que la fuerza emanaba<br />
del Sol, e iba perdiendo intensidad según se difundía por el espacio, de modo<br />
análogo a como ocurre con la luz.<br />
Kepler sabía que la intensidad de la luz al propagarse por el espacio alejándose<br />
de su fuente es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia.<br />
Esto es lógico porque la misma luz se reparte por esferas cuya supercie crece<br />
con el cuadrado de la distancia. Pero consideraba que la fuerza sólo actuaba<br />
en el plano de la órbita del planeta, y por eso pensó que sería inversamente<br />
proporcional a la distancia y no a su cuadrado. En resumen, escribió que la<br />
fuerza que actúa sobre el planeta es:<br />
F /<br />
1<br />
d<br />
En esta ecuación, / signica proporcional a y d es la distancia al Sol.<br />
2. Consideramos ahora que el planeta va de un punto A a otro A&#8217; a velocidad<br />
v. El tiempo que emplea es t = AA0=v (en realidad, la velocidad irá variando,<br />
pero podemos considerar un arco AA0 pequeño y tomar v como la velocidad<br />
promedio).<br />
Kepler, siguiendo a Aristóteles, suponía que la velocidad es proporcional a<br />
la fuerza (es decir, v / F); pero si esta es inversamente proporcional a la<br />
distancia, entonces también v / 1=d, así que llegamos a que<br />
t = AA0<br />
v / AA0  d<br />
Según esto, el tiempo que el planeta invierte en recorrer un pequeño tramo<br />
AA0 de su órbita es proporcional a la longitud de ese tramo y a la distancia al<br />
Sol.<br />
3. Kepler había obtenido así una regla sencilla pero poco práctica, porque sólo<br />
sería cierta para un arco muy pequeño (por ejemplo, el recorrido por el planeta<br />
en una hora). No valía para un arco grande (digamos, el recorrido en un mes<br />
o dos, como el tramo PP0 en la Figura 6.3) porque d ya no es constante y el<br />
recorrido ya no es un segmento recto.<br />
Había aquí algo exasperante para Kepler: si su regla decía cómo se mueve el<br />
planeta en una hora, también decía cómo se mueve el planeta en un mes, porque<br />
un mes no es más que una sucesión de muchas horas. Toda la física estaba ya<br />
6.5 Kepler: el triunfo del Sol 125<br />
contenida en su regla: el problema era puramente matemático. Finalmente<br />
creyó encontrar una salida. Al recorrer AA0 el planeta dene un triángulo con<br />
vértice en el Sol, cuyo área es<br />
área=basealtura/2 =<br />
AA0  d<br />
2 / t<br />
½el area es proporcional al tiempo! Si el planeta recorre un arco más largo,<br />
podemos descomponerlo en tramos pequeños y cada tramo denirá un triángulo<br />
cuyo área será proporcional al tiempo. Entonces el área total denida<br />
por el planeta al ir de A a B será proporcional al tiempo empleado. En otras<br />
palabras, el segmento que enlaza el planeta con el Sol barre áreas iguales en<br />
tiempos iguales: esto es la segunda ley de Kepler.<br />
Curiosamente, Kepler descubrió esta segunda ley antes que la primera. Pero no es<br />
tan paradójico como puede parecer. Supongamos que tenemos el privilegio de hacer<br />
desde el Sol nuestras observaciones de un planeta. Se mueve en una elipse que tiene<br />
el foco en nosotros, con la velocidad variable que acabamos de describir. Pero lo<br />
que nos proporcionan las observaciones son las posiciones del planeta sobre la esfera<br />
celeste y esto son sólo ángulos. Y esos ángulos se pueden acomodar por casi cualquier<br />
órbita, si esta se recorre con una velocidad adecuada (Figura 6.4). En realidad,<br />
las observaciones tienen que ser completadas con una de las leyes, la primera o la<br />
segunda, admitida previamente, para poder traducirse en una descripción completa<br />
de las órbitas. Una vez que tenemos la ley de las áreas, son las observaciones las que<br />
imponen que la órbita sea una elipse.<br />
P2<br />
P2’<br />
Q2<br />
Q2’<br />
Q1’<br />
Q1<br />
P1’<br />
P1<br />
Figura 6.4: La órbita externa da las mismas posiciones sobre la esfera celeste que la interna, </p>
<p>si<br />
se recorre con la velocidad apropiada para que el tiempo que transcurre entre puntos que </p>
<p>abarcan<br />
el mismo ángulo (como P1 ! P01 y P2 ! P02) sea el mismo<br />
Lo que sí es paradójico es el modo en que Kepler llegó a la ley de las áreas, porque<br />
los cuatro pasos en que hemos descompuesto su razonamiento son todos erróneos:<br />
1. La fuerza no actúa tangencialmente a la órbita.<br />
2. La fuerza no decrece con la distancia, sino con su cuadrado.<br />
126 6. Una revolución paradójica<br />
3. Es la aceleración, no la velocidad, la que es proporcional a la fuerza.<br />
4. No es cierto que el área del triángulo elemental sea AA0  d=2: la distancia d<br />
sólo es la altura cuando el arco es perpendicular al radio, como pasa en una<br />
circunferencia, pero en una elipse no es así más que en dos puntos, el más<br />
cercano y el más lejano al Sol.<br />
Sin embargo, maravillosamente, todos estos errores se cancelan para dar un resultado<br />
correcto. Hace falta un genio como Kepler para escribir recto con renglones<br />
tan torcidos.<br />
La armonía del mundo<br />
Kepler fue desde siempre un heliocentrista convencido, y seguramente en esta<br />
convicción tuvo mucho que ver, como en el caso de Copérnico, su simpatía por<br />
las ideas platónicas y pitagóricas. Creía que el mundo está regido por armonías<br />
matemáticas, y en particular, que el movimiento de los cuerpos celestes producía<br />
la música de las esferas. Igual que las longitudes y las tensiones de las cuerdas<br />
de un instrumento musical bien anado no pueden ser arbitrarias, así las distancias<br />
entre los planetas y sus movimientos debían tener proporciones sencillas, semejantes<br />
a los intervalos de las escalas musicales. Encontrar esa armonía de celeste fue la<br />
motivación más profunda y constante del trabajo de Kepler.<br />
Ya en su primera obra, Mysterium Cosmographicum, publicada cuando contaba<br />
sólo 24 años, proponía una explicación geométrica de las órbitas de los planetas.<br />
Dado que sólo se conocían seis planetas (Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y<br />
Saturno), había cinco intervalos entre ellos. Kepler pensó que seguramente no era<br />
casualidad que hubiera precisamente cinco sólidos regulares (los solidos platónicos:<br />
octaedro, icosaedro, dodecaedro, tetraedro y cubo). Y pensó en asociar cada uno de<br />
esos sólidos a un intervalo entre planetas. Tras diversos tanteos, propuso un modelo<br />
en el que cada sólido tenía una esfera inscrita y otra circunscrita, que estaba a su<br />
vez inscrita en otro sólido más externo, etc. La primera esfera, (de Mercurio), estaba<br />
inscrita en un octaedro; la siguiente (de Venus) era la esfera circunscrita al octaedro<br />
y estaba inscrita en un icosaedro; la siguiente (de la Tierra) era la esfera circunscrita<br />
al icosaedro e inscrita en el dodecaedro, y así sucesivamente (gura 6.5).<br />
Poniendo los sólidos en ese orden, conseguía reproducir razonablemente bien las<br />
distancias de los planetas al Sol, con la precisión que se conocían entonces. La idea<br />
era, por supuesto, puramente especulativa, y con el tiempo, el trabajo del propio<br />
Kepler demostró que las distancias no se ajustaban tan bien, menos aún cuando<br />
abandonó la idea de esferas celestes a favor de las elipses.<br />
Pero la fe de Kepler en la armonía del sistema solar se mantuvo inquebrantable, y<br />
25 años más tarde, en 1616, publicaba otro libro titulado precisamente Harmonices<br />
Mundi, La armonía del mundo. Entre muchas ideas hoy olvidadas (por ejemplo,<br />
la interpretación de las velocidades angulares de los planetas como tonos musicales,<br />
y de sus proporciones como armonías), Kepler formulaba una nueva relación entre<br />
las órbitas de los planetas, aunque esta vez involucraba sus periodos orbitales. Para<br />
todos ellos se cumplía que el cubo del radio de la órbita dividido por el cuadrado<br />
6.6 La aceptación del sistema de Kepler 127<br />
Mysterium.pdf<br />
Figura 6.5: (Izquierda) El modelo de Kepler para las esferas celestes usando los sólidos </p>
<p>platónicos,<br />
publicado en Mysterium Cosmographicum (1596). Cada sólido platónico corresponde al intervalo<br />
entre dos planetas. (Derecha) Detalle de las esfera interiores. La de la Tierra está entre el </p>
<p>icosaedro<br />
y el dodecaedro.<br />
del periodo tenía el mismo valor:<br />
R3<br />
T2 = cte<br />
(para una órbita elíptica hay que poner el semieje mayor en lugar del radio). Esta<br />
ecuación es lo que hoy llamamos tercera ley de Kepler. Finalmente, su búsqueda<br />
de armonía había tenido éxito: este resultado, sencillo y sorprendente, nos dice que<br />
hay una conexión entre los movimientos de los diferentes planetas. El sistema solar<br />
funciona realmente como un sistema, sus planetas no se mueven independientemente,<br />
hay un orden y una proporción entre sus distancias y sus periodos: una armonía de un<br />
tipo inesperado y misterioso, que sólo Newton lograría descifrar en su obra magna,<br />
los Principia Mathematica, setenta años más tarde.<br />
6.6. La aceptación del sistema de Kepler<br />
Astronomia nova, el libro en el que Kepler daba a conocer sus leyes primera<br />
y segunda, fue publicado en el año 1609. Se trataba de un indiscutible triunfo en<br />
el plano de la astronomía, y era inevitable que su sistema tuviera éxito entre los<br />
astrónomos. Más aún cuando, tras años de extenuante trabajo, Kepler completó<br />
unas tablas astronómicas basadas en sus leyes. Las Tablas Rudolnas, publicadas<br />
en 1627, tenían una precisión muy superior a todo lo conocido hasta entonces, y<br />
desplazaron en seguida a las Tablas Prusianas basadas en los métodos de Copérnico.<br />
Pero ya sabemos que una cosa era adoptar el modelo como instrumento de cálculo<br />
y otra creer que describe la realidad. El debate entre instrumentalismo y realismo<br />
se agudizó ante las elipses de Kepler, porque planteaban problemas físicos aparentemente<br />
insolubles. Copérnico tenía que explicar cómo era posible que la Tierra se<br />
moviera, y Brahe, cómo podían moverse sus planetas si no había esferas. Kepler<br />
tenía que explicar ambas cosas. Aunque en su sistema no se cruzan las órbitas, las<br />
128 6. Una revolución paradójica<br />
elipses no se pueden conseguir con una combinación de esferas, y esto nos deja sin<br />
un mecanismo físico con el que explicar el movimiento de los planetas. Kepler no<br />
tenía ninguna alternativa a la física aristotélica, y sus especulaciones sobre los rayos<br />
magnéticos giratorios del Sol eran muy poco convincentes.<br />
Al hecho de que los modelos heliocéntricos no se entendían físicamente, hay<br />
que añadir que no había ninguna prueba directa a su favor. Veinte años después<br />
de la publicación de Astronomia Nova, el modelo de Tycho Brahe siguiera siendo<br />
el más popular, porque no ponía la Tierra en movimiento y era cinemáticamente<br />
equivalente al de Copérnico. Mientras, los astrónomos utilizaban con entusiasmo las<br />
Tablas Rudolnas, basadas en las elipses de Kepler.<br />
La nueva losofía lo pone todo en duda<br />
No es extraño que el público culto estuviera desconcertado. La vieja imagen del<br />
mundo, el cosmos de Aristóteles en el que todo estaba perfectamente ordenado y<br />
cada cosa tenía un objeto y función, estaba saltando por los aires, sin que nada<br />
sólido la reemplazara. Hay un célebre poema de John Donne, escrito en 1611, que<br />
lo expresa muy bien:<br />
And New Philosophy calls all in doubt,<br />
The Element of re is quite put out;<br />
The Sun is lost, and th&#8217; earth, and no man&#8217;s wit<br />
Can direct him where to look for it (&#8230;)<br />
&#8216;Tis all in pieces, all coherence gone.<br />
(Y la nueva losofía todo lo pone en duda / el elemento del fuego está casi extinguido<br />
/ el Sol está perdido, y la Tierra, y ningún humano entendimiento / sabe decir dónde<br />
ir a buscarlo &#8230; / Todo está en pedazos, toda coherencia perdida)<br />
Ciertamente. el modelo de Kepler era bello matemáticamente y muy preciso<br />
en sus predicciones. Pero estas virtudes sólo eran sucientemente atractivas para<br />
astrónomos profesionales que además tuvieran una fuerte inclinación matemática.<br />
Kepler creía apasionadamente en la realidad de su sistema. El resto de los humanos<br />
estaba sumido en la confusión tan bien descrita por Donne, y necesitaba dos cosas:<br />
nuevas teorías físicas que hicieran verosímil el movimiento de la Tierra y explicaran<br />
el de los planetas en ausencia de esferas, y nuevas observaciones que conrmaran el<br />
heliocentrismo. En este punto hizo su aparición Galileo Galilei.<br />
Capítulo 7<br />
Galileo: el primer cientíco moderno<br />
El puro pensamiento lógico no puede brindarnos ningún conocimiento del<br />
mundo empírico; todo conocimiento de la realidad comienza en la experiencia<br />
y desemboca en ella. Las leyes descubiertas mediante el uso de la<br />
lógica son completamente vacías en lo que respeta a la realidad. Galileo<br />
comprendió esto y lo proclamó a voz en cuello en el mundo cientíco,<br />
motivo por el cual se ha convertido en el padre de la física moderna y,<br />
por cierto, de toda la ciencia moderna.<br />
Albert Einstein<br />
Hemos visto en los capítulos anteriores que la idea copernicana de que la Tierra<br />
no está inmóvil sino que gira alrededor del Sol no resultó evidente ni fue aceptada<br />
de inmediato. Y no por prejuicios o fanatismo, sino sobre todo porque se encontraba<br />
con dos objeciones de peso: era físicamente inverosímil y no contaba con pruebas </p>
<p>observacionales.<br />
Brahe había abandonado las esferas celestes, pero mantenía la Tierra<br />
inmóvil en el centro del universo. Y aunque Kepler era decididamente heliocentrista,<br />
su trabajo decisivo no se publicó hasta 1609, más de 65 años después del libro de<br />
Copérnico, y aún entonces no tuvo excesiva repercusión. Eran tecnicismos para astr<br />
ónomos, y los astrónomos llevaban siglos acostumbrados a usar como hipótesis de<br />
trabajo cualquier teoría que sirviera para calcular, sin entrar en su realidad física.<br />
Ese mismo año de 1609 Galileo empezó a mirar los cielos con su telescopio y<br />
el problema dio un vuelco. En contra de lo que suele creerse, sus observaciones no<br />
aportaron pruebas concluyentes, ni tampoco consiguió crear la nueva física que se<br />
necesitaba para encajar el movimiento de la Tierra. Pero su trabajo fue decisivo en<br />
los dos frentes, e inclinó la balanza de manera denitiva. Si después de Copérnico lo<br />
sensato era seguir siendo geocentrista, y después de Kepler era razonable mantener<br />
la duda, después de Galileo seguir creyendo en una Tierra inmóvil empezaba a ser<br />
un síntoma de obcecación.<br />
Pero aún siendo esto de trascendental importancia, la mayor contribución de<br />
Galileo fue probablemente otra. Con él nace una nueva manera de estudiar la naturaleza<br />
y de concebir el conocimiento. Es fácil pasarlo por alto porque hoy estamos<br />
tan acostumbrados a su punto de vista que lo encontramos natural, cuando no lo es<br />
en absoluto. Es decisivo apreciar en qué consiste el enfoque de Galileo y cual es su<br />
129<br />
130 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
novedad; en primer lugar, para entender las dicultades que tuvieron sus contempor<br />
áneos ante su trabajo y el mérito real que éste tuvo (y no convertir su caso, como<br />
suele ocurrir, en un cuento de buenos y malos). Y en segundo lugar, y más importante,<br />
para entender la ciencia, porque esa nueva manera de concebir el conocimiento<br />
es precisamente la ciencia actual.<br />
Para familiarizarnos con el enfoque de Galileo lo mejor es empezar por un problema<br />
concreto, y seguramente el que resulta más instructivo de los que abordó es el<br />
de la caída de los cuerpos.<br />
7.1. Un problema de gravedad<br />
Encontrar una alternativa a la física de Aristóteles se había convertido en una<br />
necesidad urgente ante el desconcierto en el que las innovaciones de Copérnico,<br />
Brahe y Kepler habían sumido a la losofía natural (recordemos a John Donne:<br />
la nueva losofía todo lo pone en duda). Pero en realidad (ya lo vimos en la pg.<br />
88) algunas de las conclusiones de Aristóteles habían resultado dudosas casi desde<br />
el principio. Por ejemplo, para un objeto en caída libre predecía una velocidad<br />
constante y proporcional al tamaño, lo que signica que, cayendo desde una misma<br />
altura, una piedra diez veces más grande que otra debería tardar en caer diez veces<br />
menos.<br />
Muchos autores han contado que esto fue desmentido por Galileo de una manera<br />
espectacular: dejando caer dos esferas de distinto peso desde la Torre Inclinada de<br />
Pisa, que por supuesto llegaron al suelo a la vez, demostrando así de un golpe (nunca<br />
mejor dicho) la falsedad de la dinámica aristotélica. Por ejemplo, en un libro popular<br />
sobre Galileo leemos que:<br />
Fue en Pisa donde Galileo hizo uno de sus experimentos más famosos,<br />
dejando caer desde lo alto de la torre, al paso de un cortejo de<br />
profesores, una bola de piedra grande y otra más pequeña, para<br />
demostrar que la grande no caía más deprisa.<br />
Como siempre ocurre con estas historias ejemplares, la realidad es más complicada,<br />
y más interesante. No hay indicios de que Galileo subiera a la Torre de Pisa<br />
para dejar caer ningún peso, y menos aún de que lo hiciera al paso de un cortejo de<br />
profesores. Se duda incluso de que Galileo realizara algún experimento de este tipo.<br />
Pero, en cualquier caso, lo que está bien documentado es que otros lo habían hecho<br />
por él.<br />
Ya en el siglo VI d.C., Juan Filopón de Alejandría escribió que si se dejan caer<br />
dos cuerpos, uno pesado y otro ligero, la diferencia de sus tiempos de caída es mucho<br />
menor que la diferencia de sus pesos. Por su parte, Simon Stevin, un cientíco e<br />
ingeniero amenco algo mayor que Galileo, dejó caer varios pesos desde lo alto de<br />
una torre, a cuyo pie había colocado una plancha metálica. Encontró que al soltar<br />
simultáneamente dos bolas, una diez veces más pesada que la otra, desde 30 pies de<br />
altura, el intervalo de tiempo entre los dos impactos era inapreciable. Stevin señaló<br />
que este resultado era incompatible con la teoría de Aristóteles, pero no tenía una<br />
explicación alternativa.<br />
7.2 Techné versus episteme 131<br />
Lo más curioso es que nalmente el experimento sí se realizó desde la Torre de<br />
Pisa, en 1612, pero no por Galileo (que por entonces se había trasladado a Florencia),<br />
sino por un profesor llamado Giorgio Coresio. Y, sorprendentemente, según su<br />
análisis los resultados respaldaban a Aristoteles, pues los cuerpos pesados llegaban<br />
en realidad un poco antes al suelo. Ante esta explicación, Galileo replicó indignado:<br />
Aristóteles dice: una bola de hierro de cien libras, que cae desde una<br />
altura de cien brazas, llega al suelo antes de que otra de una libra haya<br />
podido recorrer una sola braza. Yo digo, sin embargo, que llegan al<br />
mismo tiempo. Si hacéis la experiencia descubriréis que la mayor saca<br />
sólo dos dedos de ventaja a la más pequeña; esto es, que cuando la<br />
grande toca el suelo, la otra se encuentra a una distancia de dos dedos.<br />
Ahora bien, pretendéis ocultar tras esos dos dedos las noventa y nueve<br />
brazas de Aristóteles y, de esta forma, hablando solamente de este<br />
minúsculo error, disimular con el silencio el error mucho mayor que él<br />
cometió.<br />
7.2. Techné versus episteme<br />
Ahora bien, ¾es posible que fuera tan tonto (o tan malintencionado) el profesor<br />
Coresio? Para nosotros, la tarea de la física es precisamente dar cuenta de este tipo<br />
de diferencias cuantitativas, y por eso nos parece que la respuesta de Galileo está<br />
cargada de sentido común. Pero es que nuestra concepción de la física es la que<br />
inventó Galileo. Los aristotélicos como Coresio no estaban interesados en encontrar<br />
la ley matemática que describiera más exactamente la caída de los cuerpos. Para<br />
ellos, esto era un problema técnico, que por lo demás tampoco revestía gran importancia<br />
práctica (excepto quizá cuando el cuerpo era una bala de cañón arrojada al<br />
enemigo&#8230;). Consideraban que el trabajo de un lósofo natural no era describir el<br />
cómo, sino entender el porqué: su objetivo era explicar las causas, no enunciar las<br />
leyes.<br />
Para Aristóteles, una ley sólo es un resumen de la experiencia, que nos dice lo que<br />
va a ocurrir la próxima vez, pero no por qué ocurren las cosas. Es un conocimiento<br />
meramente práctico (techné), ciertamente útil pero cualitativamente distinto del<br />
verdadero conocimiento (episteme) que busca el lósofo, y al que sólo se accede con<br />
la razón.<br />
Podemos resumir la concepción aristotélica en este cuadro:<br />
Tipo de conocimiento Fuente Objetivo Resultado<br />
Práctico (techné) experiencia saber qué hacer leyes<br />
la próxima vez<br />
Cientíco (episteme) razón conocer el porqué causas<br />
de las cosas<br />
La actitud de Galileo, que en su estudio no buscaba causas sino leyes, resultaba<br />
impropia; digna en todo caso de un artesano, pero no de un lósofo natural (la<br />
palabra cientíco no existía aún). Y permitirse negar la episteme de Aristóteles por<br />
meras discrepancias cuantitativas (es decir, en el plano de la techné), sin proponer<br />
132 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
una alternativa coherente en el plano de las causas, era ya un caso de arrogancia.<br />
Más aún cuando las predicciones de Galileo tampoco cuadraban con el experimento,<br />
ya que armaba que todos los cuerpos, de cualquier materia, deberían caer a la<br />
misma velocidad. Obviamente esto no era cierto, pero él lo atribuía al efecto del<br />
rozamiento del aire, y señalaba que una pluma caería a la misma velocidad que una<br />
piedra si lo hicieran en el vacío: ½precisamente el vacío que no podía existir según<br />
los aristotélicos! No es extraño que les pareciera poco menos que una provocación.<br />
Descontar los embalajes<br />
Detrás de esta aparente arrogancia de Galileo había una comprensión del papel<br />
de los errores en las medidas que era difícil de apreciar por sus contemporáneos.<br />
Los aristotélicos no intentaban medir los fenómenos naturales, pues las medidas<br />
no nos pueden informar sobre las causas. Como no tenían ninguna práctica en el<br />
arte de la medición, no sabían qué hacer con los errores que inevitablemente se<br />
cometen cuando se mide cualquier magnitud. Sólo en la tradición astronómica se<br />
había desarrollado un respeto por la exactitud de las observaciones y una sabiduría<br />
práctica en relación a los errores. Así, Kepler tuvo muy claro que un desajuste de<br />
ocho minutos de arco en la órbita de Marte no podía ser ignorado en vista de la<br />
precisión de las medidas de Brahe (y, según sus propias palabras, esto sólo condujo<br />
a la reforma total de la astronomía, pg. 122), mientras que los desajustes menores<br />
en la órbita de Venus no obligaban a esa reforma porque cabían dentro del error de<br />
precisión de las observaciones.<br />
Galileo da una vuelta de tuerca a esta idea. Las diferencias entre los tiempos de<br />
caída de diversos objetos son innegables y no pueden atribuirse la inexactitud de<br />
las observaciones, pero a diferencia de Kepler no cree que eso le obligue a reformar<br />
su teoría. Lo que hace es atribuir las discrepancias al rozamiento, es decir, a efectos<br />
de segundo orden no tenidos en cuenta en su modelo.<br />
Este era un punto de vista nuevo. Hasta entonces, el caótico mundo sublunar<br />
nunca se había dejado matematizar. Si uno se propone la tarea (inútil para el ló-<br />
sofo, según Aristóteles) de hacer medidas de los fenómenos terrestres cotidianos, no<br />
encuentra nada parecido a las regularidades sencillas que se observan en astronomía.<br />
Así es como lo expresa Simplicio, el aristotélico, en el Diálogo sobre los dos principales<br />
sistemas del mundo: estas sutilidades matemáticas se comportan muy bien<br />
en lo abstracto, pero no funcionan cuando se aplican a la materia sensible y física.<br />
Esta era la opinión aceptada generalmente. Sin embargo, Salviati, el trasunto de<br />
Galileo, da una respuesta que merece ser leída con atención:<br />
[Reriéndose a un mercader] Ciertamente, sería asombroso si los<br />
cómputos y razones hallados en los números abstractos no<br />
correspondieran después con las monedas de oro y las mercancías<br />
concretas. ¾Sabes lo que sucede, Simplicio? De la misma forma que el<br />
calculador que quiere que sus cálculos sean sobre el azúcar, seda y lana<br />
debe descontar las cajas, embalajes y otras envolturas, así el cientíco,<br />
cuando quiere reconocer en concreto los efectos que ha demostrado en<br />
abstracto, debe restar los obstáculos materiales; y si es capaz de hacer<br />
7.2 Techné versus episteme 133<br />
esto, te aseguro que las cosas no tienen menos acuerdo que los<br />
cómputos aritméticos.<br />
En el caso de la caída libre, los embalajes son los rozamientos del aire; en otros<br />
estudios pueden ser otros obstáculos materiales que impiden al objeto comportarse<br />
de manera ideal (por ejemplo, en sus estudios con planos inclinados, además del<br />
rozamiento con el plano aparece el efecto de la rodadura de la bola, que la retrasa<br />
un poco respecto a un deslizamiento perfecto).<br />
Lo que está armando Galileo es que no sólo en el mundo supralunar, sino tambi<br />
én en la Tierra, los objetos se comportan de manera regular y reproducible. Si toda<br />
la evidencia parece decir lo contrario, es porque en las situaciones naturales en la<br />
Tierra siempre hay muchos efectos que intereren, de modo que por muy cuidadosos<br />
que seamos en nuestras observaciones no encontraremos el comportamiento sencillo<br />
y ordenado que es patente en astronomía. Pero precisamente por eso podemos ser<br />
más tolerantes que el astrónomo Kepler ante las discrepancias con la teoría.<br />
Para que pueda aorar la verdadera regularidad debemos eliminar en lo posible<br />
esos obstáculos materiales . Por eso Galileo no estudiará la naturaleza tan como<br />
se presenta (como hacía Aristóteles) sino en dispositivos, como el plano inclinado o<br />
el péndulo, cuidadosamente diseñados para minimizar el efecto de los embalajes.<br />
Sólo gracias a esta idea puede Galileo realizar con provecho medidas experimentales.<br />
Cuando el desacuerdo entre teoría y experimento no se puede explicar por una falta<br />
de precisión de las medidas, recurrirá al argumento de Salviati para echar la culpa<br />
a los embalajes.<br />
Esta actitud ante los resultados experimentales es la que se tiene hoy en todos los<br />
laboratorios del mundo, pero era un punto de vista insólito antes de Galileo. Nace<br />
en este preciso momento. Y hay que reconocer que es una actitud que puede parecer<br />
sospechosa al no iniciado. ¾No estamos echando cara al asunto y desestimando los<br />
experimentos cuando no nos convienen? Al actuar así, Galileo parecía demostrar<br />
demasiada desenvoltura, una conanza en sí mismo que era percibida por muchos<br />
como jactancia. Al n y al cabo, no podía calcular el efecto de esos rozamientos<br />
y por tanto no podía demostrar que eran los responsables de los desacuerdos con<br />
su teoría. Y sin embargo, en el caso de la física aristotélica se atrevía a juzgar los<br />
desajustes como demasiado graves para poder ser achacados a los embalajes&#8230;<br />
La vana presunción de entenderlo todo<br />
Con lo que hemos visto hasta aquí no es extraño que los aristotélicos, que constitu<br />
ían el establishment académico, estuvieran irritados con Galileo. Pero a él no<br />
le importaba demasiado porque la falta de aprecio era mutua. En su opinión, los<br />
profesores que había conocido en la universidad manejaban explicaciones que no<br />
eran más que palabrería, pero su propia fatuidad y su alejamiento de los problemas<br />
prácticos les impedían reconocer su ignorancia:<br />
La simpatía, la antipatía, las propiedades ocultas, las inuencias,<br />
y otros muchos términos son empleados por algunos lósofos para<br />
enmascarar lo que sería su auténtica respuesta:  no lo sé, respuesta<br />
134 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
mucho más aceptable que las otras por cuanto una franca sinceridad es<br />
más bella que una engañosa simulación.<br />
Tenía motivos para pensar así. En su época, el aristotelismo había perdido el<br />
dinamismo original, y se había fosilizado en una escolástica más interesada en debatir<br />
los puntos oscuros de la doctrina de El Filósofo que en estudiar la realidad de las<br />
cosas. Una rechazo similar al de Galileo fue compartido por Francis Bacon y por<br />
Descartes y les impulsó a formular losofías que le sustituyeran.<br />
Pero el inconformismo de Galileo era diferente. Siendo hijo de un músico (todav<br />
ía se conservan obras de su padre, Vincenzo Galilei) había admirado desde muy<br />
pequeño el virtuosismo, y estaba muy lejos de despreciar, como era costumbre, a<br />
los trabajadores manuales (vil mecánico era por entonces un insulto). Le interesaban<br />
los problemas de la ingeniería, y había realizado trabajos para los astilleros de<br />
Venecia cuando era un joven profesor en Padua. Allí simpatizó con los artesanos que<br />
conoció en los talleres. Era gente que dominaba su ocio, que sabía hacer cosas bien<br />
hechas, cosas que funcionaban: algo de lo que eran incapaces sus profesores. Había<br />
aprendido además por experiencia lo difícil que es resolver bien cualquier problema<br />
técnico, y cómo ni siquiera cuando las cosas funcionan sabemos muchas veces por<br />
qué. ¾Cómo pretender entonces construir un sistema losóco que explicara como<br />
funciona todo? Probablemente habría dirigido a los ambiciosos Bacon y Descartes<br />
la misma crítica que a los aristotélicos:<br />
No hay en la naturaleza efecto alguno, por mínimo que sea, cuya<br />
perfecta comprensión esté al alcance de ni siquiera las mentes más<br />
dotadas. Esta vana presunción de entenderlo todo no puede deberse<br />
sino al hecho de no haber entendido nunca nada, dado que si alguien<br />
hubiera llegado al menos una vez a comprender algo perfectamente y<br />
hubiera sabido verdaderamente cómo se adquiere el conocimiento, sería<br />
consciente de que nada sabe acerca de la innidad de las restantes<br />
verdades.<br />
No hay que pensar, sin embargo, que la actitud de Galileo fuera primariamente<br />
antilosóca. No despreciaba a los aristotélicos porque intentaran entender el mundo,<br />
sino porque pretendían haberlo entendido ya. Buscaba también un conocimiento<br />
seguro, pero sabía por experiencia que la naturaleza es demasiado complicada, y que<br />
era prematuro aspirar a una losofía natural cierta, y menos aún que lo abarcara<br />
todo. Había que ser más modestos. Galileo llegó de este modo a la idea de que la<br />
ciencia no podía ser un conjunto de conclusiones que formaran una doctrina cerrada,<br />
sino un método.<br />
7.3. Un nuevo concepto de ciencia<br />
¾Cuál podía ser ese método apropiado para el estudio de la naturaleza? Decíamos<br />
antes que Galileo demostraba una gran conanza en sí mismo al disculpar el desacuerdo<br />
entre sus predicciones y los experimentos. Pero se trataba más bien de una<br />
gran conanza en que la naturaleza obedecía a leyes como las que él proponía. Es<br />
7.3 Un nuevo concepto de ciencia 135<br />
decir, en que la naturaleza tenía una estructura objetiva inteligible y que ésta era<br />
de carácter matemático. Por eso unos resultados irregulares en un experimento, o el<br />
hecho de que dos pesos cayeran casi a la vez era seguramente el efecto de factores<br />
no controlados, de embalajes no descontados que embarullaban la sencillez real<br />
subyacente. Es una vez más el platonismo: una fe similar a la de Kepler, que creía<br />
estar accediendo a la mente de Dios al estudiar las armonías de los planetas; sólo<br />
que esa misma armonía se daba para Galileo también en el mundo sublunar. Hay<br />
un célebre pasaje en el que explica esta fe con sus propias palabras:<br />
La losofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está<br />
abierto ante nuestros ojos (me reero al universo), pero no puede<br />
entenderse si antes no se procura entender su lengua y conocer los<br />
caracteres en los cuales está escrito. Este libro está escrito en lengua<br />
matemática, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras guras<br />
geométricas, sin las cuales es totalmente imposible entender<br />
humanamente una palabra, y sin las cuales nos agitamos vanamente en<br />
un oscuro laberinto.<br />
Que el libro del universo esté escrito en lenguaje matemático tiene una importancia<br />
trascendental, porque, en contraste con nuestra comprensión de los fenómenos<br />
naturales, que es incompleta e insegura, en las matemáticas podemos alcanzar un<br />
conocimiento completo y seguro:<br />
El intelecto humano entiende perfectamente algunas proposiciones con<br />
una certeza tan absoluta como pueda haberla en la propia naturaleza;<br />
tal cosa sucede únicamente en las ciencias matemáticas -esto es, la<br />
geometría y la aritmética-, en las cuales el intelecto divino conoce<br />
innitamente más proposiciones que nosotros, dado que las conoce<br />
todas. Ahora bien, por lo que respecta a aquellas pocas que el intelecto<br />
humano comprende, creo que su conocimiento iguala al divino en lo que<br />
a certeza objetiva se reere, desde el momento en que logra comprender<br />
su necesidad, por encima de la cual no cabe mayor certeza.<br />
Si el universo está escrito en lenguaje matemático y en las matemáticas la comprensi<br />
ón completa está a nuestro alcance, está claro el camino. Para conocer la naturaleza<br />
de la manera más cierta posible deberemos estudiar esa estructura matemática<br />
subyacente, que no es accesible a nuestros sentidos pero sobre la cual podemos re-<br />
exionar con certeza. Galileo nos está proponiendo, en denitiva, que para entender<br />
el mundo físico debemos bajar al mundo de las matemáticas.<br />
El método de Galileo<br />
Galileo parte de que la estructura objetiva del mundo está enterrada en el subsuelo<br />
matemático y es por eso inaccesible a la observación directa. Se distancia así<br />
claramente de Bacon y sus seguidores. Para ellos, la clave para alcanzar el verdadero<br />
conocimiento es una observación prolongada, rigurosa e imparcial del mayor número<br />
136 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
posible de hechos. Estudiando sus correlaciones se encontrarían, por inducción, las<br />
leyes de la naturaleza.<br />
Pero la postura de Galileo tampoco signica que ese conocimiento sea accesible<br />
a la razón pura. La razón nos proporciona la certeza de que, dados unos axiomas,<br />
se siguen inevitablemente unas consecuencias. Pero, ¾cómo tener la certeza de que<br />
se cumplen de hecho esos axiomas? Este enfoque racionalista fue seguido con entusiasmo<br />
por Descartes, que fundó una física alternativa a la de Aristóteles sobre la<br />
base de axiomas que consideraba evidentes. Sin embargo, su intento, que cautivó a<br />
las mejores mentes de Europa durante casi un siglo, fue en denitiva un fracaso: a<br />
la postre, los axiomas resultaron estar equivocados.<br />
En denitiva, ni la observación directa ni la razón pura pueden proporcionar<br />
verdadero conocimiento. Pero una combinación adecuada de observación y de razón<br />
sí puede hacerlo, aunque de una manera mucho más modesta y laboriosa que como<br />
pretendían las grandes síntesis de Bacon y Descartes.<br />
El punto de partida será una simple conjetura. No tenemos otra opción, ya que<br />
no podemos observar esa estructura objetiva del mundo que andamos buscando.<br />
Pero además, no trabajaremos con el fenómeno real en toda su complejidad, sino<br />
que abstraeremos los rasgos que nos parecen esenciales, para denir así un modelo<br />
hipotético: una especie de croquis matemático sobre el cual podemos razonar con<br />
esa certeza objetiva en la que nuestro conocimiento iguala al divino (gura 7.1).<br />
Las conclusiones de ese razonamiento nos llevarán a hacer ciertas predicciones sobre<br />
lo que debería ocurrir en determinadas circunstancias concretas. Y esas predicciones<br />
podemos ponerlas a prueba en un experimento.<br />
MetodoGalileo.pdf<br />
“Mundo real”<br />
Fenómeno real Experimento<br />
Abstracción<br />
( selección de lo esencial)<br />
Concreción (diseño<br />
de un experimento)<br />
Consecuencias:<br />
) p )<br />
Razonamiento matemático<br />
Modelo hipotético predicción<br />
“Mundo de las matemáticas”<br />
Figura 7.1: El método de Galileo: del fenómeno real al experimento.<br />
Al lector sin duda le resulta familiar este esquema: ½es extraordinariamente parecido<br />
a lo que habíamos llamado el método de Tales ! (gura 1.3). Es cierto, pero hay<br />
una diferencia fundamental. Lo que antes era un método para resolver un problema<br />
concreto, como medir la altura de una pirámide o construir un túnel bajo un<br />
monte, es para Galileo algo de mucha más trascendencia: es el método para conocer<br />
la naturaleza.<br />
7.4 La caída de los cuerpos 137<br />
Cuando recorríamos el diagrama de Tales, nuestro objetivo era simplemente llegar<br />
al nal (a la casilla solución del problema). Cuando recorremos el diagrama de<br />
Galileo, no lo hacemos para llegar a la casilla nal (que aquí es la de experimento)<br />
sino como una manera de vericar nuestro modelo. Y para hacerlo, tenemos que<br />
recorrerlo varias veces. Por eso el esquema de Galileo, a diferencia del de Tales, es<br />
dinámico: si el experimento está en desacuerdo con la predicción más allá de lo disculpable<br />
por errores en las medidas o por el efecto de los embalajes, tendremos que<br />
rechazar el modelo (lo habremos falsado, por decirlo con la palabra que introdujo<br />
Popper siglos después, pg. 99). Habrá que modicarlo o sustituirlo por otro nuevo<br />
y repetir el proceso (gura 7.2).<br />
Si el experimento da un resultado acorde con la predicción, habremos conrmado<br />
el modelo, pero sólo de modo provisional, pues no tenemos garantía de que un<br />
nuevo experimento (en relación a esta predicción o a otra) vaya a tener también un<br />
resultado favorable.<br />
Este método es el de la ciencia moderna, y por eso podemos decir con justicia<br />
que Galileo fue el primer cientíco moderno.<br />
MetodoGalileo2.pdf<br />
Modelo confirmado<br />
Sí (provisionalmente)<br />
¿Predicción<br />
Experimento correcta?<br />
No Modelo falsado<br />
Reformar modelo<br />
Figura 7.2: El método de Galileo: contrastando el resultado del experimento con la teoría.<br />
Pero antes de entrar en más detalles sobre este método, vamos a verlo en acción<br />
aplicado al problema de la caída de los cuerpos.<br />
7.4. La caída de los cuerpos<br />
Ya dijimos que Galileo estaba convencido de que todos los cuerpos caen a la<br />
misma velocidad, con independencia de cual sea su naturaleza o su tamaño. Esta<br />
hipótesis es un primer modelo embrionario que luego se iría completando, pero ¾cómo<br />
llegó a esta convicción?<br />
Siendo estudiante, había observado que en una tormenta caían a la vez granos<br />
de granizo de tamaños muy diferentes. Pensó que si fuera cierta la teoría aristotélica<br />
que le habían enseñado, y las velocidades fueran proporcionales a los tamaños, lo<br />
lógico sería que llegaran al suelo primero los granos gordos y nalmente más los<br />
138 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
pequeños. Esta aparente contradicción fue madurando en su mente, y años después<br />
concibió el siguiente razonamiento, que le convenció de que la velocidad de caída no<br />
puede depender del tamaño.<br />
Experimentos mentales<br />
Supongamos una gran piedra que cae a una velocidad v. Supongamos ahora<br />
otra piedra idéntica pero que ha sido cortada en dos mitades. Según Aristóteles,<br />
ambas caerían con una velocidad igual a la mitad de v (gura 7.3 (a)). Pero esto<br />
parece absurdo, porque signicaría que las partes caen más despacio que el todo.<br />
¾Tendríamos que suponer que se duplicaría la velocidad de caída por añadir unas<br />
gotas de pegamento que unieran las dos mitades?<br />
v/2 v/2<br />
v v<br />
vc<br />
(a) (b)<br />
c<br />
Figura 7.3: Dos experimentos mentales de Galileo para probar que la velocidad de caída es<br />
independiente del tamaño.<br />
Si esto no resulta sucientemente convincente, podemos verlo de otra manera.<br />
Supongamos ahora dos balas de cañón, una grande y otra pequeña. Según Aristóteles,<br />
la grande tiene una velocidad natural de caída (v) mayor que la pequeña. Entonces,<br />
si las unimos con una cuerda, la pequeña seguirá a la grande en su caída,<br />
pero actuando a modo de paracaídas, ya que su velocidad natural es menor (gura<br />
7.3 (b)). Por tanto, la velocidad de caída del conjunto, vc, será menor que la que<br />
tendría la bala grande cayendo sola: vc  v.<br />
En resumen, Galileo no necesitó subirse a la Torre de Pisa para convencerse de<br />
que todos los objetos caen a la vez, con independencia de su tamaño. En cierto<br />
modo realizó experimentos con piedras y con balas de cañón, pero los realizó en su<br />
imaginación: fueron experimentos mentales, un tipo de razonamiento que ha sido<br />
sumamente importante en la ciencia (y en la losofía) y en el que Einstein, por<br />
ejemplo, era un maestro.<br />
Ahora bien, si la velocidad no depende de la masa, ¾de qué depende? Ahora ya<br />
deberíamos hacer experimentos reales, pero la caída libre era demasiado rápida para<br />
poder medirla con los relojes de la época.<br />
7.4 La caída de los cuerpos 139<br />
Diluyendo el movimiento<br />
En este punto, Galileo tuvo una idea brillante: si el movimiento de caída libre<br />
es demasiado rápido para poder estudiarlo, podemos diluirlo usando un plano inclinado.<br />
En un plano horizontal, el suelo contrarresta por completo la gravedad, y<br />
una bolita depositada sobre él no se mueve. Si inclinamos el plano, la gravedad se<br />
contrarresta sólo parcialmente, y la bola cae sucientemente despacio para que<br />
podamos verla bien y tomar medidas. La caída libre podemos considerarla como un<br />
caso particular, cuando el plano inclinado es vertical.<br />
Ya podemos hacer experimentos, pero Galileo no se lanzó a hacerlos sin una<br />
teoría previa. De acuerdo con su método, el papel del experimento es conrmar<br />
o desmentir el modelo que previamente se ha conjeturado. Y a la hora de hacer<br />
conjeturas, lo más natural es empezar por la hipótesis más sencilla.<br />
En nuestro caso, parece claro que la velocidad de la bola aumenta según va<br />
cayendo. La hipótesis más sencilla es que, ya que la velocidad no es constante,<br />
sea constante el aumento de la velocidad. Es decir, que se trate de un movimiento<br />
uniformemente variado. Pero ésto podemos entenderlo de dos maneras: que el aumento<br />
de la velocidad sea constante para tiempos iguales o para espacios iguales.<br />
En el primer caso, la velocidad sería proporcional al tiempo (lo escribiremos como<br />
v = at, siendo a una constante); en el segundo sería proporcional al espacio recorrido<br />
(es decir, v = bs siendo b otra constante).<br />
Debería ser el experimento el que distinguiera entre estas dos posibilidades, pero<br />
no era tan sencillo: ni siquiera con un plano inclinado podemos medir directamente<br />
las velocidades. Sólo podemos medir los tiempos que va tardando la bola en recorrer<br />
sucesivas distancias (por ejemplo, en ir rebasando distintas marcas sobre el plano).<br />
Es decir, lo que podemos medir es la relación entre el espacio (s) y el tiempo (t).<br />
¾Cuál debería ser esa relación?<br />
v<br />
vo<br />
v v<br />
o<br />
to t t t<br />
(a) (b) (c)<br />
Figura 7.4: Grácas de velocidad frente al tiempo para (a) un movimiento uniforme (es decir,<br />
con velocidad constante), (b) un movimiento en el que hay tres tramos de velocidad constante, y<br />
(c) un movimiento uniformemente acelerado.<br />
Si la velocidad es constante, el espacio es el producto de la velocidad por el<br />
tiempo: s = vt. Como aquí la velocidad va cambiando, la cosa no es tan sencilla,<br />
140 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
pero podemos intentar resolver el problema grácamente. Vamos a dibujar en el eje<br />
horizontal el tiempo y en el vertical la velocidad. La gráca de un movimiento en el<br />
que se ha mantenido una velocidad constante v0 durante un tiempo t0 es la gura<br />
7.4 (a). El espacio recorrido es s0 = v0t0, y eso es justamente el área del rectángulo<br />
denido por la gráca. Si ahora consideramos un movimiento más complejo en el<br />
que la velocidad va tomando valores constantes a lo largo de sucesivos intervalos<br />
de tiempo, como en 7.4 (b), el espacio recorrido es la suma de las áreas de los<br />
sucesivos rectángulos; es decir, el área bajo la línea que representa v. Si repetimos<br />
este razonamiento para movimientos en los que el número de tramos es cada vez<br />
mayor, nos convenceremos de que en un movimiento como el de la gura 7.4 (c) (es<br />
decir, un movimiento en el que la velocidad es proporcional al tiempo) el espacio es<br />
el área bajo la recta. Ese área es base  altura=2, y por tanto, s = tv=2, pero como<br />
v = at, llegamos a que<br />
s =<br />
at2<br />
2<br />
Es decir, el espacio recorrido es proporcional al cuadrado del tiempo. Esta es la<br />
relación entre espacio y tiempo que Galileo encontró en sus medidas con planos<br />
inclinados, demostrando así que la velocidad es proporcional al tiempo. Hoy llamamos<br />
aceleración a la constante de proporcionalidad a, y decimos que se trata de<br />
un movimiento uniformemente acelerado (la aceleración representa el incremento de<br />
velocidad que se produce por cada unidad de tiempo, y se mide por eso en (m=s)=s,<br />
es decir, en m=s2).<br />
Pero habíamos considerado también otra posibilidad sencilla: que la velocidad<br />
fuera proporcional al espacio. Se puede demostrar que en este caso el espacio recorrido,<br />
en vez de aumentar cuadráticamente con el tiempo, lo haría exponencialmente<br />
(es decir, según una progresión geométrica). Parece pues que el experimento decidió<br />
inequívocamente a favor de la hipótesis v = at y en contra de la hipótesis alternativa<br />
v = bs. Sin embargo, como de costumbre, las cosas no fueron tan sencillas.<br />
La demostración de que una velocidad proporcional al espacio lleva a que s crezca<br />
exponencialmente con t es sencilla utilizando el cálculo integral que unos años más<br />
tarde descubriría Newton. Pero Galileo no disponía de esta herramienta matemática,<br />
y pensó durante bastante tiempo que una velocidad proporcional al espacio daría<br />
precisamente el resultado que él había observado (s = at2=2). De este modo, los resultados<br />
correctos de sus experimentos le llevaron a sostener durante bastantes años<br />
el modelo equivocado. En el esquema de la gura 7.1, lo que fallaba era el paso de<br />
razonamiento/cálculo que va del modelo hipotético a la predicción. En su Diálogo<br />
sobre dos nuevas ciencias, escrito al nal de su vida, dio por n el razonamiento<br />
correcto que hemos expuesto aquí.<br />
Una vez aclarados los malentendidos matemáticos, Galileo podía estar seguro<br />
de que en su plano inclinado la velocidad era proporcional al tiempo; es decir, de<br />
que v = at. Pero ¾cómo podía estar seguro de que esa ley seguía valiendo cuando<br />
no había plano, es decir, para la caída libre? En realidad, Galileo no se limitó a<br />
hacer medidas para una sola inclinación del plano, sino que observó que al aumentar<br />
gradualmente la inclinación seguía cumpliéndose que v = at, aunque con un valor<br />
de a cada vez mayor. Conaba entonces que en el caso de plano vertical también se<br />
cumpliría la misma ley, con un valor límite de aceleración que sería el de la caída<br />
7.4 La caída de los cuerpos 141<br />
libre. Ese valor límite es el que hoy solemos llamar g, y tiene un valor de g = 9:81<br />
m=s2: cada segundo, la velocidad aumenta casi 10 m=s (36 km=h). Es un valor muy<br />
grande y Galileo no pudo medirlo: sus planos estaban demasiado poco inclinados<br />
para poder hacer esa extrapolación cuantitativamente.<br />
Una cuestión de prioridades<br />
Es interesante que el razonamiento correcto que hemos expuesto en la gura 7.4<br />
no fue descubierto por Galileo sino mucho antes: había sido ya usado por Nicolás<br />
de Oresme en el siglo XIV al demostrar el llamado teorema de la velocidad media , y<br />
su descubrimiento se debe probablemente a la escuela de los calculatores de Oxford<br />
(W. Heytesbury, R. Swineshead y J. de Dumbleton).<br />
Los estudios de estos autores eran puramente teóricos. Aunque especularon sobre<br />
el movimiento uniformemente acelerado, no se plantearon que el movimiento de caída<br />
libre fuera de ese tipo. Pero sí lo hizo el dominico español Domingo de Soto, que, en<br />
un libro publicado en Salamanca en 1551, daba la ecuación correcta de la caída libre<br />
más de cincuenta años antes de que lo hiciera Galileo. Entra dentro de lo posible que<br />
al italiano le llegaran noticias de la obra del español, pues se sabe que fue enseñada<br />
en el Colegio Romano de los jesuitas, y que este conocimiento contribuyera a sacarle<br />
de su error inicial.<br />
La prioridad de Soto en el descubrimiento de la ley de la caída de los cuerpos<br />
no le quita sin embargo ningún mérito a Galileo. Lo importante de su trabajo, más<br />
que el resultado nal, fue el método experimental que siguió para establecerlo y las<br />
consecuencias de largo alcance que, como veremos enseguida, extrajo para la física.<br />
La de Soto fue una intuición genial pero sin consecuencias, un poco a la manera de<br />
la audaz incursión de Erik el Rojo en Groenlandia en el siglo X, a pesar de la cual<br />
seguimos diciendo, y con razón, que fue Colón quien descubrió América.<br />
El método revisitado<br />
Ahora que hemos visto a nuestro cientíco en acción, podemos volver a su método<br />
para apreciar el contraste con otros enfoques. Al estudiar la caída de los cuerpos,<br />
Galileo empieza con una conjetura (le velocidad no depende de la masa) a la que no<br />
ha llegado mediante muchas observaciones sistemáticas, como le gustaría a Bacon,<br />
sino con una sola: la de los granos de granizo en una tormenta. Tras esta inspiración,<br />
no se precipita. Da vueltas al asunto durante años, en los que imagina experimentos<br />
mentales que, desde diversos ángulos, le ratican en su convencimiento hasta el<br />
punto de que no se molesta en vericarlo con experimentos reales. No pierde el<br />
tiempo subiendo a la Torre de Pisa y en su lugar empieza a pensar en un modelo un<br />
poco más elaborado: el del movimiento uniformemente variado.<br />
Si antes recalcábamos la diferencia con un empirista como Bacon, ahora vemos<br />
el contraste con un racionalista como Descartes. En este punto, el racionalista propondr<br />
ía unos axiomas del movimiento, lo que en principio no parece muy diferente<br />
de proponer un modelo como hace Galileo. Pero hay una diferencia crucial: mientras<br />
que para un racionalista como Descartes los axiomas son los cimientos sobre los<br />
que va a construir todo su edicio, y debe por eso elegirlos con extremo cuidado,<br />
142 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
para Galileo el modelo es sólo una estructura provisional, y puede permitirse una<br />
libertad mucho mayor. En realidad, más allá de la idea de sentido común de buscar<br />
la sencillez y hacer abstracción de todo lo irrelevante, no hay reglas para establecer<br />
el modelo. Por eso para Galileo no es demasiado grave empezar suponiendo que la<br />
velocidad es proporcional al tiempo (correctamente) o al espacio (incorrectamente).<br />
Las consecuencias no van a ser irreversibles.<br />
Esta libertad, que da exibilidad al método en su primera etapa, viene contrapesada<br />
por el sometimiento al veredicto de la observación en la última. Pero a diferencia<br />
de la observación presuntamente imparcial que prescribían los baconianos, es una<br />
observación guiada por la teoría: se trata de ver si se cumplen o no sus predicciones.<br />
Por eso Galileo construye un dispositivo muy concreto, el plano inclinado, en el<br />
que va a esforzarse por vericar una predicción también muy concreta: que el espacio<br />
recorrido es proporcional al cuadrado del tiempo. Sus observaciones se encaminan<br />
exactamente a eso, y no a los otros miles de cosas a las que podrían encaminarse en<br />
relación con la caída de los cuerpos.<br />
Este punto es fundamental: si la ciencia es objetiva no es porque parta de una<br />
observación desprejuiciada e imparcial de la naturaleza. Tal cosa es seguramente<br />
imposible, pues siempre tenemos una teoría en mente, aún cuando no la hayamos<br />
formulado de modo explícito, y las teorías, como vimos en la pg. 52, guían siempre<br />
nuestra atención y nuestras valoraciones. La objetividad de la ciencia no le viene<br />
dada por la primera etapa sino por la última: porque el juez último que decide la<br />
validez o no de la teoría es la naturaleza, cuando se pronuncia en el experimento.<br />
Hemos hablado de la primera etapa el método (formulación de un modelo) y de<br />
la segunda (experimento) ¾Y para qué sirve la segunda etapa? Como mínimo, para<br />
lo que ya servía en el método de Tales que vimos en el primer capítulo: para poner a<br />
nuestro servicio, a la hora de extraer las consecuencias del modelo, la infraestructura<br />
de transportes de las matemáticas; ese tren subterráneo que nos permite viajar muy<br />
lejos con seguridad y rapidez gracias a los túneles que otros (Apolonio, Leibinz o<br />
Newton) han excavado para nosotros&#8230; aunque Galileo no pudo montarse en el tren<br />
del Cálculo Diferencial: esa línea no estaba todavía construida.<br />
La abilidad y ecacia que ganamos circulando por el subsuelo matemático son<br />
las que explican la pasión cuanticadora de los cientícos de la que hablábamos<br />
en el capítulo 1. Porque si las matemáticas son un tren, la medida es la moneda con<br />
la que pagamos el billete, pues en este tren sólo se permite viajar a las magnitudes,<br />
no a las cosas del mundo real como las pirámides o las sombras. Podemos ahora<br />
entender mejor lo que quería decir Lord Kelvin cuando armaba que cuando no<br />
podemos medir, nuestro conocimiento tiene un carácter pobre y poco satisfactorio:<br />
si no podemos medir, tenemos que viajar a pie, y seguramente no llegaremos tan<br />
lejos como en el metro.<br />
Hay que señalar, dicho sea de paso, que salvo en los casos más sencillos hacer<br />
una medida ya supone bajar al mundo de las matemáticas (por algo era análoga la<br />
gura 1.3 del método de Tales a la gura 7.1). Lo que signica que a veces tenemos<br />
que viajar en metro para para conseguir el dinero del billete&#8230;<br />
Pero no hay que olvidar que, en la opinión de Galileo, la importancia de esta<br />
modelización matemática radica en algo más. Si la esencia de la naturaleza es<br />
matemática, en ese subsuelo es donde reside el verdadero conocimiento, y al razonar<br />
7.5 La inercia 143<br />
y calcular con nuestro modelo es cuando más cerca estamos de esa esencia. Sólo por<br />
esa convicción merece la pena el duro trabajo de recorrer una y otra vez el camino<br />
del modelo al experimento.<br />
7.5. La inercia<br />
Pero tenemos que volver a la física y a los problemas del heliocentrismo. Para<br />
hacer verosímil el movimiento de la Tierra hacía falta llegar al concepto de inercia;<br />
es decir, a la idea de que un objeto no necesita que actúe ninguna fuerza sobre él<br />
para permanecer en movimiento. De este modo, cuando lanzamos un proyectil verticalmente<br />
hacia arriba desde una Tierra en movimiento, lleva consigo la velocidad<br />
de la Tierra, y no se queda atrás al volver a caer, del mismo modo que si lanzamos<br />
una moneda al aire en el interior de un tren vuelve a caer en nuestra mano y no en<br />
el asiento de atrás.<br />
El concepto de inercia es totalmente opuesto a la dinámica de Aristóteles: como<br />
vimos en la sección 4.3, ésta se basa en que para que haya movimiento tiene que<br />
estar actuando un motor. Mientras la moneda está en nuestra mano, la estamos<br />
arrastrando, pero en cuanto está en el aire, no hay un motor que la impulse hacia<br />
delante y debería por tanto quedarse atrás.<br />
El arte de extrapolar<br />
Galileo llegó a la idea de inercia mediante una extrapolación de sus resultados<br />
con los planos inclinados; una extrapolación muy característica de su manera de<br />
razonar. Había concebido el plano inclinado como una manera de diluir la caída<br />
libre para hacerla medible. Ahora bien, esa dilución de la caída, ¾no afectaría a la<br />
velocidad nal que alcanzaba el cuerpo? Galileo pensaba que no; es decir, que varias<br />
bolas que caen desde una misma altura pero por planos con distintas inclinaciones<br />
llegan al suelo con la misma velocidad. Pero este era un punto importante que había<br />
que conrmar.<br />
¾Cómo demostrar esto si no tenía manera de medir la velocidad de la bola? En<br />
realidad no hacía falta medirla: bastaba tan sólo con demostrar que no dependía<br />
de la inclinación del plano por el que caía. Galileo razonó que eso podía vericarse<br />
poniendo otro plano inclinado de subida a continuación: si la bola llegaba siempre a<br />
la misma altura, es que había alcanzado en su descenso siempre la misma velocidad<br />
(gura 7.5 (a)). El experimento demostró que las bolas alcanzaban aproximadamente<br />
la misma altura, y, como era de esperar, Galileo vio en el aproximadamente el<br />
efecto de los embalajes (el rozamiento) y dijo con aplomo que su hipótesis quedaba<br />
demostrada. Observó también que la altura que se alcanzaba era casi la inicial, desde<br />
la que había comenzado la caída: estaba vislumbrando la conservación de la energía,<br />
pero no llegó a formularla.<br />
Le llamó más la atención otra cosa. Si en vez de variar la inclinación del plano<br />
de bajada variamos la inclinación del plano de subida, razonó, deberíamos tener el<br />
mismo resultado: la bola subirá siempre hasta la misma altura. Pero esa misma altura<br />
supone un recorrido horizontal mayor cuanto menos inclinado está el plano (gura<br />
144 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
p’ p1 p2 p3<br />
α α2 α3<br />
p α1<br />
h<br />
(a)<br />
p’3<br />
p’2 p’1 p<br />
α1<br />
α3 α2 h<br />
(b)<br />
Figura 7.5: (a) Una bola dejada caer desde una misma altura por planos inclinados con distintas<br />
inclinaciones (1, 2, 3) llega hasta un mismo punto p0, aproximadamente a la misma altura h<br />
que los puntos p1, p2, p3 desde los que fue lanzada. (b) Inversamente, una bola sube por </p>
<p>distintos<br />
planos inclinados hasta puntos p01, p02 situados a la misma altura que el punto p desde el que </p>
<p>fue<br />
soltada.<br />
7.5 (b)). En el caso límite en el que la pendiente del plano de subida tiende a cero,<br />
el recorrido horizontal de la bola tiende a innito; es decir, ½en un plano horizontal<br />
la bola que tiene una cierta velocidad inicial no se para nunca! Esta es justamente<br />
la idea de inercia, la idea decisiva para desbaratar el principal argumento contra el<br />
movimiento de la Tierra, y para asestar un golpe de gracia a la física de Aristóteles,<br />
puesto que esa bola lanzada por el plano horizontal se mantiene indenidamente en<br />
movimiento sin necesidad de la acción continua de ningún motor.<br />
El truco del péndulo<br />
El razonamiento que acabamos de hacer es ingenioso, sencillo y elegante, pero<br />
tiene truco: si uno hace realmetne el experimento, no sale. La razón es que cuando la<br />
bola pasa del plano de bajada al plano de subida, sufre un brusco cambio de direcci<br />
ón. Es un pequeño choque que la frena, y si las pendientes de subida o bajada son<br />
grandes, el efecto es importante. Galileo, naturalmente, lo sabía, pero consideraba<br />
que era uno de esos obstáculos materiales que había que descontar, y supo hacerlo<br />
con una analogía ingeniosa.<br />
En realidad, razonó, cuando la bola baja por un plano y sube por otro, su<br />
movimiento es muy similar al que tendría en un péndulo, sólo que en éste en lugar de<br />
describir dos segmentos recorre un único arco de circunferencia, sin discontinuidades<br />
que la frenen, y, además, con mucho menos rozamiento. Galileo simuló el experimento<br />
de la gura 7.5 (b) con un péndulo en el que había puesto un clavo que doblaba<br />
el hilo cuando la bola empezaba a ascender. De este modo el péndulo se hacía más<br />
7.5 La inercia 145<br />
corto, lo que equivalía a un ascenso más pendiente. Pero la bola subía siempre a la<br />
misma altura, para cualquier posición del clavo (gura 7.6).<br />
Figura 7.6: Figura de Galileo en Diálogos sobre dos nuevas ciencias mostrando el efecto de<br />
poner clavos en los puntos E y F: cuando se suelta desde C, el péndulo sube hasta los puntos G </p>
<p>e I,<br />
respectivamente, que están a la misma altura que el punto D que se alcanza cuando no hay clavo.<br />
Si el péndulo era más conveniente que el plano inclinado, ¾por qué no lo usó<br />
Galileo en su estudio anterior? Por dos razones: primero, porque haría falta un péndulo<br />
enormemente largo para que el descenso fuera tan lento que lo pudiera medir.<br />
Y segundo, porque en un péndulo la pendiente de descenso no es constante como en<br />
un plano inclinado, sino que va variando constantemente, y eso hacía imposible el<br />
análisis matemático. Galileo sabía muy bien lo que hacía.<br />
Un improbable estilo de pensamiento<br />
En todo el proceso que sigue Galileo, desde su intuición inicial ante el granizo de<br />
una tormenta de verano hasta formular muchos años después la ley de la caída libre<br />
y el principio de inercia tenemos un ejemplo magníco de su estilo de pensamiento.<br />
Nunca podría haber llegado a estos resultados sólo mediante el experimento, porque<br />
los planos reales y las bolas reales tienen rozamiento y se paran. Galileo hace experimentos,<br />
pero van precedidos de una teoría (su hipótesis sobre el movimiento<br />
uniformemente acelerado) y no se queda en los meros resultados experimentales.<br />
Se permite extrapolarlos y complementados con experimentos mentales cuando lo<br />
considera necesario. Utiliza analogías entre distintas situaciones (péndulo  plano<br />
inclinado) sacando el mejor partido de cada una. Y, sobre todo, razona sobre un<br />
modelo idealizado en el que no hay obstáculos materiales como los rozamientos, e<br />
interpreta siempre los experimentos en referencia a ese modelo ideal.<br />
Lo que hacía falta para fundar la nueva física no era abandonar el dogmatismo<br />
aristotélico ni empezar a observar los hechos, como se dice a menudo en los libros<br />
de divulgación. Lo que hizo Galileo fue algo mucho más complejo: alumbrar una<br />
nueva manera de pensar en la que había una relación dialéctica, de ida y vuelta,<br />
entre las observaciones y la abstracción. La cuestión la expuso inmejorablemente H.<br />
Buttereld:<br />
La ley moderna de inercia [...] requería una transposición en la propia<br />
mente del hombre de ciencia; porque, de hecho, no nos es posible<br />
146 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
observar objetos siguiendo su trayectoria rectilínea en esa clase de<br />
espacio vacío que Aristóteles decía que no podía existir, ni siguiendo su<br />
camino hasta ese innito del que también se decía que no era posible<br />
que existiera; y en la vida real no disponemos de bolas perfectamente<br />
esféricas que se muevan en planos perfectamente lisos y horizontales.<br />
La transposición de que habla Buttereld consiste en discutir no de cuerpos<br />
reales tal y como los vemos en el mundo perceptible, sino de cuerpos geométricos que<br />
se movían en un mundo en el que no había resistencias ni gravedad; que se movían en<br />
el vacío innito del espacio euclidiano que Aristóteles consideraba imposible. Esta es<br />
la manera de pensar de la ciencia moderna: una peculiar combinación de abstracción<br />
matemática y de atención a los hechos en bruto. Un estilo de pensamiento tan<br />
improbable que hasta Galileo apenas tuvo precedentes.<br />
La relatividad de Galileo<br />
El principio de inercia eliminaba alguna de las objecciones más evidentes contra<br />
el movimiento de la Tierra, pero no era todavía un argumento decisivo. Lo que hacía<br />
falta era justicar cómo es posible que la Tierra pueda estar en movimiento si no<br />
notamos ningún efecto.<br />
Los antiguos griegos tenían claro que las observaciones astronómicas no podían<br />
decirnos si la Tierra se mueve o no (por eso, un sistema heliocéntrico como el de<br />
Aristarco podía predecir las mismas posiciones para los planetas y las estrellas que<br />
uno geocéntrico). Esta imposibilidad es lo que se ha llamado principio óptico de<br />
relatividad : un cambio en la posición de una estrella (E) vista desde la Tierra (T)<br />
puede explicarse igual de bien por el movimiento de E que por el de T. Es una<br />
cuestión puramente geométrica.<br />
Sin embargo, era en principio posible que otro tipo de observaciones, no de tipo<br />
geométrico sino físico, sí permitieran detectar el movimiento de la Tierra. Esa era la<br />
creencia común, formalizada en la física de Aristóteles, y en ella se basaban todas las<br />
pruebas de la inmovilidad de la Tierra: como el alcance de un cañón era el mismo<br />
hacia el este que hacia el oeste y como los pájaros o las nubes no se quedaban<br />
retrasados por el presunto rápido movimiento circular de la Tierra, tal movimiento<br />
sin duda no existía.<br />
Lo que Galileo armaba era que esas pruebas no eran válidas porque ningún experimento<br />
de tipo mecánico realizado sobre la Tierra podría detectar su movimiento:<br />
las balas de cañón, los pájaros o las nubes se comportarían igual en una Tierra<br />
inmóvil que en una en rotación uniforme. Esta tesis es el principio mecánico de<br />
relatividad.<br />
El principio de inercia es un paso decisivo para llegar a esta idea, pero este<br />
principio de relatividad va más allá. Puede que la piedra que se suelta desde lo<br />
alto de una torre caiga a los pies de ésta porque comparte el movimiento de la<br />
Tierra, como arma el principio de inercia. Pero, ¾el hecho de que el movimiento<br />
sea compartido hace que éste no tenga ningún efecto? Por ejemplo, si todos los<br />
objetos sobre la supercie de la Tierra están girando en realidad a gran velocidad,<br />
¾no deberían salir despedidos, como salpica el agua de un cubo al que damos vueltas<br />
muy deprisa?<br />
7.5 La inercia 147<br />
Galileo postula que no, y una vez más esto es una extrapolación audaz que no se<br />
sigue estrictamente de sus resultados anteriores. De hecho, es una extrapolación err<br />
ónea: hoy sabemos que el movimiento de la Tierra sí es detectable por experimentos<br />
mecánicos, y es que en realidad el principio mecánico de relatividad es cierto, pero<br />
no se aplica a un movimiento circular, sino al movimiento rectilíneo y uniforme.<br />
La Tierra, por el hecho de girar, tiene una aceleración (ya que aunque su giro sea<br />
uniforme, su velocidad cambia constantemente de dirección) y la aceleración sí da<br />
lugar a efectos observables. En el caso de la Tierra no son muy notorios (y por eso<br />
sólo se aprecian con dispositivos especiales como el famoso péndulo de Foucault,<br />
construido por primera vez en 1851), pero no son por eso menos reales.<br />
Galileo cometió un error análogo en relación a la inercia: pensaba que el<br />
movimiento que se mantiene indenidamente sin necesidad de motor es el movimiento<br />
circular en vez del rectilíneo. Esto es sorprendente si recordamos el experimento<br />
mental del plano inclinado por el que llegó a la idea de inercia, pero es que él consideraba<br />
que su argumento dejaría de ser válido si la bola prolongara su movimiento<br />
sobre un plano horizontal en sentido geométrico (es decir, el plano tangente a la<br />
Tierra en un punto), ya que se estaría alejando del centro de la Tierra, y al subir,<br />
se frenaría. Para Galileo, no podía existir en la naturaleza un movimiento rectilíneo<br />
indenido: el caso límite de plano horizontal en el que la bola no se pararía nunca<br />
debía entenderse como una supercie equidistante al centro de la Tierra.<br />
Gracias a esta errónea idea de la inercia circular, Galileo no precisaba de ninguna<br />
explicación para el movimiento circular uniforme de los planetas. En esto seguía<br />
coincidiendo con Aristóteles (y nunca hizo caso a los descubrimientos de Kepler,<br />
que ya había publicado que ese movimiento no era ni circular ni uniforme).<br />
Fue Descartes el primero en armar correctamente la inercia rectilínea en lugar<br />
de la circular, y en encontrarse por tanto con la necesidad de explicar qué es lo que<br />
desvía a los planetas de la línea recta y los mantiene en sus órbitas (circulares para<br />
Descartes, que también ignoró olímpicamente a Kepler). Lo hizo de una manera<br />
totalmente errónea, y sólo Newton pudo resolver el problema, unicando de paso,<br />
en un golpe de genio, la física terrestre con la celeste como nadie había hecho antes.<br />
Pero de esto hablaremos en el capítulo 9. Aquí nos basta señalar, en conclusión,<br />
que el empujón decisivo para superar las objeciones físicas al movimiento de la Tierra<br />
lo dio Galileo con su formulación de la inercia y del principio de relatividad circulares&#8230;<br />
a pesar de que en ambos casos estaba equivocado. Y hoy reconocemos su<br />
mérito al asociar su nombre a las versiones correctas, para movimiento rectilíneo y<br />
uniforme, de ambos principios. Llamamos, por ejemplo, principio de relatividad de<br />
Galileo al enunciado que arma que ningún experimento mecánico puede permitirnos<br />
distinguir el reposo del movimiento de traslación rectilínea y uniforme.<br />
¾Y qué hay de la relatividad por antonomasia, la de Einstein? Es en realidad<br />
una generalización del principio de Galileo. Incluso después de Newton quedaba<br />
pendiente la cuestión de si no podría distinguirse el reposo del movimiento uniforme<br />
por otro tipo de experimentos que no fueran de tipo mecánico, sino, tal vez, que<br />
utilizaran efectos eléctricos o magnéticos. Lo que estableció Einstein con su teoría<br />
especial de la relatividad, formulada en 1905, es que tmpoco tal cosa es posible. Las<br />
sorprendentes paradojas sobre la dilatación del tiempo o la equivalencia entre masa<br />
y energía se siguen todas de este sencillo enunciado. Pero no podemos explicarlo<br />
148 7. Galileo: el primer cientíco moderno<br />
aquí: todavía tenemos mucho que decir sobre Galileo.<br />
Capítulo 8<br />
El telescopio y la Inquisición<br />
Galileo estaba infringiendo las reglas admitidas de la ciencia [al admitir el<br />
heliocentrismo sin pruebas obsevacionales concluyentes]. Pero al hacerlo,<br />
creó unas nuevas reglas, que han sido aceptadas desde entonces.<br />
Owen Gingerich<br />
Albert Einstein atribuía a Galileo título de padre de la ciencia moderna por<br />
los trabajos que hemos visto en el capítulo anterior: su novedosa manera de abordar<br />
el estudio de la naturaleza y sus descubrimientos fundamentales en mecánica.<br />
En comparación con estos méritos, parece que sus observaciones con el telescopio<br />
deberían ser una anécdota, pero fueron las que le dieron una fama extraordinaria en<br />
vida; y todavía hoy es a ellas, y a su proceso por la Inquisición, a lo que asocia casi<br />
todo el mundo su gura. Es comprensible, porque son cuestiones más llamativas y<br />
fáciles de entender que las sutilezas de la mecánica. Pero también es cierto es que<br />
sus observaciones astronómicas sí tuvieron una enorme importancia. El telescopio<br />
cambió para siempre nuestro concepto de los cielos, y prestó un respaldo decisivo al<br />
heliocentrismo. Su proceso, desgraciadamente, tampoco fue una anécdota: ha marcado<br />
la cuestión de la relación entre ciencia y religión durante siglos. A estos dos<br />
aspectos de Galileo, más populares y polémicos que los estudiados hasta aquí, vamos<br />
a dedicar este capítulo.<br />
8.1. El telescopio<br />
Parece ser que el telescopio se inventó en Holanda hacia 1608. En junio de 1609<br />
Galileo oyó hablar del anteojo holandés que parecía acercar los objetos, y en poco<br />
tiempo, sin haber visto ninguno, consiguió construirse un aparato que funcionaba. A<br />
nales de año ya disponía de un telescopio de 30 aumentos (cuando los mejores por<br />
entonces eran de 6). Un invento así tenía obviamente mucho interés para los militares,<br />
y el Dogo de Venecia le recompensó nombrándole catedrático a perpetuidad en<br />
Padua y doblándole el sueldo.<br />
Pero el telescopio estaba llamado a revolucionar más profundamente la ciencia<br />
que el arte de la guerra. Cuando Galileo empezó a observar los objetos celestes con el<br />
149<br />
150 8. El telescopio y la Inquisición<br />
nuevo instrumento se encontró un sinfín de maravillas. Aunque no fue su inventor, ni<br />
se adelantó en todos los descubrimientos astronómicos (el británico Thomas Harriot<br />
trazó antes que él los primeros dibujos de la Luna), nadie supo sacar del telescopio un<br />
partido remotamente comparable. En sus manos, lo que era un juguete se convirtió en<br />
un poderosísimo instrumento cientíco. Lo decisivo, más que las mejoras técnicas que<br />
introdujo, fue lo ingenioso de sus observaciones, y cómo las enfocó sistemáticamente<br />
a resolver los puntos decisivos en el debate entre geocentristas y heliocentristas.<br />
Lo que vio Galileo<br />
Galileo dirigió su telescopio a todos los objetos que pueblan el cielo, y en todos<br />
encontró novedades sorprendentes. Pero hay que señalar que tuvo que hacer algo<br />
más complicado que simplemente mirar. No era tan sencillo entender lo que se veía.<br />
Por ejemplo, cuando observó la Luna encontró que tenía valles y llanuras similares<br />
a los de la Tierra:<br />
La supercie de la Luna no es de hecho lisa, uniforme y de esfericidad<br />
exactísima, tal y como ha enseñado de ésta y otros cuerpos celestes una<br />
numerosa cohorte de lósofos, sino que, por el contrario, es desigual,<br />
escabrosa y llena de cavidades y prominencias, no de otro modo que la<br />
propia faz de la Tierra, que presenta aquí y allá las crestas de las<br />
montañas y los abismos de los valles.<br />
Al leer este párrafo parece que Galileo nos está describiendo una observación<br />
directa, pero en realidad lo único que veía eran manchas. Algunas grandes, ya observables<br />
a simple vista; otras, numerosas y muy pequeñas, que sólo se apreciaban<br />
con el telescopio. Sólo una observación paciente e inteligente le llevó al convencimiento<br />
de que lo que veía eran efectos del relieve. Por ejemplo, encontró puntos brillantes<br />
en la zona oscura, cerca del borde de la parte iluminada y vio que, con el tiempo,<br />
esos puntos se hacían más grandes y terminaban por unirse a la región iluminada.<br />
Sacó la conclusión de que estaba viendo las cumbres de montañas que, igual que en<br />
el amanecer terrestre, brillan iluminadas por el Sol mientras los valles vecinos están<br />
aún sumidos en la oscuridad.<br />
Con esta idea llegó incluso a estimar la altura de las montañas (ver gura 8.1). El<br />
momento en el que se empieza a vislumbrar brillante la cima de la montaña es cuando<br />
la tocan los rayos de sol tangentes al punto superior de la esfera . Según el teorema<br />
de Pitágoras, (R+h)2 = R2+l2. Desarrollando el paréntesis, R2+2Rh+h2 = R2+l2,<br />
y simplicando R2 podemos despejar<br />
h =<br />
l2 􀀀 h2<br />
2R <br />
l2<br />
2R<br />
donde la segunda igualdad es una aproximación válida porque h es mucho menor<br />
que l. Lo único que necesitamos para obtener h es conocer el radio de la luna R<br />
y medir aproximadamente l (basta comprarlo con R con el telescopio). Con esta<br />
sencilla fórmula, Galileo encontró un valor para h de unas cuatro millas (seis mil<br />
metros), un resultado bastante correcto.<br />
8.1 El telescopio RelieveLuna.pdf 151<br />
Rayos de sol l h<br />
Cumbre iluminada<br />
R R Mitad oscura<br />
Luna<br />
Figura 8.1: Medida de la altura h de una montaña en la Luna. En el instante dibujado, los rayos<br />
de sol iluminan la mitad izquierda, pero también la cumbre de la montaña, que se vería como un<br />
punto luminoso cerca del borde de la zona oscura.<br />
Este descubrimiento sorprendente estaba en total contradicción con las ideas de<br />
Aristóteles, que armaba que, perteneciendo la Luna a los cielos, sólo podía ser una<br />
esfera perfecta. Y si la Luna tenía montañas, ¾no las tendrían también otros cuerpos<br />
celestes, que serían también similares a la Tierra?<br />
Galileo encontró también que la zona oscura de la Luna no era completamente<br />
oscura. Esta luz cenicienta había sido observada a simple vista por Kepler y su<br />
maestro Maestlin, pero era mucho más evidente con el telescopio. Galileo demostró<br />
que se debía a la iluminación secundaria de la Luna por la luz reejada en la Tierra<br />
(entre otras razones, porque no había luz cenicienta en los eclipses, cuando la cara de<br />
la Tierra que mira hacia la Luna está oscura). Eso signicaba que la Tierra brillaba,<br />
igual que brillan los planetas, y por lo tanto el brillo de éstos seguramente no se debía<br />
a que tuvieran luz propia, sino también al reejo del Sol. Si las montañas del la Luna<br />
hacían sospechar que los planetas eran parecidos a la Tierra, la luz cenicienta hacía<br />
que la Tierra fuera parecida a los planetas. La distinción aristotélica entre el mundo<br />
sublunar y el supralunar, que ya había sido cuestionada por las observaciones de<br />
novas y cometas que había hecho Brahe, se tambaleaba.<br />
Cuando Galileo miró a las estrellas a través del telescopio, se encontró que había<br />
miles y miles de ellas, y que la Vía Láctea, sobre cuya naturaleza se había polemizado<br />
durante siglos, era sin asomo de duda un conglomerado de innumerables estrellas<br />
reunidas en montón. Pero, aunque el telescopio mostraba muchas más estrellas,<br />
no aumentaba su tamaño. Seguían siendo puntos, a diferencia de los planetas, que<br />
se veían como pequeños discos. Esto sólo podía signicar que las estrellas estaban<br />
inmensamente lejos, mucho más lejos que el más lejano de los planetas. Y si a pesar<br />
de estar tan lejanas las veíamos, seguramente es porque brillaban con luz propia;<br />
eran, quizá, otros soles similares al nuestro. La lejanía de las estrellas proporcionaba<br />
además un argumento más directo a favor del heliocentrismo: esa enorme lejanía<br />
explicaba que a pesar de que el movimiento de la Tierra debería producir un cambio<br />
en la posición aparente de las estrellas (observadas en momentos diferentes del año),<br />
no se observara tal paralaje.<br />
152 8. El telescopio y la Inquisición<br />
Pero la mayor sorpresa la deparó un planeta: Júpiter. En enero de 1610 observó<br />
cuatro estrellas en sus cercanías. En noches sucesivas, comprobó que sus posiciones<br />
relativas cambiaban: no eran estrellas jas sino astros errantes, es decir planetas<br />
(hoy los llamamos satélites, pero en su uso tradicional la palabra planeta se refería<br />
a todos los astros que se desplazaban respecto del fondo de las estrellas jas, lo que,<br />
por cierto, incluía también al Sol y la Luna). Sólo podemos entender la conmoción<br />
que produjo el descubrimiento de Galileo si pensamos que desde la más remota<br />
antigüedad siempre se habían conocido los mismos siete planetas, los que dan nombre<br />
a los días de la semana: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.<br />
Que hubiera otros planetas, y que además no girasen en torno de la Tierra sino de<br />
otro planeta, era una novedad inconcebible.<br />
8.2. El mensajero de las estrellas<br />
Galileo, rápido de reejos, publicó estos descubrimientos en un libro titulado<br />
Sidereus Nuncius (El mensajero de las estrellas) que apareció en marzo de 1610 y fue<br />
un éxito instantáneo que le lanzó a la fama en toda Europa -al estrellato, podríamos<br />
decir-. Cósimo de Médicis, en cuyo honor había llamado estrellas mediceas a los<br />
nuevos astros, le nombró Matemático Jefe y Filósofo del Gran Duque, un título<br />
vitalicio que le permitió volver a jar la residencia en su amada ciudad de Florencia,<br />
convertido en un favorito de la corte y sin tener ya que dar clases en la universidad.<br />
La importancia de los satélites de Júpiter no radicaba sólo en su novedad, sino<br />
en que constituían un Sistema Solar en miniatura: casi podía verse con los ojos el<br />
sistema de Copérnico, con Júpiter en el puesto del Sol. Y si Júpiter se movía sin<br />
dejar atrás a sus satélites, se eliminaba además otra objeción contra el movimiento<br />
de la Tierra: aunque la Tierra fuera un planeta y no el centro del universo, podía<br />
llevar consigo a la Luna acompañándola en su desplazamiento.<br />
Pero si el Mensajero de las estrellas tuvo un éxito inmediato entre el público profano<br />
en astronomía, no puede decirse lo mismo de su acogida entre los astrónomos y<br />
los lósofos. Con la notable excepción de Kepler, que escribió una entusiasta Conversaci<br />
ón con el mensajero de las estrellas que luego aparecería en forma de libro,<br />
casi todos fueron muy escépticos. Los descubrimientos eran demasiado revolucionarios,<br />
y no era fácil mirar por un telescopio y entender lo que se veía. Las imágenes<br />
eran borrosas y tenían confusos halos de colores debido a la aberración cromática,<br />
un defecto que tardaría mucho en corregirse. El propio Galileo fue incapaz de<br />
conseguir que cuarenta personas, convocadas en Padua por el astrónomo Giovanni<br />
Antonio Magini, vieran los satélites de Júpiter (y alguno de los asistentes se apresuró<br />
a escribir un libelo difamatorio denunciando sus engaños).<br />
A la dicultad de la observación se unía que no se tenía una teoría del telescopio.<br />
No se entendía por qué se producía su efecto amplicador de las imágenes, y<br />
muchos astrónomos, entre ellos el prestigioso Clavius del Colegio Romano de los<br />
jesuitas, pensaban que probablemente los nuevos fenómenos no eran más que ilusiones<br />
ópticas. Sólo gradualmente, al disponerse de mejores telescopios, fueron los<br />
astrónomos convenciéndose de la realidad de las observaciones de Galileo.<br />
8.2 El mensajero de las estrellas 153<br />
Venus imita las guras de la Luna<br />
Entretanto, éste había hecho otros descubrimientos: manchas en el Sol (una imperfecci<br />
ón más en el mundo supralunar), unas sorprendentes orejas en Saturno (que<br />
sólo en 1659 fueron identicados por Huygens, con un telescopio más potente, como<br />
los célebres anillos), y lo más decisivo: que Venus mostraba unas fases análogas a<br />
las de la Luna.<br />
Galileo consideró este descubrimiento tan trascendental y a la vez tan controvertido<br />
que lo dio a conocer de un modo peculiar. Envió a Kepler un anagrama que decía<br />
Haec immatura a me iam frustra legunturoy (algo así como Estas cosas prematuras<br />
las estoy buscando por ahora en vano). Éste sabía que reordenando las letras encontrar<br />
ía una frase anunciando algún descubrimiento astronómico (no era una práctica<br />
insólita en la época: también Hyugens y Newton recurrieron a anagramas para asegurarse<br />
la prioridad de un descubrimiento sin darlo a conocer abiertamente). Probó<br />
con muchas combinaciones; entre ellas Macula rufa in Jove est gyratur mathem, etc<br />
(Hay una mancha roja en Júpiter que gira matemáticamente), pero fue incapaz<br />
de resolver al acertijo (es una coincidencia insólita que Júpiter resultara tener una<br />
mancha roja, que se descubrió dos siglos más tarde). Poco después, Galileo, seguro<br />
ya de su descubrimiento, le remitía la solución: Cynthiae guras aemulator mater<br />
amorum. Es decir, la madre del amor (Venus) emula las guras de Cintia (la Luna).<br />
FasesVenus.pdf<br />
S<br />
V<br />
T<br />
Ptolomeo Copérnico<br />
Figura 8.2: Si Venus gira en un epiciclo cuya deferente está por debajo del Sol, como armaba<br />
Ptolomeo, nunca podría verse más que en las fases de cuarto creciente o menguante (si el </p>
<p>deferente<br />
estuviera por encima del Sol, podríamos ver a Venus en fase llena pero no nueva: nunca<br />
presentaría el ciclo completo de fases). Por el contrario, si Venus gira alrededor del Sol, </p>
<p>pasa por<br />
un ciclo de fases completo, análogo en todo al de la Luna.<br />
La trascendencia del descubrimiento de las fases de Venus radicaba en que era la<br />
primera observación radicalmente incompatible con el sistema tolemaico. En efecto,<br />
como se muestra en la gura 8.2, con ese esquema Venus se debería vería siempre<br />
en cuarto creciente o menguante, pero nunca lleno, mientras que con el esquema<br />
copernicano presentaría todas las fases. Galileo llevaba ya tiempo convencido de la<br />
verdad del sistema de Copérnico, pero las fases de Venus le entusiasmaron porque<br />
daban la puntilla a Ptolomeo.<br />
154 8. El telescopio y la Inquisición<br />
8.3. Galileo a juicio<br />
¾Debemos suponer que su entusiasmo fue compartido por el resto de los sabios y<br />
que el geocentrismo quedó denitivamente obsoleto? Los libros de divulgación suelen<br />
presentarlo así, y de ese modo proyectan una luz sombría sobre los acontecimientos<br />
que siguieron: parece que tras los descubrimientos con el telescopio, la negativa a<br />
reconocer el movimiento de la Tierra de los aristotélicos y, sobre todo, de la Iglesia<br />
Católica, sólo podía deberse a la ignorancia y el fanatismo.<br />
Pero a estas alturas ya nos hemos encontrado muchas veces que las cosas no son<br />
tan sencillas como se suelen contar y este caso no es una excepción. Ante todo, las<br />
fases de Venus eran compatibles con el sistema de Tycho Brahe, que tenía la ventaja<br />
de seguir manteniendo a la Tierra inmóvil. Como hemos visto, Galileo estaba convencido<br />
de que los principios de relatividad e inercia hacían superuo este requisito<br />
de inmovilidad. Por eso no encontraba ningún atractivo en el sistema ticónico. Era<br />
mucho más feo (es decir, complejo y asimétrico) que el copernicano: resultaba antinatural<br />
que un cuerpo tan grande como el Sol se moviera alrededor de uno mucho<br />
más pequeño como la Tierra, y más cuando todos los planetas (excepto la Luna)<br />
resultaban girar en torno al Sol. Pero sus estudios de mecánica sólo resultaban convincentes<br />
para él y sus seguidores (además, no habían sido publicados y no eran muy<br />
conocidos), los argumentos estéticos eran subjetivos, y el movimiento de la Tierra<br />
seguía siendo muy difícil de aceptar para casi todo el mundo.<br />
Galileo se hallaba en una situación intelectualmente incómoda: después de muchos<br />
años de trabajo y de una racha de extraordinarios descubrimientos, no albergaba<br />
la más mínima duda sobre el heliocentrismo. Sin embargo, sabía que no podía<br />
aportar una prueba concluyente de que la Tierra se movía.<br />
La sombra de Trento<br />
La incomodidad, naturalmente, no era sólo intelectual. Tras la Reforma, la Iglesia<br />
Católica se había vuelto mucho más vigilante de la ortodoxia. Aunque la doctrina<br />
tradicional, que se remontaba a los Padres de la Iglesia (y en especial a San Agustín),<br />
no defendía la verdad literal de las Escrituras, la amenaza protestante había extendido<br />
la alarma contra su libre interpretación. El heliocentrismo contradecía a la<br />
Biblia en varios puntos en los que se armaba que el Sol se movía, pero eso no había<br />
supuesto ningún problema para Copérnico. Como ya vimos, fue incluso animado por<br />
obispos y cardenales a publicar su obra (y los métodos de cálculo de De revolutionibus<br />
fueron utilizados en la reforma del calendario promovida por el Papa Gregorio<br />
XIII, de la que salió el Calendario Gregoriano que todavía seguimos utilizando).<br />
Desde entonces las cosas habían ido cambiando poco a poco.<br />
El Concilio de Trento había reorganizado la Inquisición, que había pasado a depender<br />
directamente del Papa y era ahora mucho más activa y ecaz. En 1600 se<br />
había quemado en la hoguera a Giordano Bruno, que había sido un activo propagandista<br />
del heliocentrismo en su versión más radical (la que defendía la innitud<br />
del universo y la existencia de muchos mundos similares al nuestro). Bruno no era<br />
un cientíco, y su condena no se debió a su cosmología sino a que sus ideas eran<br />
abiertamente heréticas (defendía el panteísmo y la restauración de la verdadera<br />
8.3 Galileo a juicio 155<br />
losofía de Hermes Trismegisto). Sin embargo, el impacto que tuvo su caso hizo<br />
mucho para asociar, en la opinión popular, las ideas de la nueva astronomía con la<br />
herejía.<br />
Los enemigos aristotélicos de Galileo, el establishment académico al que tantas<br />
veces había ridiculizado, vieron aquí una oportunidad. No tardaron en propagar<br />
que el heliocentrismo era contrario a las escrituras, y algunos acusaron a Galileo<br />
de blasfemia y herejía. Clérigos exaltados lanzaron también acusaciones desde el<br />
púlpito, y Galileo se sintió obligado a defenderse.<br />
Ciencia y religión, según Galileo<br />
En 1615 publicó la Carta a la Gran Duquesa Cristina de Lorena (era la madre<br />
de Cósimo de Médicis). En la Carta defendía magistralmente la postura de que las<br />
verdades de la ciencia y de las de la fe, propiamente entendidas, no pueden entrar<br />
en conicto. Citando a San Agustín, argüía que Dios no era el autor de un solo<br />
libro sino de dos: tanto del libro de la naturaleza como de las Escrituras. Cada uno<br />
se leía, sin embargo, de un modo diferente. El de la naturaleza, escrito en lenguaje<br />
matemático, era descifrado por la ciencia física; mientras que las Escrituras nada<br />
nos decían sobre la física sino que nos revelaban nuestro destino moral (citando al<br />
cardenal Baronio, su propósito era enseñarnos como ir al Cielo, no cómo van los<br />
cielos). Cuando se referían a fenómenos naturales, usaban las ideas populares de la<br />
época, pero no debían ser tomadas en sentido literal sino gurado, como siempre se<br />
había hecho en la tradición cristiana.<br />
Aunque Galileo se ha convertido en la cultura popular en el epítome del enfrentamiento<br />
entre ciencia y religión, lo cierto es que era un católico sincero y tenía<br />
motivos para no sentirse preocupado por su situación personal. Contaba con excelentes<br />
relaciones tanto en la corte de Florencia como entre las máximas autoridades<br />
de la Iglesia en Roma, y la doctrina que exponía era impecablemente ortodoxa<br />
Pero sí veía un grave peligro en la creciente tendencia a una interpretación literal<br />
de la Biblia. Era un peligro para la ciencia, por motivos obvios. Pero también para la<br />
religión: podía llegar a ocurrir que se declarase como herética una verdad que fuera<br />
luego demostrada por la ciencia&#8230; y eso pondría en una situación realmente embarazosa<br />
a los creyentes y a la propia Iglesia. Porque mientras las Escrituras admiten en<br />
muchos puntos interpretaciones diferentes, Galileo armaba que la ciencia natural<br />
puede en ocasiones proporcionarnos conclusiones seguras mediante demostraciones<br />
necesarias, en las que no podemos dejar de creer aunque nos ordenen lo contrario:<br />
Hay una gran diferencia entre dar órdenes a un matemático o a un<br />
lósofo y darlas a un mercader o un abogado; y es que las conclusiones<br />
demostradas relativas a las cosas de la naturaleza y de los cielos no<br />
pueden cambiarse con la misma facilidad como las opiniones sobre lo<br />
que es legal o no en un contrato, alquiler o letra de cambio.<br />
La prohibición<br />
Con toda seguridad, la reacción de la Inquisición pilló por sorpresa a Galileo. El<br />
26 de febrero de 1616 fue convocado por el cardenal Bellarmino, que le comunicó la<br />
156 8. El telescopio y la Inquisición<br />
prohibición de defender o mantener, oralmente o por escrito, la tesis del movimiento<br />
de la Tierra y de la inmovilidad del Sol. Poco después, se incluía en el Índice de<br />
Libros Prohibidos una obra del carmelita Foscarini (que reconciliaba la Biblia y<br />
el copernicanismo) y se ponía en suspenso, hasta que fuera corregido, el libro de<br />
Copérnico.<br />
¾Como podía corregirse a Copérnico de manera que no sostuviera el heliocentrismo?<br />
Es importante entender esta paradoja para apreciar un elemento esencial<br />
que hoy suele pasar inadvertido. Cuando los inquisidores formularon su dictamen<br />
sobre el heliocentrismo, la cosmología y la astronomía llevaban más de mil años<br />
divorciadas. La primera explicaba el funcionamiento del mundo; la segunda calculaba<br />
las posiciones de los astros y se consideraba una rama de las matemáticas. Su<br />
objetivo era salvar las apariencias con cualesquiera articios de cálculo.<br />
Ya vimos en la sección 6.2 que la mayor parte de los astrónomos acogieron<br />
con ese espíritu instrumentalista la obra de Copérnico, y lo que se exigía ahora era<br />
depurar De revolutionibus de cualquier párrafo con connotaciones realistas (bastaron<br />
unas ligeras modicaciones para volver a autorizar el libro en 1620). Esta tradición<br />
instrumentalista explica que la prohibición de mantener o defender el heliocentrismo<br />
a que había sido sometido Galileo no implicara la prohibición de su enseñanza,<br />
siempre que se hiciera ex suppositione, es decir, como una hipótesis de trabajo y no<br />
como la realidad física.<br />
Esa es la razón de que a pesar de la prohibición Galileo pudiera escribir el Diálogo<br />
sobre los dos máximos sistemas del mundo, y obtuviera licencia para publicarlo.<br />
El libro, escrito en forma de diálogo entre tres personajes, presentaba los modelos<br />
de Ptolomeo y Copérnico sin decantarse explícitamente por uno u otro. De esta<br />
manera se mantenía formalmente dentro de la cláusula ex suppositione, aunque,<br />
naturalmente, los argumentos en pro del heliocentrismo resultaban mucho más convincentes<br />
que los contrarios&#8230;<br />
Diálogo y condena<br />
El Diálogo es un libro extraordinario. Mucho más voluminoso que cualquiera de<br />
sus obras anteriores (en las ediciones actuales ronda las 500 páginas) está escrito<br />
en italiano, con la clara intención de llegar al gran público, y lo consigue: de hecho,<br />
es una obra maestra de la divulgación cientíca. Sin duda, en el atrevimiento de<br />
Galileo inuyó que en 1624 había sido nombrado nuevo Papa, con el nombre de<br />
Urbano VIII, Maeo Barberini, un intelectual orentino admirador suyo. Galileo le<br />
expuso sus teorías durante seis audiencias en Roma y el Papa le autorizó a ponerlas<br />
por escrito, naturalmente ex suppositione.<br />
Cinco meses después de la publicación del Diálogo, en 1632, la obra era prohibida<br />
y Galileo recibía una citación judicial, que desembocaría en su juicio y condena. Sólo<br />
podemos especular sobre las razones de este cambio de criterio. Los enemigos de<br />
Galileo intrigaron ante el Papa, que delegó la lectura de la obra a una comisión de<br />
tres teólogos. Es evidente que el libro, por muy hipotético que fuera el planteamiento,<br />
funcionaba como un alegato sumamente convincente a favor del heliocentrismo, y la<br />
comisión le aconsejó que procediera contra él. Parece ser que Urbano VIII se sintió<br />
engañado porque consideró que Galileo había respetado la letra pero había faltado<br />
8.4 Sobre mareas y losofía 157<br />
al espíritu de su autorización.<br />
Lo cierto es que la Inquisición acusó a Galileo de haber desobedecido el requerimiento<br />
que se le había hecho en 1616, más de quince años antes. El punto principal<br />
para el tribunal era que entonces se le había prohibido enseñar, en forma alguna, la<br />
doctrina del movimiento de la Tierra. Galileo pudo aportar una carta rmada por<br />
Bellarmino que sólo le prohibía sostenerla y defenderla pero no adoptarla y enseñarla<br />
ex suppositione. En su contra se aportó un acta de aquella reunión que decía lo contrario,<br />
pero tal acta no estaba rmada. Hoy se sospecha que fue una manipulación de<br />
los enemigos de Galileo, quizá del astrónomo jesuita Christoph Scheiner, que había<br />
mantenido en 1613 una agria polémica con él sobre la prioridad del descubrimiento<br />
de las manchas solares y su interpretación. El acta falso se habría empleado para<br />
hacer creer al Papa que Galileo le había engañado sobre el alcance de la prohibición<br />
de 1616, lo que explicaría la saña con la que actuó contra su antiguo amigo a lo<br />
largo de todo el proceso.<br />
Pese a la endeblez de las pruebas en su contra, el tribunal condenó a Galileo a<br />
retractarse públicamente de sus errores y a la pena de prisión perpetua. Galileo no<br />
sufrió malos tratos, y la prisión acabó siendo conmutada por reclusión domiciliaria<br />
en su villa de Arcetri, en las afueras de Florencia. Pero lo auténticamente grave fue<br />
la humillación a manos de las autoridades de una Iglesia a la que siempre había<br />
sido leal; el triunfo, como escribió más tarde, de la ignorancia, impiedad, fraude y<br />
engaño.<br />
Galileo, anciano, enfermo y abatido por la condena, tuvo que sufrir además la<br />
muerte prematura de su querida hija Sor María Celeste, que residía en un convento<br />
cercano a su villa. Salió de la depresión, sin embargo, y fue todavía capaz de<br />
componer en sus últimos años su más importante obra en el campo de la física: los<br />
Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias , donde por<br />
n daba a conocer sus descubrimientos sobre la mecánica y ponía los cimientos de la<br />
ciencia de la resistencia de materiales. Signicativamente, el libro no fue publicado<br />
en Italia sino en Holanda, en 1638.<br />
La prohibición del Diálogo no entorpeció su difusión fuera de Italia, sino más<br />
bien al contrario: ya en 1635 Mathias Berneggar lo tradujo al latín, y todos los estudiosos<br />
de Europa lo leyeron ávidamente. De modo que la Inquisición no contribuyó<br />
precisamente a contener el avance del copernicanismo, aunque sí a retrasar el desarrollo<br />
de la ciencia en Italia y en toda la Europa católica. Es signicativa la reacción<br />
de Descartes al enterarse de la condena a Galileo: aunque dejó escrito en una carta<br />
que posiblemente la condena sería revocada pronto (como ocurrió con la creencia<br />
en las antípodas, decía), retiró por si acaso de la imprenta su obra El mundo y<br />
adoptó desde entonces como lema la frase de Ovidio bene vixit qui bene latuit (vive<br />
bien quien bien se esconde). Se equivocó sobre la duración de la prohibición: sólo<br />
en 1835 fue retirado del Índice el Diálogo.<br />
8.4. Sobre mareas y losofía<br />
En el juicio a Galileo no se discutió si su ciencia era correcta, sino si desobedeció<br />
o no a las órdenes que le había dado el Papa anterior, más de quince años antes. Pero<br />
158 8. El telescopio y la Inquisición<br />
había un importante trasfondo losóco, que había sido planteado por el cardenal<br />
Bellarmino en su respuesta a Foscarini (el carmelita cuyo libro copernicano había<br />
sido prohibido en aquella ocasión), respuesta que iba evidentemente dirigida también<br />
a Galileo:<br />
Si hubiera una prueba real de que el Sol está en el centro del universo,<br />
de que la Tierra está en el tercer cielo y de que el Sol no gira alrededor<br />
de la Tierra, sino la Tierra alrededor del Sol, entonces deberíamos<br />
proceder con la mayor circunspección al explicar pasajes de la Escritura<br />
que parecen enseñar lo contrario, y admitir más bien que no los<br />
entendemos que declarar que una opinión que se ha demostrado que es<br />
verdadera es falsa. Pero, por lo que a mí concierne, no creeré que<br />
existan tales pruebas hasta que me sean demostradas.<br />
Es decir, que la Iglesia estaría dispuesta reinterpretar las escrituras donde hiciera<br />
falta si hubiera una prueba real del heliocentrismo. Pero en ausencia de pruebas,<br />
Bellarmino exigía que se hablara sólo ex supossitione, para evitar excitar a todos<br />
los lósofos y teólogos escolásticos e injuriar a nuestra santa fe al contradecir las<br />
Escrituras.<br />
Bellarmino coincide con Popper<br />
Todo esto plantea un punto clave: ¾que constituye una prueba en ciencia? En su<br />
escrito, Bellarmino señalaba a continuación que no basta mostrar que el sistema de<br />
Copérnico explica las observaciones astronómicas para darlo por probado :<br />
No es lo mismo demostrar que, supuesto que el Sol esté en el centro y<br />
la Tierra en el cielo se salvan las apariencias, que demostrar que<br />
verdaderamente el Sol está en el centro y la Tierra en el cielo. Creo que<br />
la primera demostración puede darse, pero de la segunda tengo muy<br />
serias dudas, y en caso de duda no se debe dejar la Sagrada Escritura,<br />
tal como ha sido explicada por los Santos Padres.<br />
Esta es una armación sumamente importante en la que merece la pena detenerse.<br />
Que una teoría explique las observaciones signica simplemente que de ella se<br />
pueden deducir esas observaciones. Por ejemplo, la teoría de Copérnico implica que<br />
Venus tendrá fases como las de la Luna, y por eso decimos que explica las observaciones<br />
de Galileo (a diferencia de la teoría de Ptolomeo, que no predice esas fases).<br />
De manera que podemos expresar simbólicamente que la teoría T explica el hecho<br />
F así:<br />
T ) F<br />
(se lee: T implica F). Lo que decimos no está limitasdo en absoluto a las teorías<br />
cientícas, sino que forma parte del sentido común. Por ejemplo: ser hombre implica<br />
ser mortal; por eso, saber que Julio César fue hombre basta para explicarnos<br />
que muriera. Ahora bien, este ejemplo deja clara una propiedad absolutamente fundametal<br />
en la relación de implicación: no es simétrica. Si sólo sabemos que Julio<br />
8.4 Sobre mareas y losofía 159<br />
César murió, no podemos decir que fuera un hombre: a lo mejor ese fue el nombre<br />
que puse a mi perro. Análogamente: que un pájaro sea un mirlo implica que es<br />
negro, pero que un pájaro sea negro no implica que sea un mirlo. Y volviendo a la<br />
astronomía y a Bellarmino:<br />
(T ) F) no signica que (F ) T)<br />
Las fases de Venus no implican que la teoría de Copérnico sea cierta (y en particular,<br />
como sabían bien Bellarmino y Galileo, pueden explicarse también con la teoría de<br />
Tycho Brahe).<br />
Dar la vuelta a la implicación y decir que si vemos un pájaro negro tiene que<br />
ser un mirlo (o que si vemos fases en Venus tiene que ser cierto el heliocentrismo)<br />
es por tanto un error lógico, de un tipo que los escolásticos habían bautizado como<br />
la falacia de armar el consiguiente.<br />
Aunque no le dimos ese nombre, ya habíamos expuesto esa idea en la sección<br />
2.3, cuando hablábamos de para qué sirven las teorías. Decíamos entonces que una<br />
buena teoría no es la que se deduce de los hechos observados, sino la que permite<br />
deducir esos hechos. Pretender que una teoría que explica los hechos se deduce de<br />
ellos es caer en la falacia de armar el consiguiente.<br />
Pero aunque no podamos elegir entre dos teorías rivales a partir de los hechos<br />
que explican, sí podemos hacerlo recurriendo a lo que no explican. Así, si la teoría T<br />
predijera un fenómeno F pero resulta que no se cumple F, tendríamos que abandonar<br />
T:<br />
(T ) F) signica que (no F ) no T)<br />
Es decir: si todos los mirlos son negros, un pájaro blanco no puede ser un mirlo. O<br />
volviendo a la astronomía: si Venus no tuviera fases, la teoría de Copérnico sería<br />
falsa. Con la terminología de Popper, al mostrar la falsedad de F habríamos falsado<br />
la teoría T y la tendríamos que descartar.<br />
Hasta aquí, Bellarmino coincide con Popper. Sin embargo, en la conclusión de<br />
su respuesta a Foscarini va un paso más allá, cuando dice que tiene muy serias<br />
dudas acerca de que pudiera encontrarse nunca una prueba concluyente de la teoría<br />
heliocéntrica. En denitiva, lo que estaba armando es que la asimetría en la relación<br />
de implicación entre teorías y hechos, lleva a que, aunque podamos establecer los<br />
hechos a partir de las teorías, es muy dudoso que nunca podamos establecer una<br />
teoría unívoca a partir de los hechos. Y la razón es que mientras subsistan varias<br />
explicaciones alternativas de los hechos sin falsar (como en nuestro caso, las teorías<br />
de Copérnico y de Brahe), no se puede en buena lógica armar la veracidad de una<br />
de ellas por encima de las demás. Según Bellarmino, la prudencia aconseja entonces<br />
que nunca nos salgamos del plano de las hipótesis.<br />
¾Tenemos realmente que conformarnos con esta conclusión decepcionante? Bellarmino<br />
nos exige que abandonemos la esperanza de que nuestras teorías sean verdad,<br />
de que nos digan como es el mundo en realidad. Tendríamos que aceptar, como<br />
decíamos al discutir el instrumentalismo en la pg. 114, que nuestras teorías son simplemente<br />
útiles y entretenidos articios para salvar las apariencias. En este punto,<br />
Popper ya discreparía Bellarmino y Galileo, por supuesto, también. Tendremos que<br />
volver más adelante a esta cuestión.<br />
160 8. El telescopio y la Inquisición<br />
La teoría de las mareas<br />
A la vista de las advertencias de Bellarmino, Galileo era más consciente aún,<br />
si cabe, de que para que se aceptara el heliocentrismo la clave era encontrar algún<br />
fenómeno que no tuviera más explicación posible que el movimiento de la Tierra. Y<br />
parecía estar atrapado en una paradoja, porque precisamente según su principio de<br />
relatividad, que hacía aceptable el movimiento de la Tierra, ½un movimiento circular<br />
y uniforme no debería tener ningún efecto mecánico observable!<br />
Finalmente, creyó encontrar la solución en las mareas: si bien la rotación de la<br />
Tierra y su traslación alrededor del Sol son ambos movimientos circulares y uniformes,<br />
su combinación no lo es (realmente, la traslación, como demostró Kepler,<br />
no era un movimiento circular y uniforme, pero Galileo siempre ignoró este detalle).<br />
Aunque el centro de la Tierra trace un círculo, un punto de su supercie se mueve<br />
siguiendo una trayectoria lobulada similar a la de los planetas en los epiciclos (gura<br />
5.3). Galileo pensaba que este movimiento sí tendría efectos observables sobre la<br />
gran masa de los mares.<br />
MareasGalileo.pdf<br />
Mediodía<br />
P<br />
Sol<br />
Medianoche<br />
P<br />
Figura 8.3: La teoría de las mareas de Galileo.<br />
Imaginemos un punto cualquiera P de supercie de la Tierra, por ejemplo en la<br />
costa (gura 8.3). La velocidad de rotación y la de traslación se suman a medianoche,<br />
lo que equivale a una aceleración, que hará que las masas de agua de los mares se<br />
queden atrás (marea baja). Lo contrario ocurre a mediodía; en ese momento las dos<br />
velocidades se contrarrestan y al frenarse la supercie de la Tierra la inercia del<br />
agua de los mares los llevaría contra la costa (marea alta).<br />
Si este fuera el mecanismo de las mareas, entonces el sistema de Brahe, con<br />
la Tierra inmóvil, predeciría que no deberían existir, y habría quedado falsado.<br />
Excitado por haber encontrado lo que consideraba la prueba denitiva, Galileo se<br />
propuso darla a conocer en un libro: precisamente el Diálogo sobre los dos máximos<br />
sistemas del mundo, que iba a haberse titulado Diálogo sobre las mareas.<br />
Sin embargo, la teoría de las mareas de Galileo tenía ya desde el principio un<br />
inconveniente obvio: predecía que sólo habría diariamente una marea alta, y que<br />
siempre ocurriría a mediodía. Todo el mundo sabía que hay dos, y que su hora es<br />
variable. Galileo justicó la discrepancia, una vez más, apelando a los embalajes:<br />
8.4 Sobre mareas y losofía 161<br />
causas secundarias como la profundidad variable del mar, la diferente orientación<br />
de costa, etc, que modicarían la tendencia principal del movimiento del agua. Pero<br />
esta vez no tenía razón. No consiguió convencer a casi nadie, y unos años más tarde<br />
Huygens explicaría con detalle el error de su teoría. Finalmente, Newton demostró<br />
brillantemente que era la atracción gravitatoria de la Luna la que causaba las mareas;<br />
una explicación fuera del alcance de Galileo, que no podía concebir ese tipo de fuerzas<br />
a distancia entre dos cuerpos celestes.<br />
No podemos descubrir la obra de Sus manos<br />
Ya hemos dicho que Galileo estaba en contra de la losofía instrumentalista de<br />
Bellarmino. Creía que se podía establecer inequívocamente la verdad de una teoría<br />
a partir de las experiencias sensibles y de demostraciones necesarias, y tenía<br />
además la esperanza de haber establecido así el movimiento de la Tierra con su<br />
teoría de las mareas, aunque hoy sabemos que en esto estaba equivocado.<br />
En cualquier caso, Galileo no podía expresar abiertamente sus opiniones. Había<br />
sido atrevido al presentar sus argumentos a favor del movimiento de la Tierra en el<br />
Diálogo, aunque fuera bajo el articio ex suppositione. La prudencia exigía dar en el<br />
libro la última palabra a la postura ocial de la Iglesia, tal como la había expresado<br />
el cardenal. Así, en la conclusión del Diálogo, Simplicio dice que Dios, en su poder<br />
y sabiduría innitos, podría haber provocado las mareas con un medio diferente del<br />
propuesto por Galileo, y siendo esto así, sería una audacia extravagante que alguien<br />
limitara y connara el poder y la sabiduría divinos a una fantasia particular de su<br />
propia invención. A lo que Salviati-Galileo responde:<br />
Una doctrina admirable y verdaderamente angélica, y que concuerda<br />
con otra, también divina, que, mientras que nos concede el derecho de<br />
argüir sobre la constitución del universo (quizá para que no sea<br />
restringida la actividad de la mente humana o no se haga perezosa)<br />
añade que no podemos descubrir la obra de Sus manos.<br />
Una doble paradoja<br />
Al comenzar este libro advertíamos contra la historia whig: el hábito, muy<br />
extendido al divulgar la ciencia, de mirar los episodios históricos retrospectivamente,<br />
desde nuestro punto de vista y no desde el de sus protagonistas. El caso Galileo<br />
ilustra a la perfección esos peligros.<br />
Hoy sabemos que Galileo estaba en lo cierto y es casi inevitable ver su condena<br />
como una tropelía en la que el fanatismo se impuso a la razón. Pero si nos<br />
quedamos en esta interpretación aparentemente obvia, perderemos la ocasión de<br />
aprender varias lecciones importantes.<br />
Para empezar, no debemos proyectar nuestro concepto actual de libertad de<br />
expresión y de conciencia sobre otras épocas. En la Italia del siglo XVII nadie cuestionaba<br />
que la Iglesia pudiera impedir la publicación de un libro y juzgar a su autor.<br />
La condena a Galileo indignó a muchos de sus contemporáneos, pero no tanto por el<br />
hecho de que se le juzgara como porque el juicio fue injusto. Lo que les escandalizaba<br />
162 8. El telescopio y la Inquisición<br />
era que se usaran pruebas más que dudosas para acreditar su presunta desobediencia<br />
a las órdenes del Papa anterior, que se condenara como herejía una doctrina como<br />
el heliocentrismo, que no se refería a materias de fe, o que se cambiara el criterio<br />
tradicional de interpretación de las escrituras. El propio Galileo no era como Giordano<br />
Bruno un rebelde contra la autoridad vaticana. No tenemos ningún motivo<br />
para desconar de su sinceridad cuando proclamaba que al defender que la Iglesia<br />
no se comprometiera con ninguna teoría cientíca lo hacía movido por su celo de<br />
buen católico.<br />
Por otra parte, tampoco debemos extrapolar nuestra actual certeza sobre el heliocentrismo<br />
al año 1632. Hemos visto que Bellarmino tenía razón cuando señalaba que<br />
no bastaba que la teoría de Copérnico salvara las apariencias de los movimientos<br />
celestes para que fuera cierta, y exigía por eso una prueba concluyente del movimiento<br />
de la Tierra para aceptarla. Galileo creyó encontrar esa prueba en su teoría de las<br />
mareas, pero estaba en un error. Así que se da la paradoja de que, en la vertiente<br />
cientíca del caso, el teólogo Bellarmino acertó, al menos en cierto sentido, mientras<br />
que el cientíco Galileo se equivocó.<br />
Pero hay que añadir a esta paradoja otra adicional y complementaria: que fue el<br />
cientíco quien a la postre acertó en la teología. Porque la Iglesia acabó reconociendo<br />
la exégesis de Galileo y haciendo suyos los planteamientos de la Carta a Cristina de<br />
Lorena, aunque con notable retraso: en la encíclica Providentissimus Deus del Papa<br />
León XIII en 1893. En 1992, el papa Juan Pablo II armó explícitamente que el<br />
juicio fue injusto, y que los teólogos estaban equivocados al forzar la interpretación<br />
literal de las escrituras.<br />
A los anacronismos sociológicos, cientícos y teológicos en los que es fácil caer<br />
al juzgar el caso Galileo hay que añadir otro, menos evidente, de orden losóco.<br />
Hoy admitimos que las teorías cientícas son siempre provisionales y no exigimos<br />
para adoptar una que venga acompañada de una evidencia incontestable. En realidad,<br />
sabemos que tal cosa es, en sentido estricto, imposible. Pero esta manera de<br />
pensar era ajena a los teólogos y a los lósofos aristotélicos de la época, porque nació<br />
precisamente con Galileo (recordemos su apelación a descontar los embalajes) y<br />
se consolidó en los años siguientes. Por eso decía el historiador Owen Gingerich,<br />
en la cita con la que abríamos el capítulo, que Galileo estaba infringiendo las reglas<br />
admitidas de la ciencia, pero al hacerlo creó unas nuevas reglas, que han sido<br />
aceptadas desde entonces. Bellarmino jugaba con las reglas de la época al exigir<br />
pruebas, Galileo jugaba ya con las nuestras.<br />
En este proceso fue clave la obra de Newton, que, como veremos en el capítulo<br />
siguiente, tuvo tal poder explicativo que convenció a todos los cientícos de la<br />
realidad del heliocentrismo aunque seguía sin disponerse de ninguna prueba observacional<br />
del movimiento de la Tierra: la primera fue la observación por Bradley, en<br />
1729, de la aberración de la luz estelar; y sólo más tarde vendrían la medición de la<br />
paralaje estelar por Bessel en 1838 y el péndulo de Foucault en 1851.<br />
Capítulo 9<br />
Newton: la mayoría de edad de la<br />
ciencia<br />
Nature and nature&#8217;s laws lay hid in night<br />
God said Let Newton be and all was light1.<br />
Alexander Pope<br />
Decía Isaac Asimov que elegir al segundo cientíco más importante de la historia<br />
era muy difícil: podían aducirse méritos comparables para Galileo, Darwin, Maxwell,<br />
Arquímedes, Einstein, Pasteur&#8230; Pero si se trataba de elegir al primero, no había<br />
ninguna duda: sólo podía ser Newton.<br />
La obra de Newton es de una magnitud tal que convirtió toda la ciencia física<br />
anterior a él en poco más que tanteos y anticipaciones imperfectas. Si nuestro<br />
objetivo en este libro fuera exponer los resultados de esa ciencia, casi podríamos<br />
ignorar a todos sus predecesores (que es lo que suelen hacer los libros de texto).<br />
Pero, como dijimos en el prólogo, aquí pretendemos otra cosa distinta, que es entender<br />
cómo funciona la ciencia. Y en esto la situación es la complementaria: casi<br />
podríamos acabar nuestro recorrido histórico en Galileo, porque con él, como vimos<br />
en el capítulo 7, nace la manera peculiar de mirar al mundo de la ciencia moderna.<br />
Sin embargo, hay dos razones para dedicar un capítulo a Newton. La primera es<br />
que el tema al que más espacio hemos dedicado, la historia del progresivo descubrimiento<br />
de nuestro lugar en el mundo, desde la Tierra plana al heliocentrismo, es en<br />
cierto modo la historia de un acertijo: ¾qué son esas luces que vemos por la noche<br />
en los cielos, cómo y por qué se mueven, y qué tienen que ver con nosotros? Ese<br />
acertijo sólo se descifró por completo cuando Newton consiguió deducir las leyes del<br />
movimiento planetario, que Kepler había formulado a partir de las observaciones. Y<br />
sería una pena dejar el acertijo a medias (más aún porque el modo en el que Newton<br />
llegó a su solución es un magníco ejemplo de cómo razona un cientíco de primer<br />
orden).<br />
1La Naturaleza y sus leyes estaban ocultas en la noche / Dijo Dios, ½Que Newton sea! y todo<br />
fue luz.<br />
163<br />
164 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
Pero Newton no se limitó a resolver ese problema, sino que proporcionó lo que<br />
tanta falta hacía desde que Copérnico puso los cielos patas arriba: un nuevo sistema<br />
del mundo, tan completo y coherente como el de Aristóteles, pero en el que todos los<br />
nuevos descubrimientos encajaban por n. Y encajaban con una simplicidad y una<br />
elegancia tan deslumbrantes que después de la publicación en 1687 de su obra magna,<br />
los Principia Mathematica, el público culto de Europa no tardó en convencerse de<br />
que el verdadero funcionamiento del universo había sido denitivamente revelado.<br />
En verdad, los célebres versos de Pope que abren este capítulo describen bien la<br />
opinión de la época.<br />
Esa es la segunda razón para detenernos en Newton. Después de familiarizarnos<br />
en su momento con el mundo según Aristóteles, tenemos que entender este nuevo<br />
mundo según Newton, la cosmovisión que ha dominado la ciencia hasta el siglo XX y<br />
que aún hoy, pese a la Relatividad y la Mecánica Cuántica, sigue siendo la nuestra.<br />
Una obra colosal<br />
El sistema del mundo de Newton está fundamentado en dos pilares: la teoría de<br />
la Gravitación Universal y una nueva ciencia de la mecánica, que completa y perfecciona<br />
sustancialmente el trabajo que había desarrollado Galileo. Nos limitaremos<br />
aquí a estos dos logros, pero no hay que olvidar que representan sólo una parte de<br />
su obra. También inventó las matemáticas necesarias para edicar su sistema (el<br />
Cálculo Innitesimal que hoy estudian todos los cientícos e ingenieros) y realizó<br />
avances trascendentales en óptica, como la demostración de que la luz blanca está<br />
formada por superposición de rayos de colores y la construcción del primer telescopio<br />
reector (que al usar espejos en lugar de lentes evitaba la aberración cromática que<br />
tanto molestó a Galileo).<br />
Newton tuvo tiempo también para dedicarse a la alquimia y la teología con tanta<br />
o más intensidad que a la ciencia. Hizo todos sus descubrimientos en solitario,<br />
pero cuando le llegó el reconocimiento se convirtió en un personaje público, y fue<br />
durante años miembro del parlamento, Director de la Casa de la Moneda y presidente<br />
de la Royal Society, la principal institución cientíca de la época. Tal cúmulo<br />
de distinciones no fue acompañado, sin embargo, por un carácter agradable o una<br />
personalidad atractiva. Nunca dejó de ser un hombre solitario, desconado y agrio.<br />
Polemizó con todos los grandes cientícos que se cruzaron en su camino: Hooke, Leibniz<br />
o el astrónomo real Flamsteed conocieron su ira, igual que los falsicadores de<br />
moneda, de cuya persecución y ajusticiamiento se ocupó con un celo sorprendente&#8230;<br />
Pero no podemos ocuparnos aquí de esta personalidad compleja y de su obra<br />
colosal. Lo que nos interesa es averiguar cual fue la solución al acertijo de los planetas<br />
y la visión del mundo que surgió de los Principia. Vamos con lo primero.<br />
9.1. Huygens, el precursor<br />
Como vimos en los capítulos anteriores, fue un gran mérito de Galileo establecer<br />
que un cuerpo no necesita para mantenerse en movimiento que actúe sobre él<br />
continuamente ningún motor (como decía Aristóteles), es decir, ningún agente ex9.1<br />
Huygens, el precursor 165<br />
terno que realice sobre él una fuerza (como decimos hoy). Pero su idea de inercia<br />
estaba equivocada porque creía que ese movimiento en ausencia de agentes externos<br />
sería circular y uniforme. Fue Descartes quien señaló correctamente que sería rectilí-<br />
neo y uniforme; es decir, con velocidad constante no sólo en magnitud (movimiento<br />
uniforme) sino también en dirección (movimiento rectilíneo). Por tanto, las fuerzas<br />
no son necesarias para mantener las velocidades, como creía Aristóteles, sino para<br />
modicarlas ; en otras palabras, para producir aceleraciones.<br />
Esto tenía una consecuencia inmediata: si los planetas describían órbitas cerradas,<br />
más o menos circulares, sólo podía ser porque una fuerza los desviaba constantemente<br />
de la trayectoria rectilínea. ¾En qué podía consistir esa fuerza? Kepler,<br />
que ya había barruntado la idea, la asimiló a una emanación del Sol, similar a la<br />
fuerza magnética. Pero para ir más allá de estas vagas intuiciones había que recorrer<br />
un largo camino. Para empezar, ni siquiera existía todavía una noción cuantitativa<br />
de fuerza como la que tenemos hoy en física; lo que se manejaba era más bien una<br />
idea intuitiva de acción, presión o esfuerzo&#8230;<br />
La aceleración centrípeta<br />
Lo que sí podía cuanticarse, y eso ya era un punto de partida, era la aceleraci<br />
ón que tendría un cuerpo que se moviera con movimiento circular y uniforme.<br />
En este movimiento la velocidad cambia constantemente (no en magnitud, pero sí<br />
en dirección), y eso signica que hay una aceleración. El primero que calculó esa<br />
aceleración fue el holandés Huygens, el físico más brillante en el interregno entre<br />
Galileo y Newton.<br />
Centripeta.pdf<br />
l r<br />
R R<br />
Figura 9.1: Esquema para la decucción de la aceleración centrípeta.<br />
La idea puede verse en la gura 9.1. Supongamos un móvil que sigue la trayectoria<br />
circular del dibujo. Si no actuara ninguna fuerza, se movería en línea recta, con<br />
una velocidad constante v, y en un cierto intervalo de tiempo t habría recorrido la<br />
trayectoria rectilínea l = vt. Pero en realidad, para mantenerse en la circunferencia<br />
ha tenido que caer la pequeña altura r. De hecho, podría decirse que el objeto que<br />
se mueve en círculo está cayendo constantemente hacia el centro.<br />
166 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
Esta idea la expuso más tarde Newton de un modo muy gráco con un experimento<br />
mental (hay dibujo célebre que apareció en sus Principia ilustrando esta idea;<br />
gura 9.2). Imaginemos una alta montaña, desde la que un cañón horizontal dispara<br />
una bala. El alcance del tiro depende de la velocidad inicial de la bala. Un cañón<br />
más potente la lanzará más lejos, y si imaginamos cañones cada vez más potentes,<br />
podríamos tener unos alcances de miles de kilómetros. El alcance podría ser tan<br />
grande que la bala cayera en las antípodas&#8230; o incluso que no llegar a caer y se<br />
mantuviera en órbita perpetuamente.<br />
NewtonMountain.pdf<br />
Figura 9.2: Cómo un tiro parabólico con suciente velocidad inicial puede poner una bala de<br />
cañón en órbita, según Newton.<br />
Volvamos ahora al razonamiento de Huygens para ver cual deber ser la aceleraci<br />
ón de caída con la que se consigue una trayectoria exactamente circular.<br />
Habíamos hecho el dibujo 9.1, y es posible que le resulte familiar al lector, porque<br />
en esencia, ½es el mismo que hizo Galileo para calcular la altura de las montañas en<br />
la Luna! (gura 8.1). La única diferencia es que lo que antes era la altura h de la<br />
montaña ahora es la caída r, así que podemos usar el resultado que obtuvimos allí<br />
para poner r = l2=2R (como antes, esta igualdad es aproximada, pero se hace exacta<br />
cuando l es muy pequeño, es decir, cuando el intervalo de tiempo considerado es<br />
muy breve, que es justo lo que nos interesa porque en realidad el móvil está cayendo<br />
constantemente). Como l = vt, tenemos que r = v2t2=2R.<br />
Por otra parte ya desde Galileo (pg. 140) sabemos que en el intervalo t el cuerpo<br />
cae r = act2=2 siendo ac la aceleración de caída. Llegamos a que v2t2=2R = act2=2,<br />
de modo que ac es simplemente<br />
ac =<br />
v2<br />
R<br />
Esta es la aceleración con la que tiene que caer constantemente hacia el centro un<br />
objeto que tiene velocidad v para mantenerse en un círculo de radio R. Huygens<br />
publicó este resultado en su obra Horologium oscillatorium, de 1673. Más tarde,<br />
Newton (que había llegado a la misma conclusión independientemente, con otro<br />
razonamiento) daría a ac el nombre de aceleración centrípeta, porque se dirige hacia<br />
el centro del círculo.<br />
9.1 Huygens, el precursor 167<br />
La gigantesca centrifugadora terrestre<br />
Veremos que esta sencilla fórmula nos va a llevar muy lejos. Una primera consecuencia<br />
inesperada es que desbarata una pertinaz objeción contra el movimiento de<br />
la Tierra: la que armaba que ese movimiento a gran velocidad lanzaría despedidos<br />
a los objetos, como una gigantesca centrifugadora. Galileo no había conseguido neutralizar<br />
este argumento: según su versión de la inercia, el movimiento circular era<br />
natural y se mantendría indenidamente, así que no lanzaría nada por los aires.<br />
Pero todo el mundo sabía que la experiencia dice lo contrario: una piedra a la que<br />
se da vueltas en una honda tiende a abandonar ese movimiento y salirse por la<br />
tangente.<br />
Hemos visto que en la Tierra esa tendencia podría compensarse por la tendencia<br />
del cuerpo a caer, y la ecuación de Huygens permite afrontar el problema de manera<br />
cuantitativa. Si sustituimos v por la velocidad que tiene un objeto sobre la supercie<br />
de la Tierra (vamos a poner para el ecuador 40000 km divididos por 24 horas, lo que<br />
da 432 metros por segundo) y R por el radio de la Tierra (6366 km) obtenemos un<br />
valor de ac = 0:03 m=s2. Esa es la aceleración con la que tiene que caer hacia el centro<br />
un objeto sobre la supercie de la Tierra para describir una circunferencia. Pero<br />
resulta que cualquier objeto sobre la Tierra cae con una aceleración mucho mayor,<br />
de aproximadamente g = 9:81 m=s2 (página 141). De modo que esa aceleración de la<br />
gravedad es más que suciente para mantener a los objetos sobre la supercie de la<br />
Tierra (de hecho, ½es más de 300 veces mayor de lo necesario!). La única consecuencia<br />
del giro de la Tierra es reducir ligeramente la aceleración aparente de la gravedad,<br />
precisamente en el valor ac.<br />
Lo que es cierto es que, si no hubiera gravedad, los objetos sí saldrían despedidos<br />
en la dirección tangente, alejándose del centro de la tierra con una aceleración ac.<br />
Para un observador sujeto a la Tierra, que compartiría el movimiento tangencial de<br />
los objetos, éstos parecerían elevarse verticalmente con esa aceleración, así que desde<br />
su punto de vista lo que habría es una aceleración centrífuga (en sentido opuesto<br />
al centro) en vez de centrípeta. En cualquier caso, para que ese efecto centrífugo<br />
venciera la tendencia de los cuerpos a caer, la tierra tendría que girar mucho más<br />
deprisa: como el efecto es proporcional al cuadrado de la velocidad, para que los<br />
cuerpos salieran despedidos en el ecuador el día tendría que ser unas 17 veces más<br />
corto (ya que 172  300): debería durar hora y media.<br />
Aplicaciones del reloj de péndulo<br />
¾Cómo conocía Huygens el valor de g? Galileo no había sido capaz de medirlo con<br />
sus planos inclinados, pero Huygens lo logró recurriendo a uno de los dispositivos<br />
favoritos del italiano: el péndulo. Consiguió demostrar que si las oscilaciones son<br />
pequeñas, su periodo vale<br />
T = 2<br />
s<br />
l<br />
g<br />
lo que permite despejar el valor de g. Esta fórmula tiene una propiedad un tanto<br />
sorprendente: T sólo depende de g y de la longitud del péndulo l, pero no de la<br />
168 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
altura desde la que le soltamos para que empiece a oscilar. Es decir, las oscilaciones<br />
tienen siempre el mismo periodo con independencia de cual sea su amplitud, con tal<br />
de que ésta se mantenga pequeña. Esta propiedad era muy conveniente para usar el<br />
péndulo como reloj (porque aunque las oscilaciones se amortigüen siguen durando<br />
lo mismo), y de hecho Huygens se hizo famoso como inventor del reloj de péndulo,<br />
que proporcionaba una precisión imposible de alcanzar hasta entonces. El único<br />
inconveniente de esos relojes, además de soportar mal las vibraciones (ya vimos que<br />
por eso no sirvieron para resolver el problema de medir la longitud en alta mar) era<br />
que adelantaban o retrasaban si variaban l o g. Si por ejemplo subía la temperatura,<br />
la dilatación aumentaba l, y el reloj atrasaba. Y lo mismo ocurría si disminuía g.<br />
¾Pero puede variar g? Sí, cuando varía la latitud, precisamente por el efecto<br />
centrífugo que hemos explicado un poco más arriba. En el polo, v = 0 y por tanto<br />
ac = 0; pero si nos vamos desplazando hacia el ecuador v va creciendo, ac tambén,<br />
y la aceleración aparente de la gravedad que actúa sobre el péndulo disminuye: un<br />
reloj de péndulo graduado para ser exacto en París debería retrasar en el ecuador.<br />
La gura de la Tierra<br />
La predicción de Huygens la vericó enseguida el astrónomo Jean Richer en una<br />
expedición a Cayena en los años 1671-73. La expedición fue pagada por la Académie<br />
Royale des Sciences (que acababa de ser creada en 1666, pg. 70) y tenía por objeto<br />
medir la paralaje de Marte, pero Richer aprovechó para conrmar el retraso del<br />
reloj.<br />
Aunque esto conrmaba de la teoría de Huygens, en realidad parte del retraso era<br />
debido a otra causa: que la Tierra tiene un diámetro mayor en el ecuador, y al estar<br />
más lejos del centro la gravedad disminuye. A principios del siglo XVIII, la medida<br />
de la aceleración de la gravedad usando péndulos se convirtió en una técnica precisa<br />
para medir la gura de la Tierra. El tema despertó gran interés porque la física<br />
de Descartes predecía que el meridiano era ligeramente más largo que el ecuador<br />
(exagerando: que la Tierra tenía forma de melón), mientras que la Newton predecía<br />
lo contrario (una forma de calabaza). La razón que daba Newton era que el efecto<br />
centrífugo acentuado en el ecuador habría impulsado un poco hacia fuera la Tierra<br />
durante su periodo de formación, en el que suponía que había sido uida.<br />
Era pues un punto decisivo en la polémica entre cartesianos y newtonianos, en<br />
una época de rivalidad cientíca entre Francia (por supuesto cartesiana) y Gran<br />
Bretaña (naturalmente newtoniana). Como explicaba Voltaire, que estuvo exiliado<br />
en Londres y conoció a Newton en 1736, ambas escuelas de pensamiento tenían<br />
opiniones opuestas sobre casi todo:<br />
Un francés que llega a Londres encuentra las cosas muy cambiadas en<br />
losofía, como en todo lo demás. Ha dejado el mundo lleno; se lo<br />
encuentra vacío. En París, se ve el universo compuesto de torbellinos de<br />
materia sutil; en Londres, no se ve nada de eso. Entre nosotros, es la<br />
presión de la Luna la que causa el ujo del mar; entre los ingleses, es el<br />
mar el que gravita hacia la Luna, de tal forma que, cuando creéis que la<br />
Luna debería darnos marea alta, esos señores creen que debe haber<br />
9.2 La manzana y la Luna 169<br />
marea baja; lo que desdichadamente no puede vericarse, pues habría<br />
hecho falta, para aclararlo, examinar la Luna y las mareas en el primer<br />
instante de la creación.<br />
Notaréis además que el Sol, que en Francia no interviene para nada en<br />
este asunto, contribuye aquí por lo menos en una cuarta parte. Entre<br />
vosotros, cartesianos, todo sucede por impulso del que nada se<br />
comprende; en el Sr. Newton, es por una atracción cuya causa no se<br />
conoce mejor. En París, os guráis la tierra hecha como un melón; en<br />
Londres, está aplastada por los dos lados. La luz, para un cartesiano,<br />
existe en el aire; para un newtoniano, viene del sol en seis minutos y<br />
medio. Vuestra química hará todas sus operaciones con ácidos, bases y<br />
materia sutil; la atracción domina hasta en la química inglesa.<br />
El propio Voltaire impulsó expediciones a Ecuador y Laponia para medir con<br />
precisión el arco de meridiano y decidir la cuestión. Finalmente la Tierra resultó<br />
estar achatada por los polos: Newton tenía razón, y acabó teniéndola en todas las<br />
cuestiones en disputa.<br />
Pero hemos adelantado acontecimientos. Ha llegado el momento de que entre en<br />
escena nuestro protagonista.<br />
9.2. La manzana y la Luna<br />
Todo el mundo ha oído hablar de la manzana de Newton, cuya súbita caída le<br />
inspiró la idea de la gravitación universal. A diferencia de otras historias ejemplares<br />
que ya hemos mencionado, como la de Tales cayéndose en un pozo o Galileo subiéndose<br />
a la Torre de Pisa, esta no es apócrifa. Fue el propio Newton el que la relató<br />
en más de una ocasión. La versión más conocida es la de su biógrafo (y esposo de<br />
su sobrina) John Conduitt:<br />
En el año de 1666 se retiró de nuevo de Cambridge [a casa de su madre<br />
en Lincolnshire] y mientras meditaba en el jardín se le ocurrió la idea,<br />
al ver caer una manzana del árbol al suelo, de que el poder de la<br />
gravedad no estaba limitado a una cierta distancia de la Tierra, sino<br />
que se extendía mucho más allá de lo que solía pensarse. ¾Por qué no<br />
hasta la altura de la Luna, se dijo, de manera que la inuyera en su<br />
movimiento y quizá la retuviera en su órbita?<br />
No es extraño que esta anécdota se haya repetido innidad de veces, pero tampoco<br />
en este caso los historiadores le dan mucho crédito. El estudio de los papeles<br />
de Newton ha demostrado que se peleó durante años con la idea de gravitación<br />
universal, y como hemos visto, la idea de que hace falta una fuerza para mantener<br />
a los planetas en sus órbitas no era nueva: Kepler, y sobre todo Huygens, habían<br />
adelantado mucho trabajo en esa línea. Sin duda, cuando Newton era ya un anciano<br />
colmado de honores, prefería contar de esa manera gráca la historia, como<br />
un genial destello de inspiración, y obviar los años de transpiración, suyos y de sus<br />
predecesores.<br />
170 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
Quizá el predecesor más destacado fue un contemporáneo del propio Newton:<br />
Robert Hooke. Inspirado por la comparación que hacía Kepler de la acción del Sol<br />
con la fuerza magnética, concibió la idea de que el Sol atraía a los planetas con una<br />
fuerza que disminuía gradualmente con la distancia. Pero a diferencia de Kepler,<br />
(ver pg. 124), pensó que esa fuerza se propagaba por todo el espacio y no sólo por el<br />
plano de las órbitas. Al repartirse por esferas cada vez más grandes; y cómo el área<br />
de la esfera crece en proporción al cuadrado del radio, la fuerza debería disminuir<br />
con el inverso del cuadrado.<br />
Hooke no fue el único que propuso una fuerza así; por esa época, otros, como<br />
Edmond Halley, también lo sospechaban. Pero Hooke presumía de poder derivar<br />
las leyes del movimiento de los planetas a partir de su hipótesis. Nunca mostró<br />
su presunta deducción, pero acusó a Newton de plagio cuando éste publicó sus<br />
Principia, y se ganó así su feroz enemistad; una inquina mutua que sólo terminó con<br />
el fallecimiento de Hooke en 1703, cuando Newton tenía 60 años.<br />
En cualquier caso, la historia de la manzana resume muy bien cuál fue la<br />
aportación clave de Newton: concebir la idea de que esa fuerza que mantenía a<br />
la Luna en su órbita era la misma que hacía caer las manzanas, nuestra vieja conocida<br />
la gravedad. Pero si hoy atribuimos el mérito a Newton y no a Hooke, es porque<br />
Newton hizo mucho más que proponer una idea brillante. No bastaba con tener la<br />
idea: había que demostrar que realmente funcionaba, y Newton lo hizo con creces.<br />
Aquí sólo podremos ver una pequeña parte de sus descubrimientos, pero será<br />
suciente para apreciar mejor su logro.<br />
9.3. Todo encaja<br />
Lo que hace prometedora a la idea de que la gravedad llega hasta la Luna es que<br />
sabemos que para mantener a ésta en órbita hace falta una fuerza centrípeta, y la<br />
fuerza de la gravedad es justo de ese tipo: apunta hacia el centro de la Tierra, que<br />
es también el centro de la órbita de la Luna.<br />
Ahora se trata de conrmar esa intuición. Newton empezó por hacer unas cuentas<br />
que podemos reproducir nosotros. Si conocemos el periodo de revolución de la<br />
Luna (27.3 días) y su distancia a la Tierra (unas 60 veces el radio de la Tierra)<br />
podemos usar la ecuación de Huygens para la calcular la aceleración de caída que<br />
tiene que tener la Luna para mantenerse en órbita. Obtenemos ac = 0:0027 m=s2,<br />
un valor 3600 veces menor que el de la aceleración de la gravedad sobre la tierra<br />
(g = 9:81 m=s2).<br />
Este resultado nos dice más cosas de las que parece. Ante todo, es mucho menor<br />
que g, lo que indica que, si la gravedad es quien mantiene a la Luna en su órbita,<br />
debe decrecer con la distancia, y bastante rápidamente: un aumento de un factor<br />
de 60 en la distancia se corresponde con una disminución de un factor de 3600 en<br />
la aceleración de caída&#8230; ½Pero 3600 es justamente el cuadrado de 60! Al menos en<br />
este caso, la aceleración es inversamente porporcional al cuadrado de la distancia.<br />
Sin emabrgo, este resultado no es el que encontró Newton, porque él no tenía<br />
valores precisos para los datos: encontró un factor de 4000 entre g y la aceleración<br />
centrípeta de la Luna. Pero tenía bien aprendidas las lecciones de Galileo, y la falta<br />
9.3 Todo encaja 171<br />
de acuerdo no le desanimó: al contrario, juzgó que era un ajuste bastante bueno<br />
con la ley del cuadrado inverso. Y buscó alguna manera de conrmarla.<br />
Kepler, por n explicado<br />
Llegado a este punto, Newton ya tenía un sencillo modelo matemático. Sospechaba<br />
que la fuerza de la gravedad cumplía dos condiciones: apuntaba hacia el centro<br />
del círculo y causaba una aceleración inversamente proporcional al cuadrado de la<br />
distancia. Siguiendo el método de Galileo (Figura 7.1) deberíamos ahora encontrar<br />
qué consecuencias tiene este modelo y buscar si se conrman, es decir, si se ajustan<br />
a las observaciones. Pero si nos limitamos a la Luna, no tenemos mucho más<br />
que ajustar. Necesitamos más datos, y esos datos nos los pueden proporcionar los<br />
planetas.<br />
Newton generalizó inmediatamente su modelo: si la gravedad de la Tierra<br />
mantiene a la Luna en órbita, ¾por qué no atribuir una gravedad análoga al Sol,<br />
que mantuviera a los planetas en sus órbitas? Esto nos fuerza a confrontar el modelo<br />
con las leyes de Kepler, que resumían todo lo que se sabía sobre los movimientos<br />
planetarios.<br />
Dejemos de lado de momento la primera ley y empecemos por la segunda. Recordamos<br />
que al moverse el planeta el segmento que lo enlaza con el Sol barre áreas<br />
iguales en tiempos iguales; como vimos en la sección 6.5, Kepler dedujo esta ley por<br />
un procedimiento equivocado, en el que varios errores milagrosamente se cancelaban.<br />
Newton fue capaz de deducirla correctamente por primera vez.<br />
NewtonKepler.pdf<br />
P Q R<br />
P’ Q’<br />
h<br />
O<br />
Figura 9.3: Un planeta no sometido a fuerzas se mueve con velocidad constante (los puntos P,<br />
Q, R prepresentan sus posiciones a intervalos regulares de tiempo). Si está sometido a una </p>
<p>fuerza<br />
que apunta al centro O, al cabo del primer intervalo de tiempo estrá en Q0 en vez de en Q. El </p>
<p>área<br />
de los triángulos OPQ y OPQ0 es la misma.<br />
Supongamos (gura 9.3) un planeta en el punto P. Si sobre él no actúa ninguna<br />
fuerza, se mueve con velocidad constante, y en un corto intervalo de tiempo se habrá<br />
trasladado a Q, en otro intervalo igual a R, etc. Dene así con el Sol (situado en<br />
O) una serie de triángulos, OPQ, OQR, etc. Todos estos triángulos tienen la misma<br />
base (PQ = QR, etc) y la misma altura (h). Por tanto, su área es siempre PQ h=2:<br />
172 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
las áreas barridas en tiempos iguales son iguales. Hemos encontrado que si no hay<br />
fuerzas se cumple la ley de Kepler&#8230; ½pero obviamente nos interesa el caso en el que<br />
sí hay fuerzas!<br />
Si hay una fuerza central, es decir, que apunta al centro O de la órbita, durante<br />
el tiempo que consideramos el planeta habría caído desde P hasta cierto punto P0.<br />
Pero el planeta está a la vez desplazándose tangencialmente; si superponemos ambos<br />
desplazamientos, el resultado conjunto es que el planeta no estará en Q como cuando<br />
no había fuerzas, sino en Q0. Así que si existe esa fuerza, el área barrida es el de<br />
PQ0O. Podemos ver cuando vale si descomponemos PQ0O en dos triángulos, P&#8217;Q'O<br />
y P&#8217;Q'P. Ambos tienen la misma base P0Q0, que es igual a la base PQ de PQO, y<br />
la suma de sus alturas es h, igual a la altura de PQO. Por tanto, la suma de sus<br />
áreas es el área de PQO: las áreas de PQ0O y PQO son iguales.<br />
Hemos probado así que la introducción de una fuerza central no cambia el área<br />
barrida en un intervalo de tiempo determinado. Como este área era ya constante<br />
para el caso en el que no había fuerza, sigue siendo constante cuando hay una fuerza<br />
central. Por tanto, si la fuerza es central, se cumple la segunda ley de Kepler.<br />
Nos queda por examinar la segunda condición que ponía Newton a la fuerza de<br />
la gravedad: la dependencia inversa con el cuadrado de la distancia. Supongamos<br />
pues que la aceleración de la gravedad para un planeta a distancia R del Sol es<br />
ag = cte=R2, donde cte tiene el mismo valor para todos planetas. Si los planetas se<br />
mantienen en órbita, que suponemos circular, esa aceleración debe ser la aceleración<br />
centrípeta ac = v2=R. Para un planeta, v = 2R=T , de modo que ac = 42R=T 2.<br />
Igualando ahora ag con ac,<br />
cte<br />
R2 =<br />
42R<br />
T2 y por tanto,<br />
cte<br />
42 =<br />
R3<br />
T2<br />
Si la gravedad decrece con el cuadrado de la distancia, el cociente R3=T 2 debe ser<br />
el mismo para todos los planetas. ½Pero este resultado es justamente la tercera ley<br />
de Kepler!<br />
Newton demostró de esta manera las leyes segunda y tercera de Kepler a partir<br />
de la suposición de que los planetas están sometidos a una atracción gravitatoria<br />
dirigida hacia el Sol e inversamente porporcional al cuadrado de la distancia. Pero<br />
además, no es difícil hacer la demostración en sentido contrario: las leyes de Kepler<br />
implican una fuerza como la que suponía Newton (el lector lo puede pensar por sí<br />
mismo o consultar las notas al nal del libro). En denitiva, las dos suposiciones<br />
de Newton sobre la gravedad quedaban conrmadas del modo más fuerte posible,<br />
porque son equivalentes a las leyes segunda y tercera de Kepler.<br />
Más allá de los círculos<br />
Pero ¾y la primera ley de Kepler? Newton consiguió demostrar que también es<br />
una consecuencia de la ley de inversa del cuadrado, y extendió para una elipse la<br />
demostración de las otras leyes (aquí hemos supuesto órbitas circulares). En realidad<br />
demostró algo más general: que las órbitas tenían que secciones cónicas. Es decir,<br />
círculos o elipses, pero también parábolas o hipérbolas; cualquiera de la familia de<br />
curvas que se obtienen al cortar un cono por un plano y que describió Apolonio de<br />
9.3 Todo encaja 173<br />
Perga en el siglo III a.d.C. La demostración requiere unas matemáticas bastante<br />
más complicadas de las que hemos usado aquí; en realidad, más complicadas de las<br />
que nadie, excepto Newton, conocía en aquella época.<br />
La dicultad del problema y la superioridad de Newton sobre sus contemporáneos<br />
las ilustra muy bien una anécdota famosa. Ya vimos que tanto Hooke como Halley<br />
sospechaban que la fuerza del Sol era inversamente proporcional al cuadrado de la<br />
distancia. Sir Christopher Wren, el célebre arquitecto de la catedral de San Pablo,<br />
era amigo de ambos y los instigó, ofreciendo una recompensa, a que demostraran<br />
que de esa fuerza se podía deducir el movimiento de los planetas. Halley reconoció<br />
que no era capaz de hacerlo, mientras Hooke armaba que sí, pero se negó a aportar<br />
ninguna prueba. Seis meses más tarde, Halley acudió a Cambridge a consultar a<br />
Newton. Tenemos un relato casi contemporáneo del encuentro, escrito por Abraham<br />
de Moivre:<br />
Después de estar juntos algún tiempo, el doctor Halley le preguntó cuál<br />
pensaba que debía ser la curva descrita por los planetas suponiendo que<br />
la fuerza de atracción hacia el Sol fuese recíproca al cuadrado de su<br />
distancia a él. Sir Isaac repuso inmediatamente que sería una elipse. El<br />
doctor, atónito de júbilo y sorpresa, le preguntó cómo lo sabía. Porque,<br />
respondió, lo he calculado. Ante lo cual el doctor Halley le pidió sus<br />
cálculos sin más demora. Sir Isaac miró entre sus papeles sin poder<br />
hallarlos, pero prometió volverlos a hacer, y luego enviárselos.<br />
Era el año 1684 y Newton ya tenía fama por algunos de sus trabajos de matemáticas<br />
y óptica, y por haber inventado el telescopio reector. Pero no había publicado<br />
nada de lo que le había sugerido casi veinte años antes la caída de la manzana, y<br />
por eso su respuesta sorprendió tanto a Halley. La visita llevó a Newton a pensar<br />
de nuevo sobre el asunto y al cabo de tres meses le envió un breve tratado, titulado<br />
De motu corporum. Halley lo leyó con entusiasmo y consiguió convencer a Newton<br />
de que ampliase esas pocas páginas en un libro que desarrollara por completo sus<br />
ideas. Al cabo de tres años de trabajo agotador, Newton había completado la obra<br />
más inuyente de la historia de la ciencia: los Principios matemáticos de la losofía<br />
natural (Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica ) conocidos universalmente<br />
como Principia.<br />
Las leyes del movimiento<br />
Los Principia empezaban exponiendo los axiomas del movimiento que hoy<br />
conocemos como Leyes de Newton. La primera ley era la de la inercia rectilínea:<br />
Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo<br />
a no ser en tanto que sea obligado por fuerzas impresas a cambiar su estado.<br />
La segunda ley es probablemente la más usada por los estudiantes de física. En<br />
su enunciado moderno, es la famosa ecuación fuerza igual a masa por aceleración:<br />
F = ma. En lo que no suelen caer los estudiantes en que esta ley es en realidad una<br />
denición, justamente la denición cuantitativa de fuerza que no teníamos hasta<br />
ahora. Hasta aquí, la ley de la inercia nos había llevado a decir que una fuerza es<br />
174 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
lo que produce un cambio de velocidad, y por eso hemos medido la intensidad de<br />
una fuerza (como la centrípeta o la gravitatoria) por la aceleración que produce.<br />
Sin embargo, identicar sin más fuerza = aceleración no cuadra con nuestras<br />
ideas intuitivas: está claro que para producir una misma aceleración hace falta más<br />
fuerza en un objeto grande que en un objeto pequeño. La manera más sencilla<br />
de tener esto en cuenta es deniendo la fuerza como el producto de la cantidad de<br />
materia por la aceleración. Así, ante una misma fuerza, cuanta más materia contenga<br />
el objeto menos aceleración adquirirá.<br />
Newton llamó masa a la cantidad de materia, y dijo que venía dada por el producto<br />
de densidad por volumen&#8230; denición que parece obviamente circular, porque<br />
¾qué es la densidad, sino la masa dividida por el volumen? Aún así, podemos hacer<br />
que la denición sea útil. Consideremos diversos objetos de una misma sustancia X.<br />
Es fácil medir sus volúmenes, pero para saber su masa necesitaríamos su densidad.<br />
Pues bien, hagamos por convenio que su densidad sea 1 y ya está resuelto el problema.<br />
Si tenemos otra sustancia Y, podemos determinar su masa por comparación con<br />
la de la sustancia X, por ejemplo con una balanza (cuando la balanza se equilibre,<br />
tenemos la misma masa de las dos sustancias). Puede parecer que estamos haciendo<br />
trampa (¾por qué la densidad de X va a ser 1?¾porque lo digamos nosotros?)<br />
pero eso es justamente lo que se hace: piense el lector en la casualidad de que la<br />
densidad del agua sea exactamente un gramo por centímetro cúbico.<br />
La idea clave es que, al hacer que la densidad del agua sea igual a 1, simplemente<br />
estamos jando el tamaño de nuestra unidad de medida. Cualquier valor habría sido<br />
igualmente válido; si hubiéramos puesto por ejemplo 10, simplemente todas las masas<br />
nos saldrían 10 veces más grandes, pero por lo demás no cambiaría nada, igual que<br />
no cambia nada porque midamos las longitudes en metros en lugar de en centímetros<br />
(o pies, pulgada, yardas&#8230;)<br />
Antes de Newton la cantidad de materia se medía por el peso, y la pesadez era la<br />
tendencia a buscar el centro del mundo, como decía Aristóteles. Con el planteamiento<br />
de Newton, esa tendencia es una fuerza, que disminuye con el cuadrado de la<br />
distancia al centro de la Tierra, así que depende de la posición y no sirve para medir<br />
la cantidad de materia. Por eso era imprescindible la distinción, que surge aquí por<br />
primera vez, entre masa y peso. El peso de una masa m es la fuerza F = mg (masa<br />
por aceleración) con la que es atraído por la Tierra.<br />
Esta distinción es fundamental, pero si se había pasado por alto era por una muy<br />
buena razón: por el hecho, en el que tanto había insistido Galileo, de que los objetos<br />
caen a la vez con independencia del tamaño. Esto signica que dos masas distintas,<br />
m y m0, sufren la misma aceleración de caída: a = a0 = g. Como los respectivos<br />
pesos son F = mg y F0 = m0g, vemos que los pesos son proporcionales a las masas:<br />
era inevitable que se confundieran.<br />
Eso sí, si cambiamos de posición y nos alejamos de la Tierra, el factor de<br />
propocionalidad g cambia. En realidad, como habíamos establecido que g = cte=r2,<br />
llegamos a que la fuerza con la que la Tierra atrae a una masa m es:<br />
Fgravedad sobre un cuerpo de masa m  FT!m = cte <br />
m<br />
r2<br />
La tercera ley de Newton está relacionada con la experiencia cotidiana de una<br />
manera mucho más directa que la primera o la segunda. Cuando tiramos de una<br />
9.3 Todo encaja 175<br />
cuerda, notamos que la cuerda tira de nosotros; cuando apretamos la pared con la<br />
mano, notamos que la pared aprieta nuestra mano. Si no tiramos o apretamos, la<br />
cuerda o la pared no ejercen ninguna acción sobre nosotros. Newton formula esta<br />
experiencia diciendo que cuando un cuerpo A ejerce una fuerza sobre un cuerpo B,<br />
el cuerpo B ejerce una fuerza igual y de sentido contrario sobre A (la llamada fuerza<br />
de reacción).<br />
Este principio de acción y reacción es el que explica que nadie haya podido<br />
nunca levantarse por los aires tirando de los cordones de sus zapatos: los brazos<br />
tiran de los cordones hacia arriba, pero los cordones tiran de los brazos hacia abajo<br />
exactamente en la misma medida. Sin embargo, sí que podemos elevarnos dando un<br />
salto: en realidad, lo que hacemos es empujar el suelo hacia abajo, y es la reacción<br />
de éste la que nos impulsa hacia arriba.<br />
Del principio de acción y reacción a la gravitación universal<br />
La tercera ley dice, en denitiva, que las fuerzas son interacciones. Y eso tiene<br />
una consecuencia importante sobre la gravedad: si la Tierra hace fuerza sobre un<br />
cuerpo, entonces el cuerpo tiene que hacer la misma fuerza sobre la Tierra:<br />
Fque hace un cuerpo de masa m sobre la Tierra  Fm!T = FT!m<br />
Esta fuerza sólo puede ser también una gravedad, pero ahora el sentido de la<br />
palabra ha cambiado. Ya no es la tendencia a caer hacia la Tierra de los cuerpos,<br />
sino la fuerza recíproca que se ejercen entre sí los cuerpos y la Tierra. La Tierra atrae<br />
a la manzana, pero la manzana atrae a la Tierra exactamente en la misma medida.<br />
No vemos que la Tierra suba hacia la manzana porque su masa es inmensamente<br />
mayor, y la aceleración que experimenta para la misma fuerza es, en consecuencia,<br />
inmensamente menor.<br />
Ahora bien, si como hemos visto la fuerza de atracción de la Tierra sobre una<br />
manzana es proporcional a la masa m de la manzana,<br />
FT!m = cteT <br />
m<br />
r2<br />
la manzana debería atraer a la Tierra con una fuerza análoga; es decir, proporcional<br />
a la masa M de la Tierra:<br />
Fm!T = ctem <br />
M<br />
r2<br />
(hemos escrito cteT y ctem porque las dos constantes serán en principio distintas:<br />
cteT es propia de la Tierra y ctem propia de la manzana).<br />
Pero ambas son fuerzas de acción y reacción, así que Fm!T = FT!m. Hay una<br />
manera sencilla de conseguir esto: que la fuerza sea proporcional al producto de las<br />
masas. Así,<br />
Fm!T = FT!m = G <br />
Mm<br />
r2<br />
donde la nueva constante G es la misma para la manzana y para la Tierra (de manera<br />
que cteT = GM y ctem = Gm).<br />
176 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
En realidad, llegados a este punto resulta natural aventurar que las manzanas<br />
no sólo atraerán a la Tierra, sino que se atraerán unas a las otras, y puesto que<br />
las manzanas no tienen nada de especial, ¾por qué no se van a atraer mutuamente<br />
todos los objetos?<br />
Hemos llegado a la idea de la gravitación universal : todos los objetos se atraen<br />
mutuamente con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e<br />
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa (la constante<br />
G de proporcionalidad, igual para todos los cuerpos, es la constante de gravitación<br />
universal).<br />
Esta es una idea grandiosa: la gravedad no es ya un poder que tiene el Sol sobre<br />
los planetas, o la Tierra sobre la Luna y las manzanas. Es una acción mutua de<br />
cualquier brizna de materia sobre cualquier brizna de materia, estén donde estén.<br />
Una hormiga en la Tierra atrae a una roca en Marte y viceversa, Saturno atrae a<br />
Júpiter y viceversa, mi cabeza a atrae al Sol, y viceversa&#8230; así, ad innitum. Todo<br />
inuye sobre todo.<br />
Grandes problemas y grandes soluciones<br />
Pero tan grandiosa idea llevaba aparejadas dicultades también grandiosas. En<br />
primer lugar, de tipo técnico. Que la Tierra atrajera a los objetos con una fuerza<br />
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia a su centro era una idea<br />
matemáticamente sencilla. Pero ahora los objetos son en realidad atraídos por todas<br />
las partículas que forman la Tierra, una situación bastante distinta y mucho más<br />
complicada (gura 9.4). Newton tuvo que demostrar, en un tour de force matemático,<br />
que la resultante de todas esas fuerzas, para una Tierra esférica, es la misma que<br />
si toda su masa de se acumula en un punto en su centro.<br />
GravUniversal.pdf<br />
(a) (b)<br />
Figura 9.4: (a) La gravedad concebida como una atracción ejercida por la Tierra, inversamente<br />
proporcional al inverso del cuadrado de la distancia al centro. (b) La gravitación universal: </p>
<p>cada<br />
pequeña porción de la Tierra ejerce una fuerza sobre el cuerpo, y viceversa.<br />
Igualmente, el movimiento de los planetas se complicaba. Newton había deducido<br />
las leyes de Kepler para un planeta atraído por el Sol, pero ahora el planeta también<br />
atraía al Sol. Y era además atraído por todos los demás planetas, que estaban<br />
9.3 Todo encaja 177<br />
a distancias muy variables. El problema de predecir sus posiciones adquiría una<br />
enorme complicación. Los mejores matemáticos de los siglos XVIII y XIX intentaron<br />
resolverlo en vano. Finalmente se demostró que no había solución exacta ni siquiera<br />
para el caso de tres cuerpos (por ejemplo, el Sol y dos planetas). Lo más que podía<br />
obtenerse eran soluciones aproximadas.<br />
Aún así, esas aproximaciones resultaron ser un gran avance sobre las leyes de<br />
Kepler, y toda una nueva ciencia, la Mecánica Celeste oreció y tuvo éxitos espectaculares,<br />
como el descubrimiento del planeta Neptuno en 1846, cuya existencia<br />
había sido predicha (independientemente) por los matemáticos Adams y Le Verrier<br />
estudiando el movimiento de Urano. El descubrimiento de Urano por Sir William<br />
Herschel en 1781 había sido de por sí un gran acontecimiento: era el primer nuevo<br />
planeta desde la Antigüedad. Cuando se estudió su órbita en detalle, se encontró<br />
que no se ajustaba a lo que predecía la gravitación universal y las leyes de Newton.<br />
Los astrónomos se plantearon que posiblemente un planeta desconocido, más<br />
lejos del Sol, perturbaba su movimiento. Adams y Le Verrier consiguieron calcular<br />
la trayectoria de ese hipotético planeta, y cuando Johann Galle, del Observatorio<br />
de Berlín, dirigió su telescopio al punto señalado por los matemáticos, encontró el<br />
nuevo planeta. Difícilmente podía imaginarse una conrmación más contundente de<br />
la teoría de Newton.<br />
Pero en aquellas fechas nadie pensaba ya que hicieran falta más conrmaciones:<br />
precisamente por eso los astrónomos al enconcontrase con el movimiento irregular<br />
de Urano no desconaron de las leyes de Newton sino del número de los planetas.<br />
El descubrimiento de Neptuno era uno más en una serie de éxitos de la idea de<br />
gravitación universal, que había comenzando con las aplicaciones desarrolladas por<br />
Newton ya en los Principia. Allí había conseguido explicar el complicado movimiento<br />
de la Luna (difícil precisamente porque, al estar la Tierra y la Luna cercanas, no<br />
pueden tratarse como puntos, y para obtener resultados precisos hay que tener en<br />
cuenta la atracción mutua de todos los puntos de una y otra); había predicho correctamente<br />
la forma ligeramente achatada de la Tierra, y había conseguido explicar<br />
la precesión de los equinoccios (un misterio conocido desde Hiparco, casi dos mil<br />
años antes, pg. 107) por la acción de la Luna sobre esa Tierra achatada, que hace<br />
moverse lentamente al eje de la Tierrra. Y por supuesto, había explicado las mareas.<br />
Otra vez las mareas<br />
Ante todo, la física de Newton dejaba bien claro por qué era errónea la explicación<br />
de Galileo (pg. 160). En una Tierra inmóvil obviamente el mar tendría la misma<br />
altura en todos los puntos. Si ahora ponemos a girar la Tierra, el efecto centrífugo<br />
producirá un ligero levantamiento del mar, máximo en el ecuador y gradualmente<br />
menor para latitudes mayores (el mismo efecto que explicaba el achatamiento de la<br />
Tierra por los polos, suponiendo que ésta era uida en el tiempo de su formación).<br />
Pero no habrá ninguna marea, porque el levantamiento será el mismo a lo largo<br />
de todo el ecuador. Ahora, nalmente, añadamos el movimiento de traslación a la<br />
Tierra: al tratarse de un movimiento en bloque de la Tierra, la ley de la inercia<br />
garantiza que no puede tener ningún efecto observable.<br />
La explicación de Newton puede entenderse con referencia a la Figura 9.5. Arriba<br />
178 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
Mareas.pdf<br />
2 0 1<br />
a2 a0 a1<br />
T<br />
L<br />
(a)<br />
2 1<br />
a’2 a’1<br />
0 2 1<br />
(b)<br />
Figura 9.5: Arriba (a): la fuerza de atracción de la Luna crea diferentes aceleraciones a1, a0 </p>
<p>y<br />
a2 en los puntos 1, 0 y 2. Abajo (b): las aceleraciones relativas a la Tierra a01 y a02 son las </p>
<p>que se<br />
obtienen restando a esas aceleraciones la aceleración de la Tierra, a0. El efecto neto es que </p>
<p>tanto<br />
en 1 como en 2, la Luna tiende a reducir el peso, y por tanto, el mar asciende en relación a </p>
<p>los<br />
puntos en los que no se da este efecto (que estarían sobre un meridiano a mitad de camino entre<br />
1 y 2).<br />
(a) se han representado las aceleraciones debidas a la atracción de la Luna en los<br />
puntos 1 y 2, sobre la supercie de la Tierra, y 0, en su centro. La aceleración es<br />
menor cuanto más lejos estamos de la Luna. Pero para un observador en la Tierra,<br />
lo que cuentan son las aceleraciones con respecto a la Tierra; es decir, hay que restar<br />
la aceleración a0 del centro de la Tierra. Obtenemos así a01 = a1 􀀀a0 y a02 = a2 􀀀a0.<br />
Obviamente, a00 = a0 􀀀 a0 = 0 porque la Tierra parece en reposo vista desde la<br />
propia Tierra. Como a0 &gt; a2, obtenemos que a02 es negativo, lo que signica nada<br />
más que apunta hacia la izquierda, como se ha dibujado en (b).<br />
Estas aceleraciones a02 y a01 se superponen a la aceleración de la gravedad, y hacen<br />
que los objetos situados frente a la Luna (posición 1) o diametralmente opuestos<br />
(posición 2) pesen un poquito menos. El efecto sólo se nota en el océano, que por<br />
ser uido puede moverse libremente. Al girar la Tierra a lo largo del día, las partes<br />
que van pasando por la posición 1 y 2 son las que están en marea alta: hay dos al<br />
día, y no una como predecía Galileo.<br />
9.4. Hypotheses non ngo<br />
Hemos examinado las dicultades técnicas que planteaba convertir la idea de la<br />
gravitación terrestre (o solar) en gravitación universal. No hacen falta más ejemplos<br />
para apreciar el genio extraordinario con el que Newton abordó esas dicultades:<br />
resolvió todos los principales problemas y convirtió cada solución en un nuevo éxito<br />
de su teoría.<br />
9.4 Hypotheses non ngo 179<br />
Pero la gravitación universal también planteaba serios problemas losócos. Para<br />
entenderlos vamos a empezar por una cuestión más sencilla, que enseguida nos llevará<br />
al problema más general.<br />
Por qué nadie había asociado la manzana con la Luna<br />
Los libros de divulgación suelen presentar la teoría de la gravitación universal<br />
como salida íntegramente, con armas y bagajes, de la cabeza de Newton (como<br />
Minerva de la cabeza de Zeus). Al conocer el trabajo de Huygens y las intuiciones<br />
precursoras de otros autores como Kepler y Hooke, puede parecer que al n y al<br />
cabo Newton no fue tan genial. Una vez que Huygens había concebido la idea de<br />
que la Luna estaba cayendo hacia la Tierra para mantenerse en órbita, ¾no debía<br />
ser obvio que era la gravedad la que la hacía caer? ¾Cómo es posible que nadie antes<br />
de Newton tuviera la idea de que la gravedad llegaba a la Luna?<br />
Esta es una cuestión que sólo puede entenderse si la miramos con los ojos de la<br />
época. Cuando hoy usamos la palabra gravedad, tenemos en mente en concepto de<br />
gravedad que surgió con Newton. Pero gravedad era simplemente la palabra latina<br />
para pesadez, la tendencia del elemento tierra a buscar su lugar natural en el centro<br />
del mundo, opuesta a la levedad que hace subir al fuego. Pensar que la Luna era<br />
afectada por la gravedad de la Tierra era inimaginable en el marco aristotélico en<br />
el que la Luna y la Tierra pertenecían a mundos diferentes y ni siquiera estaban<br />
hechas de la misma materia.<br />
Después de Galileo el aristotelismo quedó denitivamente desprestigiado en el<br />
campo de la ciencia, o, como se decía entonces, de la losofía natural. Cundió la<br />
idea de que el viejo aristotelismo debía ser reemplazado por una nueva losofía<br />
mecánica, construida según los principios que habían inspirado a Galileo. Pero en<br />
ese nuevo marco tampoco iba a ser fácil aceptar la idea de Newton.<br />
Los promotores de la losofía mecánica conviertieron en una cuestión de principio<br />
abandonar cualquier tipo de propiedades ocultas en el estudio de la naturaleza<br />
(aquellas simpatías, antipatías e inuencias que para Galileo no eran más que<br />
una máscara de la ignorancia, pg. 133). John Locke formuló esta idea armando<br />
que sólo las magnitudes cuanticables, las llamadas propiedades primarias como<br />
extensión, movimiento, número y gura, podían tener cabida en la ciencia, pues eran<br />
las únicas objetivas, a diferencia de propiedades secundarias como color, sabor,<br />
sonido&#8230; que eran subjetivas y estaban, por así decirlo, en la mente del observador.<br />
Descartes fue aún más lejos, considerando que la extensión era el único atributo de<br />
la materia (la llamó res estensa), y predicando que estaba radicalmente separada de<br />
la mente (la res cogitans). Sobre esa base construyó un ambicioso sistema del mundo<br />
que, como ya mencionamos, acabó fracasando, pero fue muy inuente en su época.<br />
Todos los defensores de la losofía mecánica, partidarios o no del sistema de<br />
Descartes, estaban de acuerdo en una cosa: que eliminar las propiedades ocultas<br />
de Aristóteles implicaba que la materia era inerte, y sólo podía actuar por contacto<br />
o por presión. Que un cuerpo (como la Tierra) pudiera tener efectos sobre cuerpos<br />
que no estaban en contacto con él (como la Luna) era poco menos que magia, algo<br />
incompatible con los fundamentos de la ciencia. De este modo quedó proscrita la<br />
acción a distancia.<br />
180 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
Para Descartes, decir que un hierro se movía hacia un imán porque el imán<br />
ejercía una fuerza atractiva era no explicar nada: seguía siendo lo mismo que decir,<br />
como Aristóteles, que la piedra cae porque busca su lugar natural (o decir, como el<br />
médico de Molière, que el opio produce sueño porque posee un poder dormitivo). Una<br />
auténtica explicación tenía que basarse en el efecto de fuerzas, y las únicas fuerzas<br />
inteligibles eran las de contacto: cuando un objeto choca con otro o lo empuja.<br />
Así, por ejemplo, Descartes postulaba que el efecto del imán se debía a que emitía<br />
partículas en forma de tornillo, que empujaban al hierro al introducirse en él a través<br />
de canales microscópicos, y explicaba la gravedad por la presión de los torbellinos<br />
de materia sutil de los que hablaba Voltaire.<br />
En resumen: cuando Galileo unicó los mundos sublunar y supralunar, se abrió<br />
la puerta a extender la gravedad hasta la Luna, pero fue cerrada inmediatamente<br />
porque la losofía mecánica no admitía la acción a distancia.<br />
La virtud de no ngir hipótesis<br />
Newton era muy consciente del clima intelectual de su época, y sabía que era<br />
imposible que los lósofos mecánicos aceptaran su concepto de gravitación universal.<br />
Hoy nos cuesta entender esta oposición tan frontal, pero es porque se trata de<br />
uno de esos conceptos que hemos aceptado en el colegio y nunca nos hemos vuelto<br />
a cuestionar. Pero deberíamos preguntarnos qué pensaríamos si alguien nos dijera<br />
algo así: Todo está conectado con todo. La partícula más pequeña actúa sobre todos<br />
los demás objetos del universo, aunque estén a millones de kilómetros, y de alguna<br />
manera sabe en cada momento a qué distancia están y cuál es su masa, para ajustar<br />
en consecuencia la intensidad de su acción . Probablemente nos parecería pseudociencia<br />
de la peor especie, cháchara New Age en la línea de tú puedes sintonizar<br />
con la energía positiva del universo o cosas por el estilo.<br />
Pero justo eso es lo que dice la gravitación universal, y justamente así es como<br />
sonaba a los lósofos naturales de la época, aunque su referencia no fuera la New<br />
Age sino las anidades y oposiciones de Aristóteles y a la tradición ocultista de la<br />
alquimia y los herméticos seguidores de Hermes Trismegisto.<br />
Ciertamente Newton estuvo muy interesado en la alquimia, tanto por lo menos<br />
como en la mecánica, y hay historiadores que han sugerido que ese interés le habría<br />
preparado para concebir la idea de una acción a distancia universal, o por lo menos,<br />
para encontrarla aceptable.<br />
Es posible, pero en cualquier caso Newton siempre defendió vigorosamente que<br />
todo lo que publicó era ciencia, no especulaciones, y dejó para los críticos un famoso<br />
escolio (comentario) en los Principia el que gura la frase lapidaria hipotheses non<br />
ngo: no njo hipótesis. Con esto quería decir que su trabajo había sido guiado por<br />
la observación y el experimento, y no por principios metafísicos de ningún tipo.<br />
Newton está aquí polemizando con Descartes, y el propio título de Principia<br />
Mathematica era una declaración de principios opuesta a los Principia Philosophiae<br />
del francés. Lo que hay de fondo es una disputa sobre el legado de Galileo, al que<br />
ambos admiraban grandemente pero del que daban interpretaciones opuestas. Para<br />
Descartes, su mérito radicaba en establecer que las explicaciones en ciencia debían<br />
omitir las propiedades ocultas de Aristóteles y ceñirse a causas de tipo mecánico.<br />
9.4 Hypotheses non ngo 181<br />
Para Newton, por el contrario, de lo que se trataba era de no postular prematuramente<br />
causas de ningún tipo. Explicar el magnetismo por el efecto de partículas en<br />
forma de tornillo emitidas por los imanes o la gravedad a partir de la presión de<br />
remolinos en el éter, como hacía Descartes, era recurrir a hipótesis. Newton llamaba<br />
así a proposiciones tales que ni son un fenómenos ni son deducidas de ningún<br />
fenómeno, sino presumidas y supuestas sin ninguna base experimental.<br />
Para Newton, esas hipótesis podían ser una guía para la imaginación, pero no<br />
teniendo ninguna seguridad de que fueran las verdaderas causas, nada en el contenido<br />
de la ciencia debería depender de ellas. Sólo tenían cabida deducciones que partieran<br />
no de hipótesis sino de principios establecidos a partir de la experiencia:<br />
Esas cualidades ocultas pusieron un freno al desarrollo de la losofía de<br />
la naturaleza y, por tanto, han sido rechazadas en los últimos años.<br />
Decirnos que cada especie de cosas está dotada de una cualidad<br />
especíca oculta por la que actúa y produce sus efectos maniestos, es<br />
no decirnos nada. Pero derivar dos o tres principios generales del<br />
movimiento de los fenómenos, y decirnos después cómo las propiedades<br />
y acciones de todas las cosas corpóreas se siguen de estos principios<br />
maniestos, sería un gran paso en la Filosofía, aunque las causas de<br />
esos principios no hubieran sido descubiertas aún; y, por tanto, no<br />
tengo escrúpulos en proponer los principios del movimiento antes<br />
mencionados, siendo de una extensión muy general, y dejar sus causas<br />
por descubrir.<br />
En denitiva: de las tres leyes del movimiento y de la ley de la gravitación universal<br />
se siguen las propiedades y acciones de todas cosas corporéas. Ciertamente<br />
esas leyes sólo nos dicen cómo funcionan las cosas y no las causas de que funcionen<br />
así. Nos quedamos sin saber el porqué, pero ya es un paso muy grande saber el cómo.<br />
Esta renuncia a la explicación mediante causas era lo que censuraban a Galileo<br />
los aristotélicos, y también Descartes, pese a la admiración que le tributaba. Pero<br />
no es que Newton abjurase de las causas. Aspiraba a explicar los fenómenos en toda<br />
su profundidad y no meramente a predecirlos. Simplemente, no quería ngir que sus<br />
hipótesis eran la realidad. Igual que Galileo (pg. 134), prefería la franca sinceridad<br />
de admitir no lo sé por respuesta a la presuntuosa certeza de creer explicarlo todo.<br />
No hace falta decir que, una vez más, Newton tenía razón frente a Descartes.<br />
El triunfo de la acción a distancia<br />
A la vista de estas dicultades losócas, era de esperar que Newton tuviera que<br />
enfrentarse a muchas críticas, y ciertamente las hubo, sobre todo en Francia, donde<br />
estaba muy arraigado el cartesianismo. Pero la polémica fue menos intensa de lo que<br />
cabía esperar.<br />
Si Newton hubiera publicado poco a poco sus resultados, como hacen hoy en día<br />
los cientícos, se habría expuesto sin duda a un debate feroz. Pero era una persona<br />
muy reservada, que investigaba para sí mismo y no buscaba el reconocimiento público.<br />
Era además muy exigente con lo que daba a conocer: no quería publicar nada<br />
de lo que no estuviera absolutamente seguro. Cuando por n se decidió a hacerlo,<br />
182 9. Newton: la mayoría de edad de la ciencia<br />
espoleado por Halley, fue cuando tenía ya la impresionante masa de resultados que<br />
presentó en los Principia, y tal masa desactivó en buena medida a los críticos. Como<br />
decía una reseña anónima del libro (pero que sin duda fue escrita por Halley):<br />
Este autor incomparable -quien por n ha accedido a darse a conocerofrece<br />
en este tratado el ejemplo más notable del alcance de los poderes<br />
de la mente; ha demostrado claramente cuáles son los Principios de la<br />
Filosofía Natural y derivado de tal forma sus consecuencias, que parece<br />
haber agotado su argumento, y dejado muy poco por hacer a los que<br />
vengan detrás.<br />
Efectivamente, en los Principia, Newton resolvía prácticamente todos los problemas<br />
abiertos por aquel entonces en las ciencias físicas: las mareas, la precesión de<br />
los equinoccios, la forma de la Tierra, los detalles del movimiento de la Luna&#8230; Los<br />
resultados obtenidos con gran esfuerzo por mayores cientícos que le precedieron (los<br />
de Huygens sobre el péndulo, de Galileo sobre el plano inclinado, de Kepler sobre<br />
las órbitas de los planetas..) se convertían en ejercicios relativamente sencillos, </p>
<p>aplicaciones<br />
particulares que su teoría puso al alcance de los estudiantes de bachillerato.<br />
Si esa era la recompensa por aceptar la acción a distancia&#8230; en n, quizá después de<br />
todo habría que aceptarla.<br />
Con el tiempo, el éxito de la física de Newton fue tan completo que se tomó<br />
como el modelo (el paradigma, diría Kuhn) de toda teoría física: a lo largo del siglo<br />
XIX la electricidad y el magnetismo se intentaron formular siguiendo la plantilla<br />
newtoniana; los cuerpos materiales se concibieron como formados por partículas<br />
(átomos) separados por el vacío y sometidos a interacciones eléctricas que decrecían<br />
con el cuadrado de la distancia como la gravedad, y a principios del siglo XX, el<br />
propio átomo se concibió como un sistema solar en miniatura. Pero la pregunta por<br />
las causas de esas fuerzas desapareció casi por completo de las preocupaciones de<br />
los físicos.<br />
Quizá la mayor ironía radica en que las fuerzas de contacto, las únicas inteligibles<br />
para los lósofos mecánicos, se explicaron también en términos de la acción a<br />
distancia: como un subproducto de las fuerzas de repulsión electrostática que aparecen<br />
entre los átomos de dos objetos cuando éstos se aproximan. No cabe imaginar<br />
mayor triunfo para esa misteriosa interacción sobre cuya naturaleza última Newton<br />
no quería ngir hipótesis.<br />
Capítulo 10<br />
Epílogo: ¾Qué es, entonces, la<br />
ciencia?<br />
Empezábamos el libro diciendo que si en el siglo XX uno quiere entender el<br />
mundo, necesita entender la ciencia. Y decíamos también que lo que necesitamos<br />
entender, más que los contenidos y los resultados, son los métodos, los enfoques, la<br />
manera de ver el mundo. En denitiva, el carácter de la ciencia, ese personaje que se<br />
ha convertido en un protagonista en los dramas (y las comedias) de nuestro tiempo.<br />
En los capítulos precedentes hemos seguido la evolución de la ciencia desde su<br />
nacimiento con Tales de Mileto hasta su mayoría de edad con Isaac Newton. No<br />
ha sido, claro está, una biografía exhaustiva. En ese largo periodo de formación<br />
la ciencia no se limitó a la cosmología y la física, pero hemos preferido centrarnos<br />
en este argumento, que fue decisivo para denir su carácter: lo que hoy llamamos<br />
ciencia se forjó esencialmente en el proceso que hemos contado aquí.<br />
Los alemanes llaman Bildungsroman a una novela que relata los años de formaci<br />
ón de una persona, y que termina cuando el protagonista ya es un adulto con su<br />
personalidad bien denida. Ha llegado el momento de poner n a este Bildungsroman<br />
de la ciencia y dedicar el último capítulo a examinar esa personalidad. ¾Qué<br />
es, entonces, la ciencia?<br />
10.1. La concepción de sentido común<br />
Los súbditos de la reina Victoria con los que empezamos el primer capítulo,<br />
aquellos entusiastas que abarrotaban las conferencias de Davy y de Faraday, lo<br />
tenían muy claro. Si les hubiéramos preguntado ¾qué es la ciencia? nos habrían<br />
respondido algo así:<br />
La ciencia es el conjunto de conocimientos probados y ciertos, y el<br />
proceso por el que los obtenemos, de modo riguroso, de los hechos de la<br />
experiencia, mediante la observación y la experimentación.<br />
Esta era la concepción estándar de la ciencia para los europeos cultos del siglo<br />
XIX. Para ellos, la ciencia proporcionaba un conocimiento able porque era objetiva,<br />
y lo era porque se basaba en los hechos: lo que podemos ver, oír y tocar, sin<br />
183<br />
184 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
que tuvieran cabida las opiniones y preferencias personales, la imaginación o las<br />
especulaciones.<br />
Esta visión de la ciencia sigue estando muy extendida, hasta el punto de que<br />
podríamos llamarla la concepción de sentido común. Es la concepción que encontramos<br />
en los periódicos, la concepción a la que apelan los anuncios cuando dicen<br />
que la ecacia de un champú está cientícamente probada, y la que comparten la<br />
mayoría de los libros de divulgación. Pero el sentido común no siempre acierta, y<br />
vamos a ver enseguida que es una imagen distorsionada y simplista, tanto que le<br />
vamos a adjudicar el nombre de empirismo ingenuo.<br />
La ciencia como marcha triunfal<br />
Los europeos cultos del siglo XIX, a los que hemos hecho portavoces de la concepci<br />
ón de sentido común de la ciencia, vivían en una era optimista: la de la máquina<br />
de vapor y las Exposiciones Universales. Entonces Europa se consideraba el producto<br />
nal del progreso humano, y reinaba el convencimiento de que la clave de<br />
ese progreso era la ciencia. Quizá quien lo expresó de manera más elocuente fue el<br />
lósofo francés Auguste Comte, con su teoría de los tres estadíos. Según Comte, la<br />
evolución de las sociedades y los individuos es análoga. En ambos casos, se pasa<br />
necesariamente por tres estadíos: el teológico, el metafísico y el positivo. El teológico<br />
es el de la infancia (del individuo y de la sociedad), y su modo de ver el mundo<br />
es el de la religión; el metafísico es el de la juventud y corresponde a la losofía,<br />
mientras que el tercer estadío, el positivo, es el de la madurez: la edad de la ciencia.<br />
Naturalmente, para Comte la madurez se había alcanzado en la Europa del siglo<br />
XIX.<br />
Comte formulaba así la idea muy extendida de que la losofía y la religión son<br />
modos primitivos de pensamiento, y que con la ciencia hemos encontrado por n la<br />
manera denitiva de acceder al conocimiento. En la raíz de esta conanza estaba el<br />
empirismo ingenuo: la visión de la ciencia como un proceso objetivo, que se basa<br />
en la observación y el análisis de los hechos, constatados sin prejuicios, y cuantos<br />
más mejor. Gracias a que se basa en los hechos objetivos la ciencia progresa necesariamente<br />
hacia un conocimiento seguro, en contraste con la religión o la losofía,<br />
que, por sustentarse en meras opiniones o prejuicios, son subjetivas y no progresan.<br />
La ciencia sería así el único conocimiento realmente válido; en denitiva, la única<br />
verdad.<br />
Aceptado esto, era natural dar el salto del progreso cientíco al progreso moral,<br />
pues poseer la verdad sin duda debería llevarnos a alcanzar el bien. Así, para Comte<br />
el progreso de la ciencia no era sólo progreso el sentido restringido de avance del<br />
conocimiento cientíco sino en el más amplio de mejora de la humanidad. Para él,<br />
la sociedad en el estadío positivo, abandonadas las especulaciones inútiles, alcanzaría<br />
el mayor bienestar y felicidad liderada por los cientícos. Similares ideas defendían<br />
en Gran Bretaña, por la misma época, los utilitaristas como John Stuart Mill y<br />
Jeremy Bentham.<br />
En resumen, la lógica de positivistas y utilitaristas, partiendo de la pretensión de<br />
que la ciencia nos proporcionaba el conocimiento de la verdad (los hechos positivos<br />
de los que hablaba Comte, despojados de toda adherencia metafísica y religiosa)<br />
10.1 La concepción de sentido común 185<br />
desembocaba en la convicción de que este conocimiento de la verdad nos llevaría<br />
a una humanidad mejor. Este era, en pocas palabras, el programa del cientismo,<br />
que ya no es una losofía de la ciencia sino una ideología, pero una ideología muy<br />
natural para el empirista ingenuo.<br />
El argumento podía parecer convincente, pero para quienes creían que los problemas<br />
humanos tenían una dimensión moral propia, irreductible a la ciencia, la<br />
conclusión resultaba ingenua y hasta peligrosa. Charles Dickens, por ejemplo, caricaturizaba<br />
el positivismo en su novela Tiempos difíciles, publicada en 1854. El libro<br />
comienza con el discurso del director de escuela Mr. Gradgrind:<br />
Lo que yo quiero son Hechos. Enseñad a estos niños y niñas nada más<br />
que Hechos. No plantéis más que esta semilla y suprimid las demás.<br />
Sólo pueden modelarse las mentes de animales racionales sobre los<br />
Hechos: nada más les será de utilidad. Este es el principio con el que<br />
educo a mis hijos y con el que educo a estos niños también. ½Atenerse a<br />
los Hechos, señores!<br />
Casi podemos oir al vehemente maestro, e imaginarnos a los alumnos encogidos<br />
en los pupitres, amedrentados ante el torrente de Hechos que se les venía encima&#8230;<br />
Aprendiendo de la historia<br />
Si Mr. Gradgrind hubiera vivido lo suciente, seguramente hubiera tenido que<br />
reconsiderar sus ideas. Porque, ateniéndonos a los hechos, la historia del siglo XX<br />
ha desmentido este optimismo. Después del gas mostaza, las cámaras de gas, Hiroshima<br />
y la Guerra Fría, es dicil seguir sosteniendo que el progreso cientíco nos<br />
hace mejores. Más bien parece apropiado decir que el cientismo ha sido refutado<br />
experimentalmente.<br />
Y sin embargo, aunque ya no equiparemos progreso cientíco y progreso moral,<br />
el empirismo ingenuo que estaba en la raíz del optimismo victoriano sigue siendo<br />
la concepción de sentido común. Hemos dicho que esta visión de la ciencia es<br />
distorsionada y simplista, pero no hemos explicado por qué. Lo mejor será empezar<br />
una vez más por los hechos, pero esta vez por los hechos de la historia de la ciencia.<br />
En este libro, nuestro somero recorrido de Tales a Newton nos ha mostrado<br />
varias realidades que se ajustan muy mal a la imagen tan querida por Comte y<br />
los progresistas victorianos (los whigs), de una ciencia que progresa necesariamente<br />
impulsada por la observación desapasionada de los hechos de la naturaleza. Por<br />
ejemplo, hemos encontrado que:<br />
El avance de la ciencia no es lineal ni previsible. La respuesta correcta a un<br />
problema puede ser rechazada e ignorada durante dos mil años (es el caso de<br />
Aristarco y también de los atomistas), permanecer semidurmiente y triunfar<br />
al cabo de un siglo (caso de Copérnico) o hacerlo casi de inmediato (Newton).<br />
Lo decisivo para el avance de la ciencia es la formulación de nuevas teorías y<br />
no el descubrimiento de nuevos hechos. Copérnico no descubrió ningún hecho<br />
nuevo, y Galileo sólo buscó los hechos para conrmar sus teorías.<br />
186 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
Muy a menudo lo que inspira las nuevas teorías tampoco son los nuevos hechos,<br />
sino otro tipo de cuestiones más teóricas: la anidad por unas ideas losócas<br />
(hemos visto los casos de Eudoxo, Copérnico, Kepler o Descartes), la oposición<br />
a otras (Galileo contra el aristotelismo) o la lucha contra problemas internos<br />
de la ciencia (Newton poniendo orden en el problema de los planetas).<br />
¾Cómo es que no veían esto en el siglo XIX? Y más aún, ¾cómo se sigue ignorando<br />
hoy en casi toda la literatura popular sobre la ciencia?<br />
En realidad, ya habíamos visto la respuesta en el prólogo. La imagen de la ciencia<br />
que surge del estudio de su historia es mucho más interesante y humana que la<br />
simple plantilla whig del progreso lineal y necesario. Pero al no cuadrar con esa<br />
plantilla, las paradojas, incongruencias, retrocesos, genialidades y torpezas que la<br />
hacen tan interesante han sido frecuentemente ignoradas o explicadas por teorías<br />
conspiratorias (la sempiterna Iglesia enemiga de la ciencia o Aristarco silenciado a<br />
gritos, como decía Carl Sagan).<br />
10.2. Por qué el empirismo es ingenuo<br />
Hasta aquí hemos argumentado que la concepción de la ciencia como marcha<br />
triunfal es desmentida por la realidad, tanto de su historia como de su impacto sobre<br />
la sociedad. Ni la ciencia ha sido un avance continuo hacia la verdad impulsado por<br />
los hechos, ni el progreso cientíco parece haber traído una humanidad mejor.<br />
Pero esa concepción era sobre todo una construcción ideológica, el cientismo,<br />
que se había edicado sobre el empirismo ingenuo. Y cuando se derrumba un edicio<br />
no tiene por qué ser necesariamente por culpa de sus cimientos. Así que si vamos a<br />
criticar al empirismo deberíamos hacerlo en tanto que losofía de la ciencia, no por<br />
sus posibles adherencias o excrecciones ideológicas.<br />
En este punto, el empirista puede defender su postura argumentando que, aunque<br />
la historia de la ciencia no le da la razón cuando muestra que frecuentemente las<br />
teorías no han surgido de la observación sistemática de los hechos sino de otras<br />
variadas fuentes de inspiración, en denitiva esos hechos sí son lo único que cuenta a<br />
la hora de demostrar que las teorías son válidas. Uno puede tener muchas ocurrencias,<br />
pero cuando consigue que se conviertan en teorías cientícas es cuando las deriva<br />
rigurosamente de los hechos.<br />
Este empirista está señalando una distinción importante, que fue introducida en<br />
la losofía de la ciencia por el astrónomo sir John Herschel (el hijo de William Herschel,<br />
el descubridor de Urano). Una cosa es el contexto del descubrimiento (donde<br />
cualquier ocurrencia puede ser provechosa) y otra el contexto de la justicación<br />
(donde sólo valdría lo que se demuestra empíricamente). Y es el contexto de la justi<br />
cación el que cuenta para garantizar la validez de una teoría. La objección es<br />
razonable y nos lleva a plantearnos una cuestión crucial; en realidad, la cuestión<br />
básica de la losofía de la ciencia: ¾cómo podemos justicar una teoría cientí-<br />
ca?¾Tenemos que demostrarla a partir de los hechos, como deende el empirista? Y<br />
en tal caso, ¾cómo se haría esa demostración?<br />
10.2 Por qué el empirismo es ingenuo 187<br />
El arco del conocimiento<br />
El primer autor que trató extensamente esta cuestión, y que por tanto merece<br />
el título de primer lósofo de la ciencia fue (¾quién si no?) nuestro viejo conocido<br />
Aristóteles.<br />
Aristóteles denió la ciencia como un conocimiento de las cosas por sus principios<br />
y sus causas (y una vez más tenemos que asombrarnos de su perspicacia, porque<br />
½esa sigue siendo la denición del Diccionario de la Real Academia Española!). Lo<br />
que quería decir con esto es que la investigación comienza con la observación de<br />
que ciertos hechos ocurren, pero no podemos hablar de ciencia hasta que estos<br />
hechos no están explicados. Y sólo están explicados cuando los deducimos de ciertos<br />
principios, lo que hoy llamamos leyes o teorías. La denición de Aristóteles recoge<br />
pues, implícitamente, la idea de que sin teoría no hay ciencia (en gran descubrimiento<br />
griego que atribuimos a Tales en el primer capítulo).<br />
¾De dónde salen esas teorías? Se derivan también de la observación, pero no<br />
pueden ser observadas directamente. Son el resultado de la generalización cuidadosa<br />
a partir de un gran número de observaciones; es decir, de la inducción. Al subrayar<br />
que el verdadero conocimiento comienza con la experiencia, Aristóteles es indudablemente<br />
empirista, en contraste con el racionalismo de su maestro Platón, que<br />
insistía en que los sentidos sólo nos muestran apariencias y el único conocimiento<br />
able es que proviene de la razón.<br />
Pero la observación no basta. Una vez establecidos los principios, deben servir<br />
para deducir los hechos: si no, no serían los principios correctos. Y por eso el método<br />
cientíco tiene para Aristóteles dos etapas, una inductiva y otra deductiva, representadas<br />
en la Figura 10.1.<br />
ArcoConocimiento.pdf<br />
Leyes y teorías<br />
2<br />
Inducción Deducción<br />
Observaciones<br />
1 3<br />
Figura 10.1: El arco del conocimiento: método inductivo-deductivo.<br />
Este esquema célebre, que se ha llamado el arco del conocimiento es un camino<br />
de ida y vuelta, que empieza y acaba en los hechos, pero que no nos deja en el mismo<br />
punto: en el proceso de subir y bajar por el arco, hemos pasado de un conocimiento<br />
de hechos (punto (1)) a un conocimiento de las razones de los hechos (punto (3)).<br />
En la imagen de sentido común de la ciencia, el empirismo ingenuo que<br />
188 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
exponíamos arriba, podemos reconocer una versión simplicada de este método<br />
inductivo-deductivo. Pero aunque Aristóteles es empirista, difícilmente podríamos<br />
llamarlo ingenuo, porque señala dos puntos de capital importancia que van más allá<br />
de la imagen popular y que hoy siguen aceptándose: que la ciencia no es un simple<br />
agregado de conocimientos, sino que consta de teorías, y que estas teorías permiten<br />
explicar los hechos, en el sentido de que pueden ser deducidos de ellas (parte descendente<br />
del arco). Además, propone un mecanismo por el que se pasa de los hechos a<br />
las teorías (parte ascendente del arco): la inducción.<br />
El concepto del método cientíco de Aristóteles, como su física o su cosmología,<br />
encerraba grandes dosis de sentido común y fue enormemente inuyente a lo largo de<br />
la historia. Pero, como su física o su cosmología, resultó a la postre estar equivocado,<br />
y ha terminado por abandonarse como descripción de lo que la ciencia es o de lo<br />
que debe ser. La diferencia está en que mientras todo el mundo ha oído hablar de<br />
las leyes de Newton y sabe que la Tierra gira alrededor del Sol, muy pocos están al<br />
tanto de las concepciones que han desplazado a Aristóteles en el campo de la losofía<br />
de la ciencia, y el empirismo, en una versión que ya para él resultaría ingenua, sigue<br />
siendo la concepción de sentido común.<br />
El problema de la inducción<br />
En realidad, el talón de Aquiles de la concepción aristotélica está en su armación<br />
de que los principios explicativos (las leyes o teorías) se justican por inducción. La<br />
idea de que una regularidad observada un número suciente de veces es una ley de<br />
la naturaleza suena razonable, pero no puede ser justicada losócamente. Bertrand<br />
Russell lo explicó muy grácamente con su cuento del pavo inductivista:<br />
Este pavo descubrió que, en su primera mañana en la granja avícola,<br />
comía a las 9 de la mañana. Sin embargo, siendo como era un buen<br />
inductivista, no sacó conclusiones precipitadas. Esperó hasta que<br />
recogió una gran cantidad de observaciones del hecho de que comía a<br />
las 9 de la mañana e hizo estas observaciones en una gran variedad de<br />
circunstancias, en miércoles y en jueves, en días fríos y calurosos, en<br />
días lluviosos y en días soleados. Cada día añadía un nuevo enunciado<br />
observacional a su lista. Por último, su conciencia inductivista se sintió<br />
satisfecha y efectuó una inferencia inductiva para concluir: Siempre<br />
como a las 9 de la mañana. Pero ½ay! Se demostró de manera<br />
indudable que esta conclusión era falsa cuando, la víspera de Navidad,<br />
en vez de darle la comida, le cortaron el cuello.<br />
Fue David Hume, a mediados del siglo XVIII, quien señáló que el inductivismo<br />
reposa sobre una lógica circular. Su única justicación como principio consiste en<br />
que casi siempre funciona: las inferencias inductivas no suelen acabar como en el<br />
caso del pobre pavo. Pero al justicar el principio de inducción de esta manera,<br />
estamos usando el propio principio de inducción. En denitiva, decimos que como<br />
el principio ha funcionado en el caso 1, en el caso 2, en el caso 3&#8230; entonces va a<br />
funcionar siempre: un claro razonamiento inductivo.<br />
10.2 Por qué el empirismo es ingenuo 189<br />
Después de la crítica demoledora de Hume, se ha acabado reconociendo que no<br />
se puede pasar de un conjunto de enunciados singulares (hechos) a un enunciado<br />
universal (teoría), por muy abundantes y contrastados que sean esos hechos. Esto<br />
es lo que se conoce como el problema de la inducción.<br />
Y ciertamente sería un grave problema si la ciencia partiera de los hechos y<br />
estableciera sus teorías por inducción. Pero ya hemos visto que la ciencia no funciona<br />
así: antes mencionábamos cómo las teorías de Eudoxo, Copérnico, Kepler, Descartes,<br />
Galileo o Newton debieron poco a esa presunta observación meticulosa y objetiva<br />
de un gran número de hechos.<br />
Ahora bien, aunque el problema de la inducción no desmienta la práctica de la<br />
ciencia, ¾no impugna acaso su validez ? Puede que la inducción no se utilice excesivamente<br />
en el contexto del descubrimiento, pero contábamos con ella para el contexto<br />
de la justicación. Si los hechos no son unos cimientos sólidos sobre los que edicar<br />
nuestras teorías, ¾no se derrumbarán éstas como un castillo de naipes?<br />
La solución de Popper<br />
Esta es la vertiente del problema de la inducción que ha preocupado a muchos<br />
lósofos. Y a eso se refería Karl Popper cuando empezaba su libro Conocimiento<br />
Objetivo con estas contundentes palabras:<br />
Puedo estar equivocado, por supuesto, pero creo que he resuelto un<br />
importante problema losóco: el problema de la inducción (debo<br />
haber alcanzado la solución hacia 1927). Esta solución ha sido<br />
extremadamente fecunda, y me ha permitido resolver un buen número<br />
de otros problemas losócos.<br />
En esencia, la solución es ésta: aceptamos que las teorías no brotan por sí solas<br />
de los hechos, y ni siquiera pueden ser demostradas por ellos. Y lo hacemos de buen<br />
grado, porque esto nos proporciona la libertad de conjeturar a nuestro gusto, como<br />
nos sugieran nuestras particulares inclinaciones losócas, estéticas o prácticas. Pero<br />
aunque los hechos no puedan demostrar una teoría, si pueden refutarla. Precisamente<br />
por ser las teorías armaciones universales, basta con que hagan una predicción falsa<br />
para que quede probada su falsedad. Una armación universal sobre hechos empíricos,<br />
como todos los cisnes siempre son blancos nunca puede demostrarse concluyentemente<br />
(no podemos examinar todos los cisnes que han existido o existirán), pero<br />
basta encontrar un contraejemplo (un cisne negro) para refutarla, o, como Popper<br />
prefería decir, para falsarla.<br />
Aunque Popper inventó la palabra, ya vimos que Bellarmino y Galileo tenían<br />
claro el concepto de la falsación. En realidad, la solución de Popper al problema de<br />
la inducción venía aplicándose desde hacía siglos por los cientícos, si bien de manera<br />
implícita, como un elemento de su modus operandi, una faceta del ocio que, igual<br />
que tantas otras, no se verbalizaba en términos losócos.<br />
La modestia no era una de las virtudes de Popper (no hace falta recalcarlo, a la<br />
vista de la cita de arriba). Pero sí que hay que reconocer dónde está su verdadero<br />
mérito: en señalar que esta posibilidad de refutación, lejos de ser algo destructivo, se<br />
convierte en la clave de la abilidad de la ciencia cuando la miramos desde un punto<br />
190 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
de vista dinámico. Igual que las mutaciones y la selección natural empujan a lo largo<br />
de los siglos a los organismos a una mejor adaptación al medio ambiente, el juego<br />
de conjeturas y refutaciones de la ciencia, repetido una y otra vez en la historia de<br />
la ciencia, empuja a nuestras teorías a acomodarse mejor a la realidad de las cosas;<br />
en denitiva, a acercarse a la verdad. Se presupone una teoría, cuando resulta ser<br />
falsada, se sustituye por otra, que acaba por falsarse, y así sucesivamente. Con cada<br />
nueva teoría conocemos algo mejor la realidad. Este enfoque evolucionista es quizá<br />
la mayor aportación de Popper.<br />
Qué es ciencia y qué no lo es<br />
En la inmodesta cita que reproducíamos arriba, Popper armaba que su solución<br />
al problema de la inducción había sido la clave para resolver otros problemas losó-<br />
cos. Uno de ellos es el de distinguir qué es ciencia y qué no lo es. Con el planteamiento<br />
que hemos descrito, es evidente que no puede haber ciencia si las teorías no son susceptibles<br />
de falsación: el juego de conjeturas y refutaciones no puede jugarse con<br />
teorías que son por construcción irrefutables. Entonces, el criterio de demarcación<br />
que delimita el campo de la ciencia puede enunciarse de manea muy sencilla: una<br />
disciplina es cientíca si formula teorías especícas y bien denidas, de modo que<br />
son susceptibles de falsación. Ya nos habíamos encontrado con esta idea en la página<br />
99, al comparar la teoría de epiciclos con la de Heráclides. Mencionábamos allí que<br />
teorías como el psicoanálisis o la astrología hacen predicciones demasiado vagas para<br />
ser falsables, y por esa razón no son cientícas.<br />
Obsérvese qué lejos estamos ya del inductivismo ingenuo: aquí no caracterizamos<br />
el conocimiento cientíco porque sea el correcto, porque surja de los hechos o esté<br />
demostrado por los experimentos&#8230; Lo que decimos es algo mucho más simple y<br />
más operativo: ciencia es lo que se pude demostrar que no es verdad. El psicoanálisis<br />
de Freud no es una ciencia, aun cuando pudiera ser verdadero; el geocentrismo de<br />
Tolomeo sí lo era, aún cuando fuera falso: precisamente que hayamos sido capaces<br />
de demostrar su falsedad conrma que era una teoría cientíca.<br />
En la concepción de Popper, sin embargo, los hechos no pierden importancia.<br />
Podría decirse que siguen siendo tan importantes como en el empirismo, pero su<br />
papel es en cierto sentido, el opuesto: no están al principio del proceso sino al -<br />
nal, y su papel no es el de probar la verdad de las teorías sino su falsedad. Podemos<br />
mantener incluso el esquema del arco del conocimiento, aunque con tres importantes<br />
reinterpretaciones (gura 10.2). En primer lugar, subimos por el arco hacia las leyes<br />
y teorías no mediante la inducción, sino mediante una conjetura. Por eso ya no podemos<br />
hablar de método inductivo-deductivo, sino de método hipotético-deductivo. En<br />
segundo lugar, en el tramo descendente del arco lo esencial, tanto como explicar<br />
los hechos ya conocidos, es abrir la posibilidad de falsación de la teoría, prediciendo<br />
hechos nuevos que hay que vericar. Esta posibilidad convierte el esquema en<br />
dinámico, y esa es la tercera reinterpretación. Los principios siempre son provisionales,<br />
aceptados mientras hayan resistido a todos los intentos de falsación hasta el<br />
momento.<br />
Este esquema dinámico lo habíamos encontrado ya en la sección 7.3: en realidad,<br />
es esencialmente el método de Galileo. Si volvemos a la gura 7.1, vemos que aquel<br />
10.3 Sentido común colectivo ArcoModificado.pdf 191<br />
Leyes y teorías<br />
2<br />
Hipótesis Deducción<br />
• Observaciones<br />
• Preferencias estéticas o<br />
1 3<br />
• Observaciones<br />
• Predicción de nuevos<br />
filosóficas, ocurrencias…<br />
hechos<br />
Figura 10.2: El arco del conocimiento modicado: método hipotético-deductivo.<br />
esquema era similar a este arco del conocimiento modicado, pero puesto boca abajo:<br />
en lugar de ascender a las leyes y teorías, hablábamos allí de descender al mundo<br />
de las matemáticas, donde habitaban nuestros modelos (que aquí llamamos leyes y<br />
teorías); y en lugar de descender a los nuevos hechos predichos por la teoría, allí<br />
ascendíamos al mundo real en el que tenían lugar los experimentos. Los énfasis en<br />
uno y otro esquema son, por supuesto, diferentes: allí subrayábamos el papel de las<br />
matemáticas al deducir las consecuencias de de los modelos, y señalábamos también<br />
que concebir un modelo es similar a hacer un croquis conceptual de los fenómenos.<br />
Pero el proceso que estamos esquematizando en un caso y otro es esencialmente el<br />
mismo.<br />
10.3. Sentido común colectivo<br />
En lo que llevamos de capítulo hemos refutado la concepción popular de la ciencia<br />
como marcha triunfal, hemos explicado por qué el empirismo de sentido común que<br />
sustenta esta convicción es una losofía demasiado ingenua, y hemos presentado el<br />
falsacionismo de Popper como una alternativa más sólida y que reeja mejor el<br />
modo de trabajo de los cientícos, tal como lo inauguró Galileo. Pero, en el mejor<br />
espíritu cientíco, no vamos a dar por denitivas nuestras conclusiones, y volveremos<br />
a reconsiderarlas (a falsarlas quizá) en la siguiente sección. En ésta, sin embargo,<br />
vamos a ocuparnos de otras concepciones erróneas sobre la ciencia, que tienen un<br />
carácter más sociológico que losóco o histórico, pero que son seguramente tan<br />
populares como la ciencia-marcha-triunfal.<br />
Una de estas concepciones es la de la ciencia como corpus esotérico: un saber<br />
sólo al alcance de unos pocos iniciados, cultivado por Einsteins de pelo alborotado<br />
que posan delante de una pizarra garabateada con fórmulas incomprensibles.<br />
Un objetivo de este libro ha sido precisamente desmentir esta idea por el procedimiento<br />
que le gustaría a Mr. Gradgrind: por la vía de los hechos. Decíamos en<br />
el prólogo que para conocer la ciencia hay que entenderla desde dentro, y para eso<br />
192 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
hay que aprender a pensar como un cientíco. Eso es lo que hemos intentado hacer<br />
en nuestro recorrido de Tales a Newton. Si el lector ha sido capaz de entender los<br />
capítulos anteriores, habrá encontrado que eso, afortunadamente, no es tan difícil.<br />
Es cierto que cada especialidad cientíca (la inmunología, la quimicosica o la<br />
cosmología) puede que sea inteligible sólo para los expertos. Pero sus complicaciones<br />
particulares no son esenciales a la ciencia. No revisten mayor misterio que<br />
las propias de otras disciplinas con una larga historia de especialización y formalizaci<br />
ón, como, pongamos por caso, la contabilidad o el derecho mercantil, aunque<br />
a menudo tengan una dosis mayor de matemáticas. La dicultad va a asociada a<br />
la especialización, pero lo esencial de la ciencia tiene que ser accesible a cualquier<br />
persona medianamente inteligente porque no hay ninguna discontinuidad entre el<br />
razonamiento ordinario y el razonamiento cientíco.<br />
Ciencia y tradición<br />
No hay procesos de pensamiento en la ciencia que sean distintos de los procesos<br />
del sentido común, decimos. Pero, eso sí, es un sentido común renado y madurado<br />
por una tradición que ya dura siglos, y que a lo largo de su evolución ha creado<br />
una prodigiosa caja de herramientas (instrumentos, técnicas, conceptos) que lo<br />
potencian.<br />
Puede resultar sorprendente hablar aquí de tradición, porque nuestra época suele<br />
despreciar la tradición y oponerla a la ciencia. Los mismos partidarios de la ciencia<br />
como marcha triunfal a menudo la presentan como una fuerza revolucionaria. Sin<br />
embargo, la ciencia es una tradición. Si la ciencia progresa es porque cada cientíco<br />
no pretende interpretar el mundo ex novo (como hacen hoy los pintores y los grupos<br />
pop) sino que se inscribe obedientemente en una tradición. En ella aprende los<br />
resultados ya establecidos y el manejo de las herramientas del ocio (instrumentos<br />
como el microscopio o la balanza, o técnicas matemáticas como el análisis de la<br />
varianza o el cálculo de perturbaciones). Más importante aún, absorbe los hábitos<br />
de pensamiento y las actitudes de sus maestros, que a su vez los aprendieron de<br />
los suyos, y así sucesivamente. Cada generación de cientícos ve más lejos que la<br />
precedente porque se ha subido a sus hombros, como reconoció el propio Newton<br />
en una frase célebre: Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros<br />
de gigantes. Y si Newton no era un revolucionario, menos aún lo fueron el<br />
archiconservador Copérnico o el sensato Aristóteles. Tampoco Galileo, a pesar de<br />
que su infortunado proceso lo convirtiera en un mártir contra su voluntad.<br />
El cientíco, por tanto, rena su sentido común mediante un aprendizaje dentro<br />
de una tradición, como ha ocurrido siempre en todo ocio. En este sentido, la ciencia<br />
es una actividad muy conservadora: el cientíco sigue teniendo mucho de artesano,<br />
y la suya es una de las pocas profesiones en las que el aprendizaje se sigue estructurando<br />
con los roles de maestro y discípulo, como en los gremios medievales o en<br />
los talleres de los artistas del renacimiento. Si los aprendices renacentistas aprendían<br />
de su maestro el arte de la pintura, los cientícos aprenden de su director de tesis lo<br />
que Peter B. Medawar (Nobel de medicina en 1960) llamó el arte de lo soluble: la<br />
capacidad de resolver problemas dentro de las técnicas y conceptos de una disciplina.<br />
10.3 Sentido común colectivo 193<br />
Una empresa colectiva<br />
En denitiva: el éxito de la ciencia no se basa en ninguna arma secreta conceptual,<br />
sólo al alcance de unos pocos elegidos de cerebro brillante y pelo alborotado. Al<br />
contrario, se limita a usar el sentido común, aunque se trata de un sentido común<br />
educado dentro de una tradición de resolución de problemas y equipado con técnicas<br />
y herramientas desarrolladas a lo largo de muchos años.<br />
Pero además este sentido común se potencia enormemente porque la ciencia es<br />
una empresa colectiva: no es el sentido común de un individuo, sino el de toda la<br />
comunidad cientíca. El genio incomprendido, entregado en solitario a sus investigaciones,<br />
es otro mito. Es cierto que guras como Copérnico o Newton hicieron sus<br />
descubrimientos en solitario (y otros como Kepler o Galileo tampoco puede decirse<br />
que trabajaran mucho en equipo). Pero sus casos son muy poco representativos. Se<br />
trata de pioneros que vivieron en el origen de la ciencia moderna, cuando no existía<br />
un colectivo cientíco organizado, y el aislamiento fue seguramente un hándicap más<br />
que un ingrediente de su éxito.<br />
De hecho, ya en la época de Newton habían surgido las academias cientícas, y<br />
él presidió durante muchos años, la más destacada: la Royal Society. Por la misma<br />
época, en 1666, se fundaba la Académie Royale des Sciences, donde cientícos de toda<br />
Europa trabajaban juntos a sueldo del Rey Sol (ver sección 3.3). Desde entonces, el<br />
carácter colectivo de la ciencia no ha dejado de acentuarse.<br />
En parte este proceso se ha debido a la necesidad de instrumentos y laboratorios<br />
cada vez más sosticados y costosos, pero esta no es la razón principal. Lo decisivo<br />
es que la ciencia se marchita pronto sin la interacción entre cientícos. Incluso un<br />
matemático puro, que no necesita más instrumentos que lápiz, papel y papelera, no<br />
puede prescindir de la comunidad de los demás matemáticos. Para hacer ciencia es<br />
una necesidad vital discutir, poner a prueba las teorías del contrario (para refutarlas<br />
o conrmarlas), reproducir sus experimentos&#8230; Y precisamente lo que da solidez y<br />
abilidad a la ciencia es que las teorías de cada cientíco están sometidas a la<br />
crítica permanente de los demás, y abiertas a la posibilidad de falsación por los<br />
experimentos de un rival.<br />
El objeto de los estudios cientícos<br />
Quedamos entonces en que el éxito de la ciencia no se basa en ningún ingrediente<br />
esotérico sino en el sentido común, aunque, eso sí, se trata de un sentido común<br />
potenciado en el tiempo por la tradición y en el espacio por la comunidad cientíca.<br />
Pero el caracter de empresa colectiva y mantenida en el tiempo no es exclusivo<br />
de la ciencia. La losofía, la jurisprudencia o la religión pueden reclamar con justeza<br />
estos rasgos&#8230; ½y su diferencia con la ciencia no debería estar en la carencia de sentido<br />
común! Así que las características formales que hemos señalado deben rellenarse con<br />
algún contenido propio. Y efectivamente, la ciencia debe mucho de su personalidad<br />
a las peculiaridades de su objeto de estudio.<br />
Un malentendido muy común es que la ciencia trata de temas muy difíciles. En<br />
realidad es justo al contrario. Richard Feynman decía que los físicos tienen el hábito<br />
de tomar el ejemplo más sencillo de cualquier fenómeno y llamarlo &#8216;física&#8217;, dejando<br />
194 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
los ejemplos más complicados para que se ocupen de ellos otras disciplinas. Lo<br />
mismo podríamos decir de la ciencia en general. Averiguar cómo cae una piedra,<br />
cómo se desintegra un neutrón o cómo se transmite la herencia es mucho más fácil<br />
que descubrir cómo acabar con el hambre o las guerras. Hay una anécdota de P.<br />
B. Medawar que ilustra bien este punto. Cuando le hicieron el consabido reproche:<br />
Ustedes, los cientícos, ¾por qué se dedican a cuestiones tan especializadas, en vez<br />
de emplear su inteligencia en resolver los grandes problemas de la humanidad?, su<br />
respuesta fue: Señora, porque no tengo ni la más remota idea de cómo resolver esos<br />
problemas. Como a él le gustaba decir, podemos desarrollar un arte de lo soluble<br />
para los problemas del mundo físico, pero eso se debe a que el mundo físico es sencillo<br />
comparado con el mundo social.<br />
Concentrarse en lo sencillo tiene la ventaja evidente de que el trabajo es más<br />
fácil. Pero la auténtica ventaja es otra mucho menos trivial: que la sencillez de los<br />
problemas permite denir con relativa facilidad teorías falsables. Si la ciencia ha podido<br />
progresar es porque las discusiones entre cientícos pueden acabar dirimiéndose<br />
por un árbitro supremo: la naturaleza. Y eso es posible gracias a que los problemas<br />
son sencillos y pueden denirse por eso de una manera relativamente exenta de ambiguedades,<br />
algo que casi nunca se consigue cuando se trata de cuestiones del mundo<br />
humano y no del natural.<br />
Que sea un árbitro objetivo, la propia naturaleza, quien dirima las polémicas, es lo<br />
que hace posible que funcione la interacción colectiva que describíamos en el apartado<br />
anterior. La ciencia ha desarrollado así un espíritu, un ethos, muy particular, y que<br />
podríamos resumir del siguiente modo.<br />
Para empezar, la ciencia, como hemos dicho más de una vez, gira en torno a las<br />
preguntas. Dentro de una tradición de investigación, se van depurando las preguntas<br />
más signicativas, generalmente las que pueden dilucidar cuestiones en disputa entre<br />
teorías alternativas. Cada investigador (o más bien cada equipo de investigación),<br />
con sus desarrollos teóricos o sus experimentos, obtiene sus propias respuestas. Estos<br />
resultados, una vez revisados y criticados por otros cientícos, son publicados, de<br />
modo que se ven sometidos a la consideración de toda la comunidad cientíca internacional.<br />
Y como vimos un poco más arriba, generalmente son sometidos a crítica<br />
por cualquier otro grupo de investigación, en cualquier país. En la empresa cientíca<br />
no se reconoce el principio de autoridad como se hace en otras, y la crítica, lejos de<br />
verse como una ofensa o una deslealtaad, se asume como una parte integrante de las<br />
reglas del juego.<br />
Este saludable espíritu (donde por supuesto pueden también aparecer sus sombras)<br />
no es, claro está, fruto de que los cientícos posean unas superiores condiciones<br />
morales, sino de que la ciencia se ha planteado como un juego con unas reglas bien<br />
denidas y en el que el árbitro, la naturaleza, es perfectamente imparcial y tiene una<br />
autoridad indiscutida. En estas condiciones, no es extraño que se juegue deportivamente.<br />
Restringirse a formular teorías falsables puede parecer, por otra parte, una limitaci<br />
ón. Sin embargo, desde sus orígenes la ciencia moderna ha asumido esto como<br />
una virtud, mirando con desconanza, cuando no con cierto desprecio, la ación de<br />
la losofía a las síntesis grandiosas. Galileo lo dijo muy pronto, y como siempre, con<br />
claridad insuperable: Esta vana presunción de entenderlo todo no puede deberse<br />
10.4 ¾Son verdad las teorías? 195<br />
sino al hecho de no haber entendido nunca nada (pg. 134).<br />
Como una faceta más de esta limitación, la ciencia deja fuera de su investigación<br />
las preguntas sobre las razones o los signicados, y se limita a buscar las causas<br />
inmediatas de los fenómenos. Esta exclusión a veces se malinterpreta desde posturas<br />
cientistas, confundiéndola con la armación de que tales preguntas no tienen sentido.<br />
En realidad, la ciencia las excluye metodológicamente porque reconoce que poco<br />
seguro se puede decir sobre ellas, y las respuestas no serían susceptibles de falsación.<br />
La ciencia no habla de nalidades, intenciones, sentido o valores, pero eso signica<br />
que arme que tales cosas no existan. No habla de ellas porque no pertenecen a su<br />
ámbito, quedan fuera de su criterio de demarcación.<br />
Por la misma razón, la ciencia tampoco nos impide armar que tales cosas no<br />
existen, o incluso que las discusiones sobre ellas, como decían los autores del círculo<br />
de Viena que citábamos en el prólogo (los positivistas lógicos herederos de Comte),<br />
son meras exhalaciones de aire. Pero este tipo de armaciones pertenecen al ámbito<br />
de la losofía, no de la ciencia.<br />
10.4. ¾Son verdad las teorías?<br />
A lo largo de este libro ha habido una pregunta que se ha planteado una y otra vez<br />
y siempre hemos eludido responder: la cuestión de si nuestras teorías son verdad o<br />
si son simples hipótesis útiles para manejarnos en la vida. Apareció cuando, después<br />
de encontrar nuestro primer ejemplo de teoría (el universo de las dos esferas), nos<br />
plateábamos para qué servían tales cosas (pg. 53), y también cuando ponderamos la<br />
sorprendente utilidad práctica de la astronomía para hacer algo tan terrenal como<br />
un mapa (pg. 75). Más tarde (pg. 114) bautizamos a las dos posturas: llamamos<br />
instrumentalistas a quienes, como la mayoría de los astrónomos desde Ptolomeo,<br />
defendían que la teoría sólo es un articio para salvar las apariencias, y realistas a<br />
quienes, como Copérnico, sostenían que las teorías nos dicen como es el mundo en<br />
realidad.<br />
Finalmente, las dos posturas quedaron vivamente enfrentadas en el conicto entre<br />
Galileo y el cardenal Bellarmino (pg. 159). Recordemos que el Diálogo sobre los<br />
dos máximos sistemas del mundo concluía diciendo que Dios siempre podría haber<br />
producido los efectos físicos que observamos por medios muy distintos de los propuestos<br />
por nuestras teorías, y que por eso, en última instancia, no podemos conocer<br />
la obra de Sus manos. Pero Galileo no estaba exponiendo aquí su postura, que era<br />
justo la opuesta, sino reproduciendo prudentemente la de Bellarmino. Sabemos que<br />
en la cuestión cientíca que entonces se discutía (la teoría de las mareas) Galileo<br />
estaba equivocado. ¾Es posible que también estuviera equivocado en la vertiente<br />
losóca?<br />
Los hechos nunca pueden establecer una teoría<br />
Esa provocativa tesis ha sido defendida por el físico Pierre Duhem, que fue tambi<br />
én un notable historiador y lósofo de la ciencia. Para entender su planteamiento<br />
tenemos que partir de nuestra exposición del falsacionismo de Popper. Habíamos<br />
196 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
concluido que los hechos sólo sirven para refutar teorías, pero no para probarlas. Aún<br />
así podríamos considerar probada una teoría en el caso de que no hubiera ninguna<br />
explicación alternativa a los hechos. En su inuyente libro de 1914 La teoría física:<br />
su objeto y su estructura, Duhem señaló que tal situación nunca se da, y que por<br />
tanto los hechos nunca pueden probar una teoría.<br />
Podemos explicar su idea con una analogía gráca. Supongamos que en una hoja<br />
de papel hay dibujada una gura y queremos averiguar cuál es. No podemos verla<br />
completa, pero podemos realizar observaciones, en cada una de las cuales se nos<br />
muestra un solo punto. A medida que vamos conociendo la posición de más puntos,<br />
nos atrevemos a formular una hipótesis sobre la forma de la gura. Esa hipótesis es<br />
nuestra teoría. En la ilustración 10.3 (a) vemos dos guras que se corresponden con<br />
los puntos, es decir, dos teorías que explican los hechos. Según una teoría, la gura<br />
es un rectángulo (TR), según otra es una circunferencia (TC).<br />
Subdeterminacion1.pdf<br />
TR TR<br />
TC TC<br />
(a) (b)<br />
Figura 10.3: (a) Cuatro observaciones (puntos) y dos teorías alternativas (guras) que las </p>
<p>explican<br />
(b) Una nueva observación permite descartar una de las teorías.<br />
Una medida nueva (el quinto punto que aparece en 10.3 (b)) nos permite descartar<br />
TR. Ahora bien, ¾podemos decir que TC está probada? En realidad no, porque<br />
no tenemos por qué limitarnos a las dos teorías TR y TC. Podríamos haber considerado<br />
una teoría pentagonal TP que pasara por los cinco puntos y por tanto no<br />
pudiera ser descartada por nuestra observación (ver 10.4 (a)). Justamente esa fue<br />
la situación que se planteó cuando Galileo descubrió las fases de Venus: permitían<br />
decidir entre la teoría de Ptomoleo y la de Copérnico, pero no entre la de Copérnico<br />
y la de Tycho Brahe.<br />
Podría pensarse, sin embargo, que al añadir más y más observaciones (más puntos)<br />
acabaríamos por determinar que la gura correcta es, por ejemplo, la circunferencia.<br />
Sin embargo, no es así, porque por cualquier número de puntos siempre<br />
pasa una gura irregular, así que por más observaciones que hagamos no podemos<br />
establecer cual es la gura real (ver 10.4 (b)).<br />
Pues bien, igual que unos cuantos puntos discretos nunca determinan por completo<br />
una gura, los experimentos nunca determinan por completo una teoría . Esta<br />
tesis es admitida hoy sin discusión en losofía de la ciencia, y se suele llamar téc10.4<br />
¾Son verdad las teorías? 197<br />
TP TC<br />
T TI C<br />
(a) (b)<br />
Figura 10.4: (a) El punto adicional no permite decidir entre la teoría TP y la teoría TC. (b) </p>
<p>Por<br />
muchas observaciones que hagamos, nunca podemos probar concluyentemente que la gura que<br />
subyace a los puntos es una circunferencia.<br />
nicamente subdeterminación empírica de las teorías . Pero es, en denitiva, la tesis<br />
que defendía Bellarmino frente a Galileo.<br />
La crítica de Duhem es un duro golpe para nuestras pretensiones de poder alcanzar<br />
la verdad a través de la ciencia. Ya tuvimos que abandonar el empirismo<br />
ingenuo, que creía que las teorías pueden derivarse directamente de los hechos, ante<br />
el problema de la inducción planteado por Hume. Pero la solución de Popper nos<br />
permitió mantener la esperanza de poder demostrar que una teoría es verdadera, si<br />
no directamente, sí por eliminación, como resultado al que tiende la competencia<br />
darwinista de teorías, en la que la más apta es la que sobrevive a las contrastaciones<br />
experimentales (la que nalmente no es falsada). Sin embargo, este proceso sólo<br />
permite elegir la teoría correcta si hay un número nito de teorías en competición,<br />
y Duhem muestra que no es así. Incluso aunque en un momento dado sólo dispongamos<br />
de un número limitado de teorías, es muy posible que eso se deba sólo a que<br />
no se nos hayan ocurrido teorías alternativas.<br />
La situación, sin embargo, no es tan dramática como pudiera parecer, porque el<br />
acuerdo empírico no lo es todo en la ciencia. Los cientícos siempre usan criterios<br />
adicionales de razonabilidad: encaje con otras teorías, simplicidad, amplitud de los<br />
fenómenos explicados, fecundidad para sugerir nuevas ideas, elegancia y belleza&#8230;<br />
En especial, las consideraciones estéticas siempre han tenido un papel muy relevante<br />
para los cientícos (ya lo vimos en relación al universo de las dos esferas, pg. 47 y<br />
al modelo de Copérnico, pg. 117), y bastarían a cualquiera para preferir la teoría<br />
TC a la TI en la gura 10.4. Pero no dejan de ser criterios menos objetivos, que<br />
enturbian la atractiva claridad de la idea inicial de falsación y apelan a presuponer<br />
una simplicidad en el mundo que es en el fondo una cuestión de fe.<br />
198 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
La falsación nunca puede ser concluyente<br />
Pero la cosa no acaba aquí: hay un segundo argumento de Duhem que enturbia<br />
aún más la noción de falsación. Si hace un momento decíamos que no puede ser<br />
exhaustiva, ahora encontraremos que no puede ser concluyente.<br />
La razón es que una hipótesis nunca se puede contrastar aisladamente, sino siempre<br />
en combinación con otras. Así por ejemplo, si queremos vericar cierta predicción<br />
de una teoría, necesitamos usar un cierto instrumento de medida. Si la predicción no<br />
se verica, puede que no se deba a que la teoría sea falsa, sino a que nuestras ideas<br />
sobre el funcionamiento del aparato estén equivocadas (quizá nuestro telescopio tiene<br />
menos aumentos de los que creíamos, o introduce una ilusión óptica inesperada). O<br />
puede que sean falsas otras hipótesis auxiliares que siempre están presentes aunque<br />
ni siquiera seamos conscientes de ellas. Por ejemplo, implícitamente suponemos que<br />
la altura con la que se ve una estrella sobre el horizonte es su altura real. Pero eso no<br />
es cierto para posiciones casi rasantes, cuando es importante el efecto de la refracci<br />
ón atmosférica. Una medida que no descuente este efecto nos llevará a conclusiones<br />
erróneas (como le ocurrió a Posidonio en su medida del tamaño de la Tierra, pg.<br />
30).<br />
Con palabras de Duhem, si el fenómeno predicho no se produce, lo único que nos<br />
ha enseñado el experimento es que, entre las proposiciones que usamos para predecir<br />
el fenómeno hay al menos un error, pero no nos ha dicho dónde está el error.<br />
Esta situación no es ninguna disquisición abstracta, sino que aparece continuamente<br />
en la práctica, y todo cientíco la tiene en cuenta en su trabajo. Recordemos la<br />
historia del descubrimiento de Neptuno (pg. 177): la órbita de Urano no se explicaba<br />
con la teoría de la gravitación de Newton, pero los astrónomos no se apresuraron<br />
a dar ésta por falsada. Por el contrario, revisaron las demás suposiciones que interven<br />
ían en la observación, y se cuestionaron una de ellas: que no hubiera más planetas<br />
que los conocidos hasta entonces. Esta hipótesis auxiliar es la que resultó ser falsa,<br />
no la teoría de Newton.<br />
El argumento de Duhem fue adoptado en los años 50 por el lósofo norteamericano<br />
W.V.O. Quine, que lo dio mayor alcance y radicalidad. Su idea es que la<br />
situación descrita por Duhem no se plantea sólo a la hora de vericar una predicci<br />
ón de una teoría cientíca, sino en todos los campos de nuestra experiencia. Todas<br />
nuestras creencias están interconectadas, de modo que el efecto de la experiencia<br />
no se ejerce nunca sobre tal o cual creencia particular, sino sobre toda la red. En<br />
palabras de Quine:<br />
La totalidad de lo que llamamos nuestros conocimientos o creencias,<br />
desde los asuntos más casuales de geografía o historia a las leyes más<br />
profundas de la física atómica o incluso de las matemáticas puras o la<br />
lógica, es un tejido hecho por el hombre, que entra en contacto con la<br />
experiencia sólo por los bordes. O, para cambiar de imagen, la totalidad<br />
de la ciencia es como un campo de fuerza cuyas condiciones de contorno<br />
son la experiencia. Un conicto con la experiencia en la periferia<br />
ocasiona reajustes en el interior del campo, pero el campo total está tan<br />
subdeterminado por sus condiciones de contorno -por la experienciaque<br />
hay mucha amplitud de elección en cuanto a qué armaciones hay<br />
10.4 ¾Son verdad las teorías? 199<br />
que reevaluar a la luz de cualquier evidencia contraria individual. No<br />
hay experiencias particulares que estén vinculadas con armaciones<br />
particulares en el interior del campo, excepto indirectamente a través<br />
de consideraciones de equilibrio que afectan al campo como un todo.<br />
Quine llegó a armar que siempre es posible sostener una creencia especíca<br />
contra cualquier evidencia, reajustando sucientemente otras creencias. Sin llegar<br />
a conclusiones tan radicales, la idea de que los hechos no pueden falsar de modo<br />
concluyente una teoría, debido a que siempre entran en juego muchas hipótesis<br />
entrelazadas y no es posible decidir con seguridad dónde está el fallo ha pasado al<br />
repertorio estándar de la losofía de la ciencia, con el nombre de tesis de Duhem-<br />
Quine (o subdeterminación holísitica de las teorías).<br />
Los hechos son posteriores a la teoría<br />
Hasta aquí hemos tenido que reconocer que los hechos objetivos, en los que tantas<br />
experiencias tenían puestos los positivistas, resultan mucho menos poderosos de lo<br />
que esperábamos. No sólo no permiten establecer por inducción las teorías, como<br />
querían los empiristas, sino que no está claro que permitan falsarlas de modo exhaustivo<br />
o concluyente, como quería Popper. Lo que no hemos cuestionado es que<br />
existan esos hechos objetivos. Ahora ha llegado el momento de hacerlo.<br />
La crítica más básica al empirismo, la que va directamente a su raíz, es que las<br />
teorías no pueden basarse en los hechos porque no existen hechos preteóricos , sino<br />
que lo que entendemos por hechos depende de la teoría que sostengamos.<br />
En realidad, se trata de un fenómeno tan básico que se da ya en el nivel de<br />
la percepción de nuestros sentidos. Si paseamos por una habitación no vemos que<br />
cambie de tamaño ni de orientación, a pesar de que las imágenes en la retina lo<br />
hacen a cada paso que damos. Esto es así porque nuestro cerebro procesa los datos<br />
visuales para acomodarlos a la hipótesis de que el entorno es estable. El resultado<br />
que llega a la consciencia es, como dijo Hermann von Helmholtz ya en el siglo XIX,<br />
el producto de inferencias inconscientes. Y esas inferencias se hacen de acuerdo<br />
con una teoría implícita (en el ejemplo, la presunción de que nuestro entorno físico<br />
es estable).<br />
Hay multitud de ilusiones ópticas que explotan esto y que demuestran que incluso<br />
los hechos más elementales que podemos concebir, nuestras propias percepciones,<br />
dependen de una teoría. Igual que en nuestra percepción no tenemos acceso consciente<br />
a los datos previos al procesamiento, en nuestra investigación no disponemos<br />
nunca de hechos previos a la teoría, aunque sea una teoría que no hayamos enunciado<br />
explícitamente.<br />
Vemos de este modo que una de las funciones que atribuíamos a las teorías en la<br />
sección 2.3, la de guiar nuestra observación indicándonos lo relevante y lo irrelevante,<br />
opera a un nivel mucho más radical de lo que entonces podíamos imaginar.<br />
Antes incluso que Helmholtz, el distinguido geólogo y lósofo William Whewell<br />
(que entre otros muchos méritos, posee el de ser el inventor de la palabra cientíco)<br />
ya había señalado que en ciencia no hay hechos puros divorciados de las teorías, y<br />
que la distinción entre lo que llamamos hecho y lo que llamamos teoría es ante todo<br />
200 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
psicológica. Ambos se establecen por inferencias, pero en el caso de las teorías<br />
somos conscientes de que hay una inferencia y en el caso de los hechos no lo<br />
somos (bien porque las inferencias se han realizado inconscientemente, como en la<br />
percepción visual, bien porque hemos aceptado los hechos sin reexión, como parte<br />
de lo que se da por hecho en nuestra cultura).<br />
Que los hechos están inevitablemente cargados de teoría es hoy aceptado sin<br />
discusión por los lósofos de la ciencia, y, como ocurría con la subdeterminación<br />
de las teorías, también en realidad por los cientícos, que saben muy bien que sus<br />
instrumentos no proporcionan nunca hechos sino medidas, que siempre se interpretan<br />
de acuerdo con alguna teoría. Así, una partícula elemental nunca se ve: lo<br />
que se observa es una traza en una cámara de niebla o un máximo de señal en un<br />
detector para cierto ángulo de observación. Es la teoría la que dice lo que signican<br />
esas medidas. El hecho, la detección de la partícula, es en denitiva el resultado<br />
de una inferencia, que tiene como premisas el fenómeno observado (la traza en la<br />
cámara de niebla o la lectura del detector) y la teoría aceptada sobre los fenómenos<br />
subatómicos. Si esto nos parece muy alejado de lo que solemos entender por un<br />
hecho, debemos tener presente que el proceso es análogo al que realiza inconscientemente<br />
el cerebro cuando paseamos por una habitación y vemos que el suelo no se<br />
inclina ni se mueven las paredes&#8230;<br />
Kuhn y la presunta irracionalidad de la ciencia<br />
Si los hechos no pueden falsar las teorías de modo concluyente ni exhaustivo y si<br />
ni siquiera pueden establecerse previamente a éstas, ¾qué queda de la tranquilizadora<br />
conanza en que podemos alcanzar la verdad que nos había legado Popper?¾Es que<br />
no existe el conocimiento objetivo? Muchos autores con inclinaciones relativistas<br />
y posmodernas han abrazado con entusiasmo esta tesis. Y ciertamente parece que<br />
al cuestionar la fuerza de los hechos y su propia independencia de las teorías nos<br />
hemos quedado sin una base sólida que sustente no ya el realismo cientíco (las<br />
pretensiones de verdad de las teorías) sino siquiera la racionalidad de la ciencia.<br />
Este cuestionamiento de la racionalidad de la ciencia tomó un gran impulso a raíz<br />
de la publicación, en 1962, del inuyente libro de Thomas S. Kuhn, La estructura<br />
de las revoluciones cientícas. Kuhn, a quien conocimos como estudioso de la física<br />
de Aristóteles en el capítulo 4, analizaba históricamente el progreso de la ciencia y<br />
distinguía periodos de ciencia normal y ciencia revolucionaria.<br />
En los periodos normales, la ciencia es la actividad eminentemente conservadora<br />
que describimos en la sección 10.3, en la que se trabaja dentro de una tradición<br />
y la competencia entre teorías rivales se decide por el arbitrio del experimento.<br />
Esto es posible porque esas teorías rivales comparten un consenso sobre cuestiones<br />
más básicas, como el tipo de problemas interesantes y de explicaciones admisibles,<br />
los criterios de validez de una teoría, o lo que es relevante a la hora de describir los<br />
resultados de los experimentos. Este consenso meta-teórico es lo que Kuhn denominó,<br />
con un término que ha hecho fortuna, paradigma.<br />
Sin embargo, ocurre a veces que hay fenómenos que no se explican bien con<br />
ninguna de las teorías rivales disponibles. Si estas anomalías empiezan a proliferar,<br />
el paradigma entra en crisis, y comienza un periodo revolucionario en el que se<br />
10.4 ¾Son verdad las teorías? 201<br />
cuestionan los supuestos básicos sobre los que reinaba el consenso.<br />
Tenemos un ejemplo muy claro en la Revolución Cientíca por antonomasia, que<br />
hemos estudiado extensamente en este libro. Comenzó con la crisis del paradigma<br />
aristotélico en la obra de Copérnico y Tycho Brahe, y llegó a su término con la<br />
instauración nal del paradigma newtoniano. Algo similar ocurrió, según Kuhn, con<br />
el nacimiento de la física cuántica a principios del siglo XX.<br />
El punto más problemático de Kuhn es su armación de que, ya que los criterios<br />
de validez y relevancia forman parte del propio paradigma, sólo se puede juzgar el<br />
mérito relativo de las teorías dentro de un paradigma. Dos paradigmas distintos no<br />
podrían juzgarse mutuamente, serían inconmensurables. El cambio de un paradigma<br />
a otro sería un cambio en la manera de ver el mundo, que, como dijimos al nal<br />
del capítulo 4 (pg. 90) se parecería más a una conversión religiosa que a un proceso<br />
objetivo y racional.<br />
Esta idea convirtió a Kuhn en un gurú para los relativistas de toda condición. A<br />
pesar de que él mismo negó repetidamente que defendiera una posición relativista,<br />
o que negara el progreso de la ciencia, sus ideas se recibieron como la Buena Nueva<br />
en muchos departamentos de Ciencias Sociales, y el relativismo pasó a ser artículo<br />
de fe. Para estos adadémicos, si las teorías no están determinadas por los hechos<br />
y si los distintos paradigmas son inconmensurables, lo que decide que se adopten<br />
unas creencias u otras son factores sociales; fundamentalmente, claro, los intereses<br />
el grupo dominante (patriarcado, burguesía, complejo industrial-militar, etc). En<br />
realidad, no habría doctrinas más verdaderas que otras, sólo armaciones con más<br />
o menos seguidores. Quizá podría decirse que la medicina occidental es superior al<br />
chamanismo, pero en todo caso porque hay más gente que cree en ella. Una gran<br />
parte de lo que hoy se llaman Science Studies o Science and Technology Studies<br />
(STS) está dominada por estas ideas (recordemos la Escuela de Edimburgo que<br />
mencionábamos en el prólogo, pg. <img src='http://s0.wp.com/wp-includes/images/smilies/icon_cool.gif' alt='8)' class='wp-smiley' /><br />
De este modo, lo que parecían cuestiones académicas de una disciplina minoritaria<br />
como la losofía de la ciencia han adquirido implicaciones sociales y políticas<br />
muy concretas (por poner un ejemplo: ¾por qué debe el estado subvencionar la astronom<br />
ía en vez de la astrología, si la segunda tiene muchos más partidarios que la<br />
primera?). En palabras del lósofo Larry Laudan:<br />
Feministas, apologistas religiosos (incluyendo los cientícos<br />
creacionistas), contraculturales, neoconservadores, y una hueste de<br />
curiosos compañeros de viaje han proclamado que encuentran crucial<br />
grano para sus molinos en, por ejemplo, la pretendida<br />
inconmensurabilidad y subdeterminación de las teorías cientícas.<br />
Muchos cientícos contraatacaron y durante los años 90 se desarrollaron varias<br />
agresivas polémicas que llegaron a llamarse Science Wars. Quizá la escaramuza más<br />
comentada de esta guerra de las ciencias fue la publicación por el físico Alan Sokal<br />
de un artículo titulado Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative<br />
Hermeneutics of Quantum Gravity. Se trataba de un texto sin sentido que parodiaba<br />
la jerga de los lósofos posmodernos, pero fue aceptado en 1996 como un artículo<br />
serio en la revista de teoría crítica posmoderna Social Text. Más tarde, Sokal reveló<br />
el engaño, calicándolo de experimento sobre los estudios culturales. No hace falta<br />
202 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
decir que los lósofos parodiados por Sokal no le encontraron mucha gracia a la<br />
broma.<br />
10.5. Una conclusión personal<br />
La guerra de las ciencias ha perdido virulencia, pero más por aburrimiento de los<br />
contendientes que porque se haya alcanzado ningún entendimiento entre ellos. Los<br />
cientícos siguen pergeñando teorías y haciendo experimentos con el convencimiento<br />
de que así llegan a conocer el mundo tal como es; la ciencia sigue funcionando<br />
igual que siempre, y los departamentos de Science Studies siguen igual de activos,<br />
predicando que la ciencia es una construcción social.<br />
Llegados a este punto, el lector puede preguntarse legítimamente si ha merecido la<br />
pena dedicar esta atención a la losofía de la ciencia. Nuestra excursión desde el arco<br />
del conocimiento de Aristóteles a los paradigmas de Kuhn parece haber aportado<br />
más incertidumbre que claridad. Creo, sin embargo, que era necesaria. Kant dijo que<br />
la lectura de Hume le sacó de su sueño dogmático. A nosotros, conocer las críticas<br />
de pensadores como Hume, Duhem, Quine o Kuhn también puede servirnos para<br />
despertar de las certezas tranquilizadoras pero demasiado simples del empirismo<br />
ingenuo.<br />
Pero ¾qué debemos concluir de todo esto?¾Por qué postura debemos optar entre<br />
tantas interpretaciones divergentes, en el abanico que se extiende de la positivista<br />
Viena al relativista Edimburgo? Ya que no hay consenso, se hace necesario tomar<br />
una postura personal. Es lo que haré en esta última sección, que por eso, a diferencia<br />
del resto del libro, está escrita en primera persona. Téngalo en cuenta el lector, y<br />
no olvide que debe ser él en última instancia quien saque sus propias conclusiones.<br />
Cientícos y liliputienses<br />
En la sección 10.4 hemos expuesto una serie de doctrinas aparentemente corrosivas<br />
para las pretensiones de verdad y objetividad de la ciencia: la subdeterminación<br />
de las teorías, la carga teórica de los hechos y la inconmensurabilidad de paradigmas.<br />
Mi opinión es que todas estas tesis tienen gran trascendencia desde el punto<br />
de vista losóco, pero su importancia práctica se ha exagerado mucho por autores<br />
que no tenían contacto con la realidad cotidiana de la ciencia. Resulta signicativo<br />
que ninguno de sus proponentes extrajera de ellas las consecuencias relativistas<br />
que luego se les han asociado casi automáticamente. A Duhem y Whewell, que eran<br />
cientícos profesionales, no se les ocurrió abandonar su trabajo pese a propugnar la<br />
subdeterminación de las teorías y la inexistencia de hechos puros. Y Thomas Kuhn<br />
no se cansó de repetir (con poco éxito, la verdad) que ni era relativista ni negaba el<br />
progreso de la ciencia.<br />
Quizá la clave de esta diferente interpretación es que al no cientíco le resulta<br />
difícil apreciar donde radica la solidez de la ciencia. Si su punto de partida, como<br />
generalmente ocurre, es el empirismo ingenuo de sentido común, aprender que los<br />
hechos no pueden demostrar una teoría, que en realidad no pueden estrictamente<br />
falsarla y que ni siquiera son anteriores o independientes de ella, puede resultarle<br />
10.5 Una conclusión personal 203<br />
un shock que haga tambalear sus certezas. Pero al cientíco esto le afecta mucho<br />
menos, porque sabe que lo esencial en la ciencia no son los hechos sino la teorías. Y<br />
su conanza en ellas se basa mucho más en la consistencia de todo el edicio teórico<br />
y su poder explicativo que en tal o cual observación o resultado experimental aislado.<br />
En la ciencia, los problemas se abordan desde distintos frentes y se exige que<br />
las respuestas sean coherentes. La realidad no se parcela: en última instancia, sólo<br />
hay una ciencia, y en ella unos pocos principios sencillos dan cuenta de resultados<br />
aparentemente dispares o inconexos, de forma que encajan conuna coherencia que<br />
no puede ser casual. Las teorías cientícas tejen un tapiz en el que todo está relacionado<br />
con todo, y cuya solidez no depende de un único hilo, de un experimento<br />
crucial. Como los liliputienses capturaron a Gulliver, la ciencia captura la realidad<br />
con miles y miles de hilos, cada uno quizá nísimo, pero extraordinariamente fuertes<br />
en conjunto.<br />
La tentación de ngir hipótesis<br />
Esto no signica que las doctrinas de Duhem, Quine o Kuhn sean irrelevantes.<br />
No deberían hacernos dudar de la racionalidad de la ciencia (aunque se trate de<br />
una racionalidad más compleja y menos lineal, más interesante en suma, que la del<br />
empirismo ingenuo o el falsacionismo, también ingenuo, de Popper). Pero sí que<br />
cuestionan con mucha fuerza las pretensiones del realismo.<br />
Hemos denido el realismo cientíco como la creencia en que nuestras teorías son<br />
verdad, es decir, nos dicen como es el mundo en realidad. Aunque tradicionalmente<br />
esta postura había convivido con el instrumentalismo (que veía las teorías como<br />
meros instrumentos de predicción y resúmenes de los fenómenos), la división de<br />
opiniones acabó tras el éxito aplastante de la física de Newton. Virtualmente todos<br />
los cientícos se convencieron de la realidad del mundo sólo podía ser la que decían los<br />
Principia. El matemático Jacques-Louis Lagrange lo expresó con una frase célebre:<br />
Newton ha sido el mayor genio que nunca ha existido, y el más afortunado, porque<br />
el sistema del mundo sólo se puede descubrir una vez.<br />
Durante todo el siglo XIX la opinión dominante fue que todo podría explicarse<br />
aplicando las leyes de Newton, ya fuera a los planetas o a los átomos. Este mecanicismo<br />
iba acompañado de manera natural por otra idea: el determinismo. Las leyes<br />
de Newton permiten calcular la evolución futura de un sistema si se conocen las<br />
fuerzas que actúan y las posiciones y velocidades iniciales de las partículas. De este<br />
modo, en la célebre formulación de Pierre-Simon de Laplace:<br />
Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del<br />
pasado y la causa de su futuro. Un intelecto que en un determinado<br />
instante conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y las<br />
posiciones de los objetos que la componen, si fuera lo sucientemente<br />
vasto como para someter los datos a análisis, podría condensar en una<br />
simple fórmula el movimiento de los más grandes cuerpos del universo<br />
y de los átomos más ligeros; para tal intelecto nada podría ser incierto<br />
y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos.<br />
204 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
De lo que no se daban cuenta esos cientícos era de que al atribuir una realidad<br />
metafísica a las construcciones teóricas de la ciencia, su mecanicismo estaba cometiendo<br />
el mismo error que aquella losofía mecánica de Descartes y sus seguidores<br />
(pg. 179). Estaban olvidando la modestia que Galileo colocó como virtud fundacional<br />
de la ciencia moderna y cayendo en la vana presunción de entenderlo todo.<br />
La cuestión tiene su buena dosis de ironía, porque precisamente Newton había<br />
advertido contra esa tentación en la que cayeron sus entusiastas seguidores. Toda<br />
teoría mínimamente compleja tiene entidades que no son maniestas, entidades para<br />
las que no hay procedimientos de medida u observación. Por ejemplo, los hipotéticos<br />
átomos que forman la luz en una teoría corpuscular, o el hipotético éter vibrante en<br />
una teoría ondulatoria. Newton defendía que tales entidades ocultas, si bien servían<br />
para formarse una imagen mental útil para orientar la investigación, debían estar<br />
proscritas del contenido de la losofía natural. Lo dijo con la frase lapidaria que<br />
encontramos en la sección 9.4: Hypotheses non ngo. Pero los orgullosos cientícos<br />
del siglo XIX ngieron toda clase de hipótesis, tomando por realidad lo que sólo<br />
era un contenido imaginativo.<br />
Naturalmente, no todos se dejaron llevar por estos excesos. Heinrich Hertz, por<br />
ejemplo, en sus Principios de Mecánica de 1876 armaba que la física no es losofía,<br />
y por tanto no tiene como propósito elaborar un cuadro exhaustivo de la naturaleza<br />
de las cosas, sino tan sólo construir imágenes de los fenómenos cuya invención es<br />
un hecho esencialmente humano. Otro físico que señaló lo mismo fue el austriaco<br />
Ernst Mach:<br />
Lo que nos representamos como detrás de las apariencias existe sólo<br />
en nuestro entendimiento y tiene para nosotros sólo el valor de una<br />
técnica memorística o una fórmula, cuya forma, al ser arbitraria e<br />
irrelevante, varía fácilmente según el punto de vista de nuestra cultura.<br />
Mach se atrevió incluso a enmendar la plana al propio Newton: para él, el tiempo<br />
absoluto y el espacio absoluto newtonianos pertenecían a la despreciable especie de<br />
las hypotheses. Su crítica marcó un punto de inexión, entre otras cosas porque<br />
impresionó al joven Einstein, que acabó demostrando con su teoría de la relatividad<br />
que Mach tenía razón. Einstein reconoció su deuda con Mach, diciendo que le<br />
hizo quebrar su fe dogmática en la mecánica newtoniana (haciéndose eco, signi-<br />
cativamente, de lo que Kant dijo de Hume). Más tarde, la física cuántica volvió a<br />
mostrar que Mach estaba en lo cierto al desconar de que los átomos pudieran ser<br />
las partículas newtonianas que imaginaban los físicos del siglo XIX.<br />
Con Mach, el instrumentalismo volvió por la puerta grande. Para él, el objetivo<br />
de la ciencia no era averigüar cómo son las cosas, sino describir los hechos de la<br />
manera más compacta posible:<br />
La ciencia puede considerarse un problema de mínimos, que consiste en<br />
presentar del modo más completo los hechos con el menor gasto posible<br />
de pensamiento.<br />
10.5 Una conclusión personal 205<br />
Mapas y teorías<br />
Mach estuvo acertado (y profético) al aguar la esta al mecanicismo decimonónico.<br />
Pero una cosa es recordar que, como ya advirtió Kant, que la cosa en sí, el<br />
sustrato de los fenómenos, es inaccesible a nuestro conocimiento y otra convertir la<br />
ciencia en poco más que un truco mnemotécnico.<br />
Las teorías no son la realidad, sólo la representan. Pero aunque las teorías no<br />
cartografíen la realidad, pienso que sí deberían ser, en cierto sentido al menos, similares<br />
a mapas. Un mapa emplea símbolos convencionales, pero no es enteramente<br />
convencional. Su parecido con la realidad puede ser muy remoto, pero será un mapa<br />
válido si capta sucientemente bien algún aspecto que nos interesa. El plano del<br />
metro sólo es el a la topología de las líneas. Pero con eso basta para orientarse en<br />
la red. La relación entre el plano y la realidad está muy lejos de ser una correspondencia<br />
biunívoca. Pero hay una correspondencia, y la prueba es que las predicciones<br />
basadas en el plano se cumplen: los pasajeros llegan a su destino. De hecho, más<br />
que su parecido con la realidad, lo que buscamos en un mapa es su utilidad: que nos<br />
sirva para no perdernos en el metro, para calcular la distancia por carretera entre<br />
dos ciudades, o para saber el tipo de terreno de una comarca. Pero esta utilidad<br />
se deriva siempre de que hay una similitud estructural entre el mapa y la realidad<br />
externa.<br />
Podemos articular mejor esta imagen con ayuda de las ideas de Pierre Duhem<br />
sobre la estructura de las teorías cientícas. Para Duhem, una teoría tiene dos elementos:<br />
un sistema axiomático y unas reglas de correspondencia, que ponen en<br />
relación al primero con el mundo real. Las leyes abarcadas por la teoría son deducibles<br />
como proposiciones del sistema axiomático, y se traducen a magnitudes<br />
medibles mediante las reglas de correspondencia (aunque no tiene por qué haber<br />
correspondencia experimental para todo). Por ejemplo, en la teoría newtoniana las<br />
tres leyes de Newton y la de la Gravitación Universal forman el sistema axiomático,<br />
y unos procedimientos para medir masas, tiempos y distancias son las reglas de<br />
correspondencia.<br />
El sistema axiomático sería el contenido sintáctico de la teoría; las reglas de<br />
correspondencia son el diccionario que proporciona el contenido semántico. La gura<br />
10.5 muestra un esquema gráco del plantemiento de Duhem, debido a Carl Hempel.<br />
Hempel comparó la teoría con la red de un trapecista: el sistema axiomático ota<br />
sobre el suelo de la realidad, anclado a este en puntos concretos (las observaciones)<br />
por las reglas de correspondencia.<br />
La red no es un mapa en el sentido estricto de que cartografíe la realidad, pero sí<br />
en el sentido amplio de que tiene algún tipo de parecido, cierta similitud estructural<br />
con ella, que se expresa por las reglas de correspondencia.<br />
A la hora de interpretar correctamente el alcance de ese parecido, es importante<br />
entender que, además del contenido sintéctico y semántico de una teoría, existe tambi<br />
én lo que yo llamo un contenido imaginativo. Un modelo intuitivo, que a menudo<br />
es muy importante para el cientíco, pero que no forma parte de la estructura lógica<br />
de la teoría, porque no juega ningún papel en la deducción formal de resultados ni<br />
en su vericación experimental: son las hypotheses de Newton.<br />
Por ejemplo, la gravitación de Newton nos pinta el mundo como un espacio<br />
206 10. Epílogo: ¾Qué es, entonces, la ciencia?<br />
RedHempel.pdf<br />
Axiomas Términos ( no definidos)<br />
α<br />
λ<br />
)<br />
γ<br />
μ<br />
δ Sistema<br />
axiomático<br />
β<br />
ω<br />
R l d d i<br />
O<br />
Reglas de correspondencia<br />
Observaciones<br />
O1<br />
O2<br />
O3<br />
“Realidad”<br />
Figura 10.5: La representación de Hempel de la estructura de las teorías y su relación con la<br />
realidad. Obsérvesé que los términos que forman el sistema axiomático no se denen más que a<br />
través de sus relaciones mutuas, igual que ocurría con las palabras punto o recta en la </p>
<p>geometría<br />
de Euclides. No todos los términos tienen necesariamente reglas de correspondencia, pero </p>
<p>algunos<br />
sí, y son esos anclajes los que ponen en contacto la teoría con la realidad.<br />
euclídeo vacío, poblado de partículas que se ejercen fuerzas a distancia. Pero desde un<br />
punto de vista pragmático, operativo, la gravitación de Newton es un procedimiento<br />
para calcular las trayectorias de los planetas o de otros objetos. Eso es lo único que<br />
es susceptible de falsación, y para esto no es necesaria ninguna imagen mental del<br />
mundo. Que la teoría de Newton funcione signica que hay alguna similitud entre<br />
su estructura y la estructura de la realidad, pero no que la imagen mental que nos<br />
sugiere tenga algo de cierto. Así, aunque el propio Newton estaba convencido de la<br />
realidad de su espacio euclideo absoluto y de su tiempo absoluto, Einstein acabó<br />
por mostrar que ambos no eran más que contenido imaginativo.<br />
Podríamos decir que, aunque el contenido imaginativo es a menudo vital en el<br />
contexto de descubrimiento, es irrelevante en el contexto de justicación. Por eso,<br />
el parecido con la realidad que nos permite hablar de que la teoría es una especie<br />
de mapa sólo se aplica al sistema axiomático, pero no al contenido imaginativo.<br />
Esto es un punto crucial que no es fácil de asimilar, y que es invariablemente pasado<br />
por alto en las exposiciones populares de la ciencia. Un divulgador del siglo XIX,<br />
por ejemplo, presentaría la teoría newtoniana como una descripción de la verdadera<br />
realidad del mundo, y lo que contaría a sus lectores es su contenido imaginativo: un<br />
espacio euclídeo vacío, con espacio y tiempo absolutos, etc. No sabría que los mismos<br />
resultados operativos (las mismas predicciones) se obtienen con una teoría que concibe<br />
el mundo como algo totalmente opuesto: un espacio curvado cuatridimensional,<br />
no vacío sino lleno de un campo de densidad de energía. Y de haber conocido tal<br />
teoría, la habría descartado por su ridícula complicación.<br />
Pero en 1916, Einstein propuso justamente una teoría como esa: la Relatividad<br />
General. Esa teoría consiguió explicar unas minúsculas discrepancias entre las observaciones<br />
de la órbita de Mercurio y las predicciones de Newton (se repitió aquí la<br />
historia de Urano, pero con el desenlace opuesto: esta vez el hipotético nuevo planeta,<br />
que fue bautizado como Vulcano, no se encontró, y al nal hubo que abandonar<br />
10.5 Una conclusión personal 207<br />
la teoría de Newton). Los divulgadores de hoy presentan el esquema imaginativo<br />
de Einstein como la verdad sobre el mundo. Pero, una vez más, habrá seguramente<br />
muchas teorías alternativas, opuestas en lo imaginativo pero empíricamente equivalentes,<br />
al menos dentro de la capacidad de los experimentos actuales (un ejemplo<br />
son las supercuerdas).<br />
¾Cómo es entonces el mundo realmente? No lo sabemos. Sabemos que no puede<br />
ser como dijo Newton porque sus predicciones, aunque increíblemente buenas, fallan<br />
en algunos casos. Pero no tiene por qué ser como dijo Einstein, porque hay<br />
muchas otras teorías alternativas no falsadas, como las supercuerdas. Ahora bien,<br />
sería ridículo esgrimir esta discrepancia entre teorías para negar la racionalidad de<br />
la ciencia o para armar que cualquier otra teoría puede ser también válida.<br />
Esto nos permite apreciar en su justo valor las ideas de Kuhn. Dos mapas válidos<br />
de una misma región pueden tener aspectos completamente distintos (así, una foto<br />
de satélite y un mapa del metro). Puede por eso resultar muy difícil compararlos y<br />
juzgar cual es mejor. Puede que ni siquiera haya uno que sea el mejor para todas<br />
las aplicaciones. Pero si son válidos deben tener una correspondencia con la realidad,<br />
y si esa correspondencia existe no pueden ser estrictamente inconmensurables.<br />
Igualmente, la metáfora del mapa permite superar nalmente la dialéctica entre<br />
realismo cientíco e instrumentalismo que nos ha perseguido todo el libro.<br />
La cartografía proyecta la esfera terrestre sobre un plano y el resultado es un mapa.<br />
La ciencia proyecta la realidad sobre nuestros conceptos, y el resultado es una<br />
teoría. En lugar de puntos y líneas sobre el espacio euclídeo del plano, tenemos<br />
magnitudes y leyes físicas en el espacio abstracto de las matemáticas. El mapa no<br />
es el territorio, y las teorías no son la realidad. Pero además, si la cartograa se<br />
ve en dicultades porque una esfera no es un plano y es imposible encontrar una<br />
proyección perfecta, ¾cómo va a poder la ciencia proyectar elmente nada menos<br />
que la realidad, ese ente multidimensional e inimaginable, sobre el limitado espacio<br />
que abarcan nuestros conceptos? Parece ingenuo pretender, como hace el realista<br />
cientíco, que nuestras teorías cartografían con precisión la realidad. Pero parece<br />
igualmente un error pensar, como el instrumentalista, que no nos dicen nada sobre<br />
el territorio. Puede que sean burdos, pero son mapas. Y por indirecto, incompleto y<br />
falible que sea el conocimiento que nos proporcionan, es un conocimiento real, y un<br />
conocimiento perfeccionable.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/29/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/29/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=29&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Planetario virtual</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2009 21:40:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Visualización]]></category>

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		<description><![CDATA[via Microsiervos: El movimiento orbital de los planetas vistos desde la Tierra<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=27&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>via Microsiervos:</p>
<h2 class="entry-title"><a class="entry-title-link" href="http://www.microsiervos.com/archivo/ciencia/movimiento-orbital-planetas-desde-tierra.html" target="_blank">El movimiento orbital de los planetas vistos desde la Tierra</a></h2>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/27/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/27/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=27&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>A Scientific Approach to Science Education</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2009 21:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Educación]]></category>

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		<description><![CDATA[by Carl Wieman De atrás adelante A Scientific Approach to Science Education &#8211; Technology And Institutional Change A Scientific Approach to Science Education &#8211; Beliefs, Guided Thinking And Technology. Reducing cognitive load in a new approach to scientific education. A Scientific Approach to Science Education &#8211; Research On Learning Why Not Try A Scientific Approach [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=25&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>by  <a title="Click here to view Carl Wieman's profile." href="http://www.scientificblogging.com/profile/cwieman">Carl Wieman</a></p>
<p>De atrás adelante</p>
<p><a href="http://www.scientificblogging.com/carl_wieman/scientific_approach_science_education_technology_and_institutional_change">A Scientific Approach to Science Education &#8211; Technology And Institutional Change</a></p>
<p><a href="http://www.scientificblogging.com/carl_wieman/scientific_approach_science_education_beliefs_guided_thinking_and_technology" target="_blank">A Scientific Approach to Science Education &#8211; Beliefs, Guided Thinking And Technology</a>.</p>
<p><a href="http://www.scientificblogging.com/carl_wieman/scientific_approach_science_education_reducing_cognitive_load" target="_blank">Reducing cognitive load in a new approach to scientific education.</a></p>
<p><a title="Carl Wieman research on learning" href="http://www.scientificblogging.com/carl_wieman/scientific_approach_science_education_research_learning" target="_blank">A Scientific Approach to Science Education &#8211; Research On Learning</a></p>
<p><a href="http://www.scientificblogging.com/carl_wieman/why_not_try_scientific_approach_science_education" target="_blank">Why Not Try A Scientific Approach To Science Education?</a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/25/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=25&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Entrevista a Roger Scruton</title>
		<link>http://pseudoalmacen.wordpress.com/2009/04/24/entrevista-con-roger-scruton/</link>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2009 21:29:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[Personajes]]></category>
		<category><![CDATA[Scruton]]></category>

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		<description><![CDATA[por Julian Baggini. Sacado de The Philosopher&#8217;s magazine, via Bryan Appleyard There is something paradoxical in the view that the conservative should be the outsider,” admits Roger Scruton, a man who nonetheless embodies the paradox completely. Scruton has been Britain’s leading intellectual defender of conservative values on politics, art, religion, ethics and culture for nearly [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=20&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>por Julian Baggini. Sacado de <a href="http://www.philosophypress.co.uk/?p=15">The Philosopher&#8217;s magazine</a>, via <a href="http://www.bryanappleyard.com/blog/2009/04/scruton-on-beach.php">Bryan Appleyard</a></p>
<p>There is something paradoxical in the view that the conservative should be the outsider,” admits Roger Scruton, a man who nonetheless embodies the paradox completely. Scruton has been Britain’s leading intellectual defender of conservative values on politics, art, religion, ethics and culture for nearly three decades, for which he has been rewarded by marginalisation within academia and ridicule in the left-wing press.</p>
<p>“That is just part of the to and fro of public life,” Scruton tells me in the study of his Wiltshire farmhouse, where he lives with his wife and two children, and tends to his hunting horses. Still, “I don’t feel bitter at all,” he insists. “I had a really interesting time being disliked.”</p>
<p>Scruton is often portrayed as a fox-hunting <em>arriviste</em>, the grammar school boy done good who is now desperate to be posher than posh. But the coherence of his philosophical work over the years belies such an easy caricature.</p>
<p>“There is a unifying intellectual endeavour,” he says of his work, “which is to bring philosophy and culture back together, so that the study of philosophy moves back from being the handmaiden of the sciences – as it’s tended to be in British empiricism and also modern analytical philosophy – to being a meditation on the human condition which borders on literature, art, music and the rest. That’s always been my interest, which is why I started by doing research on aesthetics.”<span id="more-20"></span></p>
<p>That primary focus is “connected to a sort of cultural conservatism of the TS Eliot type, which moved me at a certain stage in a political direction. That’s to say, I became, like many people of my generation, very disillusioned with the post-war socialist consensus and began looking for other things. It’s never been a primary interest, but I became interested in how to articulate the message about some form of intellectual conservatism for the age in which we live.”</p>
<p>Although his work on aesthetics has been primary, it was his third book, <em>The Meaning of Conservatism</em>, which kick-started his life as a public intellectual. “I only wrote it because Ted Honderich asked me to,” he explains. “Penguin thought that they should publish something on conservatism at the time, which was 1979, I think – a long time ago – and Ted looked around and racked his brains for anybody he could think of who was a conservative. He hit on me and that launched me on another career, in a way, as a spokesman for a certain position.”</p>
<p>Scruton’s articulation of conservative philosophy stands in great contrast to the mainstream left-liberal political philosophy of the last fifty or so years, as much in its methods and underlying assumptions as in its conclusions.</p>
<p>“First of all, conservatism isn’t goal-directed in the way that socialism is, and some, though not all, forms of liberalism are. Articulating it is first of all a matter of describing what it is and bringing out that in it which is loveable, acceptable, or in any case jeopardised by unthinking reform. That’s a huge labour of description and evocation. It must be conducted against a background of professional disillusion with the idea of goals in politics. We can’t know how to proceed towards some ideal in this world and it’s foolish to try, and the evidence of history is that people who have tried have ended up in situations of mass genocide. Isn’t it better to look at what we have and see the ways in which it secures equilibrium, satisfaction happiness etcetera for the people who are involved in it?</p>
<p>“That’s a much more difficult thing to do, I think, than to articulate a forward-looking socialist doctrine. If you look at Marx in particular, he says almost nothing about the communist future. It’s just an abstraction. Everything is about how hateful this and this is in the present and anyway history is going to sweep it away. My view is that is morally irresponsible and that really one must begin from an understanding of the virtues and the defects of the thing that one has.”<!--more--></p>
<p>However, it’s one thing to evoke and describe, quite another to justify. How does he do that for conservatism?</p>
<p>“Well, someone like Rawls is looking for an abstract unifying principle of justification, which he calls justice, and in my view completely distorts the concept of justice in order to do this. I would say your relation to the social order in which you’re brought up is comparable to your relation to your family.</p>
<p>It’s full of imperfections, tensions and so on but it’s not something for which an abstract justification is needed if it is to go on. It is the given, to use the Wittgensteinian mode of looking at it. The important thing is to know how to adjust it, and how, not just to dislike those things that you dislike, but how to love those things which you don’t dislike.”</p>
<p>This way of arguing is essentially Burkean. As Scruton put it in his memoir, <em>Gentle Regrets</em>, “Burke brought home to me that our most necessary beliefs may be both unjustified and unjustifiable from our own perspective, and that the attempt to justify them will lead merely to their loss. Replacing them with the abstract rational systems of the philosophers, we may think ourselves more rational and better equipped for life in the modern world. But in fact we are less well equipped, and our new beliefs are far less justified, for the very reason that they are justified by ourselves.”</p>
<p>However, can’t one imagine such a way of thinking being used to refuse the franchise to women, or failing to abolish slavery? As a conservative, how does one distinguish the things that actually do need changing from Burke’s “justified prejudices”?</p>
<p>“I’m not saying that acceptance of the existing arrangements is the final arbiter of everything,” Scruton replies, “but it’s the thing from which you begin. If you don’t begin from that, there isn’t any possibility of political dialogue, compromise and all the things that make it possible for people to live together. Again, going back to the family example, of course we live by moral principles as well. One might discover that one’s father is after all an embezzler and that must change, and likewise one might discover that one’s society depends upon immoral ways of using people and that must change. It’s reasonable to think that without some totalising principle under which all these adjustments fall.</p>
<p>“You’re arguing as though it ought to be easy to argue these things, and it never is, because after all one is talking not just about moral precepts to do with justice, freedom and so on, one is also talking about competing interests. One of the great things about the conservative position – in practical politics as opposed to theoretical philosophy – is that it has always recognised that political solutions are compromises, in which as many of the contending interests as possible are reconciled with each other, so it’s essentially irenic philosophy. It’s not to do with the righteous overbearing the unrighteous and imposing upon them a doctrine which they are rejecting or anything like that.”</p>
<p>How does this apply to a practical example, such as Britain’s House of Lords, in which, until recently, people held political office purely because they were born into nobility?</p>
<p>“In a case like the House of Lords, I think that obviously there would be the Burkean arguments that if it ain’t broke don’t fix it. It’s been around for a long time, obviously it performed all sorts of functions, we didn’t know how it came into existence, it arose by the invisible hand, all the usual things. So if we’re gong to adjust it we must have a very clear conception of what is wrong with it and whether it’s producing the wrong results and the rest.</p>
<p>“Then a conservative with my way of thinking would also recognise that in a democratic age, people are filled with the idea that people who have gained power or authority without popular election are somehow illegitimately in that position. Even if you think that’s wrong, which I do, you’ve got to say that nevertheless they represent a vast number in the population. Their interests and view of this must be entered into the equation, and whichever compromise emerges would be the best that one could hope for. That for me is what politics is. That sort of decision making is totally unlike what socialists think politics is. For them there are first principles from which you derive your procedures of action, and then you proceed towards your goal and impose that goal on everybody regardless of whether they want it.”</p>
<p>Isn’t the worry that had such a view of politics had been more widespread, then a lot of the things that we now think are perfectly laudable would have been harder to bring about because there would have been a greater presumption against change?</p>
<p>“Sure. Some things would have been harder to bring about but some unwise changes would have been resisted. Look at the collapse of the education system. If conservatives had entered more fully into the compromises, which they didn’t, because the Labour party was determined to exclude that voice, then we wouldn’t have, I think, the breakdown in school education which we’re witnessing today.”</p>
<p>The decline of standards in all sorts of areas of life is, of course, another conservative theme which citics like to mock. But when it comes to matters of what is usually called high culture, and Scruton simply calls culture, the importance of maintaining the highest standards in the arts is one which Scruton defends with some thoroughness. So why does culture matter so much to him?</p>
<p>“I came from a background where culture wasn’t very significant. Lip service would be paid to it, but there weren’t many books around, we never went to the theatre or anything like that. Music only arrived by accident when my father inherited a piano. But when I discovered it, it made such an impact on me, I realised, here is another vision of life, this is a call, and I’ve got to follow this. This is infinitely more interesting than anything around me. I’ve always thought that and then that raises the question, how do you justify that? Not just living like that but living off it, from writing, teaching, all those ways in which one can make culture into a way of life. So I’ve always had this question, what is the benefit – not to you who are involved to it, because that is like asking what is the benefit of the person you love, that is your existential commitment – but what is the benefit to others who don’t have it and maybe don’t want it? Why should governments give money to support the arts when it’s a minority taste? Shouldn’t they be giving money to support museums of pop music or whatever, and the Arts Council has been very influenced by that.</p>
<p>“You have to find some way of describing the benefits that my being cultured confers on those who aren’t, and that is a hard task, but not an impossible one. It’s like asking, what is the benefit for the mass of people of the priest’s vow of chastity? They’re not going to vow chastity – he’s doing this by way of cementing his own personal relation with God. But what is the benefit for others? And we know that actually, anthropologically, there is a benefit. There is somebody who deliberately absents himself from felicity in order to set an example, to be immune to certain kinds of relationships, to stand as father and advisor to a whole community. I think that is the role that high culture has played in our society, the theatre in particular, but also concert-gong and the rest. A lot of people whom it has never directly touched it has indirectly touched, by giving moral and spiritual sustenance to the teacher in the primary school for instance, or to the person who is going to be prepared to set up a little youth orchestra in the village or an amateur theatrical group. It’s preparing an elite for a sacrificial role which benefits others, and that’s the way I look at it.”</p>
<p>As often happens with Scruton, one is sometimes taken aback by the high moral tone of some of his language: a sacrificial role? Surely purveyors of culture derive great benefits from their involvement in it?</p>
<p>“I get a tremendous benefit, but also I lead a studious life and work extremely hard at getting the right word, the right sentence and so on, which I needn’t bother with if I didn’t have that sense that this is of intrinsic value. And if I didn’t do that but just wrote sloppily I wouldn’t be able to propagate any message and maybe that would have negative impacts on others.”</p>
<p>The question that obviously arises here is whether this view entails a distasteful elitism. Just as Socrates’s maxim that the unexamined life is not worth living throws into question the value of many ordinary, unreflective lives, doesn’t Scruton’s view privilege the life of the cultural connoisseur over simpler, everyday folk?</p>
<p>“Culture is another name for the deepest examination of the human condition, in a way. Nobody would accuse Socrates of snobbery when he said that, although of course he was addressing upper-class youths in Athens and all the rest. I think there’s no reason why someone shouldn’t say this, because it could be true, and one wants to know how, in that case, others can enjoy the benefits of knowing something about themselves and their condition.</p>
<p>“I take the view that this is one of the things religion does for people. It is a channel through which that tradition of examination of the human condition can pass its wisdom down to ordinary people and illuminate their lives, and I think the loss of religion makes it more obvious just what people lose through not having any culture as well. The danger is that people will just get lost in a morass of addictive pleasures and not ask themselves the questions about the meaning of their own lives and not make the effort to make themselves interesting to others, so that human relations begin to crumble. I think we’re actually seeing that. If you look round the society in which we are, it’s not in a happy state. Although it has everything materially, people are finding it very difficult to make themselves interesting to each other.”</p>
<p>Scruton is well aware that many good, decent people are also uncultured, and argues that asserting the moral value of culture is not at all refuted by this.</p>
<p>“There isn’t any direct connection between high culture and morality at the level of the individual person. That’s why in the book <em>Culture Counts</em> I wrestled with the thought that it is more like science than we think: there’s a collective attempt to preserve a kind of knowledge, knowledge about what to feel and the legacy of social emotion. Of course, you can acquire that and pass it on without yourself benefiting morally from it or being changed morally, just as people can do with science. Maybe that’s what it’s all about – this legacy of emotional knowledge is something of vital importance to all of us, especially to those who don’t consciously have it. That was the thought, and actually it’s quite an original thought, because nobody has tried to justify culture in that way.</p>
<p>“These are speculative connections and I may be wrong, but one shouldn’t be afraid of entertaining the thought that I’m right. It’s not snobbery. It’s like saying, when Christ said on the cross, ‘Forgive them father, for they know not what they do,’ that wasn’t snobbery, but he was expressing a massively superior vision to those around him.”</p>
<p>Does his view entail that good, uncultured people depend for their goodness on high culture elsewhere in society?</p>
<p>“It’s an interesting suggestion. All we know from our predicament as modern westerners is that there has been this huge educational inheritance which we’re somewhat throwing away at the moment, in which science, mathematics, literature, music and fine art, history, and languages have all been mixed together and have fertilised each other. We can’t say that one bit of it could be extracted and survive without the rest. But we can look at parts of the world that have had a high culture and lost it, the Middle East being a very obvious example, and see how bereft it leaves people. There isn’t in the modern Middle East and Islam that ability to compromise, to see the human condition in its totality, to abstract from one’s own immediate concerns that we have. Once, of course, all that high culture was there flourishing, especially of course in Persia in the 13th century.”</p>
<p>Scruton even argues that there is a moral benefit to music – not just programme music or opera, but pure music.</p>
<p>“I’m not the first person to say this, because Plato in the <em>Republic</em> raises this question: how should people sing and dance in order to produce an orderly social condition? I would say that music is something which has a tremendous power: it has a power to silence us and to take us along with it. So there’s a good question, what is it making us do?</p>
<p>“One answer is that the first thing it is making us do is to move in time to it, and adapt our body rhythms, and the emotional rhythms that go with it, to what we’re listening to. This is obviously a way of rehearing all kinds of things that we wouldn’t normally rehearse because we’re too busy doing other things. So it does matter what kind of music you listen to, because it will implant its movements in your soul. That’s something that Plato said in a completely different idiom, but I think it’s true, and of course the psychologists think this too, because they’ve done all this empirical research on what happens to children brought up listening to Mozart as opposed to listening to pop music and all the rest, so we know it has a hugely differential effect on their moral and intellectual development. But I would say as adults, there are great differences between those who enter into a state of frenzy through music and those who, on the contrary, enter a state of meditation. These are character-forming experiences.”</p>
<p>Scruton is famously, or notoriously, critical of popular music. He was even successfully sued once by the Pet Shop Boys for suggesting in <em>An Intelligent Person’s Guide To Modern Culture</em> that “serious doubts arise as to whether the performers made more than a minimal contribution to the recording, which owes its trade mark to subsequent sound engineering, designed precisely to make it unrepeatable.” I put it to him that in any genre you’ll find there are always some people of great creativity and artistry. How prepared is he to overcome the initial barriers to appreciating this and give apparently raw or violent styles of music a go?</p>
<p>“I accept that. I have actually been listening to quite a bit of heavy metal lately, and Metallica, I think, is genuinely talented. ‘Master of Puppets’ I think has got something genuinely both poetic – violently poetic – and musical. Every now and then something like that stands out and you can see that people have got no other repertoire and have a very narrow range of expression, but they’ve hit on something where they are saying something which is not just about themselves. Pop music is so concentrated on the self and the performer that it’s very rare that that happens, I think. It never happens with Oasis or The Verve. It did happen much more of course with the Beatles, and in the old American songbook, Hoagy Carmichael and Cole Porter and all that. That was a popular music which was about communication of often quite gentle feelings. So I’m not as prejudiced as I seem. I would like to be more prejudiced because it would prevent me from listening to this stuff.”</p>
<p>I was reminded of a Guardian article last year in which intellectuals were asked for their confessions, most of which were no such thing: you’re not going to think worse of John Carey, for example, because he admits to liking a nice cup of tea and a sit down. Scruton alone admitted something that flies in the face of much of what he has stood up for: He finds Elvis irresistible. Is that right?</p>
<p>“I do find him irresistible, yes.”</p>
<p>But you feel you shouldn’t?</p>
<p>“Well, it is all below the belt with Elvis. I was slightly tongue in cheek.”</p>
<p>This sense of humour is a side of Scruton that is often missed. In his latest book, <em>Culture Counts</em>, Scruton devotes several pages to the importance of jokes and comedy. However, what a lot of people find almost comically impossible in Scruton is the high seriousness his approach generally takes. We have become too ironic to take ourselves as seriously as Scruton would like us to.</p>
<p>“It’s true that people don’t live up to my expectations. This is one reason why we laugh. Laughter is in a great many cases a recognition of our falling short from an ideal. If we didn’t have ideals, humour would all be black. I still think that it would be a bad thing for mankind if people didn’t make the effort that I and other people make to paint ideal portraits of the human condition.”</p>
<p>But laughing at falling short of an ideal is still possible if you don’t hold that ideal. In the Monty Python films, for example, much of the humour is that there is this background of grand narratives – the quest for the Holy Grail, the life of Christ, and so on – but the reality of human life is nothing like as noble as these stories we tell of ourselves.</p>
<p>“That is true. In fairness to me it should be said that my writing, however high-toned it is, is also quite humorous at times. It’s more ironical than jokey, I guess. I certainly don’t want to look as though I’m imposing some kind of solemn sermon. But I only ever say what I think and perhaps what I think is a little bit too demanding.”</p>
<p>One example of this irony is a passage in <em>Gentle Regrets</em> where he talks about how there is something grotesque about someone adopting a conservatism which really should be a matter of inheritance. The passage gave me the slightly sad sense of a man who had rejected the liberal academic home he would have been most at home in, but who now lives among conservatives who sense he isn’t quite “one of us” either.</p>
<p>“That passage was written slightly with tongue in cheek. It was a chapter on why I became a conservative and was written with a sufficient irony to make the narrative plausible. Without in any way exaggerating the problems I had, it is nevertheless the case that it was damn stupid to become a conservative. Had it not been for the fact that I was convinced of the truth of the position I would certainly have dropped it straight away, because in the culture of those days – remember this was the seventies – it just isolated me from the university community and much of the way of life of people of my class, interests and outlook. So I was being a little ironical and looking at myself from the outside as a comic figure. I didn’t want to describe myself as a tragic figure.”</p>
<p>Scruton’s problems with academic life, however, are more than just political. He finds the whole business of most contemporary Anglo-American philosophy to be sterile and dull.</p>
<p>“I was properly trained in Cambridge and I would never want to dismiss the value of that training and the real achievements of people like Wittgenstein, obviously, who is very much one of my culture heroes, and the analytical method generally. I think it clarifies so much in philosophy which was unclear and in particular swept away – well it should have swept away, but alas it didn’t – the worst kind of phenomenology and Heidegerrian nonsense and all that, and put serious enquiry in the place of it.</p>
<p>“But the problem is it does have a relentlessly negative effect, because there is no attempt, or very rarely is there an attempt, to give a synthetic view of what the world is for us, what the world is in itself, and to fit the human being into this picture in its full complexity. That really is all that I meant by saying that you’ve got to put culture back in the picture.</p>
<p>“You can make a contribution in analytical philosophy without making any connections with the broader culture. The question that interests me though is whether you can use what you know from analytical philosophy to help understand the broader culture, and I think you can. That’s what I’ve always tried to do, certainly in my work in aesthetics. My book on the philosophy of music is very analytical but is totally about the nature and meaning of the music and culture. I think it benefits from being analytical. I wouldn’t ever want to repudiate that discipline.”</p>
<p>Interestingly, you hear many similar things being said within academic philosophy these days from people who are very far from Scruton politically. It would be ironic indeed if the profession that once pushed him away were now moving closer to his way of doing things. Rather than the prodigal son returning home, home may be moving closer to the son.</p>
<p><em>Julian Baggini’s latest book is </em>Complaint <em>(Profile).</em></p>
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		<title>Andrés Ibáñez: La generación del gin</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Sep 2008 11:28:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Andrés Ibáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Es fácil reconocerlos: beben ginebra. Es fácil reconocerlos: fuman como tubos de escape. Es fácil reconocerlos: son cinéfilos. Entendámonos, no es que les guste el cine como a usted y a mí, sino que les gusta especialmente Howard Hawks (que también nos gusta a usted y a mí, claro, aunque, sinceramente, no es para tanto): [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=15&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es fácil reconocerlos: beben ginebra. Es fácil reconocerlos: fuman como tubos de escape. Es fácil reconocerlos: son cinéfilos. Entendámonos, no es que les guste el cine como a usted y a mí, sino que les gusta especialmente Howard Hawks (que también nos gusta a usted y a mí, claro, aunque, sinceramente, no es para tanto): para ellos el cine es Humphrey Bogart y Ava Gardner más que David Lynch o Gus Van Sant. No les gusta lo «fantástico», que consideran cosa de niños, ni las cosas delicadas, que consideran cursis. Son duros. Son muy duros. Son unos tipos duros. Les gustan las cosas duras, secas y austeras: la novela negra, el cine negro, y en lo moderno, Raymond Carver. Les gustan las narraciones desoladas y despiadadas, la cosa existencialista. Muchos de ellos siguen siendo marxistas. Les parece que Castro es un tío cojonudo.</p>
<p>Creo que la primera vez que me di cuenta de que ellos eran ellos y de que yo no era ellos, fue al leer, hace ahora muchos años, un artículo de uno de ellos, en el que protestaba muy indignado contra los rumores de que se iba a instalar un Disneylandia en la costa española. El artículo clamaba contra la colonización yanqui y afirmaba que esa basura de Walt Disney no tenía nada que ver con nosotros ni con nuestra cultura. Y yo me puse a pensar. Me puse a pensar en lo muchísimo que me gustaban las películas de Walt Disney, y los personajes de Walt Disney, y los tebeos de la colección «Dumbo» donde el genial Carl Barks pintaba las historias del pato Donald, el tío Gilito, los Forestales Juveniles y los Golfos Apandadores y me di cuenta de que Walt Disney no tenía nada que ver con el que escribía aquel artículo pero que sí tenía mucho que ver conmigo. Es decir, que a lo mejor no tenía nada que ver con ellos, pero sí tenía mucho que ver con nosotros.</p>
<p>Tipos duros</p>
<p>Son los de la generación de la ginebra y el tabaco. ¡Dios mío, cómo les ha gustado la ginebra a esa gente! Casi podría llamárseles así, la generación de la ginebra. O la generación de Howard Hawks. O la generación de Juan Benet, que es el autor del famoso artículo. Son la generación de los tíos: si nuestros padres andan entre los 60 y 70, ellos andan entre los 50 y 60. ¡Y son tan duros! Son unos tipos duros. Lucharon contra el franquismo. Corrieron ante los grises. No podían leer a Miguel Hernández. ¡No podían leer nada, los pobres! Están muy politizados. Odian los colores, las flores, y las cosas «recargadas». Son escuetos, austeros, no toman postres, no les gustan los dulces. Les encanta Jacques Brel y la ginebra, pero no la tarta de chocolate. Les encanta Gil de Biedma, y en general todo lo que es soso, realista, menor, sobrio, discreto y, si es posible, descreído y desdeñoso. Odian a los americanos. Aman a Howard Hawks, a Hemingway y a Raymond Carver, pero odian a los americanos. Creen que Woody Allen es un cineasta «muy europeo» (esta idea, particularmente, me hace partirme de risa en las noches de luna). No les gusta Borges. No les gusta Nabokov. No les gusta la ópera ni, en general, la música. No les gusta Thomas Pynchon. No les gusta Rubén Darío (es recargado). Les gusta Raymond Carver, a quien consideran, absurdamente, un importante escritor norteamericano. Sartre, Lukacs, Benjamin y Bertolt Brecht les ponen supercalientes. Afirman que todo es política. No se creen nada. Son la generación de los descreídos y los desmitificadores, recios bebedores de ginebra que descubrirían factores socioeconómicos hasta en la ballena de Pinocho (es el capitalismo que devora al proletario Gepetto).</p>
<p>Estamos hartos</p>
<p>En una palabra: que estamos hartos de ellos y de sus anatemas. Que ya basta. Jacques Brel es insoportable. Raymond Carver es un coñazo y ni él ni Paul Auster son los dos escritores americanos más importantes de la actualidad (ni siquiera son muy importantes). El cine clásico americano es simplón, sentimental y profundamente falso. Casablanca es una ñoñería. Los que se emborrachan todas las noches se llaman alcohólicos. Borges y Nabokov son los mayores genios literarios de la segunda mitad del siglo. Matrix es mucho más interesante que toda la obra de Teodoro W. Adorno (me refiero al filósofo, no al gato de Cortázar). Fidel Castro es tan abominable como Pinochet. Lenin fue un asesino tan repugnante como Franco. Vázquez Montalbán no fue un escritor «comprometido», sino un hipócrita defensor de dictaduras. La palabra «compromiso» no significa nada, y además huele a cadáver. El arte se dirige a la parte espiritual del hombre, mentecatos. La belleza no es un concepto burgués, cretinos. Todo no es política, ignorantes. Ya basta. Dejadnos un poco en paz. Callaos un poco, borrachos.</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/15/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/15/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=15&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Francisco Sosa Wagner: La vacuna como síntoma</title>
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		<pubDate>Thu, 29 May 2008 15:10:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[España]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[(artículo en el Mundo, reproducido por Garciamado el 28 de mayo de 2008 ) Se nos sermoneará que España está más cohesionada que nunca, pero la realidad se aleja de esta suerte de hipnotismo que se viene administrando desde los púlpitos de la corrección política, con sospechoso tesón. Precisemos: España, esa compleja entidad colectiva plena [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=14&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(artículo en el Mundo, reproducido por <a href="http://garciamado.blogspot.com/2008/05/la-vacula-como-sntoma-por-francisco.html">Garciamado</a> el 28 de mayo de 2008 )</p>
<p>Se nos sermoneará que España está más cohesionada que nunca, pero la realidad se aleja de esta suerte de hipnotismo que se viene administrando desde los púlpitos de la corrección política, con sospechoso tesón. Precisemos: España, esa compleja entidad colectiva plena de esencias y presencias, va a su aire: productiva, inquieta, creadora, cada vez más ajena a los discursos políticos, siempre a medio camino entre la fábula y la ficción tragicómica. A esa España, que por supuesto no se rompe ni se desgarra, no aludo. Me refiero al Estado que, sometido al pulso de la fragmentación, ofrece las trazas de un astro menguante.<br />
Los ejemplos a exhibir son tan abundantes que emiten ya sonoras alarmas. Así, en el problema del agua chapotean conflictos derivados de la política de obras hidráulicas, pero también las previsiones de los nuevos estatutos que han tenido la mano larga a la hora de apropiarse de ríos enteros, incluso de aquellos que tienen la osadía de traspasar las fronteras españolas y adentrarse en algún país extranjero. El río, para el Estatuto por el que fluye parece haber sido la proclama de una facundia autonómica que el Estado no ha sabido combatir con medios adecuados, todos ellos por cierto, en la alcancía de la legislación española desde hace mucho tiempo. Hay ya incluso alguna provincia que pretende quedarse con su río, emulando así en avidez hídrica a sus hermanas mayores, las comunidades autónomas. Sólo falta que los municipios se apunten al festín. De ahí que se amontonen los pleitos y se llame a las puertas del Tribunal Constitucional para que éste enderece los desaguisados que esparcen por doquier políticos tan largos de ambiciones como cortos de mesura en la administración de la res publica.<br />
Por su parte, los dineros públicos han desatado una guerra entre comunidades, enfrentadas hoy ya las ricas con las pobres, las del este con las del oeste, y las del sur con las del norte. Se lanzan entre ellas balanzas como proyectiles, o se recurre a acuñar criterios de inversión del Estado en función de los intereses de cada cual: quién blande la población, joven o envejecida, castiza o inmigrante; quién la superficie forestal; quién el turismo. Sólo falta que se invoque el consumo de sidra o el de paella para allegar recursos y construir fortunas regionales. Un deslizadero éste que amenaza despeño, bendecido -de nuevo- por el Parlamento, por el Gobierno, incapaces de administrar el sacramento del orden y la disciplina en asunto de tanta sustancia. Ya veremos cómo se encarrila todo este embrollo y si será también el Tribunal de la calle de Domenico Scarlatti de Madrid el que al final se vea obligado a concertar lo que los políticos han desconcertado. Y veremos qué secuelas deja: de agravios no satisfechos, de rencillas entre vecinos, de afrentas, todas a la espera de ser saldadas en algún combate próximo. La víctima siempre es la misma: la solidaridad entre los españoles, una de las piezas que justifican nada menos que al Estado moderno, construido precisamente para fabricar cohesión entre las clases sociales y entre los territorios. En Italia, tras las recientes elecciones, se está cociendo el mismo guiso y ahí está el Norte poderoso desafiando al Sur menesteroso. Pero, en aquella península, las banderas de la insolidaridad y del egoísmo las enarbola la derecha más reaccionaria mientras que, en estos pagos, ¡encima! llevan vitola de progreso.<br />
Pues ¿qué decir de la Sanidad? Acaba de aparecer un libro -Integración o desmoronamiento. Crisis y alternativas del sistema nacional de salud, firmado por Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio, político socialista que tuvo significadas responsabilidades en Asturias-, donde se analiza sin vacua palabrería la situación en que se halla el que quiso ser modelo sanitario. Para Vigil, «el sistema nacional de Salud tiende cada vez más a configurarse como un sistema no excesivamente articulado, poco armónico y de creciente heterogeneidad que, además, carece de instrumentos eficaces para fortalecer su cohesión, dado que para funcionar depende casi en exclusiva de la mejor o peor voluntad que en cada caso y momento tengan los gobiernos autonómicos&#8230; por lo que no resultan en absoluto extrañas las decisiones y los actos de descoordinación que emanan de los distintos integrantes del servicio nacional de Salud y que favorecen claramente la fragmentación del conjunto».<br />
Un camino por el que se llega a situaciones tan pintorescas como la que ofrecen los distintos calendarios de vacunaciones o la más inquietante del gasto farmacéutico, pues en algunas regiones se restringe la dispensación de unos fármacos que en otras se recetan con largueza. De igual forma, son manifiestas ya las diferencias que existen entre comunidades en relación con las listas de espera, con la salud bucodental, con los servicios de salud mental y otras especialidades y superespecialidades. El riesgo, para Vigil, es claro: se está a un paso del «descoyuntamiento del actual servicio nacional, el cual podría llegar a mutar en 17 sistemas sanitarios diferentes».<br />
Por su parte, la Ley de Dependencia, estrella de la política social del Gobierno, se proyecta sobre la realidad de forma renqueante y, por supuesto, a 17 velocidades distintas pues todo queda al albur de la voluntad política, del dinero y los medios personales empleados, de las prioridades de cada región&#8230; La mayoría de los ciudadanos que se acercan a las oficinas para que los servicios correspondientes valoren su grado específico de discapacidad pasan una auténtica crujía que sólo tiene de emocionante el hecho de ser distinta y de diferente alcance en cada Comunidad Autónoma.<br />
Si pasamos a otro servicio público vertebrador, el de Educación, las conclusiones son las mismas, sólo que en este ámbito nos encontramos en un estadio más maduro de fragmentación, agravado por la vuelta de tuerca que se percibe en la política lingüística de las comunidades bilingües. Pero hay más. En el caso de la enseñanza superior y respecto de los títulos universitarios, una responsabilidad indeclinable del Estado -artículo 149.1.30 de la Constitución-, la ley reciente de universidades opera con una agresiva frivolidad: se suprime el modelo general de títulos por lo que el panorama que se avizora es el de una diversidad abigarrada de títulos de libre denominación en cada universidad, vinculados tan sólo a directrices mínimas del Gobierno, válidas para vastas áreas de conocimiento, y a la intervención -más bien formal- de la Comunidad Autónoma y del Consejo de Universidades, que siempre habrán de preservar «la autonomía académica de las universidades».<br />
A todo esto hay que añadir la amenaza, que pende sobre el empleo público, de aprobar 17 leyes de funcionarios y sobre la Justicia que, si el Todopoderoso no lo remedia, verá nacer en breve 17 consejos regionales judiciales, como si no fuera castigo suficiente el general de Madrid. Etcétera, etcétera.<br />
De verdad, ¿exige la diosa de la autonomía que ardan en su pebetero tantas y tan variadas ofrendas?<br />
Para sortear la angustia se impone una pregunta final: ¿Tiene todo esto remedio? Creo que sí. En mi opinión, enderezar los pasos dados de forma tan atolondrada exige retomar el camino y señalar una meta que, a estas alturas, no puede ser otra que la del Estado federal. Un Estado que, cuando está asentado y produce frutos cuajados (EEUU, Alemania, etcétera), no es sino una modalidad de Estado unitario, con potentes instrumentos de cohesión y con junturas bien engrasadas.<br />
Lo demás es crear poderes neofeudales y facilitar la consolidación de redes clientelares. Es decir, asumir el riesgo cierto de la esqueletización del Estado.</p>
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		<title>Bolonia: ¿otro espejismo europeo?</title>
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		<pubDate>Fri, 09 May 2008 07:38:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[universidad]]></category>

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		<description><![CDATA[(encontrado en Firgoa) Por Julio Carabaña La intención principal con la que escribo las presentes líneas es informar sobre el llamado proceso de Bolonia y sobre la situación de la Universidad española en relación a él. Semejante intención implica, voy a aclararlo desde el principio, más inmodestia que la habitual en quien escribe por creerse [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=13&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="content">
<p>(encontrado en <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/30163">Firgoa</a>)<a href="http://www.ucm.es/info/socio6ed/Profesorado/jcm/caraba.htm"></a></p>
<p><strong>Por Julio Carabaña </strong></p>
<p><strong></strong>La intención principal con la que escribo las presentes líneas es informar sobre el llamado proceso de Bolonia y sobre la situación de la Universidad española en relación a él. Semejante intención implica, voy a aclararlo desde el principio, más inmodestia que la habitual en quien escribe por creerse mejor informado que los potenciales lectores. Este sería el caso si yo me hubiera propuesto simplemente explicar como universitario a lectores que trabajan fuera de la Universidad el significado de los cambios en los planes de estudio que más pronto que tarde los compromisos internacionales adquiridos por nuestras autoridades nos obligarán a poner en marcha. Pero la verdad es que, habiéndome propuesto informar también sobre estos cambios a la gente que trabaja y estudia en la Universidad, estas líneas están escritas desde supuestos todavía más fuertes e inmodestos, a saber, que la mayoría de mis colegas, los profesores de la Universidad, no tienen más que vagas y remotas nociones, adquiridas de oídas o a lo sumo en los periódicos, de lo que puede significar &#8216;Bolonia&#8217; para la Universidad española, y que la minoría que tiene ideas más precisas las tiene por lo general sesgadas, incompletas y bastante erradas. Dicho lo cual, me siento en la obligación de apresurarme a explicar cómo he llegado a creerme con más saber que la mayoría de mis colegas.</p>
<p>Me enteré de lo de Bolonia primero por los periódicos, como todo el mundo, pero no le dí mayor importancia, habituado como estoy a la grandilocuencia y vacuidad de tantas declaraciones europeas. Cuando vi que la Ley de Universidades que hizo aprobar el PP en 2001 incluía artículos facultando al gobierno para adecuar por decreto la Universidad española al Espacio Europeo de Enseñanza Superior comencé a inquietarme un poco, pero tampoco le presté mucha atención, suponiendo que todo quedaría en algunos cambios de nombres. Me inquietó definitivamente el entusiasmo con que un colega partidario de toda innovación nos contó en un aparte del Congreso Europeo de Sociología (Murcia, 2003) que definitivamente se iban a adoptar los nombres de &#8216;grado&#8217; y &#8216;máster&#8217;, amén de la pasión que puso en discutir si los grados iban a ser de tres o cuatro años. Argüí que eso ya lo habíamos hecho sin mucho éxito en la Ley de Educación de 1970, e inquirí por la diferencia entre cinco y tres más dos, pero tuve la impresión de que los cambios pretendían ser más que nominales. Intrigado, continué mi indagación entre las autoridades académicas, y encontré que su perspectiva era la de quien ve venir algo inevitable a lo que no queda otra que adaptarse, una actitud más reactiva que proactiva. Mientras tanto, se iba discutiendo en la prensa si Bolonia obligaba a reducir las titulaciones, suprimiendo específicamente las de Humanidades e Historia del Arte, si favorecía la uniformidad de las Universidades o su autonomía y diversidad, si obligaba a cambiar la manera de enseñar sustituyendo las clases magistrales por tutorías, si el &#8216;crédito europeo&#8217; obligaba a contar la duración de los estudios incluyendo las horas de trabajo de los alumnos y, lo que más tarde oí y más me asombró de todo, si implicaba un cambio de énfasis desde la enseñanza, donde presuntamente está ahora, al aprendizaje, donde al parecer nunca se ha puesto antes. Tinta de calamar, en mi experiencia, entre la que no se distinguía si eran los grados cortos o los masters largos los que iban a heredar las competencias profesionales de las licenciaturas. Por último, la publicación en el 2004 de los Reales Decretos regulando <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/13171">grados</a> y <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/13172">postgrados</a>, aunque dejó claro la intención de  privilegiar el grado, seguía dejando la cuestión sin zanjar.</p>
<p>El efecto cumulativo de tanto leer y oír sin poder decidir a qué atenerme desbordó los muros de contención que tengo previstos para tales casos. Así que, venciendo la repugnancia que me producen las reformas de planes de estudios tras las dos o tres perfectamente inútiles que ya llevo vividas, y levantando la presunción de sabiduría y prudencia que mantengo por principio a favor de las autoridades, decidí dedicar un tiempo a enterarme por mí mismo del asunto, influido también, no debo ocultarlo, por el hecho de ejercer como docente de Sociología de la Educación, materia a la que el tema no le es del todo ajeno, aunque sea más propio de otras como Educación Comparada o Política Educativa. El tiempo que he dedicado a este estudio no ha bastado para convertirme en nada cercano a un experto, según yo mismo noto en la cantidad de cosas que ignoro o no acabo de entender bien; pero sí para ponerme en la obligación moral de compartir lo aprendido. Espero que nadie se tome a mal si aprovecho además para añadir algunas reflexiones de mi propia cosecha.</p>
<p>Anticipo las tres conclusiones más importantes a que he llegado tras mi modesto estudio. La primera es que, en efecto, la única cuestión sustantiva es la de las competencias profesionales que se concedan a los estudios cortos y a los largos. La segunda es que el programa de Bolonia no conduce ni siquiera lógicamente a los objetivos que dice pretender. La tercera es que en cualquier caso nuestra ordenación universitaria actual está ya tan adaptada al Espacio Europeo de Educación Superior (en adelante EEES) como cualquier otro país y que estamos haciendo otro ejercicio de hipereuropeismo. Voy a justificar brevemente estas conclusiones, dejando para otra ocasión un análisis sociológico de las razones que mueven a acometer unos cambios que no necesitamos.</p>
<p><strong>1. </strong> <strong>Bolonia: la versión oficial y una algo más real </strong></p>
<p>La historia oficial del proceso de Bolonia  <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/1498">comienza en 1998</a>, más de cincuenta años después de que la unión de Europa echara a andar. Los cuatro países más importantes de la UE, Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña tienen sistemas universitarios muy distintos. Sus ministros de Educación, reunidos en París, para intentar armonizarlos. Alemania e Italia tienen solamente títulos largos, &#8216;títulos túnel&#8217; sin salidas intermedias. Gran Bretaña y Francia tienen en cambio títulos de todas las longitudes. Acuerdan que Italia y Alemania introduzcan también títulos cortos, de modo que las enseñanzas de los cuatro países sigan una estructura con ciclos de tres y cinco años, amén del doctorado.</p>
<p>¿De donde la necesidad de armonizar los títulos?. La movilidad de los estudiantes es importante, pero lo es sobre todo la movilidad de los profesionales. El reconocimiento de los títulos es ante todo una cuestión de monopolio profesional. En la situación actual, la salud de los españoles es monopolio de los médicos españoles y la enseñanza de los españoles monopolio de los maestros españoles. Abrimos nuestro país a los otros licenciados europeos en la medida en que ellos abran el suyo a los nuestros. Ahora bien, eso nos conloca en un dilema si nuestros títulos son más largos que los suyos. Por un lado no queremos exigir más a nuestros titulados que a los extranjeros. Sería facilitar su competencia desleal.. Como se transparenta en un informe sobre la marcha de la convergencia, &#8220;en algunos países existen titulaciones conducentes al primer grado de duración extremadamente larga, 5 ó 6 años. Esto está claramente alejado de las líneas internacionales y debilita la competitividad europea e internacional de estos países&#8221;. (Tauch y Rauhvarger, 2002:23). Pero por otro lado, si exigimos menos a nuestros titulados empeoramos su calidad también en casa y tendremos peor medicina o peor enseñanza. Desconozco la historia interna de las negociaciones, pero su resultado, que fueran Alemania e Italia quienes se adaptaran a Gran Bretaña y Francia, ha de verse a la luz de esta contradicción.</p>
<p>Un año después, esta acomodación se presenta como un modelo para toda  Europa en la  <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/?q=node/view/1501">Declaración de Bolonia</a>, que firman 19 países. Aparece la metáfora espacial: un espacio donde se muevan libremente no sólo los titulados, sino también estudiantes. Y no se olvida la relación con la <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Lisbon_Strategy">declaración de Lisboa</a>, que había manifestado el propósito de convertir Europa en la economía más dinámica del mundo basada en el conocimiento. Y así comienza el &#8216;proceso de Bolonia&#8217;, cuya marcha se sigue mediante reuniones ministeriales en <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/?q=node/view/1504">Praga</a> en mayo  de 2001, en septiembrede 2003 en  <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/?q=node/view/1506">Berlín</a> y recientemente en  <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/?q=node/view/17347">Bergen</a> (Noruega). El objetivo más general es facilitar la circulación de titulados y estudiantes. El objetivo más próximo es llegar a un sistema de títulos fácilmente comparables y reconocibles. Para conseguirlo, se proponen las siguientes medidas:</p>
<ul>
<li>Duración de los estudios. Dos ciclos, uno de tres años y otro de cinco  años, seguidos del doctorado.</li>
<li>Organización: el ECTS o &#8216;crédito europeo&#8217; (European Credit Transfert System) cuya novedad consiste en que se expresa no en horas de clase, sino en horas de estudio .</li>
<li>Validez de los títulos. Se acuerda añadir al título un suplemento con el  detalle de las materias cursadas para obtenerlos.</li>
<li>Didáctica: fuera de algunas observaciones sobre el &#8216;aprendizaje a lo largo de la vida&#8217; (anglicismo que sustituye al galicismo &#8216;formación permanente&#8217; usual hasta ahora) no he encontrado mención a la didáctica en los documentos de Bolonia.</li>
</ul>
<p><span id="more-13"></span>Hago gracia al lector de la retórica oficial y paso a considerar brevemente la novedad y el alcance reales de estas medidas. El &#8216;suplemento europeo&#8217; no es más que nuestro expediente académico. Resulta realmente sospechoso, por lo demás, que unos títulos fácilmente reconocibles e intercambiables necesiten llevar adjuntos el mismo expediente académico que ahora se pide a los que quieren convalidar sus estudios entre carreras o universidades. Si los títulos van a ser más o menos automáticamente reconocidos por las Administraciones, el añadido tiene como mucho valor para información de las empresas (no es probable que un cliente pida el Suplemento Europeo al abogado cuyos servicios quiere contratar).</p>
<p>El <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/1412">ECTS</a> es seguramente la primera unidad de medida oficial cuyo tamaño varía con los países. Esta revolución en los sistemas de medida, que ha escandalizado a no pocos científicos, tiene una explicación política. Se inventó en los programas de intercambio de estudiantes (Erasmus), con el fin de tener en cuenta el hecho de que los estudiantes alemanes tienen menos horas de clase que los franceses o los italianos. Si para computar el tiempo pasado en otro país se hubieran tenido en cuenta sólo las horas de clase, un curso francés habría valido por dos alemanes. Generalizada a Europa, su función consiste en que los países no tengan que cambiar sus tradiciones docentes. A efectos de intercambio, la unidad real es el año de estudios, que es igual a sesenta créditos, sean cuales sean las horas que el alumno tenga que asistir a clase. Visto así, el ECTS no es tanto una aberración como una trivialidad.</p>
<p>La única novedad, <em>y sólo para algunos países,</em> es la estructura cíclica. Los títulos cortos se llaman &#8216;bachelor&#8217; y tienen entre 180 y 240 créditos. Los títulos largos tienen uno o dos años más, es decir, hasta 300 créditos, y se llaman &#8216;master&#8217;. Cinco años, o 300 créditos, son necesarios para empezar la redacción de la tesis doctoral, cuya terminación lleva un tiempo que se deja finalmente indefinido. Es muy importante tener en cuenta que quedan fuera del proceso general los títulos de Medicina, que se mantienen con su duración actual de seis años para la carrera y tres para la especialidad, y parece que también los de Arquitectura y Veterinaria, para los que se acuerdan regulaciones singulares de ámbito europeo.</p>
<p><strong>2. El proceso no sirve para los objetivos que se propone </strong></p>
<p>El EEES persigue dos metas distintas, pero implicadas. Una es que los <em>títulos</em> universitarios tengan validez europea y se facilite la movilidad de los profesionales y la competencia en sus servicios. Otra es que los <em>cursos</em> universitarios tengan validez europea, y se facilite la movilidad de los estudiantes. Obsérvese que la validez de los cursos es más ambiciosa que la de los títulos y la implica. Pueden homologarse los títulos sin que se homologuen los procesos, pero si se homologan los procesos quedan casi automáticamente homologados también sus resultados, que con mucha probabilidad serán idénticos.</p>
<p>a. La movilidad de los titulados</p>
<p>En principio, es difícil poner objeciones a estas metas declaradas. ¿Quién  está <em>en principio</em> contra la movilidad?. Ahora bien, &#8216;Bolonia&#8217; no es la movilidad, sino un proceso para conseguirla. La cuestión es si hay correspondencia entre medios y fines, tanto en términos de eficacia (si conducen los procesos a los objetivos) como en términos de eficiencia (¿No hay medios mejores?. ¿No son los costes mayores que los beneficios?). En suma, ¿de verdad producen movilidad más fácil medidas como la estructura en dos ciclos y los créditos europeos?.</p>
<p>Comencemos por el objetivo más modesto, la validez europea de los títulos. ¿Facilitaría la movilidad de los profesionales por Europa? Recordemos ante todo que la validez de los títulos es sólo uno de los obstáculos que se oponen a la movilidad de los profesionales por Europa, y seguramente no el mayor. Hay otros muy importantes, como la lengua o la diversidad institucional. La lengua, no el título, es la principal dificultad de los maestros castellanos para dar clase en Francia o Alemania, como demuestra el hecho de que tampoco les sea fácil enseñar en Cataluña. La lengua y la diferencia de las leyes son las principales dificultades para que los abogados ingleses actúen ante los tribunales fineses. Cuando el ejercicio profesional tiene la misma naturaleza universal de la Ciencia y es relativamente independiente de la lengua y de las instituciones locales, como puede ser el caso de los ingenieros, los arquitectos o los investigadores científicos, el título no suele constituir ningún obstáculo para la movilidad profesional. Por todas esas razones, más que por su lentitud e ineficiencia, hay en realidad muy poca actividad en los negociados de homologación de títulos.</p>
<p>Tenemos, pues, que la validez europea de los títulos contribuye a la  movilidad, <em>pero poco</em>. Preguntemos ahora cuán lejos va a empujar Bolonia hacia esa validez. La aportación de Bolonia consiste en el compromiso de organizar las enseñanzas en un primer ciclo de &#8216;bachelor&#8217; y un segundo ciclo de &#8216;grado&#8217;. Diré ya más que por muy buena voluntad que he puesto para comprenderlo no he encontrado manera de establecer relación entre las dos cosas. ¿Consiste Bolonia en que se reconozcan como equivalentes todos los títulos de la misma duración?. ¿Será en lo sucesivo igual haber estudiado filosofía, matemáticas o enfermería, con tal de que se hayan estudiado tres años?. Por que si no, se tendrá que seguir mirando lo que se ha estudiado, como se hace ahora. Los titulados de Medicina, para los que hay un programa común de estudios acordado a nivel europeo, sí que tienen títulos de equivalencia fácilmente reconocible.</p>
<p>Consideremos un título como maestro. Actualmente es condición <em>sine  qua non</em> para enseñar en las escuelas españolas. Si alguien quiere enseñar con un título extranjero tiene que demostrar que es equivalente al nuestro o someterse a diversos exámenes complementarios o de conjunto. Una vez culminado el proceso de Bolonia, ¿aceptaremos para dar clase todos los títulos de tres años de los países firmantes?. Equivaldría a dejar sin objeto nuestro título de maestro. Si Bolonia quiere decir algo es que deberemos aceptar todo <em>título  de maestro</em> de al menos tres años. Pero la cuestión sigue siendo<em> qué es  un título de maestro</em>, y Bolonia no ayuda lo más mínimo a responderla. Baste con señalar que el título no existe en Francia, donde se hacen las oposiciones (CAPE) con cualquier <em>License </em>de tres años.</p>
<p>Confesaré que me siento un poco ridículo razonando tan prolijamente que la equivalencia de los títulos no es cuestión de cantidad, sino de cualidad. Pero es que no me resisto a la fascinación que me produce el hecho de que aparentemente toda Europa haya iniciado una jubilosa procesión que no lleva a ningún sitio. Si se quiere eliminar el obstáculo a la movilidad profesional que ahora supone el no reconocimiento de los títulos, no hay más remedio que seguir haciendo lo que tan mal se viene haciendo hasta ahora y negociar título por título, aunque en vez de país por país se haga en Europa en su conjunto, tal y como se ha hecho con los de Medicina. Si no, todo es palabrería.</p>
<p>b. La movilidad de los estudiantes</p>
<p>La validez europea de los cursos es a la vez más y menos que la de los títulos. Si además de facilitar la movilidad de los profesionales queremos facilitar la movilidad de los estudiante, entonces hay que homologar los procesos, es decir, los estudios. Lo cual es ciertamente más difícil que reconocer los títulos si se considera globalmente.</p>
<p>Hay dos maneras de facilitar la movilidad global de los estudiantes, la uniformidad del plan de estudios y el examen final. Hay además una manera de facilitar la movilidad parcial, la que se practica hasta ahora con notable éxito en el programa Erasmus, que es la convalidación parcial.</p>
<p>Cuando el título se consigue por asignaturas, la movilidad es tanto más fácil cuanto más uniforme el título. Era nuestra situación antes de la LGE y sobre todo de la LRU. Las carreras tenían el mismo plan de estudios, y si uno se cambiaba de Universidad su expediente reflejaba exactamente lo que había hecho en la vieja y lo que le faltaba por hacer en la nueva..</p>
<p>Cuando el título se consigue por examen, como en Alemania, la movilidad está garantizada porque los cursos (que aquí no son asignaturas) no son partes formales de la carrera. Simplemente uno prepara el examen donde mejor le parece y la movilidad no importa porque lo que decide es el examen.</p>
<p>Pero cuando los títulos son disímiles y se consiguen por asignaturas, la movilidad de los estudiantes es muy difícil. Los países sin examen final que, como España, han permitido la variedad de asignaturas, pueden seguir manteniendo la equivalencia de los títulos con cierta dificultad, gracias a la troncalidad y a la confianza entre universidades. Pero han dificultado mucho la movilidad de los estudiantes a mitad de carrera, complicando enormemente los procesos de convalidación de asignaturas. El problema con la movilidad estudiantil por Europa es, desde luego, mucho mayor, aunque solo sea por la diversidad mucho mayor. No obstante lo cual se ha conseguido una notable movilidad parcial gracias a las convalidaciones acordadas entre universidades en los programa s de intercambio.</p>
<p>El crédito europeo ha servido para salvar la distancia entre sistemas de organización de la enseñanza con muchas horas de clase, como el español, y con pocas, como el alemán. Pero no soluciona el problema del encaje automático en el título de la Universidad X de los estudios cursados en la Universidad Y. Puede garantizar la equivalencia temporal (cinco seminarios de dos horas semanales en Alemania igual a cinco asignaturas de cuatro horas semanales en España); pero no la equivalencia de contenidos -¿damos un Seminario alemán sobre Estado y Educación por equivalente de la asignatura Sociología de la Educación?. Como antes con los ciclos, tampoco en las materias se puede reducir la cualidad a la cantidad. El CE permite computar el tiempo de estudio, pero no la materia a que se ha dedicado ese tiempo. Ayuda tan poco a la movilidad de los estudiantes como la igual duración de los títulos a la de los titulados.</p>
<p>Para terminar con este punto, no sería excesivo preguntarse por la importancia del objetivo mismo de la movilidad estudiantil. Creo que la experiencia de los programas Erasmus autoriza la respuesta siguiente: tiene poco interés académico y mucho interés educativo. El atractivo de la movilidad europea no reside en el cambio de Universidad, sino en el cambio de país, lo que suele incluir cambiar de lengua y cambiar de sistema universitario. Para lo cual, felizmente, basta con la movilidad parcial, para la cual, también felizmente, sí que es útil la contabilidad por créditos europeos.</p>
<p><em>Concluyendo: el EEES es un método ineficiente para promover la movilidad profesional y es un método ineficaz para promover la movilidad estudiantil.</em></p>
<p><strong>3. Y tampoco sirve para los objetivos que no se propone</strong></p>
<p>a. La competencia entre Universidades</p>
<p>Además de los objetivos de movilidad declarados, algunos han querido apreciar en el proceso otros más ocultos o menos publicitados. Así, en la referencia a la declaración de Lisboa y la metáfora del espacio han visto tanto liberales como enemigos de la globalización la intención de introducir competencia entre las Universidades. Por ejemplo, <em>The Economist</em>:</p>
<blockquote><p>&#8220;Las universidades son un desastre en Europa&#8230;. Los problemas básicos de las Universidades son los mismos en toda Europa: mucho control estatal y poca libertad para lleva sus propios asuntos. Los gobiernos han forzado a las universidades a educar a bajo coste ejércitos de estudiantes y les han privado de las dos libertades que necesitan para competir en el mercado internacional: seleccionar a los estudiantes y pagar a los profesores un salario de mercado por su trabajo. Es verdad que los europeos están dando algunos pasos prácticos para mejorar los problemas de las Universidades. La Declaración de Bolonia, firmada en 1999, intenta producir un único &#8216;espacio&#8217; europeo de Educación Superior, introduciendo una combinación de cualificaciones (sic) comparables y de créditos transferibles. Varias iniciativas estimulan a la gente a estudiar en otros países. El programa Erasmus, por ejemplo, ha beneficiado ya a más de un millón de estudiantes. Esta combinación de mayor transparencia y más alta movilidad ha de promover la competencia entre las Universidades&#8221;. (The Economist, 2005:10).</p></blockquote>
<p>La impresión es que también <em>The Economist</em> ha sucumbido al encanto poético de la expresión &#8216;espacio europeo&#8217;, lo que sin duda puede servir de consuelo a muchos. Ya hemos visto que, pensando un poco, es difícil ver conexión entre duración de los títulos y competencia. Pero si la hubiera, si la reducción de las licenciaturas a tres años fomentara la competencia entre las Universidades, entonces habría que preguntarse qué hay realmente tras el socorrido discurso de la competencia, aparte de mucho liberalismo irreflexivo.</p>
<p>Podría ser buena idea comenzar la indagación con un testimonio de Mas-Colell, sin duda una persona con autoridad para hablar de la materia, que sabe mucho sobre competencia, como celebrado economista, y sabe mucho sobre universidades, como encargado que ha sido durante algunos años de las catalanas. Uno esperaría que Mas-Colell conociera con precisión cómo funciona la competencia entre Universidades. Incluso que él mismo hubiera elaborado o mejorado una teoría sobre el asunto. Pero después de todo lo que se oye sobre las bondades de la competencia entre las Universidades causa cierta sorpresa comprobar que no es así. Dicho con sus propias palabras:</p>
<blockquote><p>&#8220;Admito un prejuicio. Creo que es bueno y saludable que haya competencia entre instituciones de enseñanza superior. Pero me temo que para justificar esta opinión sólo puedo, por el momento, recurrir a ejemplos americanos o a anécdotas europeas. Sería bonito tener teoremas o, por lo menos, algo de teoría. Es claro que el &#8216;mercado&#8217; de la enseñanza superior no es un mercado económico en ningún sentido económico riguroso&#8230;..Así que tenemos un interesante tema de investigación. ¿Qué significado del término &#8216;competencia&#8217;, si es que hay alguno, encaja, como característica deseable, en el campo de la enseñanza superior&#8221;. (Mas- Colell, 2003:14).</p></blockquote>
<p>Ya se ve que Mas-Colell no pretende resolver el <em>puzzle</em>, pero  ofrece algunas conjeturas bastante atinadas sobre qué significados del término  competencia <em>no encajan</em> en la enseñanza superior. El primero es la competencia para atraer estudiantes. No estaría bien que se basara en facilitar los títulos. Quizás debería basarse &#8220;en efectos de reputación que generan recompensas en los mercados profesionales (o al menos en los más orientados económicamente)&#8221;. Pero esta competencia basada en la reputación, que tan importante parece en Estados Unidos, sería insuficiente en Europa por muchas razones, entre ellas la diversidad de lenguas, que las autoridades locales que financian la Universidad no tienen interés en atraer forasteros y, lo que es más importante, por falta de la correspondiente cultura: &#8220;Estamos todavía dominados por una cultura genérica del título en la cual lo importante es tener un título para ejercer, o para abrir el camino del ejercicio, y es mucho menos importante el colador del grado&#8221; (Mas-Colell, 2003:15).</p>
<p>Poco puede hacer por esta competencia &#8216;buena&#8217; el proceso de Bolonia, continúa el ex-director general de universidades de la Generalitat. Tampoco los Estados, dado que las sanciones económicas son inútiles, pues &#8220;en cierto sentido, una universidad es demasiado grande para fracasar. Tras los subsidios públicos está la educación de los jóvenes. Penalizar la universidad es tanto como penalizar a los estudiantes, y esto puede no ser aceptable&#8221; (Ibídem, 19). En resumen, lo que Mas-Colell, con todo su saber y experiencia, se atreve a decir sobre este tema de la competencia entre Universidades es que <em>conjetura</em> que es buena porque se da en Estados Unidos, siempre que no consista en atraer estudiantes &#8216;regalando&#8217; títulos, sino elevando su valor; y que no tiene idea de cómo conseguirlo, pero que ni Bolonia ni los estímulos económicos funcionan.</p>
<p>b. Los intereses del capital</p>
<p>En un <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/16133">manifiesto bastante difundido promovido por profesores de  filosofía de la UCM</a>, se argumenta que el proceso de Bolonia tiene como finalidad despojar a la Universidad de su misión de transmisión cultural y reducirla a la formación profesional. Temen estos filósofo que la Universidad se ponga al exclusivo servicio de la empresa y que atienda únicamente a la formación de los profesionales solicitados por las compañías. Les preocupa que menosprecie las demandas desligadas de intereses mercantiles relacionadas con la formación desinteresada en las ciencias o en las humanidades. Indicios de ello parece que han apreciado en la insistencia de los discursos oficiales en la adquisición de habilidades, destrezas y competencias, olvidando los saberes.. Y les habrá confirmado plenamente en sus temores las fichas técnicas que acompañan cada propuesta de título recientemente emanadas del MEC: no parece sino que se tratara de depurar la enseñanza universitaria de todo &#8216;saber qué&#8217; para dejarla reducida a &#8216;saber cómo&#8217;. Todo ello, quizás, al servicio de un propósito que ha enunciado así un autorizado intérprete de las tendencias de época, importante especialista en estudios sobre la Universidad: &#8220;Un objetivo esencial del cambio previsto es que el título de &#8220;Bachelor&#8221;, o asimilado, permitirá a los estudiantes abandonar la universidad más pronto de lo que ahora acostumbran en la mayoría de los Estados de la Unión&#8221; (Michavila, 2003).</p>
<p>Por otra parte, a estos profesores les preocupa que se acentúe el elitismo actual de la Universidad si los títulos de grado acaban siendo &#8220;un mero pase&#8221; al mundo laboral y los de posgrados, que son los que verdaderamente van a introducir la diferencia en cuanto a la cualificación, se conviertan en un negocio, o por lo menos vayan a ser pagados en mayor parte por los alumnos.</p>
<p>Sin embargo, muchos profesores que no son filósofos, e incluso algunos que lo son, no encuentran del todo mal un título corto que les permita deshacerse de los alumnos malos movidos, si es que a tanto se llega, por meras motivaciones instrumentales y pragmáticas y quedarse a solas con los alumnos buenos verdaderamente interesados en la materia que estudian por amor al estudio. A estos no les importa que los segundos ciclos sean elitistas siempre que se trate de un elitismo del saber, no de un elitismo de tecnología. Quienes hayan leído el decreto español que regula el postgrado, sin embargo, saben que se dejan abiertas las dos posibilidades. Como las disposiciones francesas de las que parecen calco, el decreto en cuestión prevé la creación paralela de masters de especialización y de masters de doctorado.</p>
<p>Es muy probable que muchos estén pensando en que con Bolonia se van a matar los tres pájaros de un tiro: títulos rápidos para los que quieren colocarse rápido, especializaciones exigentes para quienes desean colocarse bien, doctorados tranquilos para quienes aman el saber por el saber. Sería una explicación de por qué los países de París-Sorbona acordaron rebajar la duración de los títulos al nivel anglo-francés en lugar de subirla al nivel italo-alemán. Algo pudo influir el mismo juego de la competencia entre los países (o mejor, entre sus funcionarios), en el cual cada uno intenta dar a los demás gato por liebre. Pero lo determinante parece haber sido la reputación del sistema universitario norteamericano, particularmente elevada entre quienes piensan en Universidad en términos de investigación. Si, en efecto, Mas-Colell conjetura que la competencia es buena para Europa es porque cree que está en el origen de la alta calidad de la Universidad norteamericana. Para él es evidente que los EEUU tienen un sistema soberbio de <em>research and teaching</em>, aunque no considera fácil importarlo a Europa (la razón es sumamente interesante para los afectados por la retórica de Bolonia: la homogeneidad de los Estados Unidos y la centralización de su sistema (sic), incompatible con la diversidad europea). De la misma opinión de Mas-Colell son los numerosos investigadores españoles que han hecho sus tesis en laboratorios norteamericanos o estudiado su post-doc, siempre en las mejores universidades, y los no menos numerosos gestores que se han formado en escuelas de negocios de Estados Unidos o calcadas de las de allí. Y, desde luego, The Economist: &#8220;América tiene el mejor sistema de educación superior del mundo&#8221; (2005:6) según dos criterios, las publicaciones de sus proferores (44% de los artículos más citados del mundo) y la democratización (un tercio de los jóvenes termina el primer ciclo y un tercio de ellos, es decir, un noveno del total, continúa a estudios más avanzados). Y dado que el sistema inglés comparte muchos rasgos con el norteamericano, comenzando por los nombres de bachelor y master, nada parece más natural que transferir al Reino Unido la reputación del sistema norteamericano (operación que facilita, desde luego, el prestigio tradicional de Oxford y Cambridge) y atribuir parte de su calidad a su organización en dos ciclos, de los cuales el corto proporciona mano de obra rápida y flexible y el largo profesionales e investigadores de alta cualificación.</p>
<p>Y sin embargo, algunos datos dan qué pensar, tanto en uno como en otro sentido. El mismo informe de The Economist que vengo citando, si bien afirma que las Universidades británicas están mejor que las continentales, no atribuye ningún papel especial en ello a la organización de los estudios, sino a las políticas de M. Thatcher. Por lo que se refiere a la inserción laboral, los datos indican que el valor de mercado de los títulos universitarios ingleses es muy inferior al de los continentales, y en concreto al de los españoles, como he mostrado en otro lugar: una tercera parte de los titulados ingleses se colocan como profesionales, frente a dos terceras partes de los españoles (Carabaña, 2003). Por último, las diferencias actuales de ingresos entre diplomados y titulados son tan grandes como las que hay entre diplomados y Bachilleres o técnicos de FP; si los postgrados heredan el nivel económico de las actuales licenciaturas, es muy probable que también hereden parte de su demanda. En suma, tampoco para la mercantilización de la Universidad sería Bolonia buen instrumento .</p>
<p><strong>4. Tres maneras de adaptarse al proceso de Bolonia </strong></p>
<p>Recordemos que el problema inicial es que Francia e Inglaterra expiden títulos de tres años con la misma validez profesional que los títulos alemanes e italianos de cinco años. Y que en Bolonia, en lugar de afrontar el problema directamente y negociar título por título, como se ha hecho con Medicina, se quedó en que se introducirían títulos cortos donde no los hubiera, sin definir claramente sus competencias en relación a los largos. La formulación de Bolonia es lo bastante vaga como para que quepan al menos tres niveles de adaptación:</p>
<blockquote><p>Nivel 1, adaptación drástica. Los títulos largos <em>se reducen</em> a tres años. Así se evita que cinco años de estudios en Alemania o Italia valgan lo mismo que tres años en Francia o Inglaterra. (También podrían alargarse a cuatro o cinco años la duración de los títulos franceses o alemanes, pero eso nos colocaría en inferioridad frente a los Estados Unidos). Los nuevos títulos cortos heredan la <em>validez oficial</em> de los antiguos títulos largos. Los  títulos de master no tienen más validez oficial, sino sólo <em>ventajas de  mercado</em>.</p>
<p>Nivel 2, adaptación flexible. Se añaden títulos cortos, con su validez profesional propia, a los actuales títulos largos, que conservan asimismo su validez profesional. Además, los títulos largos se parten en un primer y un segundo ciclo ciclo, pero estos conservan la validez oficial, mientras que los ciclos cortos tienen solo valor de mercado.</p>
<p>Nivel 3. adaptación nominal. Se añaden títulos cortos, con su validez profesional propia, a los actuales títulos largos, que conservan asimismo su validez profesional anterior. Los títulos cortos no son por lo general primeros ciclos de los títulos largos, sino títulos distintos. Este tipo de adaptación equivale en realidad a la <em>integración</em> en la universidad de los estudios  superiores no universitarios..</p></blockquote>
<p>De las tres adaptaciones, la única que soluciona drásticamente el problema de la equivalencia es la primera. Las otras dos significan, como dice Tauch, que los titulados largos quedan expuestos a la competencia de titulados extranjeros con menos formación.¿Qué han hecho realmente los países europeos?. La información que sigue proviene del informe oficial preparado para la reunión de ministros de Berlín (Tauch y Rauhvargers, 20032), así como de los informes de Eurydice (2003, 2005) y las ordenaciones de las universidades.</p>
<p>Comencemos por el Reino Unido. Hay poco que cambiar allí, pues el modelo de Bolonia es en esencia su modelo de Bachelor y Master. Durante los años noventa se produjo la integración en la Universidad como títulos cortos de los estudios técnicos que se habían desarrollado al margen (Pratt, 1997). Según el informe de Eurydice, en Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte, la mayoría de los cambios recientes se produjeron como respuesta a las recomendaciones del <em> <a href="http://www.leeds.ac.uk/educol/ncihe/">Dearing Report</a></em> publicado en 1997. No obstante, los últimos avances de estas reformas también tienen en cuenta los objetivos del Proceso de Bolonia (sic; Eurydice, 2003:48). Toma en consideración que no incluye todavía, sin embargo, ni el suplemento al título ni la generalización de los ECTS, pero sí, misteriosamente, el aumento de unos <em>foundation degrees</em> de dos años de  duración que otorgarán los Colegios de Further Educacion (equivalentes a nuestra  Formación Profesional)..</p>
<p>En Francia se convierte la <em>License</em> de tres años en un genuino grado terminal (Tauch, 2002). En un primer momento pareció que se iban a suprimir los títulos de dos años, pero se han mantenido, por lo menos los técnicos (Le Monde, 20-6-2005). También se mantienen las Grandes Écoles, de modo que los mismos estudios de Ingeniería, Humanidades, Ciencias y Comercio que se cursan en tres años en las Universidades se cursan durante cinco en las Grandes Écoles. El sistema, por tanto, está todavía lejos de la integración (Jallade, 1991; Eicher, 1997). En la parte estrictamente universitaria, tras la License se introducen dos tipos de masters, uno profesional, que sustituye a la actual <em> maîtrise</em> alargándola un año, y otro orientado al doctorado que equivale al DEA, o Diplôme d&#8217;Études Approfondies que ya antes se obtenía en cinco años. En esencia, los franceses cambian poco, pero ese poco cambio consiste precisamente en declarar su <em>License</em> condición suficiente para todo ejercicio profesional. Así, la License es suficiente tanto para presentarse al examen para profesor de primaria (CAPE) como de secundaria (CAPES). En Francia, adaptarse a Bolonia no significa reducir la duración de las carreras, sino dividir el curso escolar en cuatrimestres.</p>
<p>El país que más ha hecho aparentemente para adaptarse a Bolonia es Italia. Italia realizó en 1990 un proceso de integración de los estudios técnicos (entre ellos Magisterio) en la Universidad (Consejo de Universidades, 1986; Avveduto y Moscato, 1992). Por decretos ministeriales de 1999 y 2003, las antiguas <em> laureas</em> largas, única existentes y que daban derecho al título de <em> dottore</em>, se han dividido sistemáticamente en <em>laureas</em> de tres años  y <em>laureas especialistas</em> de dos años más. Algunas de las laureas cortas proceden de los Diplomas Universitarios incorporados en 1990. En cualquier caso, a partir del curso 2001-2002, la Universidad se comienza a los 19 años y la carreras duran lo siguiente: medicina, seis años, Veterinaria, Odontología, Farmacia y Química, cinco años (masters integrados), el resto de carreras, tres años, con diplomas posteriores de especialización de duración variable (Eurydice, 2003:34). Es impresionante la proliferación de titulaciones, que en alguna contabilidad oficial ascienden a varios miles (véase el cuadro Ciencia Política en Bolonia, cuya simple lectura persuade de que el proceso de Bolonia esté llevando a títulos fácilmente reconocibles u homologables). La clave está en la <em>classe</em> de laurea, que comprende todas aquellas titulaciones semejantes, a las que las Universidades pueden dar nombres distintos. No he conseguido hacerme una idea clara sobre la validez profesional de las nuevas laureas. En Magisterio, por ejemplo, sigue vigente todavía la antigua de cuatro años, y es incierto si se sustituirá por las laureas de tres. Existe la posibilidad de que se trate de una adaptación más bien nominal; según Tauch, Italia y Alemania tienen problemas con la validez profesional-administrativa de los títulos de tres años, pues la validez de las antiguas licenciaturas se ha transferido a los nuevos masters (Tauch, 2002). De ser así, Italia estaría llevando a cabo una interpretación flexible de Bolonia.</p>
<p>Alemania había introducido ya en 1998, antes incluso de París-Sorbona, las denominaciones de Bachelor para los títulos de Escuelas Especiales y Magister para los diplomas propiamente universitarios en 1998, comenzando así la integración de las Escuelas Especiales. El proceso está consistiendo básicamente en introducir primeros ciclos que apenas se comunican con los largos. No hay prácticamente estructura cíclica y la mayor parte de los títulos largos o <em> magister</em> no han cambiado ni en la ordenación de las enseñanzas ni en la necesidad de los exámenes de Estado. Son masters &#8216;integrados&#8217; (Véase en el apéndice Derecho en Colonia). Alemania está siguiendo claramente un patrón de adaptación nominal a la arquitectura en dos ciclos.</p>
<p>En la mayor parte de los países de Europa Central parece que se está siguiendo la pauta alemana. Las antiguas licenciaturas han cambiado o no su nombre a masters, pero sin ceder su valor profesional a los bachelors, que quedan en el limbo. Así está previsto que sea en Lituania, Noruega, Hungría, Bulgaria, Austria, Suiza, Flandes y Valonia (Tauch, 2002).</p>
<p><strong>5. España, una adaptación drástica. </strong></p>
<p>En su estudio comparando los primeros ciclos universitarios europeos, Jallade (1991) puso a España, junto con Suecia, como ejemplos de sistema integrado. En efecto, la LGE de 1970 realizó ya en España la incorporación a la Universidad de los títulos de grado Medio de Magisterio, ATS y Peritajes Industriales y Mercantiles que en Inglaterra e Italia se incorporan en los noventa y en Alemania se están integrando ahora. Tenemos así carreras cortas de tres y largas de 5 años. La LGE llegó incluso a introducir el título de diplomado en las carreras largas, tras los tres años que se podían estudiar en los colegios universitarios, si bien con poco éxito. Desde la LRU tenemos además combinaciones de primeros y segundos ciclos, así como expertos y masters que duran uno o dos años y tenemos cursos de doctorado cuya duración se había concretado en dos años. Es decir, tenemos exactamente la estructura de dos ciclos de Bolonia, con muchos &#8216;masters&#8217; integrados, pero también con muchas combinaciones de primeros y segundos ciclos. (Los que creen que el esquema &#8216;grado&#8217; -&#8217;postgrado&#8217; es prescriptivo para todas las carreras, deben recordar que Bolonia contempla la posibilidad de masters &#8216;integrados&#8217; de 300 créditos, o sea, de cinco años, sin &#8216;grado&#8217; intermedio, es decir, las actuales y tradicionales licenciaturas). Resultado en parte de la inercia de la tradición y en parte de los impulsos de reforma y renovación, nuestro sistema universitario está actualmente formado por primeros ciclos de tres años, segundos ciclos de dos años y títulos integrados de cuatro o cinco años muchos de ellos con dos ciclos. Esta estructura cumple ya con el programa de Bolonia mucho más que la adoptada en Alemania en 1998, que se limita a establecer títulos cortos sin prácticamente estructura cíclica. Podríamos incluso describir los acuerdos de Bolonia diciendo que consisten en que todos los países europeos adopten el modelo español de ordenación universitaria. Quizás sea esto un poco exagerado, pero no es mala manera de decir que <em>podíamos habernos quedado quietos.</em></p>
<p>Y sin embargo, parece que nos hemos inclinado por una <em>adaptación  drástica</em> con, además, contracción de la oferta. Lo que parece que se intenta es que todas las carreras duren tres años y tengan las competencias profesionales de las que tienen ahora cinco. Reducidas las licenciaturas de cinco (algunas de cuatro) a tres años (aunque quizás tengan algunas otro año de prácticas) el actual doctorado y los actuales estudios de postgrado se convierten más o menos en el segundo ciclo.</p>
<p>Digo parece porque muchos confían en que los másters que se están apresurando a proponer a las autoridades académicas serán exigidos para determinados puestos públicos y porque los Reales Decretos que regulan la reforma dejan una puerta abierta a la validez oficial de algunos títulos de máster. El art.8.3 del <a href="http://firgoa.usc.es/drupal/node/13172">decreto de postgrado</a> dice que &#8220;el Gobierno podrá establecer directrices generales propias y requisitos especiales de acceso en los estudios conducentes al título oficial de Master en aquellos casos en que, según la normativa vigente, dicho título habilite para el acceso a actividades profesionales reguladas&#8221;. Galimatías que podría traducirse así: para el ejercicio profesional bastará el grado, salvo cuando los colegios profesionales consigan del Gobierno una excepción. Los Reales Decretos están escritos como si lo único exigible fuera a ser el grado; y las propuestas de títulos presentadas a primeros de Febrero van por ese camino. Los Ingenieros Técnicos, por ejemplo, están vigilando para que ningún resquicio de la legislación permita la pervivencia de diferencias reminiscentes de los actuales ingenieros superiores. Diplomaturas y licenciaturas van a necesitar en adelante el mismo tiempo e formación. Va a necesitar los mismos años de estudio un maestro de Infantil que un profesor de Bachillerato o de Universidad, un ingeniero técnico que un ingeniero superior, un contable que un economista. Las únicas distinciones acertadas eran las que veníamos haciendo entre aparejador y arquitecto y entre ATS y médico.</p>
<p>De ser acertada esta adaptación drástica, significaría que llevábamos años moviéndonos en la dirección equivocada. Habíamos ido probando y ensayando una estructura para el doctorado, pero gracias a Bolonia hemos descubierto que urge suprimirla. Llevábamos mucho tiempo con licenciaturas e ingenierías de cinco años, haciendo algunas pruebas unas veces con cuatro y otras con seis, pero gracias a Bolonia hemos descubierto que a nuestros licenciados les sobran dos años de <em>estudios</em> (si bien les puede faltar uno de <em>prácticas</em>). Dos errores históricos a los que habíamos llegado tras mucho ensayo y error, y de los que nos ha sacado Bolonia sin el más mínimo esfuerzo.</p>
<p>Pero si estos cambios fueran en la dirección equivocada, estaríamos desmantelando innecesariamente un sistema que ha costado mucho construir. Estaríamos siendo víctimas de un espejismo, otro, en nuestro prurito por ser más europeos que nadie. Más prudente que este europeísmo atolondrado sería, quizás, seguir el patrón de la mayor parte de los países e ir paso por paso, haciendo primero las adaptaciones estrictamente necesarias, que son pocas o ninguna, y luego solo las que se demostraran convenientes.</p>
<p>Madrid, 13-2-06</p>
<p><strong>Referencias</strong></p>
<p>Avveduto, Sveva, y Moscati, Roberto, 1992 <em>Oltre la laurea.Nuove  posibilita educative nel sistema formativo che cambia</em>..Milan, Instituto  Franco Angeli.</p>
<p>Consejo de Universidades, 1986 <em>Las enseñanzas universitarias en  España y en la Comunidad Económica Europea</em>. Madrid:MEC.</p>
<p>Eicher, JeanClaude, 1997 &#8220;The recent evolution of Higher Education in  France: growth and dilemmas&#8221;.<em> European Journal of Education</em>,  32(2):185-198.</p>
<p>Eurydice, 2005 <em> <a href="http://www.bologna-bergen2005.no/Docs/02Eurydice/0504_Eurydice_National_trends.pdf">Focus on the Structure of Higher Education in Europe  2004-2005</a>. Nacional Trends in the Bologna Process</em>. Bruselas: Eurydice.</p>
<p>Eurydice, 2004 <em>Glosario Europeo sobre Educación. Vol. I:  Exámenes, certificados y títulos</em>. Madrid:CIDE.</p>
<p>Eurydice, 2003 <em>Organizaciópn de la Estructura de la Enseñanza Superior en Europa 2003/04. Tendencias nacionales en el marco del Proceso de Bolonia</em>. Madrid:CIDE.</p>
<p>Jallade, Jean Pierre, 1991 <em>L&#8217;Enseignement supérieur en Europe.  Vers une évaluation comparée des premiers cycles.</em> París :La documentation  française.</p>
<p>Mas-Colell, Andreu, 2003 &#8220;<a href="http://www.tau.ac.il/%7Erazin/Mas-Colell.pdf">The European Space of Higher Education:  Incentive and Governance Issues</a>&#8220;. <em>Rivista di Politica Economica, </em></p>
<p>Michavila, José María, 2003 &#8220;La formación universitaria y la construcción del espacio europeo de educación superior&#8221;. Texto manuscrito.</p>
<p>Pratt, John, 1992 &#8220;Unification of Higher Education in the United  Kingdom&#8221;, <em>European Journal of Education</em>, vol. 27, 1-2, 29-44.</p>
<p>Tauch, Christiqan y Andreys Rauhvarger, 2002 &#8220;Survey on Master degrees  and joints degrees in Europe&#8221;. Septiembre 2002. EUA  (<a href="http://www.unige.ch/ena/In/Pulblications">www.unige.ch/ena/In/Pulblications</a>)</p>
<p>The Economist, 2005  <a href="http://www.economist.com/displaystory.cfm?story_id=4339960">The brain business. A Survey on Higher  Education</a>.Suplemento, 10-9-05.</p>
</div>
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		<title>Mario Vargas Llosa, &#8220;Piedra de toque&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 06 May 2008 12:57:26 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Otro autor del que tengo muchos artículos recortados es Vargas Llosa. Aquí algunos que he ido encontrando: Haiti &#8211; la muerte (25/04/1994) Los estragos de Onán (18/12/1994)<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=12&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Otro autor del que tengo muchos artículos recortados es Vargas Llosa. Aquí algunos que he ido encontrando:</p>
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		<title>Muñoz Molina en El País: &#8220;Travesías&#8221;</title>
		<link>http://pseudoalmacen.wordpress.com/2007/11/21/munoz-molina-en-el-pais-travesias/</link>
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		<pubDate>Wed, 21 Nov 2007 10:28:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Muñoz Molina]]></category>

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		<description><![CDATA[Tengo muchos artículos recortados de El País en los años 1994 y 95. Muñoz Molina escribía cada semana una columna titulada Travesías. Afortunadamente, ahora El País ha puesto todo su archivo en Internet gratis, y puedo tirar todos esos recortes que, de todos modos, eran inencontrables. Lo único malo es que la web de El [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=9&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo muchos artículos recortados de El País en los años 1994 y 95. Muñoz Molina escribía cada semana una columna titulada <strong>Travesías</strong>. Afortunadamente, ahora El País ha puesto todo su archivo en Internet gratis, y puedo tirar todos esos recortes que, de todos modos, eran inencontrables. Lo único malo es que la web de El País no crea una url para la búsqueda, así que no puedo poner aquí un enlace al conjunto de todos los artículos. Para encontrar esa seríe de artículos, lo mejor es poner &#8220;Travesías&#8221; en &#8220;Titular y subtítulo&#8221; dentro de la <a href="http://www.elpais.com/archivo/buscando.html">página de búsqueda de El País</a> (ojo a la fecha: por defecto es el último año).</p>
<p>Lo que sí pueden ponerse son enlaces a artículos concretos. Aquí van los que he ido encontrando entre mis recortes (iré añadiendo más)</p>
<ul>
<li><a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/SCHINDLER/_OSKAR_/EMPRESARIO_ALEMiN_EPOCA_NAZI/SPIELBERG/_STEVEN_/CINEASTA/Indiana/Schindler/elpepicul/19940406elpepicul_10/Tes">Indiana Schindler</a> 06/04/1994</li>
<li><a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/iFRICA/ANTONIO/MUNOZ/MOLINA/pasos/Adan/Eva/elpepicul/19941221elpepicul_9/Tes">Los pasos de Adán y Eva</a> 21/12/1994</li>
</ul>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/9/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/9/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=9&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Casi todo Andrés Ibañez</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Nov 2007 23:36:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pseudópodo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés Ibáñez]]></category>

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		<description><![CDATA[Resulta que en la caótica web de ABCD, en la que es casi imposible encontrar nada, los artículos de Andrés Ibáñez no desaparecen, o al menos no todos. Hay un buscador de artículos que encuentra muchos&#8230;<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=8&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Resulta que en la caótica web de ABCD, en la que es casi imposible encontrar nada, los artículos de Andrés Ibáñez no desaparecen, o al menos no todos. Hay un buscador de artículos que encuentra <a href="http://www.abc.es/abcd/resultado_busqueda.asp?search=&amp;categoria=&amp;fechaini=&amp;fechafin=&amp;autor=ib%E1%F1ez&amp;x=45&amp;y=19">muchos</a>&#8230;</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/pseudoalmacen.wordpress.com/8/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/pseudoalmacen.wordpress.com/8/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=pseudoalmacen.wordpress.com&amp;blog=2026257&amp;post=8&amp;subd=pseudoalmacen&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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