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SUSANA MARTÍN

El Mundo CRÓNICA, 4-11-07

«El parto… Me da miedo morirme en el parto». Mientras a sus compañeros de clase les agobiaba el próximo examen de morfemas y lexemas, a Paula le aterraban las pesadillas de cada noche desde que el predictor se puso azul. Ni se le ocurrió pensar qué diría la gente, ni si le castigaría su madre. Recién cumplidos los 12 años, la brillante estudiante madrileña de 1º de ESO tardó en asumir lo que estaba pasando. «¿Seguro? ¿El test de embarazo nunca falla?», le preguntó entre lágrimas a la madre de la amiga que le acompañó en el trance. Y desde entonces, noche tras noche, con el secreto a cuestas, la misma pesadilla: un quirófano, hombres vestidos de verde y ella gritando por los terribles dolores de una tripa a punto de estallar. Hasta entonces, Paula no recuerda haber pensado nunca en la muerte. Ni en la suya ni en la de nadie. Días después abortó.

Un año más tarde, a unos 300 kilómetros de distancia y desde hace apenas unas semanas, otra pequeña pasa por un trago parecido en Ponferrada (León). M., de 11 años, no sale de casa y su padre daría cualquier cosa para protegerla del acoso informativo al que se ha visto sometida la familia sudamericana desde que se hizo público el embarazo de la menor.

Todo empezó el miércoles 17 de octubre. La niña se quejaba de la tripa, se encontraba mal. Entró en urgencias del hospital El Bierzo, muy cerca de la modesta vivienda donde vive, con un cuadro de náuseas y vómitos que terminó por delatar algo que quizá ella no había querido saber: «Avanzado estado de gestación».

Con la incredulidad del padre y de la compañera de éste, y un informe de los hechos para el juzgado, M. fue ingresada en la unidad de pediatría. La noticia se convirtió en la comidilla del personal sanitario del centro médico. «Parece un poco más mayor». «Ha dicho que nadie la agredió». «Es huérfana de madre… Pobrecita». A la familia -padre, madrastra y un hermano- la vida se le puso más cuesta arriba cuando cuatro días después del impacto desayunaron con la portada de un periódico leonés que nunca hubieran querido leer: «Una niña de 11 años embarazada está ingresada en Ponferrada».

Aunque insólitos, los casos de Paula y de M. no son únicos. Al contrario. Cada vez son más frecuentes en España, donde cada año se quedan embarazadas al menos 23.000 menores de edad, estima la ONG Save the children. El 80% de los casos se produce en el entorno cercano a la menor.

Paula, la alumna madrileña de Secundaria, se acostaba con «un par de amigos» de su pandilla. En cambio, la investigación sobre la paternidad del bebé que espera M. se centra en su familia. Serán las pruebas de ADN las que determinarán a qué familiar se atribuye la paternidad de la criatura que lleva en su seno la niña. «Duermo habitualmente con mi hermano», habría dicho ella. Pero hay que estudiar todas las opciones. Por si acaso.

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Sombras de la reforma universitaria
Miguel A. Goberna
Catedrático de Estadística e Investigación Operativa en la Universidad de Alicante

En El País, edición de la Comunidad Valenciana, el pasado 28/09/07. (via Un nombre al azar)
Casi nadie discute la conveniencia de facilitar la movilidad de los universitarios españoles mediante la conversión de las actuales diplomaturas y licenciaturas en grados y másteres dotados de planes de estudio homologables a los de los restantes países del llamado Espacio Europeo de Educación Superior. Donde se rompe el consenso es en lo concerniente a la faceta pedagógica de la reforma en curso, que, bajo el lema “adquirir competencias, habilidades y destrezas” (como si contenido y forma fuesen separables), puede interpretarse como una prolongación de la llevada a cabo, en los años noventa, en las enseñanzas no universitarias, reforma que, bajo un lema similar (“aprender a aprender”), postergó la enseñanza profesional hasta los 17 años (con el indeseable efecto de poblar las aulas de los centros públicos con alumnos desmotivados, impunemente filtrados por los concertados), desincentivó el esfuerzo al permitir la promoción casi automática, introdujo materias insustanciales en detrimento de las instrumentales (lengua y matemáticas) y redujo el bachillerato a dos míseros años.

No faltan pruebas objetivas del fracaso de esta última reforma: los informes PISA, las Olimpiadas Internacionales en diversas materias y la proliferación, en todas las universidades, de cursos elementales piadosamente denominados “cero” o “de nivelación”. Comparto, pues, el diagnóstico del Panfleto antipedagógico de Ricardo Moreno Castillo (El Lector Universal, 2006), cuya lectura recomiendo vivamente, sobre todo las hilarantes manifestaciones de los ideólogos de la reforma (Capítulo 10). Al igual que la implantación no consensuada de la LOGSE vino precedida por una experimentación ilusoria (con profesorado voluntario, alumnado no conflictivo y una generosa dotación económica), la reforma pedagógica de las universidades carece de consenso (véase el manifiesto Qué educación superior europea, firmado por miles de profesores, no todos ellos neocons) y ha sido experimentada en condiciones igualmente ideales, mostrando que es posible obtener resultados levemente superiores a los actuales, a condición de que los profesores involucrados no sólo preparen e impartan clases teóricas y prácticas, así como tutorías, que es lo que vienen haciendo, sino que elaboren materiales docentes redundantes (audiovisuales y textos accesibles en La Red, no importa que estén plagiados), corrijan numerosos trabajos de curso (usualmente meras descargas, o traducciones, de fuentes secundarias como Wikipedia) y exámenes parciales, reciban cursillos pedagógicos y escriban informes sobre todas estas actividades de dudosa utilidad.

Es importante subrayar que, de no reducirse sustancialmente la carga lectiva, eventualidad no contemplada por su elevado coste, la reforma educativa que se pretende es incompatible con la investigación. Así lo cree, por ejemplo, mi propia universidad, cuyo recién aprobado Plan de Ordenación Integral mantiene la carga lectiva actual (cinco veces superior a la de algunas universidades anglosajonas que constituyen, aparentemente, el modelo a imitar), considera razonable que sus profesores investiguen cuatro ridículas horas semanales y trata de doblegar la previsible resistencia al cambio de quienes creen que investigar es un derecho y un deber del profesor universitario creando complementos económicos sustanciales cuya percepción obliga a pasar por el aro pedagógico, que incluye, además de las tareas docentes antes mencionadas, la obtención de una evaluación favorable por los alumnos (quienes convertirán las encuestas de satisfacción en herramientas de extorsión si nadie lo remedia).

Conjeturo que, con esta reforma, ganarán los malos alumnos (que promocionarán tan ricamente como lo hicieron en secundaria) y los profesores deseosos de estabilizar sus plazas (pues no serán pocas las dejadas vacantes por quienes se jubilarán anticipadamente, tan frustrados como los colegas de secundaria actualmente en desbandada), mientras que perderán los buenos alumnos (que recibirán títulos cada vez más devaluados) y las propias universidades (cuya productividad investigadora caerá en barrena, y con ellas su prestigio). Y, allá para 2025, los ideólogos de la reforma pedagógica en curso justificarán su fracaso con declaraciones del siguiente tenor: “(…) más allá de la responsabilidad de las administraciones educativas [que no proporcionaron los medios necesarios, y de los imprevisibles cambios sociales], otras razones permiten explicar también los problemas que acompañaron la implantación de la reforma: suponía un cambio demasiado brusco para la mentalidad y las prácticas habituales del profesorado (…) y no se supo llevar a cabo una formación, inicial y permanente, que produjera una transformación real de su quehacer cotidiano”. (La LOGSE, 15 años después, Elena Martín, Miguel Soler et al, EL PAÍS, 3-10-2005).

Publicado en ABCD, 30 de junio de 2007

Tesis primera. En su obra Manual de literatura para caníbales, Rafael Reig describe una guerra imaginaria entre dos ejércitos de escritores liderados por dos novelistas apellidados «Marías», Javier y Fernando. El primero sería el representante de esa literatura exigente que no pretende hacer concesiones y el segundo el defensor de la «narración» y de las historias que realmente interesan a los lectores. Lo curioso es que, de ambos escritores, el más popular y el que más lectores tiene en la realidad es, sin duda, Javier Marías. Y no creo que Fernando se haya sentido muy cómodo con esa adscripción a una forma de entender la escritura que desprecia el cuidado de la palabra. De modo que la divertida sátira de Reig describe una guerra que sucede, más bien, en el interior de la mente de ciertos críticos y estudiosos: la que enfrenta al bien contra el mal, a la verdadera literatura, que es difícil y «exigente», con la literatura de entretenimiento, que es fácil y «complaciente». Ya que en la realidad las cosas son infinitamente más complejas. La literatura de Marías (Javier) no es en absoluto «difícil». Y la de Marías (Fernando) está escrita con verdadera ambición literaria. Los que creen en la existencia de dos «bandos» en la literatura, se encuentran con dificultades insalvables y contradicciones infinitas a la hora de definir en qué consisten ambos bandos y quién pertenece a ellos.

Tesis segunda. Cada vez se escribe peor, con menos inspiración y con menos voluntad artística. La literatura comercial y de mero entretenimiento, cuya existencia no sólo es inevitable sino también absolutamente necesaria dentro del gran ecosistema que es la Literatura en general, está invadiendo todas las áreas del mundo editorial al tiempo que sufre un espectacular y al parecer imparable descenso de calidad y de rigor. En todas las épocas ha existido literatura de entretenimiento, que ha ido desde la basura deleznable hasta obras maestras como La isla del tesoro o La piedra lunar, pero la literatura de entretenimiento de nuestra época ha descendido, en general, hasta unos niveles de exigencia verdaderamente ínfimos. Porque comparados con los best sellers de hoy en día, los de los 60 o los 70 (obras como El padrino, de Mario Puzo, Tiburón, de Peter Benchley, o Misery, de Stephen King, dejando aparte a los grandes autores como Nabokov, Updike, Mailer o García Márquez que también resultaron best sellers) parecen, en verdad, alta literatura. De modo que el problema quizá no sea exactamente la literatura de consumo, sino su decadencia. No que haya tanta literatura de consumo, sino que la literatura de consumo sea tan mala. Continuar leyendo »

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